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Los gitanos documentan en la Bienal que lograron ‘naquerar’ hace medio siglo

El documental de Pepe Romero y Patricio Hidalgo, con producción de La Filmahora, se cuela en la sección ‘Otras perlas’ del festival y reivindica la labor artística de un poeta y un bailaor gitanos que fue más allá del espectáculo

  • Un fotograma del documental 'Naquerar' en el que Rafaela Carrasco recuerda el baile de Mario Maya en Nueva York.

Menos mal que la Bienal de Sevilla, más allá de la demostración artística del cante, el toque y el baile, también les hace sitio a otras miradas sobre el flamenco que se parecen tanto a las que ejercieron hace medio siglo quienes no se conformaron con el espectáculo, el arte y el entretenimiento, sino que, más allá de cantar, tocar o bailar estupendamente, quisieron hablar. Simplemente hablar, o dicho en caló: naquerar. Porque fue el pueblo gitano y no otro el que había contribuido decisivamente a que el flamenco andaluz se convirtiera en lo que de hecho es hoy. Lo dijeron en primera persona del plural con el título de una obra de teatro coral y flamenca que marcó un hito en la historia de la literatura, del baile y también de la construcción democrática de este país: Camelamos naquerar, cuyo subtítulo tuvo igualmente su nervio: “Propuesta para una danza flamenca por arcángeles morenos”.

Aquella puesta en escena que no era del todo un drama pero también y que no era solo una coreografía pero también la firmaron el poeta y profesor granadino José Heredia Maya, el primer gitano en codearse con la alta literatura que representaban en el tardofranquismo nombres como Vicente Aleixandre, José Hierro o Blas de Otero, y Mario Maya, un bailaor igualmente gitano y atípico que se había criado en las cuevas del Sacromonte actuando para los turistas pero que tuvo un golpe de suerte excepcional cuando una pintora inglesa lo retrató al óleo, ganó un premio en Londres y le envió las 200.000 pesetas del galardón para que él estudiara danza en Madrid y cambiara para siempre su vida.

  • Equipo de La Filmahora que ha firmado el documental presentado en esta Bienal de Sevilla.
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El cambio, en rigor, no fue solo personal, pues giró por toda España y se hizo artista en Nueva York, contratado por la Columbia Artist Management, sino colectivo, y eso es lo que cuenta con tanto acierto el documental Naquerar que se ha presentado este miércoles en el Lope de Vega. Lo dirigen el periodista José Romero Portillo y el pintor Patricio Hidalgo, con guion del primero y de Manuel Terceño, mientras que la realización y la producción corren a cargo de Rocío Martín, una cineasta todavía en ciernes que ya ha firmado maravillas como Fernanda y Bernarda; que ahora se prepara para el estreno de su primera película de ficción, La gran calumnia, un thriller psicológico basado en la novela Seis mujeres seis de Fernando Repiso; y que ha tenido desde el principio la flamencura suficiente como para bautizar a su propia productora con una especie de acrónimo cuyas entrañas conocen muy pocos: La Filmahora, que se compone de film y de Mahora, que es el apodo de toda su familia en su pueblo natal y el mío, Los Palacios y Villafranca.

Mahora, según revelan los Mahoros del pueblo tanto tiempo después, deriva de una mala pronunciación de Amadora, que fue tatarabuela de todos. De Amadora, por ese artículo tan familiar que usamos para la gente cercana, se pasó a La Amadora, y de ahí a La Amaora, sin d intervocálica, hasta que, tan flamencamente, alguien coló por ahí una h intercalada para rematar el cuadro fonético de La Mahora y todos los mahoros que parió.

El caso que nos ocupa ahora es que La Filmahora es la responsable oficial del resultado de tanto talento junto: este flamante documental que rinde homenaje a aquella obra dramático-flamenca que rompió los esquemas tradicionales de la recepción artística de los gitanos el mismo año, 1976, en el que El Lebrijano, sin ir más lejos, grabó Persecución con los textos igualmente reivindicativos de otro poeta genial: Félix Grande.

