Empujada por la demagogia de quienes no creen en lo público y aterrizan políticamente con la intención de desmantelarlo pero a continuación lo utilizan a su antojo, la gente repite a menudo lo de estar cansada de pagar impuestos. La gente lo dice mucho porque se lo oye mucho a esos demagogos que pretenden hacerle creer que, si estuvieran ellos, aquí nadie pagaría nada y cada palo aguantaría su vela. Dicho en su propio lenguaje: mariquita el último. Pero la opinión suele cambiar cuando, de súbito, a tu vela se la lleva el viento.
Anoche en mi caseta de feria, mientras el personal se lo pasaba de lo lindo al ritmo de la música, una mujer cayó desmayada y enseguida se formó el revuelo que vuelve tan desagradable la letra de las canciones con la confusión de tantos amigos y conocidos a este lado de la realidad, la de la señora tendida en el suelo mientras otras la abanicaban y la mayoría se daba voces de una punta a otra para sobreponerse al ruido que solo entonces, de repente, pareció infernal. Muchos sacaron el móvil para llamar a la policía o a los médicos del centro de salud o a un familiar de aquella socia de la caseta que no estuviera allí, pero la mayoría no acertaba, entre el nerviosismo creciente, a encontrar el número adecuado o a enterarse de algo desde el otro lado de la línea. Hasta que alguien llamó al 112.
Levantaron inmediatamente el teléfono en alguna oficina de Sevilla o Málaga, preguntaron la dirección de la caseta dentro del recinto ferial y enseguida activaron los protocolos en contacto con una ambulancia que se encontraría a escasos metros de donde la mujer se había desmayado. El resultado fue que los servicios sanitarios llegaron a la caseta literalmente en un minuto. Se tardó más tiempo en que alguien decidiera llamar al número de Emergencias que entre la llamada y la aparición de aquellos ángeles de la guarda, que parecían haber estado sobrevolando el real de la feria por si ocurría alguna desgracia.
Por si. Por si acaso, allí estaban el chófer de la ambulancia, el camillero, el médico. Se abrieron paso entre las mesas de plástico y los restos de la cena, entre la chiquillería asombrada por el estrés repentino y los socios de la caseta que se habían agolpado alrededor de la señora. Y en pocos segundos la reconocieron, valoraron la situación y se la llevaron. Afortunadamente no pasó nada grave.
Pero podría haber pasado. Tan fácil hubiera ocurrido la anécdota como la tragedia. Entre la vida y la muerte dependemos tantas veces de que la ambulancia tarde un minuto, como anoche, y no quince por ejemplo. Entre la vida y la muerte dependemos de que el camión de bomberos tarde cinco minutos y no veinte por ejemplo. Y entre morir o seguir viviendo, dependemos tantas veces de que el personal de los servicios públicos, sea policía, bomberos o sanitarios, sea suficiente y esté bien equipado. Y para todo eso hace falta dinero. Dinero de todos y el deseo de que lo empleemos para nada. Quiero decir: dinero invertido solo por si acaso. Porque en el por si acaso está siempre la garantía de la salvación y de la igualdad de que nos salvemos todos, incluso quienes prefieren jugar a cantar el Cara al sol porque ya se lleva y porque no han pensado todavía en cuánto tardaría una ambulancia en llegar a aquellas ferias en blanco y negro que ellos echan tanto de menos. O en si había ambulancia en un pueblo como el suyo.
Empujada por la demagogia de quienes no creen en lo público y aterrizan políticamente con la intención de desmantelarlo pero a continuación lo utilizan a su antojo, la gente repite a menudo lo de estar cansada de pagar impuestos. La gente lo dice mucho porque se lo oye mucho a esos demagogos que pretenden hacerle creer que, si estuvieran ellos, aquí nadie pagaría nada y cada palo aguantaría su vela. Dicho en su propio lenguaje: mariquita el último. Pero la opinión suele cambiar cuando, de súbito, a tu vela se la lleva el viento.
Anoche en mi caseta de feria, mientras el personal se lo pasaba de lo lindo al ritmo de la música, una mujer cayó desmayada y enseguida se formó el revuelo que vuelve tan desagradable la letra de las canciones con la confusión de tantos amigos y conocidos a este lado de la realidad, la de la señora tendida en el suelo mientras otras la abanicaban y la mayoría se daba voces de una punta a otra para sobreponerse al ruido que solo entonces, de repente, pareció infernal. Muchos sacaron el móvil para llamar a la policía o a los médicos del centro de salud o a un familiar de aquella socia de la caseta que no estuviera allí, pero la mayoría no acertaba, entre el nerviosismo creciente, a encontrar el número adecuado o a enterarse de algo desde el otro lado de la línea. Hasta que alguien llamó al 112.
Levantaron inmediatamente el teléfono en alguna oficina de Sevilla o Málaga, preguntaron la dirección de la caseta dentro del recinto ferial y enseguida activaron los protocolos en contacto con una ambulancia que se encontraría a escasos metros de donde la mujer se había desmayado. El resultado fue que los servicios sanitarios llegaron a la caseta literalmente en un minuto. Se tardó más tiempo en que alguien decidiera llamar al número de Emergencias que entre la llamada y la aparición de aquellos ángeles de la guarda, que parecían haber estado sobrevolando el real de la feria por si ocurría alguna desgracia.
Por si. Por si acaso, allí estaban el chófer de la ambulancia, el camillero, el médico. Se abrieron paso entre las mesas de plástico y los restos de la cena, entre la chiquillería asombrada por el estrés repentino y los socios de la caseta que se habían agolpado alrededor de la señora. Y en pocos segundos la reconocieron, valoraron la situación y se la llevaron. Afortunadamente no pasó nada grave.
Pero podría haber pasado. Tan fácil hubiera ocurrido la anécdota como la tragedia. Entre la vida y la muerte dependemos tantas veces de que la ambulancia tarde un minuto, como anoche, y no quince por ejemplo. Entre la vida y la muerte dependemos de que el camión de bomberos tarde cinco minutos y no veinte por ejemplo. Y entre morir o seguir viviendo, dependemos tantas veces de que el personal de los servicios públicos, sea policía, bomberos o sanitarios, sea suficiente y esté bien equipado. Y para todo eso hace falta dinero. Dinero de todos y el deseo de que lo empleemos para nada. Quiero decir: dinero invertido solo por si acaso. Porque en el por si acaso está siempre la garantía de la salvación y de la igualdad de que nos salvemos todos, incluso quienes prefieren jugar a cantar el Cara al sol porque ya se lleva y porque no han pensado todavía en cuánto tardaría una ambulancia en llegar a aquellas ferias en blanco y negro que ellos echan tanto de menos. O en si había ambulancia en un pueblo como el suyo.
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