Opinión

La tienda de la felicidad

Aquellos santuarios del saber impreso han mutado, por pura supervivencia económica, en pequeños y desconcertantes bazares de conveniencia

  • Un kiosko de prensa.

Me considero una persona bastante selectiva con los libros que entran en mi casa, selectiva rayando con lo sibarita. Cosas del exiguo espacio.

La tienda de la felicidad es de esos ejemplares que engrosan mi biblioteca particular. La obra de Rodrigo Muñoz Avia es una rara (y deliciosa) avis dentro del ecléctico mundo de la narrativa.

Es por ello, que el título no puede resultar más evocador. Si tuviera que quedarme con lo que representa, lo tendría rotundamente claro. Si le pica la curiosidad, le diré que no me refiero a otra cosa que a esos pequeños oasis de asfalto y papel, estructuras de metal —muchas veces ubicadas con gracia milagrosa en el interior de una casapuerta, como si el propio edificio abriera sus entrañas para ofrecer un refugio—, que operaban bajo unas leyes físicas y temporales completamente ajenas a la prisa del mundo moderno. Los casi extintos kioskos de prensa y revistas. Más que comercios, eran auténticas naves nodrizas de la imaginación, templos laicos donde se oficiaba el hermoso y cotidiano ritual de la lectura en papel. Acercarse a ellos no era un mero trámite de consumo; era cruzar un umbral invisible hacia otra dimensión gobernada por una fragancia inconfundible y embriagadora: la mezcla perfecta de tinta fresca y celulosa prensada.

Para quienes crecimos bajo el influjo de aquellos tenderetes, el kiosko era, sin discusión posible, la tienda de la felicidad. Representaba el epicentro de nuestras pequeñas ilusiones, un universo concentrado en escasos metros cuadrados donde cabían todas las geografías, todas las épocas y todos los sueños posibles. La visita podía ser diaria, con la solemne peregrinación en busca del periódico matutino que conectaba a los mayores con el pulso del mundo; o semanal y mensual, guiada por un fervor cuasi religioso. Esta última modalidad estaba reservada para una de las experiencias más puras de la infancia y la juventud: aguardar con una paciencia infinita, cargada de zozobra, la llegada de un nuevo volumen de tu colección favorita.

¿Cómo olvidar la anatomía de aquella espera? Semana tras semana, el kiosko se convertía en el centro de gravedad del universo. Pasabas por delante echando un vistazo furtivo al escaparate para comprobar si, por obra y gracia de la distribución nacional, el lomo anhelado ya ocupaba su lugar legítimo en la balda. Y entonces, el día señalado, se producía la epifanía. Ahí estaba. Brillante, intocable. Recuerdo con una nitidez abrumadora mis primeros cómics. La sensación física de correr hacia casa con el tesoro apretado contra el pecho, protegiéndolo de cualquier inclemencia meteorológica como si fuera un secreto de Estado. Llegar a la habitación, abrirlo con devoción casi cirujana, respirar ese aroma inconfundible a imprenta y sumergirse en las viñetas hasta agotar cada línea de diálogo.

Hoy, la metamorfosis ha sido cruel. Aquellos santuarios del saber impreso han mutado, por pura supervivencia económica, en pequeños y desconcertantes bazares de conveniencia. Donde antes se alineaban las portadas de los tebeos, las revistas de cine, las publicaciones científicas y los suplementos dominicales, ahora se amontonan pilas triple A, cargadores de móvil de dudosa procedencia, botellas de Aquarius tibias y una desconcertante variedad de vapers con sabor a vainilla, algodón de azúcar o menta polar. Es un triste ejercicio de resistencia ver cómo el papel ha tenido que replegarse, marginado a un rincón polvoriento, mientras el neón artificial de los cigarrillos electrónicos ilumina lo que un día fue el rincón más lúcido de la calle.

Quizá por eso, cuando uno tropieza casualmente con uno de los pocos kioskos supervivientes que aún resisten el embate del siglo XXI, siente una punzada de melancolía incurable. Nos duele comprobar que estamos perdiendo no solo un modelo de negocio, sino una forma de mirar el mundo a ras de suelo, desde la cercanía de la acera.