Aquel tiempo en el que Franco había dejado de existir pero no el franquismo fue clave para que la construcción de la democracia española no tuviera que sonrojarse a destiempo, y Camelamos naquerar tuvo tanta influencia -con tan pocos medios a su alcance- que no solo influyó en un panorama artístico que utilizaba tanto el teatro independiente para la lucha política, sino que supo integrar en esa lucha por la igualdad de todos también al pueblo gitano, no solo como generador de arte sino, sobre todo, como ciudadano de pleno derecho.

  • Un momento de la grabación del documental, a las órdenes de José Romero y Patricio Hidalgo con la bailaora granadina Patricia Guerrero.
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No en vano, el grito que supuso la obra evocó críticamente -como los textos en off o en los palos legítimos que integraba- la Pragmática de los Reyes Católicos de 1499 para que los gitanos dejaran de vivir como tales so pena de expulsión o masacre y el propio manual de la Guardia Civil española que, hasta 1977, recomendaba a los agentes vigilar y tratar como sospechosos a los mismos gitanos de España que ya en 1749 había tratado de exterminar como pueblo la propia monarquía de Fernando VI.

Y todo ello a compás, con unas coreografías increíblemente modernas para la época, con cantes y diálogos que iban más allá de la estética para reivindicar la ética y con el duende a flor de piel de artistas como el propio Mario Maya –el alma de todo- y de otros igualmente protagonistas, de la talla de los cantaores Antonio Cuevas El Piki o Gómez de Jerez y hasta la única bailaora del elenco, Concha Vargas, que ahora reaparece en este documental de Pepe Romero y Patricio Hidalgo para recordar, medio siglo después, la significación de aquella obra sin parangón.

Camelamos naquerar no fue una obra concebida para la puesta en escena en finos teatros, aunque lo hizo por toda España y por el extranjero, desde el Lope de Vega de Sevilla hasta su última función en el Montparnasse de París, sino para que calara en los barrios, gitanos o no, y sobre todo pobres, de todo nuestro país.

  • Momentos de rodaje en el desierto de Granada.
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La innegable influencia de Camelamos naquerar tuvo una luz (que no sombras) tan alargada que incluso el primero diputado gitano de la Historia, Juan de Dios Ramírez Heredia (otro Heredia, como los Camborios de Lorca) la mencionó en el Congreso de los Diputados mientras se elaboraba la actual Constitución, de 1978. Y hasta provocó amenazas y persecución con pintadas agresivas por parte de un pseudopartido de entonces llamado Partido Racial Democrático (qué ironía) que perseguía, otra vez, la expulsión de los gitanos de España y que persiguió la obra, para boicotearla, por todos los rincones del país, desde Canarias hasta el norte, según testimonia en el documental Jesús Quintanilla, un periodista que hizo su tesis doctoral sobre el impacto de la obra en la sociedad y los medios de aquellos momentos bajo la dirección de otro periodista que está en el origen de todo el proyecto porque no solo vivió en primera persona la gestación de la obra de Mario Maya y José Heredia Maya, sino que tantos años después les dio clases en la Facultad de Comunicación de Sevilla tanto a Quintanilla como al propio director José Romero: el gran Antonio Ramos Espejo.

“Él colaboró en el documental de Miguel Alcobendas , pues aparece hasta en los créditos”, recuerda Romero, y añade: “Y en los años de la facultad nos hablaba mucho de Camelamos naquerar, hasta el punto de que Quintanilla hizo su tesis sobre eso, y luego yo participé en la serie de reportajes para Canal Sur que él tituló Andalucía es su nombre”.

