Resulta impactante que con tu dedo índice puedas acceder a toda la información posible en este mundo de las pantallas. Aunque más increíble aún resulta si consultas en el diccionario la definición de índice y adviertes que ese objeto de carne y hueso que nos sirve para acercarnos a la comprensión de los temas mundanos acoge en sus seis letras toda una serie de significados que parecen querer mostrarnos el camino correcto, aclararnos la mente. Así, “indicio o señal de algo, valor que expresa una relación, medida estadística o lista ordenada de contenidos”. Incluso si abrimos el foco a la variante etimológica de delator se nos abre un mundo de interpretaciones que si tuviéramos tiempo y ganas de explorarlas quizá nos haría ser más conscientes de lo que es importante.
En mi caso, intento con ese dedo mantener cierta cordura y cierta mirada propia hacia el mundo que nos rodea. Y lo que veo no me gusta. Pero no me gusta no por lo que leo o escucho sino justamente por lo contrario, por lo que no leo ni escucho en ese marco o relato actual que alimentan expertos, opinadores, intelectuales y demás entes pensantes o no de nuestra época.
Por eso mientras deslizo ese dedo por la pantalla del móvil, paseo por el parque con mi hija, pienso a quién votar en las próximas elecciones, veo una serie en mi plataforma favorita de pago, voy a comprar a Mercadona, leo una novela de Megan Maxwell, tomo creatina, magnesio, colágeno, semillas de chía, kéfir, me acuesto y me cuesta dormir, tardeo con los padres de los compañeros de mis hijos en el cole, hago cuentas para pagar el alquiler o la hipoteca, me compro otra camisa en Zara, veo un tutorial de maquillaje, digo “ en plan”, six seven, mi crush, “me renta o no me renta”, me da cringe, me como una pizza precocinada, hago el turno de noche para cuidar a mi padre porque con su precaria salud no puede quedarse solo, veo porno, me duelen las rodillas o la espalda, escucho o veo un pódcast de lo que sea, utilizo la IA con y sin criterio, me tomo un analgésico, un protector estomacal, un antidepresivo, una cerveza, un whisky, leo un ensayo de Agustín Fernández Mallo, hago una receta que vi en otro tutorial, me compro cinco camisetas a dos euros en Shein, me desgañito en un festival indie mientras el peque se ha quedado en casa de la abuela, voy al tanatorio porque mi amiga Elena ha muerto con cuarenta y cinco de cáncer de mama, al hospital porque a mi compañero de running le ha dado un ictus, me escapo un fin de semana a un piso de alquiler turístico en Valencia que hasta hace tres días era una cochera, releo la poesía completa del poeta anarquista Antonio Orihuela, vuelvo a ver Otto e mezzo de Fellini, me hago una analítica para ver si me han bajado los niveles colesterol y los triglicéridos o me siento en el sofá y me pongo a llorar sin saber muy bien por qué.
Mientras todo eso pasa y a usted y a mí no nos da la vida para casi nada, escucho por ahí, de soslayo, transversalmente, que están pasando cosas que a lo peor explican mis lágrimas, mis problemas para dormir, mi sensación de que me falta el aire, mi desilusión, mi frustración, mi tristeza, mi soledad y mi desasosiego.
Michel Foucault resignificaba el concepto de episteme como un marco inconsciente de reglas y principios que en cada época determinan qué y cómo pensar. Un inconsciente cultural en el que estamos inmersos y nos impide pensar más allá de unos límites. Eso podría explicar que usted y yo nos hagamos preguntas binarias a las que no encontramos solución: ¿Voto a la izquierda o la derecha? ¿Soy patriota o no? ¿Europeísta o nacionalista? ¿Hay inmigrantes buenos y malos? ¿Meto a mi hijo en la pública o en la concertada? Incluso cansados de no entender nada hemos decidido no hacernos preguntas. Incluso cansados de no encontrar respuestas buscamos en X o Tik Tok una que nos parezca algo razonable y la hacemos nuestra.
Pero, a veces, no somos capaces de poner la mente en blanco y las preguntas nos acosan.
¿Me afecta que una empresa privada como SpaceX vaya a tener en breve más de 40.000 satélites Stalink en el espacio con capacidad para controlar casi cualquier asunto que necesite internet, desde lo que consumo, a drones de vigilancia, a armas de defensa o ataque? ¿Por qué se habla tan poco de algunas fundaciones como Disenso, Atenea o el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política? ¿Cómo le explico a mi simpático vecino que cada vez que da un me gusta, hace un comentario o publica algo en redes un algoritmo ideado por neurocientíficos y matemáticos lo datifica en función de unos criterios (extraversión, agradabilidad, perfeccionismo, neuroticismo y apertura de miras) para después vender esa información a grandes empresas, partidos políticos y organizaciones con espurios objetivos? ¿Por qué los fondos buitres están comprando no solo pisos sino creando universidades privadas y centros de formación profesional?
