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Un 'Don Giovanni' oportunista y fallido

Uno se termina preguntando por qué no se aprovechó el presupuesto para en su lugar permitir que Ismael Jordi realizara en casa su esperadísimo debut de 'Werther', que al final tuvo lugar en Vigo el pasado noviembre. La respuesta es fácil: porque al director del Villamarta no le pareció oportuno

  • El montaje de 'Don Giovanni' que ha subido a las tablas de Villamarta.

Se aplaudió mucho a los artistas que se encargaron de la parte musical del Don Giovanni que ofreció el pasado viernes 29 el Teatro Villamarta, pero el entusiasmo devino en considerable frialdad cuando salieron Marta Eguilior y el equipo con el que la regista realizó la producción escénica, procedente de la Ópera de Oviedo. Es comprensible: lo que se vio resultó, pese a la enorme belleza plástica de la escenografía e iluminación de la propia Eguilior, extremadamente desagradable.

En la música de Wolfgang Amadeus Mozart y el libreto de Lorenzo Da Ponte, el Burlador de Sevilla es un noble al mismo tiempo simpático y detestable que, merced a su egoísmo y nula empatía por los demás seres humanos, no duda en infligir daño a cuantos tiene alrededor, incluyendo la violación y el asesinato, para obtener el mayor placer inmediato posible. La tradición romántica le terminó convirtiendo en un atractivo antihéroe, en alguien dispuesto a poner por delante su libertad frente a las convenciones sociales. Interesante, pero contradictorio con una ópera genial que se movía en el ámbito de la Ilustración, no del Romanticismo. 

En un contexto de lucha por los derechos de la mujer y de interminable violencia machista, Marta Eguilior decide luchar contra esta visión y subrayar los aspectos más siniestros del personaje. Pero lo hace con trazo grueso, convirtiéndolo en una especie de psycho killer que se pasa todo el tiempo violando, rebanando cuellos con un gigantesco cuchillo o -literalmente- comiéndose los intestinos de sus víctimas, algo que se muestra con explicitud en la escena del banquete. El criado Leporello, en lugar de ser una especie de espejo envidioso del protagonista, es un viejo al que su señor lleva atado con correa de perro y al que obliga a emitir ladridos y arrastrarse por el suelo a olfatear, como si fuera Alfredo Landa en Los santos inocentes. El noble, equilibrado y amoroso Don Ottavio es un monstruo que no duda en terminar estrangulando a Doña Ana, si bien el campesino Masetto tampoco se queda corto en animalidad. Las tres mujeres, claro, son las buenas de la función.

  • Un momento de 'Don Giovanni', en Villamarta.
  • -

Eguilior se pasa así por el forro toda la complejidad psicológica que está tanto en el libreto como en la música para ofrecer en su lugar una caricatura hiperviolenta, efectista a más no poder y de execrable gusto, que no solo no aporta nada al original, sino que funciona en su contra. Un ejemplo: en el dúo Là ci darem la mano, Mozart distingue musicalmente dos partes en la que Don Giovanni pasa de seductor a seducido, demostrando (¡él sí que fue verdadero feminista, aquí, en Las bodas de Fígaro e incluso en Così fan tutte!) cómo la mujer no solo puede ser objeto de deseo, sino también sujeto activo, con capacidad para llevar la iniciativa.

Pues bien, a Eguilior eso le da igual: en la deliciosa segunda sección no solo Zerlina no lleva la voz cantante, sino que es sexualmente agredida por unos señores vestidos de perros diabólicos que aluden, lo confiesa ella misma en un vídeo, a la manada de los sanfermines. Toda sensualidad, toda picardía, toda complejidad de relaciones entre ellos y ellas se convierte aquí en forzada y maniquea denuncia de la agresividad masculina hacia las mujeres, mientras que la belleza de la música se ve sepultada por la extrema violencia de lo que se ve.

Sumen a esto una deficiente resolución de las situaciones dramáticas -un desastre el final del primer acto-, coreografías estúpidas, caprichos “conceptuales” incomprensibles y la eliminación de un plumazo de toda la escena final mozartiana: aquí todo acaba con unos brazos que surgen del suelo para llevarse al burlador de Sevilla a los infiernos. Siete minutos de música sublime eliminados porque dramáticamente no le convienen a lo que a la directora de escena le interesa contar, que es una historia muy distinta a la que Mozart y Da Ponte narraron de manera magistral. Mucho ojo, la trasgresión escénica en sí misma no es mala, como tampoco lo es plasmar violencia en una ópera, pero hay que hacerlo con muchísimo talento y con los cabos bien atados, y si se incurre en contradicciones con la obra de la que se parte, ha de quedar plenamente justificado en función de los resultados dramáticos. No ha sido el caso: de ahí el cabreo del respetable.

