Festival de Jerez

Israel Galván: “Siempre tengo la sensación de empezar de cero”

El icónico y rupturista bailaor sevillano estrena 'El amor brujo' de Falla, una creación "como si bailara en el salón de casa", en la clausura del XXIII Festival de Jerez

Cuando Israel Galván de los Reyes (Sevilla, 1973) descubrió La metamorfosis de Kafka se la leyó cinco veces seguidas. Incluso quiso ser escarabajo por un momento. Sentirse como Gregor Samsa. Lo logró. Cosas parecidas le pasaron con Bergman o Pasolini y sus obras. Este hombre sensato y alucinado a partes iguales, ortodoxo y heterodoxo, obstinado obrero del arte que cada día que pasa trata de sentirse más libre, no busca fórmulas premeditadas, ni quiere ir con la corriente. No es planificado, es su forma de ser. Por eso, quizás le dijo a su padre, el gran maestro José Galván, que lo suyo era otra cosa. Y, al principio, claro, hubo una dura contestación.

Obsesivo hasta la médula y un artista que, como otros grandes, entiende que el arte y la inspiración solo aparecen con altos porcentajes de transpiración permanente. Sacrificio y trabajo como camino directo a la genialidad. Israel Galván es uno de los artistas españoles con más relevancia internacional. Premio Nacional de Danza en 2005, procedente de la escuela de baile flamenco más tradicional, ha revolucionado la danza en los últimos veinte años y ha provocado que hoy haya una nueva ola en forma de relevo generacional que bebe de sus hallazgos.

Hay dos libros muy interesantes sobre su obra, Bailar el silencio, de Corinne Frayssinet-Savy (Continta me tienes), y El bailaor de soledades, de Georges Didi-Huberman (Pre-Textos), que ahondan en un artista radical, iconoclasta, que ha provocado un terremoto en la escena dancística nacional e internacional con una danza metafísica, espiritual y atemporal. Para clausurar el XXIII Festival de Jerez, la muestra de baile flamenco y danza española más importante del mundo, Galván ha decidido estrenar El amor brujo, una archiconocida obra que él dice que piensa bailar “como si estuviera en el salón de mi casa”. Dura 25 minutos la pieza de Falla, que en piano resucita Alejandro Rojas Marcos y David Lagos al cante, pero el enfant terrible de la danza contemporánea (qué tópico, pero qué verdad), plantea una hora completa de nueva obra maestra para que “os vayáis pronto a casa”.

¿Hasta qué punto es importante el juego en su obra?

Bueno, sí, la verdad que es como jugar, pero para sobrevivir bailando. Cada vez que me embarco en una cosa, para mí es tan diferente que cuando lo hago no sé ni lo que es. Es como si se abrieran nuevas líneas. En ese momento, el escenario se transforma para mí en un escenario nuevo que no he visitado antes. Es una cosa que es de la única manera que creo que puedo seguir bailando. Reiniciarse o cambiar de técnica, de concepto, y en este caso, El amor brujo, una cosa tan de nosotros, ha sido lo que me ha llevado a cambiar. Cambiar desde una música ya muy clásica.

¿Hay veces que no vemos la belleza de cerca que la tenemos? ‘El amor brujo’ lo tienen muy trillado los bailarines y bailaores desde las escuelas y academias, y en cambio, ahora usted decir volver a eso. ¿La madurez significa valorar ese tipo de cosas?

Sí, es como cuando tienes algo muy cerca y no lo ves. Es verdad también que es el momento. Es normal que empieces primero con, digamos, con lo que te inculcan y tú luego quieres huir de eso. Al menos a mí me pasa. Entonces, en el futuro, es como que vuelves de ese viaje y ves esa música de otra manera. Es necesario hacer el viaje que he hecho yo para hacer El amor brujo que hago. Para hacerlo de diferente manera que cuando lo hice, por ejemplo, con Mario Maya. Hace El amor brujo por hacerlo, o bailarlo por bailarlo, no. Yo quería que me abriera algo nuevo en mí y al público también, que ha visto mucho El amor brujo, y por eso lo hago. Intento no dar cosas repetidas mías, sino cosas muy diferentes.

Otro momento de Galván, en conversación con este medio. FOTO: MANU GARCÍA.

Hace veinte años que trajo al Festival de Jerez ‘Los zapatos rojos’ y ahora llega ‘El amor brujo’. ¿Siente ahora la necesidad de buscar más dentro de sí mismo, tras ese viaje del que hablaba; ha estado demasiado tiempo buscando fuera?

En este caso, es como volver a los maestros. Volver a Falla es como volver muy dentro de ti, de tu raíz. Sí, con los años los proyectos que quiero hacer eso cosas más de cámara; creo que esto es muy íntimo y es lo que me apetece hacer ahora. Ir a una música, un clima, con el peso de la historia y de la partitura. Eso creo que es lo que me hace bailar ahora mismo. Bailar una música casi sagrada.

¿Hace ‘Tábula rasa’ con este nuevo espectáculo, casi un punto de inflexión después de trabajos, quizás, con más carga social o de denuncia?