¿Hay alguna relación de esto con los resultados del informe PISA, con el aumento de intentos de suicidio, los desahucios, el espectacular incremento de alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo, con la tendencia de voto en Latinoamérica, con que tenga que cuidar de mi padre sin ayuda institucional o a que mi amiga Elena no la avisaran en su cribado de mama que los resultados eran dudosos y debería volver a repetirlos? ¿Por qué los 145 muertos de Ceuta ocupan un lugar distinto en nuestra cabeza que los 69 de Urda o los 7.291 ancianos que fallecieron en residencias de mayores de Madrid sin ser derivados a un hospital?
Seguro que los opinadores digitales tendrán las respuestas. Pero yo prefiero leer con atención a gente brillante que encuentra ventanas para mirar más allá de la episteme.
Uno es Agustín Fernández Mallo quien en La forma de la multitud nos explica cómo el capitalismo ya se ha salido por sí solo de la episteme ignorando al ser humano. Los algoritmos y los bots ya procesan transacciones, analizan datos, gestionan mercados financieros o regulan interacciones digitales a velocidades inalcanzables para el cerebro humano. Es decir, toman decisiones al margen de nosotros, operan fuera de la escala humana.
Otra es Almudena Hernando. Ella sostiene que hemos construido la cultura occidental sobre la fantasía de la individualidad masculina. Y esa fantasía consiste en hacer creer que el hombre es un sujeto autosuficiente y plenamente racional y sobre ello construye su identidad, ocultando que su seguridad emocional y vital depende directamente de la labor relacional que realizan las mujeres, a quienes se las ha subordinado e invisibilizado para que no se descubra el pastel.
O sea, que es plausible barruntar que vivimos en un mundo de fantasía y ciencia ficción donde o somos conejillos de indias o víctimas o las dos cosas.
Y ahora nos tocaría decidir si -volviendo al concepto clásico- preferimos navegar buscando el saber real (episteme) o las opiniones, las percepciones subjetivas (doxa).
Resulta impactante que con tu dedo índice puedas acceder a toda la información posible en este mundo de las pantallas. Aunque más increíble aún resulta si consultas en el diccionario la definición de índice y adviertes que ese objeto de carne y hueso que nos sirve para acercarnos a la comprensión de los temas mundanos acoge en sus seis letras toda una serie de significados que parecen querer mostrarnos el camino correcto, aclararnos la mente. Así, “indicio o señal de algo, valor que expresa una relación, medida estadística o lista ordenada de contenidos”. Incluso si abrimos el foco a la variante etimológica de delator se nos abre un mundo de interpretaciones que si tuviéramos tiempo y ganas de explorarlas quizá nos haría ser más conscientes de lo que es importante.
En mi caso, intento con ese dedo mantener cierta cordura y cierta mirada propia hacia el mundo que nos rodea. Y lo que veo no me gusta. Pero no me gusta no por lo que leo o escucho sino justamente por lo contrario, por lo que no leo ni escucho en ese marco o relato actual que alimentan expertos, opinadores, intelectuales y demás entes pensantes o no de nuestra época.
Por eso mientras deslizo ese dedo por la pantalla del móvil, paseo por el parque con mi hija, pienso a quién votar en las próximas elecciones, veo una serie en mi plataforma favorita de pago, voy a comprar a Mercadona, leo una novela de Megan Maxwell, tomo creatina, magnesio, colágeno, semillas de chía, kéfir, me acuesto y me cuesta dormir, tardeo con los padres de los compañeros de mis hijos en el cole, hago cuentas para pagar el alquiler o la hipoteca, me compro otra camisa en Zara, veo un tutorial de maquillaje, digo “ en plan”, six seven, mi crush, “me renta o no me renta”, me da cringe, me como una pizza precocinada, hago el turno de noche para cuidar a mi padre porque con su precaria salud no puede quedarse solo, veo porno, me duelen las rodillas o la espalda, escucho o veo un pódcast de lo que sea, utilizo la IA con y sin criterio, me tomo un analgésico, un protector estomacal, un antidepresivo, una cerveza, un whisky, leo un ensayo de Agustín Fernández Mallo, hago una receta que vi en otro tutorial, me compro cinco camisetas a dos euros en Shein, me desgañito en un festival indie mientras el peque se ha quedado en casa de la abuela, voy al tanatorio porque mi amiga Elena ha muerto con cuarenta y cinco de cáncer de mama, al hospital porque a mi compañero de running le ha dado un ictus, me escapo un fin de semana a un piso de alquiler turístico en Valencia que hasta hace tres días era una cochera, releo la poesía completa del poeta anarquista Antonio Orihuela, vuelvo a ver Otto e mezzo de Fellini, me hago una analítica para ver si me han bajado los niveles colesterol y los triglicéridos o me siento en el sofá y me pongo a llorar sin saber muy bien por qué.