Con su lenta desaparición, no solo se apagan las luces de unas pocas casapuertas; se desvanece también un pedazo insustituible de nuestra propia historia personal y de educación sentimental, dejándonos a la intemperie de un mundo hiperconectado pero profundamente huérfano de alma.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

Me considero una persona bastante selectiva con los libros que entran en mi casa, selectiva rayando con lo sibarita. Cosas del exiguo espacio.

La tienda de la felicidad es de esos ejemplares que engrosan mi biblioteca particular. La obra de Rodrigo Muñoz Avia es una rara (y deliciosa) avis dentro del ecléctico mundo de la narrativa.

Es por ello, que el título no puede resultar más evocador. Si tuviera que quedarme con lo que representa, lo tendría rotundamente claro. Si le pica la curiosidad, le diré que no me refiero a otra cosa que a esos pequeños oasis de asfalto y papel, estructuras de metal —muchas veces ubicadas con gracia milagrosa en el interior de una casapuerta, como si el propio edificio abriera sus entrañas para ofrecer un refugio—, que operaban bajo unas leyes físicas y temporales completamente ajenas a la prisa del mundo moderno. Los casi extintos kioskos de prensa y revistas. Más que comercios, eran auténticas naves nodrizas de la imaginación, templos laicos donde se oficiaba el hermoso y cotidiano ritual de la lectura en papel. Acercarse a ellos no era un mero trámite de consumo; era cruzar un umbral invisible hacia otra dimensión gobernada por una fragancia inconfundible y embriagadora: la mezcla perfecta de tinta fresca y celulosa prensada.

Para quienes crecimos bajo el influjo de aquellos tenderetes, el kiosko era, sin discusión posible, la tienda de la felicidad. Representaba el epicentro de nuestras pequeñas ilusiones, un universo concentrado en escasos metros cuadrados donde cabían todas las geografías, todas las épocas y todos los sueños posibles. La visita podía ser diaria, con la solemne peregrinación en busca del periódico matutino que conectaba a los mayores con el pulso del mundo; o semanal y mensual, guiada por un fervor cuasi religioso. Esta última modalidad estaba reservada para una de las experiencias más puras de la infancia y la juventud: aguardar con una paciencia infinita, cargada de zozobra, la llegada de un nuevo volumen de tu colección favorita.

¿Cómo olvidar la anatomía de aquella espera? Semana tras semana, el kiosko se convertía en el centro de gravedad del universo. Pasabas por delante echando un vistazo furtivo al escaparate para comprobar si, por obra y gracia de la distribución nacional, el lomo anhelado ya ocupaba su lugar legítimo en la balda. Y entonces, el día señalado, se producía la epifanía. Ahí estaba. Brillante, intocable. Recuerdo con una nitidez abrumadora mis primeros cómics. La sensación física de correr hacia casa con el tesoro apretado contra el pecho, protegiéndolo de cualquier inclemencia meteorológica como si fuera un secreto de Estado. Llegar a la habitación, abrirlo con devoción casi cirujana, respirar ese aroma inconfundible a imprenta y sumergirse en las viñetas hasta agotar cada línea de diálogo.

Hoy, la metamorfosis ha sido cruel. Aquellos santuarios del saber impreso han mutado, por pura supervivencia económica, en pequeños y desconcertantes bazares de conveniencia. Donde antes se alineaban las portadas de los tebeos, las revistas de cine, las publicaciones científicas y los suplementos dominicales, ahora se amontonan pilas triple A, cargadores de móvil de dudosa procedencia, botellas de Aquarius tibias y una desconcertante variedad de vapers con sabor a vainilla, algodón de azúcar o menta polar. Es un triste ejercicio de resistencia ver cómo el papel ha tenido que replegarse, marginado a un rincón polvoriento, mientras el neón artificial de los cigarrillos electrónicos ilumina lo que un día fue el rincón más lúcido de la calle.

Quizá por eso, cuando uno tropieza casualmente con uno de los pocos kioskos supervivientes que aún resisten el embate del siglo XXI, siente una punzada de melancolía incurable. Nos duele comprobar que estamos perdiendo no solo un modelo de negocio, sino una forma de mirar el mundo a ras de suelo, desde la cercanía de la acera.

Con su lenta desaparición, no solo se apagan las luces de unas pocas casapuertas; se desvanece también un pedazo insustituible de nuestra propia historia personal y de educación sentimental, dejándonos a la intemperie de un mundo hiperconectado pero profundamente huérfano de alma.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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