Opinión

Alerta: nostalgia

¿Nos hace bien, o simplemente nos dedicamos a pasar el tiempo edulcorando un recuerdo que, aunque bonito, no fue tan increíble como lo concebimos hoy?

  • Última edición de Operación Triunfo.

Durante mi juventud veinteañera, siempre fui un poco reacio al colectivo de boomers y generación X que hablaba -y habla- de los años 80 como la mejor época que se pudo vivir. Aunque tengan sus razones, relacionadas con la explosión cultural, el avance de las libertades tras la dictadura o el nacimiento de algunos gigantes de la música, siempre me pareció que, simplemente, idealizaban su juventud frente a la inminente entrada en el último tercio vital.

Más de cuarenta años después de esta etapa, concretamente el pasado 22 de octubre, se cumplieron veinticinco años del estreno de Operación Triunfo en televisión. Se dice pronto, y es que, quienes vivimos aquel otoño de 2001, recordamos mucho más cerca en el tiempo cuando Bisbal, Rosa, Bustamante, Chenoa y compañía conquistaron las pantallas de nuestras casas, arrasando el panorama musical hasta el punto de que numerosos artistas ajenos al programa les cogieron cierta animadversión.

Con este redondo aniversario, aparecieron y siguen apareciendo cientos de vídeos de momentos de una etapa muy distinta a la actual. Con la palabra nostalgia como bandera, estas imágenes nos hacen, sobre todo a los millenials, retrotraernos a instantes de nuestra infancia o adolescencia en los que los problemas de la vida real todavía no nos habían dado ni los buenos días. No niego que me encanta verlos, tanto esos de OT como los anuncios de juguetes de la época, o determinadas series como la inmortal Aquí no hay quien viva, por ejemplo. Y es que, por unos segundos, la mente parece apagarse y adentrarse en una zona de confort a la que sabemos que nunca volveremos físicamente.

Tanto es así que, directamente, existen numerosas cuentas en redes dedicadas exclusivamente al movimiento nostálgico de los 2000: cultura, televisión, fútbol, los primeros ordenadores en casa, música... Todo vale para justificar eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Con esto de los veinticinco años de la primera edición de Operación Triunfo, miles de personas clamaban en redes por un reencuentro de cuarto de siglo -algo que ya se hizo en 2016 por el decimoquinto cumpleaños de la academia-, llegando a la indignación ante la más que probable posibilidad de que nunca se llegue a celebrar.

Con todo esto, siempre me viene la misma pregunta. ¿Qué buscamos realmente cuando vemos una y otra vez un vídeo mítico de El Diario de Patricia, la actuación de Chenoa y Bisbal cantando Escondidos, o rejugamos un juego al que le echábamos decenas de horas cuando aún íbamos a primaria? ¿Nos hace bien, o simplemente nos dedicamos a pasar el tiempo edulcorando un recuerdo que, aunque bonito, no fue tan increíble como lo concebimos hoy?

Aunque deberían ser los psicólogos quienes dieran una explicación a esto, supongo que cualquier cosa es mala en exceso y, como dijo Lola Flores, "todo se puede hacer, pero con método". Anclarse mentalmente en esas noches en las que veíamos OT en familia nunca puede ser del todo positivo. No obstante, tampoco creo que sonreír al ver esos vídeos se deba considerar un suicidio para nuestro porvenir. Todo debería hacerse con método. Sobre todo, y como dijo hace poco Mariang Maturana, porque "la nostalgia adormece el espíritu y frena la vanguardia". O, dicho de otra manera, la nostalgia puede convertirte en uno de esos puretas que defienden los años 80 por encima de su propia integridad. Y no queremos eso.

Durante mi juventud veinteañera, siempre fui un poco reacio al colectivo de boomers y generación X que hablaba -y habla- de los años 80 como la mejor época que se pudo vivir. Aunque tengan sus razones, relacionadas con la explosión cultural, el avance de las libertades tras la dictadura o el nacimiento de algunos gigantes de la música, siempre me pareció que, simplemente, idealizaban su juventud frente a la inminente entrada en el último tercio vital.

Más de cuarenta años después de esta etapa, concretamente el pasado 22 de octubre, se cumplieron veinticinco años del estreno de Operación Triunfo en televisión. Se dice pronto, y es que, quienes vivimos aquel otoño de 2001, recordamos mucho más cerca en el tiempo cuando Bisbal, Rosa, Bustamante, Chenoa y compañía conquistaron las pantallas de nuestras casas, arrasando el panorama musical hasta el punto de que numerosos artistas ajenos al programa les cogieron cierta animadversión.

Con este redondo aniversario, aparecieron y siguen apareciendo cientos de vídeos de momentos de una etapa muy distinta a la actual. Con la palabra nostalgia como bandera, estas imágenes nos hacen, sobre todo a los millenials, retrotraernos a instantes de nuestra infancia o adolescencia en los que los problemas de la vida real todavía no nos habían dado ni los buenos días. No niego que me encanta verlos, tanto esos de OT como los anuncios de juguetes de la época, o determinadas series como la inmortal Aquí no hay quien viva, por ejemplo. Y es que, por unos segundos, la mente parece apagarse y adentrarse en una zona de confort a la que sabemos que nunca volveremos físicamente.

Tanto es así que, directamente, existen numerosas cuentas en redes dedicadas exclusivamente al movimiento nostálgico de los 2000: cultura, televisión, fútbol, los primeros ordenadores en casa, música... Todo vale para justificar eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Con esto de los veinticinco años de la primera edición de Operación Triunfo, miles de personas clamaban en redes por un reencuentro de cuarto de siglo -algo que ya se hizo en 2016 por el decimoquinto cumpleaños de la academia-, llegando a la indignación ante la más que probable posibilidad de que nunca se llegue a celebrar.

Con todo esto, siempre me viene la misma pregunta. ¿Qué buscamos realmente cuando vemos una y otra vez un vídeo mítico de El Diario de Patricia, la actuación de Chenoa y Bisbal cantando Escondidos, o rejugamos un juego al que le echábamos decenas de horas cuando aún íbamos a primaria? ¿Nos hace bien, o simplemente nos dedicamos a pasar el tiempo edulcorando un recuerdo que, aunque bonito, no fue tan increíble como lo concebimos hoy?

Aunque deberían ser los psicólogos quienes dieran una explicación a esto, supongo que cualquier cosa es mala en exceso y, como dijo Lola Flores, "todo se puede hacer, pero con método". Anclarse mentalmente en esas noches en las que veíamos OT en familia nunca puede ser del todo positivo. No obstante, tampoco creo que sonreír al ver esos vídeos se deba considerar un suicidio para nuestro porvenir. Todo debería hacerse con método. Sobre todo, y como dijo hace poco Mariang Maturana, porque "la nostalgia adormece el espíritu y frena la vanguardia". O, dicho de otra manera, la nostalgia puede convertirte en uno de esos puretas que defienden los años 80 por encima de su propia integridad. Y no queremos eso.

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