La teología de la bulla

Reivindiquemos, en un giro de inversión semiótica,  la exageración que sentimos, la superficialidad que percibimos y la hipocresía que nos permite convivir

30 de marzo de 2026 a las 19:51h
Un costalero en un Miércoles Santo en Sevilla.
Un costalero en un Miércoles Santo en Sevilla. MAURI BUHIGAS

El inventor de esta expresión, “teología de la bulla”, fue Antonio Burgos en su memorable enumeración de las reglas de la metafísica sevillana. ¿Y qué es la teología de la bulla? La expresión “bulla” procede de un antiguo amuleto romano que protegía a los niños desde el nacimiento. Pues bien, Sevilla combina dos conceptos aparentemente antagónicos: “teología”, el De profundis del salmo, y “bulla”; lo superficial, lo epidérmico o el rozamiento de los cuerpos en las multitudes que acompañan a los pasos de Semana Santa. Esa sorprendente combinación fue algo más que un feliz hallazgo literario del periodista. Creo que sin expresarlo  ,aunque no sé si siendo ya del todo consciente, Burgos estaba dando las claves del imaginario colectivo sevillano.Si algo nos pirra a los sevillanos y a las sevillanas es una buena bulla: ese dejarse arrastrar por la marea humana, sin brújula ni destino, por medio del laberinto del inmenso casco histórico de la ciudad. Sevilla encuentra su De profundis en lo superficial, en el rozamiento de la bulla, y aquí se revelan varias características de la sevillanía: la exageración, la superficialidad, la y la hipocresía.

En la teología de la bulla aparecen esas notas esenciales: la exageración de la dimensión (bien sea por medio del rito extremo de la expresividad penitencial, desde el silencio más absoluto de las hermandades de ruán hasta el griterío casi orgiástico de las cofradías de capa); la superficialidad de esta ritualización, donde no hay nada detrás y, en ese no haber, parece abrirse todo, como si todo estuviera dado sin excepción; y, finalmente, la hipocresía que esconde los malos humores bajo el manto superficial de las formas agradables y suaves de azahar .La superficialidad no debe entenderse como mera falta, sino como un régimen propio de experiencia: la bulla opera en la epidermis social, en ese nivel donde los cuerpos se rozan, se ajustan y se reconocen sin profundidad. Es ahí donde lo colectivo se organiza no desde una interioridad, sino desde el contacto. La exageración amplifica, la superficialidad distribuye y la hipocresía regula: tres mecanismos que permiten que la multitud funcione sin colapsar, convirtiendo el exceso en forma y el roce en orden.

La llamada “teología de la bulla” puede reinterpretarse como un fenómeno háptico-proxémico en el que la multitud sevillana configura un campo sensorial colectivo. La háptica permite comprender cómo el rozamiento continuo de los cuerpos genera información táctil distribuida, mientras que la proxémica explica la reducción extrema de las distancias interpersonales. En este contexto, la piel actúa como interfaz sensorial primaria, enviando señales al sistema nervioso central (SNC) que integran presión, temperatura y movimiento, facilitando una coordinación implícita entre individuos.Esta coordinación no es deliberada, sino emergente: los cuerpos ajustan su desplazamiento en función de microcontactos y variaciones de densidad, produciendo un orden dinámico similar al observado en sistemas complejos. Como señala Gallagher, la acción corporal está profundamente estructurada por esquemas sensoriomotores que permiten una sincronización no consciente entre individuos. Del mismo modo, Gibson , desde la psicología ecológica, mostró cómo la percepción está directamente orientada a la acción, de modo que el entorno ,en este caso, la densidad de la bulla, ofrece “afordancias” que guían el movimiento colectivo en tiempo real.

Así, la bulla no es mero caos, sino una forma de inteligencia colectiva encarnada, donde la percepción táctil modula la acción motora de manera continua. La “teología de la bulla” revela entonces una aparente paradoja: el De profundis no surge del recogimiento interior, sino del contacto superficial intensificado. La trascendencia se desplaza a la epidermis, donde la multitud, a través del roce, genera una coreografía espontánea que articula lo individual y lo colectivo en una experiencia sensorial compartida.

Si Sevilla es exagerada, superficial e hipócrita, ¿y qué? ¿Dónde está el problema? Reivindiquemos, en un giro de inversión semiótica,  la exageración que sentimos, la superficialidad que percibimos y la hipocresía que nos permite convivir. Sevilla es, más que trascendente, trans-sensitiva: atesora en su memoria lo que es y lo que será. Como ha explicado en un momento temprano Isidoro Moreno, la Semana Santa sevillana carece de hechos sobrenaturales en sentido estricto: aquí no hay milagros ni prodigios, sino una intensificación de lo sensible. No hay soles que giran ni ciegos que ven, sino cuerpos que sienten, que rozan, que escuchan. Y es en ese plano, en el de la experiencia compartida, donde emerge su verdadera potencia simbólica.

Sevilla encuentra en la teología de la bulla una suerte de haecceitas, en el sentido de Duns Scotus: un acontecimiento singular que la hace única, una idea infinita de lo singular encarnada en la repetición de lo cotidiano. En el motín del pendón verde, acontecido en la calle Feria en 1621, los corrientes del pueblo que se sublevaron, según cuentan las crónicas, lo hicieron “en forma de pueblo”. ¿Y en qué consiste esa rebelión en forma de pueblo? En la bulla, en la fricción de las multitudes, en la orgía de las turbas, en la intimidad de las masas, en esa entidad colectiva que emerge del contacto superficialmente profundo.

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