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Opinión

La matanza de Casas Viejas, tan de actualidad como hace 85 años

Hoy, como en 1933, el poder le tiene miedo a la ciudadanía.

Convención o no, los años pasan y ya son 85 los que lo han hecho desde la matanza que, una fría madrugada de enero, cometieron las fuerzas del orden en Casas Viejas. Que el tiempo se detenga para reflexionar sobre ellos no es casualidad. Tanto por ser un ejemplo del acostumbrado recurso a la violencia del Estado español para resolver los problemas, sobre todo los de orden social. Tanto, porque la responsabilidad política última de quienes cometieron el crimen, un gabinete democrático de republicanos de izquierda y socialistas, puso de de manifiesto de forma descarnada lo substancial del ejercicio del poder. En ello radica la siembre vigencia de lo ocurrido.

Por supuesto que hay otras cuestiones, tanto históricas como actuales. Recordemos algunas generales: los debates historiográfico, político y social nunca cerrados o la gestión actual de la memoria de lo ocurrido. Las controversias seguirán como ocurre con la interpretación de cualquier hecho histórico. Suponiendo la objetividad –al menos la honradez metodológica- de los intervinientes. La gestión actual continúa entre la fortaleza de las iniciativas ciudadanas, léase más allá de logotipos y notas de prensa, el programa de actos previsto este año, y la placidez institucional que mantiene empantanados temas como la declaración de BIC, sacar del anonimato al monumento instalado por la CGT hace 30 años y devolverlo a su ubicación original. Por no hablar del encefalograma plano de la Fundación Casas Viejas 1933, cuyo logo sigue siendo de uso estacional. Aunque hay que señalar que, en su página web, siempre en mantenimiento, se han colocado enlaces de la ruta de los sucesos y al espacio conmemorativo.

Por cierto, que hay que destacar este año tres actos. La lectura pública del libro recién aparecido de Salustiano Gutiérrez, que se promete más que emotiva; la vuelta a las calles de la recreación de lo ocurrido, un espectacular compromiso de decenas de vecinos; y la novedad de la  jornada del grupo Amor y Armonía en homenaje a las mujeres de los sucesos. Además, hay que señalar, como hecho relevante de estos últimos  meses, la llegada de materiales del legado de Jerome Mintz. Un nuevo reto para su puesta a disposición del público.

Pero este año, la reflexión que se me viene a la cabeza es con la que comenzaba estas líneas: cómo en enero de 1933 el poder mostró todo su ser en su más cruda expresión. Creo que no surge por casualidad. Es producto de la deriva reaccionaria y autoritaria que, en estos últimos meses, está tomando la vida política española y la de amplios sectores de la sociedad española. Por poner dos ejemplos, recordemos el tema del asunto catalán y lo ocurrido con una carroza de la cabalgata del bario madrileño de Vallecas. Por cierto que la actual Benalup-Casas Viejas también luchó por su independencia hace ya algunos años. En ambos casos, sobre todo en el primero, el poder, quienes lo detentan, ha dado muestras más que de sobra de anteponer sus intereses a los de la ciudadanía en general. Como en 1933. En ambos casos con devastadoras consecuencias para la nación.

Hoy, como en 1933, el poder le tiene miedo a la ciudadanía. El despotismo ilustrado, además corrupto y corrompido por el franquismo, es la máxima modernidad que se admite

Lo ocurrido en Casas Viejas significó el hundimiento de la confianza en el proyecto reformista republicano para amplios sectores de la sociedad. No necesariamente de quienes simpatizaban con proyectos más radicales. Por el contrario, los desencantados fueron las clases medias, los trabajadores moderados, que pensaban que actuaciones como aquellas no podían darse en una republica de trabajadores de todas las clases, en un proyecto democrático. Además, si se daban, las responsabilidades serían asumidas inmediatamente anteponiendo el interés de la República (la res-publica) al particular de quienes ocupaban los cargos administrativos. Ni una cosa ni otra ocurrió y quienes fueron las más beneficiadas fueron las fuerzas ultrarreaccionaria y antidemocráticas.

Lo que está ocurriendo en Cataluña estos últimos meses es más de lo mismo. Una vez más el Estado coge el camino del palo y tentetieso, en esta ocasión, como en los grandes momentos, utilizando estacas parlamentarias, ejecutivas, judiciales e informativas. Las consecuencias inmediatas nos devuelven a caminos que muchos pensábamos definitivamente transitados. Y todo porque, más allá de las reivindicaciones catalanas, los defensores del sistema político social de la transición no están dispuestos a perder la posición ventajosa de la que han disfrutado durante décadas. Es precisamente ese sistema obsoleto el que se quiere mantener por a toda costa. Cueste lo que cueste.

Hoy, como en 1933, el poder le tiene miedo a la ciudadanía. El despotismo ilustrado, además corrupto y corrompido por el franquismo, es la máxima modernidad que se admite. Entonces y ahora, Casas Viejas es una buena prueba. Como lo es también que, pese a todo y a los costes que tiene, la esperanza es posible. A pesar de las derrotas. Hay quienes van de victoria en victoria hasta la derrota total.

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