Opinión

Crueldad para ejercer el mal moral: los demonios se desatan en Ceuta

No basta con no hacer el mal. Cuando alguien tiene hambre y pide ayuda, mirar hacia otro lado también nos enfrenta a una responsabilidad moral que demasiadas veces preferimos ignorar

  • Un grupo de migrantes en Ceuta. -

En la escala de la moralidad podríamos encontrar un mínimo y, también, un máximo. El mínimo de la moralidad sería el cometido en una acción consistente en quitarle la vida a un ser humano y, al contrario, el máximo se daría en aquellos casos en que alguien es capaz de entregar su propia vida por salvar otra vida humana. Es así porque el principio material de la moral (y de la ética) es la afirmación de la vida, tanto de una persona individual como de la comunidad, de manera que, como propone E. Dussel, una acción será moralmente aceptable si contribuye a la producción, reproducción o aumento responsable de la vida de cada cual o de la comunidad a la que pertenece (que es una vida cultural e histórica), teniendo como aspiración solidaria una vida felicitante y toda la humanidad como referencia, así como a la vida en el planeta

En la historia del pensamiento Occidental se han propuesto otros principios materiales de la ética; pero difícilmente podrían sustraerse en última instancia a una orientación por la afirmación de la vida. Y al contrario, todas las acciones que contribuyen a la muerte o a la degradación de las condiciones de vida de cualesquier otra persona son acciones moralmente condenables. La vida humana, el vivir, es el presupuesto y horizonte último de todos los actos humanos; y el principio moral obliga el deber de afirmar y acrecentar dicha vida para cualquier comunidad y para cualquier ser humano.

Las éticas formales, a partir de I. Kant, también han señalado como principio para la orientación de la los actos humanos moralmente valiosos el guiarse por mandatos universales, normas que se quisieran para todo ser humano y que se deciden racional y consensualmente. Pero también tienen que conducir a la afirmación de la vida humana: Si nadie quiere para sí que se degraden sus condiciones de vida, cualquier norma moralmente valiosa debe orientar una acción que afirme la vida de cualquier otra persona.

La afirmación de la vida como principio material y también como consecuencia del principio formal, señala la legitimidad moral del acto humano en el sistema-mundo sin ponerlo en cuestión Pero más allá de la moral del sistema y más radicalmente surge la ética crítica, y la conciencia ética, cuando en el mundo emerge el rostro de alguien, otro ser humano, otra biografía, otro mundo, otra historia; cuando se nos revela el Otro como otro; no estaba y ahora nos interpela: es la víctima de nuestro sistema, la persona más vulnerable, la excluida o necesitada. No hay conciencia ética sin escuchar la voz de las víctimas; y la pregunta ética adquiere entonces su potencial emancipador cuando nos plantea si el sistema permite o impide que el otro viva y que lleve una vida digna.

En la tradición semita y camita, encontramos textos que señalan la esencia de la ética. En el código de Hammurabi (hace 3.775 años), el rey de Mesopotamia comienza su dictado, resumido por Dussel: “He hecho justicia con la viuda, el huérfano, el pobre y el extranjero”, con las víctimas de los sistemas de género, de educación, de economía y de política. En Egipto, el juicio sobre la vida de una persona no se limitaba a comprobar si había obedecido la ley o cumplido los rituales, sino si esa vida había estado vinculada a la protección del más vulnerable. Así, en el Libro de los Muertos (desde el siglo -XVI al -I) se muestra cómo en el juicio de Osiris el difunto tenía que justificar que no había coadyuvado al padecimiento de la vida de los más vulnerables. Entre esos pecados no cometidos el difunto defendía que no había hecho padecer hambre, llorar a nadie o no había privado de sustento al extranjero. La idea que subyace en esa confesión negativa es la de que la vida de una persona debe ser juzgada también por lo que ha dejado de hacer y que podría haber evitado el sufrimiento de los demás, de los pobres y excluidos. Las conductas morales que el difunto asegura haber evitado son los mismos delitos que el Código de Hammurabi tipifica y castiga. Las religiones de origen semita incorporaron esos planteamientos morales y así aparecen en sus propios textos.

Andalucía ante la migración

El islam se extendió por el norte de África integrando en sus preceptos morales de origen semita las normas y costumbres de las culturas preislámicas, como la hospitalidad con el extranjero que era propia de los pueblos amazigh. El acogimiento al extranjero o la preocupación por los pobres y los excluidos, el mensaje igualitario del islam, fue recibido por la población andaluza sometida a la élite visigoda con la llegada de árabes y, sobre todo, amazigh en el siglo VIII. Las habituales costumbres campesinas de hospitalidad y acogimiento entre la población nativa andaluza se vieron reforzadas con el sentido de las mismas por los pueblos vecinos del otro lado del Mediterráneo. 

