Opinión

La XXX Cumbre Iberoamericana: el poder sigue siendo cosa de hombres

La foto de la Cumbre Iberoamericana apenas dio sitio a dos mujeres. El revuelo por el saludo de Letizia revela hasta qué punto seguimos dando por hecho que el poder se ejerce y se nombra en masculino

  • XXX Cumbre Iberoamericana, una imagen de la Casa Real.

La XXX Cumbre Iberoamericana, celebrada los días 4 y 5 de noviembre en Madrid bajo el lema "Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad", puso de manifiesto la profunda brecha que aún separa a hombres y mujeres en la esfera pública a través de dos hechos sintomáticos. Por un lado, la fotografía oficial de familia reveló una desigualdad estructural en el acceso al poder político: apenas dos mujeres frente a una veintena de hombres. Lejos de ser una mera anécdota de protocolo, la imagen plasma una realidad que los organismos internacionales llevan años documentando: las mujeres siguen teniendo una representación marginal en la política. Por otro lado, resulta revelador que se convirtiera en foco de debate mediático y digital el uso del "femenino plural" por parte de la reina Letizia al dar la bienvenida a las parejas de los mandatarios. Un gesto que adquirió categoría de noticia por el simple hecho de incluir a dos hombres: el cónyuge de la presidenta de Costa Rica y el del canciller de Venezuela. 

Los hombres acaparan el poder y los números lo demuestran 

Mientras los líderes globales debatían en Madrid sobre economía, inteligencia artificial, movilidad académica o la gestión de crisis, la propia foto de la cumbre delataba quiénes siguen tomando las decisiones de mayor impacto: los hombres.  

Los datos globales de la Unión Interparlamentaria (IPU) y ONU Mujeres constatan este estancamiento: las mujeres apenas ocupan el 27,5% de los escaños parlamentarios del planeta, firmando con un crecimiento de solo 0,3 puntos el avance más lento registrado desde 2017. En los gabinetes ministeriales el escenario es todavía más restrictivo: la presencia femenina cayó al 22,4%. Hoy, solo 28 países están dirigidos por una mujer como jefa de Estado o de Gobierno, y más de un centenar jamás han conocido un liderazgo femenino a ese nivel. Incluso las presidencias de los parlamentos sufren un retroceso histórico, cayendo al 19,9%: su primer descenso en más de dos décadas.

Aunque América Latina y el Caribe destaca como la región con los mejores promedios en legisladoras (en torno al 35-36%), el techo de cristal se vuelve impenetrable en la cúspide. La ausencia en la capital española de figuras clave de la política regional, como la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, no hizo más que reforzar el mensaje: cuando se configuran las mesas donde se ejerce el poder real, los asientos se reservan para los hombres. Al ritmo actual, The Gender Snapshot de la ONU estima que la igualdad plena tardará 171 años en alcanzarse. En las esferas más altas de la política, las proyecciones se dilatan aún más allá de un siglo: cinco generaciones enteras de mujeres obligadas a esperar para lograr la igualdad. 

El femenino plural que desató críticas en prensa y redes 

Las mujeres somos mayoría en el mundo y en España. Por eso, al hablar de sociedad, ciudadanía o futuro, el femenino genérico trasciende el capricho: es un ejercicio de coherencia que reconoce que existimos, decidimos y representamos. En este sentido, que la reina Letizia, desde un espacio de máxima visibilidad institucional, utilizara el "femenino plural" para dar la bienvenida a las parejas de los mandatarios en la Cumbre Iberoamericana (incluyendo a los dos primeros caballeros) constituye un acto de estricta justicia lingüística y, sin duda, de gran audacia, dado el machismo recalcitrante de la RAE que sigue rechazando al femenino plural como un género inclusivo que agrupe a hombres y mujeres, porque supuestamente el masculino tiene valor inclusivo.