La cuestión es que ya se sabía que esta producción era así, porque cuando se ha hecho ha recibido críticas unánimemente negativas -hay al menos cinco circulando por la red- Incluso llegó a ser pateada por el público ovetense. Por eso mismo, el principal responsable del descalabro no es Eguilior, sino el director del Teatro Villamarta. Quizá Carlos Granados de Dueñas haya querido subirse al carro del feminismo -del mal entendido- y del me too, pero no es ese criterio, sino el de la calidad artística, el que debe primar a la hora de la selección. Vale con que muchos estábamos hartos de las producciones “a la andaluza” firmadas por Paco López, que nos hemos tenido que tragar una y otra vez sin dar paso a otras opciones estéticas, pero esta ha sido un total desacierto.

Lo que termina confirmando, después de no pocos desaguisados, que Granados no está a la altura de lo que el Villamarta necesita en lo que a lírica se refiere, es la parte musical. Elena Salvatierra, joven nacida en El Puerto de Santa María, decepcionó seriamente el año pasado en el Réquiem del salzburgués con una dirección mortecina, falta de tensión interna, de pulso vital y de sentido dramático. ¿Por qué invitarla a repetir con una obra extremadamente peliaguda? A la gente que comienza hay que darle tiempo, dejarla madurar, no ponerla en compromisos imposibles de resolver.

De la dirección del viernes, más satisfactoria que la de la citada misa de difuntos, hay que aplaudir el excelente gusto en el fraseo de que hizo gala Salvatierra, así como el buen rendimiento que obtuvo de la siempre notable Orquesta de Córdoba, que tocó con seguridad y limpieza. Fue curiosa, además, su incorporación del clave al continuo durante los números con orquesta, no solo en los recitativos. Por lo demás, línea en exceso suave y falta de contrastes, de aliento vital, amén de unos cuantos desajustes con los cantantes. 

Así las cosas, agredidos seriamente desde la escena y sin ayuda suficiente por parte de la dirección musical, los cantantes no pudieron hacer gran cosas. El único número que gustó mucho a quien a ustedes se dirige fue el Non mi dir de María Rey-Joly, problemática en el agudo pero Doña Ana de fuste. Berna Perles, voz interesantísima, ofreció muy buenos momentos como Doña Elvira. Las dos se merecieron los aplausos recibidos.

  • Otro momento del cierre lírico de la temporada en Villamarta.
  • -

Más discutible es el caso del barítono chileno Ramiro Maturana, Don Giovanni esforzado pero discreto por voz y por caracterización. Fue acertado que para Leporello se optara por un bajo de verdad, pero el otras veces admirable Ruben Amoretti parece mucho más adecuado para repertorios más cercanos en el tiempo que para el clasicismo mozartiano, que exige una elegancia en la línea de canto que ya no parece estar en condiciones de ofrecer. Como actor, sensacional. El tenor Julián Henao posee muy buena pasta vocal, pero su técnica tiene que mejorar: no estuvo bien en Il mio tesoro, un aria que borda nuestro querido Ismel Jordi.

Probablemente impelido por cuestiones presupuestarias, Carlos Granados apostó para Zerlina, Masetto y Comendador por tres cantantes andaluces muy jóvenes. De acuerdo con la idea, pues en nuestra tierra hay madera y siempre es bueno conceder oportunidades, pero la selección no ha sido la adecuada. Alba Chantar cumplió en ese bombón que es Zerlina sin que tuviera detrás precisamente la ayuda musical y escénica necesarias para sacarle punta a su parte: lamentable la escena en la que Eguilior, obviando toda la sutileza de la elevadísima música, hace que Masetto magree sus tetas como si fueran dos cencerros. De este último rol se ocupaba Francisco Bermudo, que tiene voz pero también mucho camino aún por recorrer. Y al pobre de Julio Nomdedeu apenas se le oída desde mi localidad de Principal, uno de los lugares del teatro con mejor acústica. ¿Cómo concebir la genial y terrorífica escena sin que se oiga al mismísimo Comendador? El Coro del Teatro Villamarta cumplió con sus breves cometidos.

En fin, un Don Giovanni en el que muchos, a tenor de los aplausos, disfrutaron con la música de Mozart, pero que se tenia que haber hecho en otras condiciones o, sencillamente, no haberse materializado, toda vez que se trata de una de las óperas más extremadamente difíciles de llevar a escena para cualquier teatro. Y claro, uno se termina preguntando por qué no se aprovechó el presupuesto para en su lugar permitir que Ismael Jordi realizara en casa su esperadísimo debut de Werther, que al final tuvo lugar en Vigo el pasado noviembre. La respuesta es fácil: porque a Carlos Granados no le pareció oportuno. ¿Lo peor de todo? No hay recambio para este señor. Ningún gestor con talento, experiencia y agenda de la que tirar -fundamental para hacer ópera- quiere hacerse responsable de un teatro en el que el Consistorio no aporta apenas presupuesto para otra cosa que no sea flamenco.