Con la conquista de al-Ándalus se inicia la expansión de la Modernidad eurocéntrica y uniformadora que, conjuntamente con la expansión del capitalismo y el liberalismo, fue disolviendo los vínculos comunitarios. El mestizaje de la cultura andaluza y la tradición hospitalaria resistieron, pero el avance del proyecto de la modernidad, la división del trabajo y con Andalucía sometida prosiguió hasta nuestros días. Pero la cultura abierta del pueblo andaluz persiste hasta el punto que Blas Infante llegara a exclamar que “en Andalucía no hay extranjeros”. 

La conciencia ética surge cuando ante la presencia del Otro se descubre a ese otro como un ser humano que me interpela, alguien que mirándome a los ojos me pide ayuda. Miles de migrantes accedieron por la frontera ceutí pidiendo ayuda. En Andalucía teníamos la posibilidad de activarnos porque en nuestro interior todavía resuena la voz de la conciencia ética y porque nuestra condición de pueblo migrante podría suscitarnos el recuerdo de la respuesta que esperábamos en los países y territorios de pretendida acogida. La respuesta ha sido desigual y mayoritariamente condicionada por los estímulos provenientes de medios controlados por fuerzas xenófobas y racistas y, en el caso de los medios privados, además, alineados con intereses económicos, políticos y culturales impulsados por el trumpismo. No obstante, un sector de la población andaluza y ceutí, y las ONG vinculadas al trabajo con migrantes, incluida la Cruz Roja, admirablemente, y pese a las dificultades, están cooperando en la asistencia a los miles de personas que permanecen en Ceuta. Representan la conciencia ética y lo mejor del ser humano. 

La crueldad en el ejercicio del mal

La respuesta insensible frente a quien se nos revela con la simple expresión “¡tengo hambre!”, no proporcionaría la absolución en el juicio ante Osiris. No es ya una acción, el dejar de hacer, repudiable éticamente, sino que tampoco es aceptable desde la moral del sistema vigente. La opción por la indiferencia no significa no ser respetuoso con la ley, pero es una acción que en ningún momento contribuye a afirmar la vida de todas las personas. En la escala de la moralidad situábamos en el extremo de la mínima moralidad el quitarle la vida a otro ser humano, pero ante la degradación de las condiciones de vida de la población migrante, el no facilitarle acceso a los bienes básicos que le permitan sobrevivir con garantías, es una acción muy próxima a mínima moralidad.

El ejercicio del mal, como son las acciones que permiten o directivamente repercuten degradando las condiciones de vida de otras personas, suben un nivel de crueldad cuando se ejercitan con daño psico-físico y moral a otras personas o, como hemos visto en Ceuta, se agrede a quienes pretendían hacer el bien, tarea que cualquier conciencia ética tendría que asumir. Estamos hablando del intento de impedir la acción de aquellas personas y organizaciones que trataban de dar alimentos a la población migrante. No proporcionar alimentos a quien tiene hambre e impedir con violencia que otras personas lo hagan es la crueldad en el ejercicio del mal, que no tiene más finalidad que abandonar en la miseria y podredumbre (y la muerte) a la víctima del sistema-mundo, situarlo en la periferia del no ser, de la nada donde la humanidad es negada.

En Andalucía se observa y la mirada se pierde, en silencio se escuchan en silencio los comentarios ante las escenas televisivas donde se increpa con violencia a los que tratan de llevar alimentos. También aquellas otras escenas en las que grupos de escuadritas salen armados a la caza de migrantes, o la de miembros del ejército que apalean y maltratan por el mero hecho de su condición de migrantes. La conciencia ética que es ese saber y poder oír la voz interpelante del Otro y que ha estado presente en nuestra comunidad, hoy se encuentra oculta, adormecida en gran parte de las personas que viven en nuestra tierra; pero puede y debe despertar.

La tarea de despertar esa conciencia, durante tiempo, fue asumida por las religiones de la tradición semita; pero hoy se encuentran fetichizadas. Sucedió en la cristiandad se fetichizó durante la Edad Media y ahora, en la sociedad burguesa moderna continúa siendo religión del sistema, un sistema sacralizado. Pero también corresponde esa tarea a las organizaciones sociales, sindicatos y partidos políticos que entienden que la defensa de la humanidad es principio identitario de nuestra condición de andaluces/as. Esperamos esa respuesta.

