la señal errante

El dolor ajeno como espectáculo: la difusa frontera del true crime

Un trauma real, una vida truncada, no debería ser reducida a un simple gancho narrativo diseñado para mantener a la audiencia pegada al altavoz durante un episodio más

  • Un hombre llora después de haber recibido una mala noticia.

El misterio siempre ha ejercido un magnetismo indudable sobre nosotros. Sin embargo, en los últimos años, el foco de lo desconocido ha bajado de los cielos y ha salido de las casas encantadas para instalarse en la escena del crimen. Las plataformas de streaming y las listas de podcasts se inundan a diario con el formato estrella de nuestra época: el true crime.

Diseccionamos asesinatos sin resolver, desapariciones y tragedias con la misma ligereza con la que comentamos el último giro de una serie de ficción. Pero aquí no hay guionistas, sino víctimas de carne y hueso, y familias que conviven con un duelo crónico. Esto nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda: ¿dónde termina la divulgación de un enigma y dónde empieza la pura mercantilización del dolor ajeno?

La línea es extremadamente fina. Como investigadores y narradores, existe una responsabilidad moral ineludible frente a los casos que abordamos. El rigor documental no puede ser una excusa para la recreación morbosa. Un trauma real, una vida truncada, no debería ser reducida a un simple gancho narrativo diseñado para mantener a la audiencia pegada al altavoz durante un episodio más. El respeto al dolor tiene que pesar siempre más que el índice de audiencia.

El consumo devorador de este género está provocando una desensibilización preocupante, algo que he podido comprobar de primera mano. Durante la realización de mis rutas guiadas, cuando la narración roza la crónica negra, he notado cómo cambia la actitud de ciertos asistentes. Quieren saber más. Piden más crímenes y, a ser posible, cuanto más actuales y cercanos, mejor.
 
Hace poco, ante la insistencia de un grupo, respondí con la mayor de las obviedades: por suerte, no tenemos tantos asesinatos. Sus rostros, lejos de mostrar el alivio lógico de quien habita en un lugar seguro, reflejaron una indisimulable desilusión. Y esa mirada de decepción es la advertencia definitiva. Cuando la ausencia de una tragedia real nos frustra porque nos deja sin nuestra dosis de entretenimiento, es el momento de preguntarnos qué parte de nuestra propia empatía ha sido la verdadera víctima de la historia.

El misterio siempre ha ejercido un magnetismo indudable sobre nosotros. Sin embargo, en los últimos años, el foco de lo desconocido ha bajado de los cielos y ha salido de las casas encantadas para instalarse en la escena del crimen. Las plataformas de streaming y las listas de podcasts se inundan a diario con el formato estrella de nuestra época: el true crime.

Diseccionamos asesinatos sin resolver, desapariciones y tragedias con la misma ligereza con la que comentamos el último giro de una serie de ficción. Pero aquí no hay guionistas, sino víctimas de carne y hueso, y familias que conviven con un duelo crónico. Esto nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda: ¿dónde termina la divulgación de un enigma y dónde empieza la pura mercantilización del dolor ajeno?

La línea es extremadamente fina. Como investigadores y narradores, existe una responsabilidad moral ineludible frente a los casos que abordamos. El rigor documental no puede ser una excusa para la recreación morbosa. Un trauma real, una vida truncada, no debería ser reducida a un simple gancho narrativo diseñado para mantener a la audiencia pegada al altavoz durante un episodio más. El respeto al dolor tiene que pesar siempre más que el índice de audiencia.

El consumo devorador de este género está provocando una desensibilización preocupante, algo que he podido comprobar de primera mano. Durante la realización de mis rutas guiadas, cuando la narración roza la crónica negra, he notado cómo cambia la actitud de ciertos asistentes. Quieren saber más. Piden más crímenes y, a ser posible, cuanto más actuales y cercanos, mejor.
 
Hace poco, ante la insistencia de un grupo, respondí con la mayor de las obviedades: por suerte, no tenemos tantos asesinatos. Sus rostros, lejos de mostrar el alivio lógico de quien habita en un lugar seguro, reflejaron una indisimulable desilusión. Y esa mirada de decepción es la advertencia definitiva. Cuando la ausencia de una tragedia real nos frustra porque nos deja sin nuestra dosis de entretenimiento, es el momento de preguntarnos qué parte de nuestra propia empatía ha sido la verdadera víctima de la historia.
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