Se aplaudió mucho a los artistas que se encargaron de la parte musical del Don Giovanni que ofreció el pasado viernes 29 el Teatro Villamarta, pero el entusiasmo devino en considerable frialdad cuando salieron Marta Eguilior y el equipo con el que la regista realizó la producción escénica, procedente de la Ópera de Oviedo. Es comprensible: lo que se vio resultó, pese a la enorme belleza plástica de la escenografía e iluminación de la propia Eguilior, extremadamente desagradable.

En la música de Wolfgang Amadeus Mozart y el libreto de Lorenzo Da Ponte, el Burlador de Sevilla es un noble al mismo tiempo simpático y detestable que, merced a su egoísmo y nula empatía por los demás seres humanos, no duda en infligir daño a cuantos tiene alrededor, incluyendo la violación y el asesinato, para obtener el mayor placer inmediato posible. La tradición romántica le terminó convirtiendo en un atractivo antihéroe, en alguien dispuesto a poner por delante su libertad frente a las convenciones sociales. Interesante, pero contradictorio con una ópera genial que se movía en el ámbito de la Ilustración, no del Romanticismo. 

En un contexto de lucha por los derechos de la mujer y de interminable violencia machista, Marta Eguilior decide luchar contra esta visión y subrayar los aspectos más siniestros del personaje. Pero lo hace con trazo grueso, convirtiéndolo en una especie de psycho killer que se pasa todo el tiempo violando, rebanando cuellos con un gigantesco cuchillo o -literalmente- comiéndose los intestinos de sus víctimas, algo que se muestra con explicitud en la escena del banquete. El criado Leporello, en lugar de ser una especie de espejo envidioso del protagonista, es un viejo al que su señor lleva atado con correa de perro y al que obliga a emitir ladridos y arrastrarse por el suelo a olfatear, como si fuera Alfredo Landa en Los santos inocentes. El noble, equilibrado y amoroso Don Ottavio es un monstruo que no duda en terminar estrangulando a Doña Ana, si bien el campesino Masetto tampoco se queda corto en animalidad. Las tres mujeres, claro, son las buenas de la función.

  • Un momento de 'Don Giovanni', en Villamarta.
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Eguilior se pasa así por el forro toda la complejidad psicológica que está tanto en el libreto como en la música para ofrecer en su lugar una caricatura hiperviolenta, efectista a más no poder y de execrable gusto, que no solo no aporta nada al original, sino que funciona en su contra. Un ejemplo: en el dúo Là ci darem la mano, Mozart distingue musicalmente dos partes en la que Don Giovanni pasa de seductor a seducido, demostrando (¡él sí que fue verdadero feminista, aquí, en Las bodas de Fígaro e incluso en Così fan tutte!) cómo la mujer no solo puede ser objeto de deseo, sino también sujeto activo, con capacidad para llevar la iniciativa.

Pues bien, a Eguilior eso le da igual: en la deliciosa segunda sección no solo Zerlina no lleva la voz cantante, sino que es sexualmente agredida por unos señores vestidos de perros diabólicos que aluden, lo confiesa ella misma en un vídeo, a la manada de los sanfermines. Toda sensualidad, toda picardía, toda complejidad de relaciones entre ellos y ellas se convierte aquí en forzada y maniquea denuncia de la agresividad masculina hacia las mujeres, mientras que la belleza de la música se ve sepultada por la extrema violencia de lo que se ve.

Sumen a esto una deficiente resolución de las situaciones dramáticas -un desastre el final del primer acto-, coreografías estúpidas, caprichos “conceptuales” incomprensibles y la eliminación de un plumazo de toda la escena final mozartiana: aquí todo acaba con unos brazos que surgen del suelo para llevarse al burlador de Sevilla a los infiernos. Siete minutos de música sublime eliminados porque dramáticamente no le convienen a lo que a la directora de escena le interesa contar, que es una historia muy distinta a la que Mozart y Da Ponte narraron de manera magistral. Mucho ojo, la trasgresión escénica en sí misma no es mala, como tampoco lo es plasmar violencia en una ópera, pero hay que hacerlo con muchísimo talento y con los cabos bien atados, y si se incurre en contradicciones con la obra de la que se parte, ha de quedar plenamente justificado en función de los resultados dramáticos. No ha sido el caso: de ahí el cabreo del respetable.