En la escala de la moralidad podríamos encontrar un mínimo y, también, un máximo. El mínimo de la moralidad sería el cometido en una acción consistente en quitarle la vida a un ser humano y, al contrario, el máximo se daría en aquellos casos en que alguien es capaz de entregar su propia vida por salvar otra vida humana. Es así porque el principio material de la moral (y de la ética) es la afirmación de la vida, tanto de una persona individual como de la comunidad, de manera que, como propone E. Dussel, una acción será moralmente aceptable si contribuye a la producción, reproducción o aumento responsable de la vida de cada cual o de la comunidad a la que pertenece (que es una vida cultural e histórica), teniendo como aspiración solidaria una vida felicitante y toda la humanidad como referencia, así como a la vida en el planeta

En la historia del pensamiento Occidental se han propuesto otros principios materiales de la ética; pero difícilmente podrían sustraerse en última instancia a una orientación por la afirmación de la vida. Y al contrario, todas las acciones que contribuyen a la muerte o a la degradación de las condiciones de vida de cualesquier otra persona son acciones moralmente condenables. La vida humana, el vivir, es el presupuesto y horizonte último de todos los actos humanos; y el principio moral obliga el deber de afirmar y acrecentar dicha vida para cualquier comunidad y para cualquier ser humano.

Las éticas formales, a partir de I. Kant, también han señalado como principio para la orientación de la los actos humanos moralmente valiosos el guiarse por mandatos universales, normas que se quisieran para todo ser humano y que se deciden racional y consensualmente. Pero también tienen que conducir a la afirmación de la vida humana: Si nadie quiere para sí que se degraden sus condiciones de vida, cualquier norma moralmente valiosa debe orientar una acción que afirme la vida de cualquier otra persona.

La afirmación de la vida como principio material y también como consecuencia del principio formal, señala la legitimidad moral del acto humano en el sistema-mundo sin ponerlo en cuestión Pero más allá de la moral del sistema y más radicalmente surge la ética crítica, y la conciencia ética, cuando en el mundo emerge el rostro de alguien, otro ser humano, otra biografía, otro mundo, otra historia; cuando se nos revela el Otro como otro; no estaba y ahora nos interpela: es la víctima de nuestro sistema, la persona más vulnerable, la excluida o necesitada. No hay conciencia ética sin escuchar la voz de las víctimas; y la pregunta ética adquiere entonces su potencial emancipador cuando nos plantea si el sistema permite o impide que el otro viva y que lleve una vida digna.

En la tradición semita y camita, encontramos textos que señalan la esencia de la ética. En el código de Hammurabi (hace 3.775 años), el rey de Mesopotamia comienza su dictado, resumido por Dussel: “He hecho justicia con la viuda, el huérfano, el pobre y el extranjero”, con las víctimas de los sistemas de género, de educación, de economía y de política. En Egipto, el juicio sobre la vida de una persona no se limitaba a comprobar si había obedecido la ley o cumplido los rituales, sino si esa vida había estado vinculada a la protección del más vulnerable. Así, en el Libro de los Muertos (desde el siglo -XVI al -I) se muestra cómo en el juicio de Osiris el difunto tenía que justificar que no había coadyuvado al padecimiento de la vida de los más vulnerables. Entre esos pecados no cometidos el difunto defendía que no había hecho padecer hambre, llorar a nadie o no había privado de sustento al extranjero. La idea que subyace en esa confesión negativa es la de que la vida de una persona debe ser juzgada también por lo que ha dejado de hacer y que podría haber evitado el sufrimiento de los demás, de los pobres y excluidos. Las conductas morales que el difunto asegura haber evitado son los mismos delitos que el Código de Hammurabi tipifica y castiga. Las religiones de origen semita incorporaron esos planteamientos morales y así aparecen en sus propios textos.

Andalucía ante la migración

El islam se extendió por el norte de África integrando en sus preceptos morales de origen semita las normas y costumbres de las culturas preislámicas, como la hospitalidad con el extranjero que era propia de los pueblos amazigh. El acogimiento al extranjero o la preocupación por los pobres y los excluidos, el mensaje igualitario del islam, fue recibido por la población andaluza sometida a la élite visigoda con la llegada de árabes y, sobre todo, amazigh en el siglo VIII. Las habituales costumbres campesinas de hospitalidad y acogimiento entre la población nativa andaluza se vieron reforzadas con el sentido de las mismas por los pueblos vecinos del otro lado del Mediterráneo. 