El trabajo de Romero e Hidalgo incluye ahora valiosos testimonios nuevos como los del gestor cultural Miguel Ángel Vargas o Pepe Heredia, el hijo del poeta, que es sociólogo, mientras que en la parte más creativa participan Belén Maya, la hija de Mario, en la recreación libre de ciertas coreografías de su padre, y Patricia Guerrero con el Ballet Flamenco Andaluz en una escena rodada en el desierto granadino de Gorafe, y hasta la bailaora Rafaela Carrasco, que rescata el paso de Mario Maya por Nueva York para que se produjera “una conexión lorquiana entre el negro de Harlem y el gitano del Sacromonte”. “No dormimos aquella noche para conseguir tener la primera luz del día desde Nueva Jersey”, recuerda ahora José Romero, “y es tan chula la luz que conseguimos que parece un croma”.

El mayor logro del documental, que rescata material desconocido y unas grabaciones de la RAI italiana que valen su peso en oro, es conseguir demostrar hasta qué punto había en aquellos años de la Transición española una necesidad imperiosa, por parte de determinado representantes del pueblo gitano, de hablar, de explicarse desde su raíz, de decir basta y no de plegarse a las explicaciones que ya teníamos de otros intelectuales que no eran precisamente gitanos pero que siempre hablaron por ellos.

  • Un fotograma del documental en el que se rescata la representación de Camelamos naquerar en un barrio de Granada.
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Ambos responsables, tanto el poeta y profesor universitario José Heredia Maya como el bailaor Mario Maya, dejan perlas antológicas cada vez que intervienen, y la costura entre el blanco y negro de entonces con el color de ahora, en localizaciones que van desde La Rinconada hasta Granada y la bahía neoyorquina, es impecable. Ambos testimonian su logro, a saber: que consiguieron hablar con su cuerpo y con su inteligencia para arropar en su grito a las minorías de todo el mundo y por eso aquella obra que giró por toda España a la manera de La Barraca de Lorca, terminó siendo universal y, hoy por hoy, no ha perdido actualidad.

“Yo bailo porque vosotros existís”, dejó dicho Mario en clave cartesiana. Y lo dijo en una época en la que tantos flamencos bailaban, cantaban y tocaban solo porque era lo mejor que sabían hacer. Mario Maya, en cambio, lo hacía para que siguieran haciéndolo pero con sobrada dignidad. “A partir de esta obra, no se puede ser racista inconsciente o inocentemente”, sentenció José Heredia. Está bien, por todo ello, que se recuerde ahora aquel deseo de hablar, y estaría mejor que un documental tan necesario siguiera girando más allá de esta Bienal.

Menos mal que la Bienal de Sevilla, más allá de la demostración artística del cante, el toque y el baile, también les hace sitio a otras miradas sobre el flamenco que se parecen tanto a las que ejercieron hace medio siglo quienes no se conformaron con el espectáculo, el arte y el entretenimiento, sino que, más allá de cantar, tocar o bailar estupendamente, quisieron hablar. Simplemente hablar, o dicho en caló: naquerar. Porque fue el pueblo gitano y no otro el que había contribuido decisivamente a que el flamenco andaluz se convirtiera en lo que de hecho es hoy. Lo dijeron en primera persona del plural con el título de una obra de teatro coral y flamenca que marcó un hito en la historia de la literatura, del baile y también de la construcción democrática de este país: Camelamos naquerar, cuyo subtítulo tuvo igualmente su nervio: “Propuesta para una danza flamenca por arcángeles morenos”.

Aquella puesta en escena que no era del todo un drama pero también y que no era solo una coreografía pero también la firmaron el poeta y profesor granadino José Heredia Maya, el primer gitano en codearse con la alta literatura que representaban en el tardofranquismo nombres como Vicente Aleixandre, José Hierro o Blas de Otero, y Mario Maya, un bailaor igualmente gitano y atípico que se había criado en las cuevas del Sacromonte actuando para los turistas pero que tuvo un golpe de suerte excepcional cuando una pintora inglesa lo retrató al óleo, ganó un premio en Londres y le envió las 200.000 pesetas del galardón para que él estudiara danza en Madrid y cambiara para siempre su vida.