El lenguaje no es un espejo pasivo de la realidad, sino un filtro estructurado que le da forma. Al haber sido configurado históricamente por y para los hombres, carece de neutralidad: refleja las estructuras androcéntricas que perpetúan la invisibilidad y la subordinación femenina. No estamos ante una "evolución natural" e inocente de las palabras, sino ante el reflejo de quién ha ostentado el poder de nombrar el mundo y erigirse en la medida de lo humano. Por ello, recurrir al plural femenino cuando somos mayoría no es una excentricidad, sino una necesaria reparación democrática.

La falacia de que el feminismo "ha ido demasiado lejos"

Justo cuando los indicadores globales reflejan estancamiento, regresión en los espacios de decisión y un evidente deterioro de los derechos y libertades de las mujeres, ganan terreno las narrativas que sostienen que el feminismo "ha llegado demasiado lejos". Es un relato que choca de frente con la evidencia empírica: si verdaderamente se hubiera avanzado en exceso, las mujeres no serían una rareza estadística en las fotos oficiales, ni representarían apenas el 27,5 % de los parlamentos o el 22,4 % de los ministerios mundiales; ni seguiríamos sufriendo de forma estructural de violencia, opresión y discriminación en los cuatro puntos cardinales.      

La cumbre de Madrid constituye un foro valioso de integración entre Américas y la península ibérica, pero mientras la participación femenina en las esferas de máxima responsabilidad siga siendo testimonial, conceptos como "democracia", "futuro compartido" o "igualdad" se reducirán a una retórica vacía. El poder no se redistribuye por inercia, se transforma mediante voluntad política, medidas de acción positiva bien diseñadas, normativas eficaces que garanticen la participación efectiva y una protección real frente a la violencia política, impulsando un cambio que no se ha consolidado.

Aunque los hombres siguen reteniendo el monopolio del poder político, económico, social, cultural, militar, religioso y simbólico en el planeta, la mayoría demográfica es femenina. Esa realidad debe plasmarse tanto en una representación efectiva como en el lenguaje cotidiano. El lenguaje inclusivo no es una imposición ideológica: es la herramienta que permite a las niñas crecer sabiendo que el mundo también se nombra en femenino. No podemos esperar 171 años para alcanzar la visibilidad y la relevancia política que nos corresponde por derecho y en igualdad de condiciones que los hombres.  

La XXX Cumbre Iberoamericana, celebrada los días 4 y 5 de noviembre en Madrid bajo el lema "Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad", puso de manifiesto la profunda brecha que aún separa a hombres y mujeres en la esfera pública a través de dos hechos sintomáticos. Por un lado, la fotografía oficial de familia reveló una desigualdad estructural en el acceso al poder político: apenas dos mujeres frente a una veintena de hombres. Lejos de ser una mera anécdota de protocolo, la imagen plasma una realidad que los organismos internacionales llevan años documentando: las mujeres siguen teniendo una representación marginal en la política. Por otro lado, resulta revelador que se convirtiera en foco de debate mediático y digital el uso del "femenino plural" por parte de la reina Letizia al dar la bienvenida a las parejas de los mandatarios. Un gesto que adquirió categoría de noticia por el simple hecho de incluir a dos hombres: el cónyuge de la presidenta de Costa Rica y el del canciller de Venezuela. 

Los hombres acaparan el poder y los números lo demuestran 

Mientras los líderes globales debatían en Madrid sobre economía, inteligencia artificial, movilidad académica o la gestión de crisis, la propia foto de la cumbre delataba quiénes siguen tomando las decisiones de mayor impacto: los hombres.  

Los datos globales de la Unión Interparlamentaria (IPU) y ONU Mujeres constatan este estancamiento: las mujeres apenas ocupan el 27,5% de los escaños parlamentarios del planeta, firmando con un crecimiento de solo 0,3 puntos el avance más lento registrado desde 2017. En los gabinetes ministeriales el escenario es todavía más restrictivo: la presencia femenina cayó al 22,4%. Hoy, solo 28 países están dirigidos por una mujer como jefa de Estado o de Gobierno, y más de un centenar jamás han conocido un liderazgo femenino a ese nivel. Incluso las presidencias de los parlamentos sufren un retroceso histórico, cayendo al 19,9%: su primer descenso en más de dos décadas.