Con la conquista de al-Ándalus se inicia la expansión de la Modernidad eurocéntrica y uniformadora que, conjuntamente con la expansión del capitalismo y el liberalismo, fue disolviendo los vínculos comunitarios. El mestizaje de la cultura andaluza y la tradición hospitalaria resistieron, pero el avance del proyecto de la modernidad, la división del trabajo y con Andalucía sometida prosiguió hasta nuestros días. Pero la cultura abierta del pueblo andaluz persiste hasta el punto que Blas Infante llegara a exclamar que “en Andalucía no hay extranjeros”. 

La conciencia ética surge cuando ante la presencia del Otro se descubre a ese otro como un ser humano que me interpela, alguien que mirándome a los ojos me pide ayuda. Miles de migrantes accedieron por la frontera ceutí pidiendo ayuda. En Andalucía teníamos la posibilidad de activarnos porque en nuestro interior todavía resuena la voz de la conciencia ética y porque nuestra condición de pueblo migrante podría suscitarnos el recuerdo de la respuesta que esperábamos en los países y territorios de pretendida acogida. La respuesta ha sido desigual y mayoritariamente condicionada por los estímulos provenientes de medios controlados por fuerzas xenófobas y racistas y, en el caso de los medios privados, además, alineados con intereses económicos, políticos y culturales impulsados por el trumpismo. No obstante, un sector de la población andaluza y ceutí, y las ONG vinculadas al trabajo con migrantes, incluida la Cruz Roja, admirablemente, y pese a las dificultades, están cooperando en la asistencia a los miles de personas que permanecen en Ceuta. Representan la conciencia ética y lo mejor del ser humano. 

La crueldad en el ejercicio del mal

La respuesta insensible frente a quien se nos revela con la simple expresión “¡tengo hambre!”, no proporcionaría la absolución en el juicio ante Osiris. No es ya una acción, el dejar de hacer, repudiable éticamente, sino que tampoco es aceptable desde la moral del sistema vigente. La opción por la indiferencia no significa no ser respetuoso con la ley, pero es una acción que en ningún momento contribuye a afirmar la vida de todas las personas. En la escala de la moralidad situábamos en el extremo de la mínima moralidad el quitarle la vida a otro ser humano, pero ante la degradación de las condiciones de vida de la población migrante, el no facilitarle acceso a los bienes básicos que le permitan sobrevivir con garantías, es una acción muy próxima a mínima moralidad.

El ejercicio del mal, como son las acciones que permiten o directivamente repercuten degradando las condiciones de vida de otras personas, suben un nivel de crueldad cuando se ejercitan con daño psico-físico y moral a otras personas o, como hemos visto en Ceuta, se agrede a quienes pretendían hacer el bien, tarea que cualquier conciencia ética tendría que asumir. Estamos hablando del intento de impedir la acción de aquellas personas y organizaciones que trataban de dar alimentos a la población migrante. No proporcionar alimentos a quien tiene hambre e impedir con violencia que otras personas lo hagan es la crueldad en el ejercicio del mal, que no tiene más finalidad que abandonar en la miseria y podredumbre (y la muerte) a la víctima del sistema-mundo, situarlo en la periferia del no ser, de la nada donde la humanidad es negada.

En Andalucía se observa y la mirada se pierde, en silencio se escuchan en silencio los comentarios ante las escenas televisivas donde se increpa con violencia a los que tratan de llevar alimentos. También aquellas otras escenas en las que grupos de escuadritas salen armados a la caza de migrantes, o la de miembros del ejército que apalean y maltratan por el mero hecho de su condición de migrantes. La conciencia ética que es ese saber y poder oír la voz interpelante del Otro y que ha estado presente en nuestra comunidad, hoy se encuentra oculta, adormecida en gran parte de las personas que viven en nuestra tierra; pero puede y debe despertar.

La tarea de despertar esa conciencia, durante tiempo, fue asumida por las religiones de la tradición semita; pero hoy se encuentran fetichizadas. Sucedió en la cristiandad se fetichizó durante la Edad Media y ahora, en la sociedad burguesa moderna continúa siendo religión del sistema, un sistema sacralizado. Pero también corresponde esa tarea a las organizaciones sociales, sindicatos y partidos políticos que entienden que la defensa de la humanidad es principio identitario de nuestra condición de andaluces/as. Esperamos esa respuesta.

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