Mientras todo eso pasa y a usted y a mí no nos da la vida para casi nada, escucho por ahí, de soslayo, transversalmente, que están pasando cosas que a lo peor explican mis lágrimas, mis problemas para dormir, mi sensación de que me falta el aire, mi desilusión, mi frustración, mi tristeza, mi soledad y mi desasosiego.
Michel Foucault resignificaba el concepto de episteme como un marco inconsciente de reglas y principios que en cada época determinan qué y cómo pensar. Un inconsciente cultural en el que estamos inmersos y nos impide pensar más allá de unos límites. Eso podría explicar que usted y yo nos hagamos preguntas binarias a las que no encontramos solución: ¿Voto a la izquierda o la derecha? ¿Soy patriota o no? ¿Europeísta o nacionalista? ¿Hay inmigrantes buenos y malos? ¿Meto a mi hijo en la pública o en la concertada? Incluso cansados de no entender nada hemos decidido no hacernos preguntas. Incluso cansados de no encontrar respuestas buscamos en X o Tik Tok una que nos parezca algo razonable y la hacemos nuestra.
Pero, a veces, no somos capaces de poner la mente en blanco y las preguntas nos acosan.
¿Me afecta que una empresa privada como SpaceX vaya a tener en breve más de 40.000 satélites Stalink en el espacio con capacidad para controlar casi cualquier asunto que necesite internet, desde lo que consumo, a drones de vigilancia, a armas de defensa o ataque? ¿Por qué se habla tan poco de algunas fundaciones como Disenso, Atenea o el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política? ¿Cómo le explico a mi simpático vecino que cada vez que da un me gusta, hace un comentario o publica algo en redes un algoritmo ideado por neurocientíficos y matemáticos lo datifica en función de unos criterios (extraversión, agradabilidad, perfeccionismo, neuroticismo y apertura de miras) para después vender esa información a grandes empresas, partidos políticos y organizaciones con espurios objetivos? ¿Por qué los fondos buitres están comprando no solo pisos sino creando universidades privadas y centros de formación profesional?
¿Hay alguna relación de esto con los resultados del informe PISA, con el aumento de intentos de suicidio, los desahucios, el espectacular incremento de alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo, con la tendencia de voto en Latinoamérica, con que tenga que cuidar de mi padre sin ayuda institucional o a que mi amiga Elena no la avisaran en su cribado de mama que los resultados eran dudosos y debería volver a repetirlos? ¿Por qué los 145 muertos de Ceuta ocupan un lugar distinto en nuestra cabeza que los 69 de Urda o los 7.291 ancianos que fallecieron en residencias de mayores de Madrid sin ser derivados a un hospital?
Seguro que los opinadores digitales tendrán las respuestas. Pero yo prefiero leer con atención a gente brillante que encuentra ventanas para mirar más allá de la episteme.
Uno es Agustín Fernández Mallo quien en La forma de la multitud nos explica cómo el capitalismo ya se ha salido por sí solo de la episteme ignorando al ser humano. Los algoritmos y los bots ya procesan transacciones, analizan datos, gestionan mercados financieros o regulan interacciones digitales a velocidades inalcanzables para el cerebro humano. Es decir, toman decisiones al margen de nosotros, operan fuera de la escala humana.
Otra es Almudena Hernando. Ella sostiene que hemos construido la cultura occidental sobre la fantasía de la individualidad masculina. Y esa fantasía consiste en hacer creer que el hombre es un sujeto autosuficiente y plenamente racional y sobre ello construye su identidad, ocultando que su seguridad emocional y vital depende directamente de la labor relacional que realizan las mujeres, a quienes se las ha subordinado e invisibilizado para que no se descubra el pastel.
O sea, que es plausible barruntar que vivimos en un mundo de fantasía y ciencia ficción donde o somos conejillos de indias o víctimas o las dos cosas.
Y ahora nos tocaría decidir si -volviendo al concepto clásico- preferimos navegar buscando el saber real (episteme) o las opiniones, las percepciones subjetivas (doxa).
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