Aunque América Latina y el Caribe destaca como la región con los mejores promedios en legisladoras (en torno al 35-36%), el techo de cristal se vuelve impenetrable en la cúspide. La ausencia en la capital española de figuras clave de la política regional, como la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, no hizo más que reforzar el mensaje: cuando se configuran las mesas donde se ejerce el poder real, los asientos se reservan para los hombres. Al ritmo actual, The Gender Snapshot de la ONU estima que la igualdad plena tardará 171 años en alcanzarse. En las esferas más altas de la política, las proyecciones se dilatan aún más allá de un siglo: cinco generaciones enteras de mujeres obligadas a esperar para lograr la igualdad. 

El femenino plural que desató críticas en prensa y redes 

Las mujeres somos mayoría en el mundo y en España. Por eso, al hablar de sociedad, ciudadanía o futuro, el femenino genérico trasciende el capricho: es un ejercicio de coherencia que reconoce que existimos, decidimos y representamos. En este sentido, que la reina Letizia, desde un espacio de máxima visibilidad institucional, utilizara el "femenino plural" para dar la bienvenida a las parejas de los mandatarios en la Cumbre Iberoamericana (incluyendo a los dos primeros caballeros) constituye un acto de estricta justicia lingüística y, sin duda, de gran audacia, dado el machismo recalcitrante de la RAE que sigue rechazando al femenino plural como un género inclusivo que agrupe a hombres y mujeres, porque supuestamente el masculino tiene valor inclusivo.

El lenguaje no es un espejo pasivo de la realidad, sino un filtro estructurado que le da forma. Al haber sido configurado históricamente por y para los hombres, carece de neutralidad: refleja las estructuras androcéntricas que perpetúan la invisibilidad y la subordinación femenina. No estamos ante una "evolución natural" e inocente de las palabras, sino ante el reflejo de quién ha ostentado el poder de nombrar el mundo y erigirse en la medida de lo humano. Por ello, recurrir al plural femenino cuando somos mayoría no es una excentricidad, sino una necesaria reparación democrática.

La falacia de que el feminismo "ha ido demasiado lejos"

Justo cuando los indicadores globales reflejan estancamiento, regresión en los espacios de decisión y un evidente deterioro de los derechos y libertades de las mujeres, ganan terreno las narrativas que sostienen que el feminismo "ha llegado demasiado lejos". Es un relato que choca de frente con la evidencia empírica: si verdaderamente se hubiera avanzado en exceso, las mujeres no serían una rareza estadística en las fotos oficiales, ni representarían apenas el 27,5 % de los parlamentos o el 22,4 % de los ministerios mundiales; ni seguiríamos sufriendo de forma estructural de violencia, opresión y discriminación en los cuatro puntos cardinales.      

La cumbre de Madrid constituye un foro valioso de integración entre Américas y la península ibérica, pero mientras la participación femenina en las esferas de máxima responsabilidad siga siendo testimonial, conceptos como "democracia", "futuro compartido" o "igualdad" se reducirán a una retórica vacía. El poder no se redistribuye por inercia, se transforma mediante voluntad política, medidas de acción positiva bien diseñadas, normativas eficaces que garanticen la participación efectiva y una protección real frente a la violencia política, impulsando un cambio que no se ha consolidado.

Aunque los hombres siguen reteniendo el monopolio del poder político, económico, social, cultural, militar, religioso y simbólico en el planeta, la mayoría demográfica es femenina. Esa realidad debe plasmarse tanto en una representación efectiva como en el lenguaje cotidiano. El lenguaje inclusivo no es una imposición ideológica: es la herramienta que permite a las niñas crecer sabiendo que el mundo también se nombra en femenino. No podemos esperar 171 años para alcanzar la visibilidad y la relevancia política que nos corresponde por derecho y en igualdad de condiciones que los hombres.  

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