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Opinión

Volver a tocar la realidad

Muchos políticos descubrieron la posibilidad de mercantilizar la política y tratar a los ciudadanos como seres extraños a las instituciones

  • El lío de volver a tocar la realidad.

El lío de 2.285.110 de andaluces que son el 35,15 % del cuerpo electoral. Esos y esas a los que la política parece no haber llegado, que no les ha convencido de nada, que no les ha ilusionado, ni encandilado, ni emocionado y ni sacado de una siesta de todo un día completo. Esas y esos a los que nada les satisface si no es perfecto y por ello no se manchan las manos con ninguna papeleta, no sea que dejen marcados los dedos y vayan a significarse ante ellos mismos. O esøs a los que embauca votar a las derechas porque alguien cercano, si no ellos mismos, han sufrido la privatización del sistema de salud en carne propia saben que la escuela de pública agoniza destrozada pero no pueden aceptar que los derechos básicos y los servicios básicos lo sean para garantizar la igualdad.

Abstenerse es un derecho cuando es un acto político. Cuando abstenerse es el resultado de la desidia, entonces, es otra cosa. La abstención no empieza en las urnas el día de las elecciones sino cuando el ciudadano con derecho a voto, o sin él todavía, abjura de su pertenencia social y con una insultante actitud clasista se aparta de su obligación social de tomar parte de la cosa-pública, en lo tocante al esfuerzo colectivo: a la hora de los beneficios que se ofrezcan, ahí, si estaremos o estaríamos.

Por supuesto que entre los abstencionistas hay un número de personas para el que tendríamos que utilizar otra palabra porque se manejan, en sus vidas, en otros conceptos. Hablo de personas expulsadas de la vida social en varios aspectos fundamentales y que no cabe esperar que encuentren siquiera la energía, o los recursos, para llegar hasta el colegio electoral. La cantidad de personas en situación de pobreza o riesgo de exclusión social es el 34,7%, y hasta el 35.15 % hay todavía una cantidad de gente libre de esa situación fatal.

Además de todas las personas en situación de pobreza o riesgo de exclusión, las derechas fueron votadas por una suma del 41,6 % + 13,82% = 55,42. O sea, del total de votos válidos, 4.218.032 andaluces, el 55,42% votó a las derechas. Algo legítimo, no hay duda, aunque me pregunto si hay tantos millones de andaluces con tarjeta de crédito suficiente para pagarse un tratamiento privado del cáncer o para pagarse un colegio privado o una universidad privada. O Hay tantos andaluces viviendo el fallido sueño americano en la comunidad más pobre de España. La movilización de Adelante Andalucía y Por Andalucía ha recuperado para la actividad política al 6,79% y la abstención ha disminuido en un 8,71%. 

Varias lecturas sobre la abstención

Hay varias lecturas que se pueden hacer con todos esos números. Es evidente que a las derechas no solo las votan los ricos, resumiendo, aunque sí las votan, seguramente, lo irán diciendo los estudios que vayan saliendo estos días, personas asustadas por los discursos sobre el gran reemplazo, personas deseosas de recuperar su prestigio social (discursos sobre prioridades varias), personas que ansían alcanzar la posición social que observan en los candidatos de derechas o, simple y llanamente, personas con ideología de derechas, algo absolutamente legítimo, aunque no natural.

Desde hace tiempo se comprende desde la política, por mor de la aplaudida profesionalización de esa misma política, que los ciudadanos y los electores son clientes. Y no solo desde la política sino desde el análisis de la política. Se fue perdiendo la idea de la cosa-pública compartida, del espacio vital compartido, de los recursos compartidos: de la responsabilidad compartida. De la obligación de tomar parte en todos los aspectos de la vida social. Muchos políticos descubrieron la posibilidad de mercantilizar la política y tratar a los ciudadanos como seres extraños a las instituciones, sean partidos políticos o ayuntamientos, a través de discursos que degeneran la democracia.

Esa mercantilización es la que hizo posible que la gente espere que le caiga encima una solución mientras los políticos profesionales se dedican a hacerlo, para nuestra comodidad, y a hacerlo mejor, por nuestra presunta ignorancia. Hay que decir que no y recuperar la idea de que hacer política es digno y hermoso, incluso divertido. Que simplemente es algo más de entre todas las cosas que hacemos en nuestras vidas, y que además nos da satisfacciones personales, lo que las series de televisión no podrán lograr nunca. Debemos recuperar la idea de que consumir ficción nos impide que esa misma ficción opere en nosotros como la catarsis que necesitamos para vivir con alegría. Volver a tocar la realidad es la solución.