  • Equipo de La Filmahora que ha firmado el documental presentado en esta Bienal de Sevilla.
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El cambio, en rigor, no fue solo personal, pues giró por toda España y se hizo artista en Nueva York, contratado por la Columbia Artist Management, sino colectivo, y eso es lo que cuenta con tanto acierto el documental Naquerar que se ha presentado este miércoles en el Lope de Vega. Lo dirigen el periodista José Romero Portillo y el pintor Patricio Hidalgo, con guion del primero y de Manuel Terceño, mientras que la realización y la producción corren a cargo de Rocío Martín, una cineasta todavía en ciernes que ya ha firmado maravillas como Fernanda y Bernarda; que ahora se prepara para el estreno de su primera película de ficción, La gran calumnia, un thriller psicológico basado en la novela Seis mujeres seis de Fernando Repiso; y que ha tenido desde el principio la flamencura suficiente como para bautizar a su propia productora con una especie de acrónimo cuyas entrañas conocen muy pocos: La Filmahora, que se compone de film y de Mahora, que es el apodo de toda su familia en su pueblo natal y el mío, Los Palacios y Villafranca.

Mahora, según revelan los Mahoros del pueblo tanto tiempo después, deriva de una mala pronunciación de Amadora, que fue tatarabuela de todos. De Amadora, por ese artículo tan familiar que usamos para la gente cercana, se pasó a La Amadora, y de ahí a La Amaora, sin d intervocálica, hasta que, tan flamencamente, alguien coló por ahí una h intercalada para rematar el cuadro fonético de La Mahora y todos los mahoros que parió.

El caso que nos ocupa ahora es que La Filmahora es la responsable oficial del resultado de tanto talento junto: este flamante documental que rinde homenaje a aquella obra dramático-flamenca que rompió los esquemas tradicionales de la recepción artística de los gitanos el mismo año, 1976, en el que El Lebrijano, sin ir más lejos, grabó Persecución con los textos igualmente reivindicativos de otro poeta genial: Félix Grande.

Aquel tiempo en el que Franco había dejado de existir pero no el franquismo fue clave para que la construcción de la democracia española no tuviera que sonrojarse a destiempo, y Camelamos naquerar tuvo tanta influencia -con tan pocos medios a su alcance- que no solo influyó en un panorama artístico que utilizaba tanto el teatro independiente para la lucha política, sino que supo integrar en esa lucha por la igualdad de todos también al pueblo gitano, no solo como generador de arte sino, sobre todo, como ciudadano de pleno derecho.

  • Un momento de la grabación del documental, a las órdenes de José Romero y Patricio Hidalgo con la bailaora granadina Patricia Guerrero.
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No en vano, el grito que supuso la obra evocó críticamente -como los textos en off o en los palos legítimos que integraba- la Pragmática de los Reyes Católicos de 1499 para que los gitanos dejaran de vivir como tales so pena de expulsión o masacre y el propio manual de la Guardia Civil española que, hasta 1977, recomendaba a los agentes vigilar y tratar como sospechosos a los mismos gitanos de España que ya en 1749 había tratado de exterminar como pueblo la propia monarquía de Fernando VI.

Y todo ello a compás, con unas coreografías increíblemente modernas para la época, con cantes y diálogos que iban más allá de la estética para reivindicar la ética y con el duende a flor de piel de artistas como el propio Mario Maya –el alma de todo- y de otros igualmente protagonistas, de la talla de los cantaores Antonio Cuevas El Piki o Gómez de Jerez y hasta la única bailaora del elenco, Concha Vargas, que ahora reaparece en este documental de Pepe Romero y Patricio Hidalgo para recordar, medio siglo después, la significación de aquella obra sin parangón.

Camelamos naquerar no fue una obra concebida para la puesta en escena en finos teatros, aunque lo hizo por toda España y por el extranjero, desde el Lope de Vega de Sevilla hasta su última función en el Montparnasse de París, sino para que calara en los barrios, gitanos o no, y sobre todo pobres, de todo nuestro país.

