Opinión

¿Alguien sabe dónde está el centro?

El centro no es un lugar; el centro es un estado de ánimo cambiante y escurridizo. Entre los españoles, el centro se mueve más que las caderas de Shakira

  • Alberto Núñez Feijóo, líder del PP.

 

El otro día, en plena calle, un desconocido me preguntó, que por dónde quedaba el centro. Yo elevé las cejas, abrí los brazos, miré a un lado, miré al otro, me encogí de hombros y solo se me ocurrió decir: “Vaya usted a saber”. Y es que el centro no es un lugar; el centro es un estado de ánimo cambiante y escurridizo. Al llegar a mi casa, para tratar de centrarme, me puse a investigar. Eché mano de la Ética a Nicómaco de Aristóteles y leí: la virtud moral es el justo medio entre dos extremos viciosos: unos por exceso y otros por defecto. O sea, que, para los griegos, los extremos eran viciosos. ¿Lo sabrá Lamine Yamal?

En fin, sigamos buscando. Si el centro está entre dos extremos, busquemos a uno y el centro estará cerca. ¿Pero, cómo reconocer a un extremo? ¿cómo saber si un extremo es un extremo y no un carrilero largo, en fase de ataque, como Cucurella? Porque el justo medio no es un punto geométrico fijo y universal. El punto medio es relativo para cada persona y según su circunstancia. Rivera y Arrimadas, por ejemplo, creían vivir en el centro y hasta ser el centro mismo, pero lo cierto es que, en aquel momento, el centro ya había fluido y solo era el sumidero por el que sus sueños desaparecieron.

Feijóo también llegó a creer de sí mismo que era como Álvaro Cunqueiro, un peregrino gallego de la derecha, camino del centro. Pero al llegar a Madrid se dio cuenta de que el centro se había movido de nuevo y que su destino ya solo era caer en los brazos de Ayuso y de Vox. En la izquierda también hubo viajeros que buscaron el centro. Nicolás Redondo Terreros, Corcuera, Leguina y otros restos del naufragio del felipismo creyeron estar en el mismísimo centro de la izquierda centrada, pero cuando despertaron de su sueño, los dinosaurios de Jiménez Losantos y Carlos Herrera, que alguna vez también creyeron ser de centro, todavía seguían allí, mirándoles con cariño. Y es que, visto lo visto, entre los españoles, el centro se mueve más que las caderas de Shakira.

Llegados a este punto, en mi afanosa búsqueda del centro, me puse en contacto con Guardiola, el mayor creador del centrocampismo del futbol mundial. Y ante mi pregunta sobre el paradero del centro, Guardiola se rascó su cráneo privilegiado y mirándome con una sonrisa irónica me dijo: “¡Pero Juanito, aún no te has enterado de que el centro no existe! El mediocampismo real es el mediocuentismo? Pregúntale a Puyol, que era mi central”. Pero Jordi Pujol, como Negreira, ya no estaban para nadie.

 

El otro día, en plena calle, un desconocido me preguntó, que por dónde quedaba el centro. Yo elevé las cejas, abrí los brazos, miré a un lado, miré al otro, me encogí de hombros y solo se me ocurrió decir: “Vaya usted a saber”. Y es que el centro no es un lugar; el centro es un estado de ánimo cambiante y escurridizo. Al llegar a mi casa, para tratar de centrarme, me puse a investigar. Eché mano de la Ética a Nicómaco de Aristóteles y leí: la virtud moral es el justo medio entre dos extremos viciosos: unos por exceso y otros por defecto. O sea, que, para los griegos, los extremos eran viciosos. ¿Lo sabrá Lamine Yamal?

En fin, sigamos buscando. Si el centro está entre dos extremos, busquemos a uno y el centro estará cerca. ¿Pero, cómo reconocer a un extremo? ¿cómo saber si un extremo es un extremo y no un carrilero largo, en fase de ataque, como Cucurella? Porque el justo medio no es un punto geométrico fijo y universal. El punto medio es relativo para cada persona y según su circunstancia. Rivera y Arrimadas, por ejemplo, creían vivir en el centro y hasta ser el centro mismo, pero lo cierto es que, en aquel momento, el centro ya había fluido y solo era el sumidero por el que sus sueños desaparecieron.

Feijóo también llegó a creer de sí mismo que era como Álvaro Cunqueiro, un peregrino gallego de la derecha, camino del centro. Pero al llegar a Madrid se dio cuenta de que el centro se había movido de nuevo y que su destino ya solo era caer en los brazos de Ayuso y de Vox. En la izquierda también hubo viajeros que buscaron el centro. Nicolás Redondo Terreros, Corcuera, Leguina y otros restos del naufragio del felipismo creyeron estar en el mismísimo centro de la izquierda centrada, pero cuando despertaron de su sueño, los dinosaurios de Jiménez Losantos y Carlos Herrera, que alguna vez también creyeron ser de centro, todavía seguían allí, mirándoles con cariño. Y es que, visto lo visto, entre los españoles, el centro se mueve más que las caderas de Shakira.

Llegados a este punto, en mi afanosa búsqueda del centro, me puse en contacto con Guardiola, el mayor creador del centrocampismo del futbol mundial. Y ante mi pregunta sobre el paradero del centro, Guardiola se rascó su cráneo privilegiado y mirándome con una sonrisa irónica me dijo: “¡Pero Juanito, aún no te has enterado de que el centro no existe! El mediocampismo real es el mediocuentismo? Pregúntale a Puyol, que era mi central”. Pero Jordi Pujol, como Negreira, ya no estaban para nadie.

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