La cuestión es que ya se sabía que esta producción era así, porque cuando se ha hecho ha recibido críticas unánimemente negativas -hay al menos cinco circulando por la red- Incluso llegó a ser pateada por el público ovetense. Por eso mismo, el principal responsable del descalabro no es Eguilior, sino el director del Teatro Villamarta. Quizá Carlos Granados de Dueñas haya querido subirse al carro del feminismo -del mal entendido- y del me too, pero no es ese criterio, sino el de la calidad artística, el que debe primar a la hora de la selección. Vale con que muchos estábamos hartos de las producciones “a la andaluza” firmadas por Paco López, que nos hemos tenido que tragar una y otra vez sin dar paso a otras opciones estéticas, pero esta ha sido un total desacierto.

Lo que termina confirmando, después de no pocos desaguisados, que Granados no está a la altura de lo que el Villamarta necesita en lo que a lírica se refiere, es la parte musical. Elena Salvatierra, joven nacida en El Puerto de Santa María, decepcionó seriamente el año pasado en el Réquiem del salzburgués con una dirección mortecina, falta de tensión interna, de pulso vital y de sentido dramático. ¿Por qué invitarla a repetir con una obra extremadamente peliaguda? A la gente que comienza hay que darle tiempo, dejarla madurar, no ponerla en compromisos imposibles de resolver.

De la dirección del viernes, más satisfactoria que la de la citada misa de difuntos, hay que aplaudir el excelente gusto en el fraseo de que hizo gala Salvatierra, así como el buen rendimiento que obtuvo de la siempre notable Orquesta de Córdoba, que tocó con seguridad y limpieza. Fue curiosa, además, su incorporación del clave al continuo durante los números con orquesta, no solo en los recitativos. Por lo demás, línea en exceso suave y falta de contrastes, de aliento vital, amén de unos cuantos desajustes con los cantantes. 

Así las cosas, agredidos seriamente desde la escena y sin ayuda suficiente por parte de la dirección musical, los cantantes no pudieron hacer gran cosas. El único número que gustó mucho a quien a ustedes se dirige fue el Non mi dir de María Rey-Joly, problemática en el agudo pero Doña Ana de fuste. Berna Perles, voz interesantísima, ofreció muy buenos momentos como Doña Elvira. Las dos se merecieron los aplausos recibidos.

  • Otro momento del cierre lírico de la temporada en Villamarta.
  • -

Más discutible es el caso del barítono chileno Ramiro Maturana, Don Giovanni esforzado pero discreto por voz y por caracterización. Fue acertado que para Leporello se optara por un bajo de verdad, pero el otras veces admirable Ruben Amoretti parece mucho más adecuado para repertorios más cercanos en el tiempo que para el clasicismo mozartiano, que exige una elegancia en la línea de canto que ya no parece estar en condiciones de ofrecer. Como actor, sensacional. El tenor Julián Henao posee muy buena pasta vocal, pero su técnica tiene que mejorar: no estuvo bien en Il mio tesoro, un aria que borda nuestro querido Ismel Jordi.

Probablemente impelido por cuestiones presupuestarias, Carlos Granados apostó para Zerlina, Masetto y Comendador por tres cantantes andaluces muy jóvenes. De acuerdo con la idea, pues en nuestra tierra hay madera y siempre es bueno conceder oportunidades, pero la selección no ha sido la adecuada. Alba Chantar cumplió en ese bombón que es Zerlina sin que tuviera detrás precisamente la ayuda musical y escénica necesarias para sacarle punta a su parte: lamentable la escena en la que Eguilior, obviando toda la sutileza de la elevadísima música, hace que Masetto magree sus tetas como si fueran dos cencerros. De este último rol se ocupaba Francisco Bermudo, que tiene voz pero también mucho camino aún por recorrer. Y al pobre de Julio Nomdedeu apenas se le oída desde mi localidad de Principal, uno de los lugares del teatro con mejor acústica. ¿Cómo concebir la genial y terrorífica escena sin que se oiga al mismísimo Comendador? El Coro del Teatro Villamarta cumplió con sus breves cometidos.

En fin, un Don Giovanni en el que muchos, a tenor de los aplausos, disfrutaron con la música de Mozart, pero que se tenia que haber hecho en otras condiciones o, sencillamente, no haberse materializado, toda vez que se trata de una de las óperas más extremadamente difíciles de llevar a escena para cualquier teatro. Y claro, uno se termina preguntando por qué no se aprovechó el presupuesto para en su lugar permitir que Ismael Jordi realizara en casa su esperadísimo debut de Werther, que al final tuvo lugar en Vigo el pasado noviembre. La respuesta es fácil: porque a Carlos Granados no le pareció oportuno. ¿Lo peor de todo? No hay recambio para este señor. Ningún gestor con talento, experiencia y agenda de la que tirar -fundamental para hacer ópera- quiere hacerse responsable de un teatro en el que el Consistorio no aporta apenas presupuesto para otra cosa que no sea flamenco.

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