Desde fuera, las negociaciones de la izquierda parecen un pleito de nombres y siglas. Desde dentro, ningún nombre va solo. Detrás de cada uno hay asambleas que lo han elegido; territorios que esperan verse representados; compañeras que han hecho trabajo militante sin cobrar un euro. Nadie quiere dejar tiradas a las suyas. A la izquierda le cuesta decidir quién va delante. La derecha, en cambio, que no cree en la igualdad, sabe ponerse en fila, aunque también tiene nombres, y no se quieren mucho. Feijóo mira de reojo a Ayuso, Abascal le disputa a Feijóo cada votante, y por el flanco de Vox asoma Alvise con Se Acabó la Fiesta, que ya le quitó uno de cada veinte de sus votantes de 2023. Irán separados el 29 de noviembre y se pelearán en campaña. Pero nadie duda de que, si suman, gobernarán juntos, como ya hacen en ayuntamientos y autonomías. Mientras tanto, se parecen cada vez más. Cuando la presidenta de Madrid habla de Ceuta, de ley y de fronteras, ya no se distingue qué frase es del PP y cuál de Vox. La igualdad que une a la derecha es el interés material que no necesita explicación y la costumbre de aceptar que alguien manda. Pueden discutir quién va primero, pero nunca adónde van, ni a quien beneficiarán.
La izquierda, en cambio, discute adónde ir y con quién, y lo hace a la vista de todos. A día de hoy, Podemos ha descartado entrar en el Frente Amplio, y en Cataluña no se presentará y pedirá el voto para ERC. Ofreció a Izquierda Unida acuerdos en diez comunidades, todas menos Madrid y Cataluña, justo donde compite con Más Madrid y los Comuns; Izquierda Unida respondió que no acepta acuerdos troceados. En Andalucía, Adelante va por su cuenta. Hay excepciones, como Canarias, donde cuatro fuerzas han cerrado una candidatura tras un año de conversaciones. Pero son excepciones que parecen confirmar que la unidad aparece donde no hay un nombre grande que proteger. Donde lo hay, cada sigla prefiere contarse antes que sumarse, a pesar de que cuanto más pequeño es el espacio, más cara sale la división, y separadas, en las provincias pequeñas, valen cero.
Lo que la derecha resuelve con una cadena de mando, la izquierda intenta resolverlo con democracia, y la democracia es lenta, ruidosa y a veces injusta con quien más ha trabajado. Es el precio de no querer que nadie mande sobre nadie, de no perder los espacios políticos propios. Hay, sin embargo, un sitio donde ese precio se paga con intereses, y casi nadie lo mira: el Senado. Bad Bunny tituló su último disco con una pena muy reconocible, la de no haber hecho fotos de lo que teníamos cuando todavía estaba. El Senado es la cámara olvidada. Desde 2023 la mayoría absoluta del PP veta o retrasa todo lo que no le gusta, y para levantar ese veto el Congreso necesita una mayoría que hoy nadie tiene atada. El Senado, además, no perdona la división porque cada provincia elige cuatro senadores y la lista más votada suele llevarse tres. Basta con que la izquierda se divida para que la derecha, con menos votos que la suma de las izquierdas, se lleve tres de los cuatro. Se puede competir en una cámara y sumar en la otra. Es lo que pide Senadoras y Senadores por la Democracia, una iniciativa ciudadana que reclama listas únicas de toda la izquierda al Senado y que han apoyado, entre otros, Elvira Lindo, Kiko Veneno, Víctor Manuel y Pepe Viyuela. Y sirve para estas elecciones y para todas las que vengan.
¿Qué igualdad une a las derechas y separa a las izquierdas? A unas las une la costumbre de obedecer; a otras las separa la convicción de que nadie vale más que nadie. Me quedo con la segunda, pero le pido que no confunda ser iguales con ir solas. Y a quienes negocian, una sola pregunta: ¿cuántos escaños vale un nombre? Seguramente, dentro de cuatro años, nos tocará lamentar no haber tirado más fotos del Senado.