El lío de 2.285.110 de andaluces que son el 35,15 % del cuerpo electoral. Esos y esas a los que la política parece no haber llegado, que no les ha convencido de nada, que no les ha ilusionado, ni encandilado, ni emocionado y ni sacado de una siesta de todo un día completo. Esas y esos a los que nada les satisface si no es perfecto y por ello no se manchan las manos con ninguna papeleta, no sea que dejen marcados los dedos y vayan a significarse ante ellos mismos. O esøs a los que embauca votar a las derechas porque alguien cercano, si no ellos mismos, han sufrido la privatización del sistema de salud en carne propia saben que la escuela de pública agoniza destrozada pero no pueden aceptar que los derechos básicos y los servicios básicos lo sean para garantizar la igualdad.

Abstenerse es un derecho cuando es un acto político. Cuando abstenerse es el resultado de la desidia, entonces, es otra cosa. La abstención no empieza en las urnas el día de las elecciones sino cuando el ciudadano con derecho a voto, o sin él todavía, abjura de su pertenencia social y con una insultante actitud clasista se aparta de su obligación social de tomar parte de la cosa-pública, en lo tocante al esfuerzo colectivo: a la hora de los beneficios que se ofrezcan, ahí, si estaremos o estaríamos.

Por supuesto que entre los abstencionistas hay un número de personas para el que tendríamos que utilizar otra palabra porque se manejan, en sus vidas, en otros conceptos. Hablo de personas expulsadas de la vida social en varios aspectos fundamentales y que no cabe esperar que encuentren siquiera la energía, o los recursos, para llegar hasta el colegio electoral. La cantidad de personas en situación de pobreza o riesgo de exclusión social es el 34,7%, y hasta el 35.15 % hay todavía una cantidad de gente libre de esa situación fatal.

Además de todas las personas en situación de pobreza o riesgo de exclusión, las derechas fueron votadas por una suma del 41,6 % + 13,82% = 55,42. O sea, del total de votos válidos, 4.218.032 andaluces, el 55,42% votó a las derechas. Algo legítimo, no hay duda, aunque me pregunto si hay tantos millones de andaluces con tarjeta de crédito suficiente para pagarse un tratamiento privado del cáncer o para pagarse un colegio privado o una universidad privada. O Hay tantos andaluces viviendo el fallido sueño americano en la comunidad más pobre de España. La movilización de Adelante Andalucía y Por Andalucía ha recuperado para la actividad política al 6,79% y la abstención ha disminuido en un 8,71%. 

Varias lecturas sobre la abstención

Hay varias lecturas que se pueden hacer con todos esos números. Es evidente que a las derechas no solo las votan los ricos, resumiendo, aunque sí las votan, seguramente, lo irán diciendo los estudios que vayan saliendo estos días, personas asustadas por los discursos sobre el gran reemplazo, personas deseosas de recuperar su prestigio social (discursos sobre prioridades varias), personas que ansían alcanzar la posición social que observan en los candidatos de derechas o, simple y llanamente, personas con ideología de derechas, algo absolutamente legítimo, aunque no natural.

Desde hace tiempo se comprende desde la política, por mor de la aplaudida profesionalización de esa misma política, que los ciudadanos y los electores son clientes. Y no solo desde la política sino desde el análisis de la política. Se fue perdiendo la idea de la cosa-pública compartida, del espacio vital compartido, de los recursos compartidos: de la responsabilidad compartida. De la obligación de tomar parte en todos los aspectos de la vida social. Muchos políticos descubrieron la posibilidad de mercantilizar la política y tratar a los ciudadanos como seres extraños a las instituciones, sean partidos políticos o ayuntamientos, a través de discursos que degeneran la democracia.

Esa mercantilización es la que hizo posible que la gente espere que le caiga encima una solución mientras los políticos profesionales se dedican a hacerlo, para nuestra comodidad, y a hacerlo mejor, por nuestra presunta ignorancia. Hay que decir que no y recuperar la idea de que hacer política es digno y hermoso, incluso divertido. Que simplemente es algo más de entre todas las cosas que hacemos en nuestras vidas, y que además nos da satisfacciones personales, lo que las series de televisión no podrán lograr nunca. Debemos recuperar la idea de que consumir ficción nos impide que esa misma ficción opere en nosotros como la catarsis que necesitamos para vivir con alegría. Volver a tocar la realidad es la solución.

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