  • Momentos de rodaje en el desierto de Granada.
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La innegable influencia de Camelamos naquerar tuvo una luz (que no sombras) tan alargada que incluso el primero diputado gitano de la Historia, Juan de Dios Ramírez Heredia (otro Heredia, como los Camborios de Lorca) la mencionó en el Congreso de los Diputados mientras se elaboraba la actual Constitución, de 1978. Y hasta provocó amenazas y persecución con pintadas agresivas por parte de un pseudopartido de entonces llamado Partido Racial Democrático (qué ironía) que perseguía, otra vez, la expulsión de los gitanos de España y que persiguió la obra, para boicotearla, por todos los rincones del país, desde Canarias hasta el norte, según testimonia en el documental Jesús Quintanilla, un periodista que hizo su tesis doctoral sobre el impacto de la obra en la sociedad y los medios de aquellos momentos bajo la dirección de otro periodista que está en el origen de todo el proyecto porque no solo vivió en primera persona la gestación de la obra de Mario Maya y José Heredia Maya, sino que tantos años después les dio clases en la Facultad de Comunicación de Sevilla tanto a Quintanilla como al propio director José Romero: el gran Antonio Ramos Espejo.

“Él colaboró en el documental de Miguel Alcobendas , pues aparece hasta en los créditos”, recuerda Romero, y añade: “Y en los años de la facultad nos hablaba mucho de Camelamos naquerar, hasta el punto de que Quintanilla hizo su tesis sobre eso, y luego yo participé en la serie de reportajes para Canal Sur que él tituló Andalucía es su nombre”.

El trabajo de Romero e Hidalgo incluye ahora valiosos testimonios nuevos como los del gestor cultural Miguel Ángel Vargas o Pepe Heredia, el hijo del poeta, que es sociólogo, mientras que en la parte más creativa participan Belén Maya, la hija de Mario, en la recreación libre de ciertas coreografías de su padre, y Patricia Guerrero con el Ballet Flamenco Andaluz en una escena rodada en el desierto granadino de Gorafe, y hasta la bailaora Rafaela Carrasco, que rescata el paso de Mario Maya por Nueva York para que se produjera “una conexión lorquiana entre el negro de Harlem y el gitano del Sacromonte”. “No dormimos aquella noche para conseguir tener la primera luz del día desde Nueva Jersey”, recuerda ahora José Romero, “y es tan chula la luz que conseguimos que parece un croma”.

El mayor logro del documental, que rescata material desconocido y unas grabaciones de la RAI italiana que valen su peso en oro, es conseguir demostrar hasta qué punto había en aquellos años de la Transición española una necesidad imperiosa, por parte de determinado representantes del pueblo gitano, de hablar, de explicarse desde su raíz, de decir basta y no de plegarse a las explicaciones que ya teníamos de otros intelectuales que no eran precisamente gitanos pero que siempre hablaron por ellos.

  • Un fotograma del documental en el que se rescata la representación de Camelamos naquerar en un barrio de Granada.
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Ambos responsables, tanto el poeta y profesor universitario José Heredia Maya como el bailaor Mario Maya, dejan perlas antológicas cada vez que intervienen, y la costura entre el blanco y negro de entonces con el color de ahora, en localizaciones que van desde La Rinconada hasta Granada y la bahía neoyorquina, es impecable. Ambos testimonian su logro, a saber: que consiguieron hablar con su cuerpo y con su inteligencia para arropar en su grito a las minorías de todo el mundo y por eso aquella obra que giró por toda España a la manera de La Barraca de Lorca, terminó siendo universal y, hoy por hoy, no ha perdido actualidad.

“Yo bailo porque vosotros existís”, dejó dicho Mario en clave cartesiana. Y lo dijo en una época en la que tantos flamencos bailaban, cantaban y tocaban solo porque era lo mejor que sabían hacer. Mario Maya, en cambio, lo hacía para que siguieran haciéndolo pero con sobrada dignidad. “A partir de esta obra, no se puede ser racista inconsciente o inocentemente”, sentenció José Heredia. Está bien, por todo ello, que se recuerde ahora aquel deseo de hablar, y estaría mejor que un documental tan necesario siguiera girando más allá de esta Bienal.

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