Desde fuera, las negociaciones de la izquierda parecen un pleito de nombres y siglas. Desde dentro, ningún nombre va solo. Detrás de cada uno hay asambleas que lo han elegido; territorios que esperan verse representados; compañeras que han hecho trabajo militante sin cobrar un euro. Nadie quiere dejar tiradas a las suyas. A la izquierda le cuesta decidir quién va delante. La derecha, en cambio, que no cree en la igualdad, sabe ponerse en fila, aunque también tiene nombres, y no se quieren mucho. Feijóo mira de reojo a Ayuso, Abascal le disputa a Feijóo cada votante, y por el flanco de Vox asoma Alvise con Se Acabó la Fiesta, que ya le quitó uno de cada veinte de sus votantes de 2023. Irán separados el 29 de noviembre y se pelearán en campaña. Pero nadie duda de que, si suman, gobernarán juntos, como ya hacen en ayuntamientos y autonomías. Mientras tanto, se parecen cada vez más. Cuando la presidenta de Madrid habla de Ceuta, de ley y de fronteras, ya no se distingue qué frase es del PP y cuál de Vox. La igualdad que une a la derecha es el interés material que no necesita explicación y la costumbre de aceptar que alguien manda. Pueden discutir quién va primero, pero nunca adónde van, ni a quien beneficiarán.
La izquierda, en cambio, discute adónde ir y con quién, y lo hace a la vista de todos. A día de hoy, Podemos ha descartado entrar en el Frente Amplio, y en Cataluña no se presentará y pedirá el voto para ERC. Ofreció a Izquierda Unida acuerdos en diez comunidades, todas menos Madrid y Cataluña, justo donde compite con Más Madrid y los Comuns; Izquierda Unida respondió que no acepta acuerdos troceados. En Andalucía, Adelante va por su cuenta. Hay excepciones, como Canarias, donde cuatro fuerzas han cerrado una candidatura tras un año de conversaciones. Pero son excepciones que parecen confirmar que la unidad aparece donde no hay un nombre grande que proteger. Donde lo hay, cada sigla prefiere contarse antes que sumarse, a pesar de que cuanto más pequeño es el espacio, más cara sale la división, y separadas, en las provincias pequeñas, valen cero.
Lo que la derecha resuelve con una cadena de mando, la izquierda intenta resolverlo con democracia, y la democracia es lenta, ruidosa y a veces injusta con quien más ha trabajado. Es el precio de no querer que nadie mande sobre nadie, de no perder los espacios políticos propios. Hay, sin embargo, un sitio donde ese precio se paga con intereses, y casi nadie lo mira: el Senado. Bad Bunny tituló su último disco con una pena muy reconocible, la de no haber hecho fotos de lo que teníamos cuando todavía estaba. El Senado es la cámara olvidada. Desde 2023 la mayoría absoluta del PP veta o retrasa todo lo que no le gusta, y para levantar ese veto el Congreso necesita una mayoría que hoy nadie tiene atada. El Senado, además, no perdona la división porque cada provincia elige cuatro senadores y la lista más votada suele llevarse tres. Basta con que la izquierda se divida para que la derecha, con menos votos que la suma de las izquierdas, se lleve tres de los cuatro. Se puede competir en una cámara y sumar en la otra. Es lo que pide Senadoras y Senadores por la Democracia, una iniciativa ciudadana que reclama listas únicas de toda la izquierda al Senado y que han apoyado, entre otros, Elvira Lindo, Kiko Veneno, Víctor Manuel y Pepe Viyuela. Y sirve para estas elecciones y para todas las que vengan.
¿Qué igualdad une a las derechas y separa a las izquierdas? A unas las une la costumbre de obedecer; a otras las separa la convicción de que nadie vale más que nadie. Me quedo con la segunda, pero le pido que no confunda ser iguales con ir solas. Y a quienes negocian, una sola pregunta: ¿cuántos escaños vale un nombre? Seguramente, dentro de cuatro años, nos tocará lamentar no haber tirado más fotos del Senado.
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