Sí, pero la verdad que cuando hago las cosas es porque, más o menos, estoy viviendo eso y ahora estoy en un momento de mi vida, con todas las cosas que he hecho, en el que El amor brujo lo veo como una necesidad. No tengo marcado que voy a hacer algo porque esté de moda o como estrategia, sino que el baile con la vida está para mí enlazado. Entonces, según cómo me encuentre o lo que he hecho, la vida se me cuela en el escenario.

¿Se siente más libre ahora?

Claro, la verdad que con los años lo que tiene que quedarte es la libertad. Ser libre con lo que haces. Cuando se empieza hay unos riesgos y puedes decir, voy a ir poco a poco. Cuando estuve en los concursos de flamenco clásico, tenía que bailar como quería el jurado y eso son cosas que tienes que asumir.

Primer plano del bailaor sevillano, en la entrevista con este medio. FOTO: MANU GARCÍA

¿Eso le frustraba?

Yo lo que quería era ganar. Si hubiera perdido, me habría frustrado, pero como gané, no me frustró… (sonríe). Con los años me parece muy importante tener libertad.

¿Le llaman genio, usted qué responde?

No, yo no… tengo un compromiso conmigo mismo y cuando me subo al escenario, un respeto por el arte. Entonces, eso te exige ensayar mucho, pensar mucho; y bueno, eso te da que luego, eso guste o no, pero que se vea siempre una cosa elaborada. Siempre que hago algo, la costumbre que tengo, es hablarlo mucho. Siempre está bien o está mal, pero no se sabe lo que es, y eso siempre, por lo menos, hace que nadie sepa qué va a ver. Eso está bien.

¿Qué pasa por su cabeza? Supongo que, dentro de lo que cabe, tiene una vida normal. ¿O es el prototipo de genio atormentado?

Sí, bueno. No hombre, yo como todas las personas, paso por las mismas dificultades. Es verdad que las personas que tienen una sensibilidad con el arte tienen suerte, porque se les abre un mundo. Yo tengo suerte de que soy una persona que tiene un enlace con el arte y eso sí que me hace diferente. Pero no todas las personas necesitan arte para vivir.

“Con los años lo que tiene que quedarte es la libertad. Ser libre con lo que haces”

¿Se ha sentido solo en estos años?

Sí, yo creo que siempre tengo la sensación de empezar de cero. Ya tengo… no, no, siempre hay una búsqueda de empezar. Esa es la sensación que tengo.

¿Por qué la sociedad tolera tan mal que la zarandeen, que le den preguntas antes que respuestas, que es lo que provoca su trabajo?

La verdad es que no intento provocar. Es verdad que puede molestar la libertad que me permito, entiendo eso, y eso provoca que haya gente a favor y en contra, pero lo veo normal. Entiendo que las cosas nuevas que no se entienden provocan rechazo y asumo eso. La única manera de bailar es descubriéndome a mí mismo, siempre nuevo. Entonces, me tengo que descubrir cuando hago algo nuevo e imagino que al público le pasa igual. No se sabe nunca cómo se va a responder.

Las manos de Galván. FOTO: MANU GARCÍA

Usted es uno de los artistas españoles más reconocidos internacionalmente, ¿tiene dificultades para trabajar en España?

Sí, lo que se trabaja es poco. Porque, digamos, que no hay un gran circuito. La sensación que tengo es que en España podemos trabajar poco. Si no salimos fuera, verdaderamente no sobrevivimos. Como todo el mundo intenta, es lo que hacemos. Me da la impresión de que hay muchos teatros, pero poca programación. Cuando salga fuera, voy a ciudades muy chicas, casi pueblos, y los teatros se llena. Echo de menos que aquí, donde cada pueblo tiene un teatro, no ocurra lo mismo. No he ido nunca a muchas ciudades del país. De provincias, no sé. Y hay teatros. No digo que vaya cada cinco años, pero es que no he ido. Pero bueno, la cultura que hay es esta.

“No me preguntaría nada, pero me diría a mí mismo: sigue, sigue… Hay una cosa en el cuerpo que me llama a seguir”

¿Se ha convertido la cultura en subproducto de consumo rápido y de marketing influido por lo que vende y por la tele?

Claro, yo me imagino que el programador del teatro tiene que educar al público y conozco ciudades en España que sí, que intentan cambiar la programación, pero, claro, es un trabajo muy, muy difícil. El programador y el director de teatro tiene que ser también un poco artista, no solo un hombre o una mujer de negocios.

Falla se entrevistó a sí mismo con 18 años. ¿Usted que se preguntaría?

Yo… no me preguntaría nada, pero me diría a mí mismo: sigue, sigue… Hay una cosa en el cuerpo que me llama a seguir. La pregunta sería: ¿por qué no sigues…?

Y ahí entraría el silencio… ¿Hay mucho ruido, no? Sus trabajos también defienden la importancia de rebajar ese ruido ensordecedor, ¿no?

Es que la verdad que cuando hago cosas no lo hago por reivindicar, pero luego hay un efecto rebote.

La vida imita al arte, dicen.

Claro, hay un rebote. A mí me pasan cosas y las doy luego. Pero es un efecto rebote, no es premeditado.

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