En ocasiones, ciertos versos se emancipan del cuerpo del poema y se ponen a generar efectos colectivos. Llegan incluso a convertirse en lemas y a instituirse, desarraigados, en el conjunto de una cultura. Letrados y semiletrados abusan de ellos y hasta se diría que es un capital simbólico. El mismo fenómeno se da en el seno de una subjetividad. A cualquiera se le queda grabado algo y no hay forma de desprenderse de ello. Las razones en estos casos, desde luego, inexplicables.
El poeta ha conseguido introducirse por dentro de uno y plantar una huella prácticamente indeleble. De hecho, poco tiene que ver con ello presuntas bellezas o perfecciones estilísticas, pues a menudo el verso es tosco y su pregnancia general poco significativa. Se diría que algo del orden del inconsciente es lo que explicaría tales vestigios. En mi caso, recurro a menudo al De mí mismo me corro agora de Garcilaso, a La luna es una ausencia de Carolina Coronado, al Haltzak ez du bihotzik del Cantar de Bereterretxe, al Psitacce pumilio de Mademoiselle de Scudéry o al Cette joie si vive qui naît de tout confondre de Juan Larrea, entre otros. No sabría decir por qué ni por qué no. Están ahí, custodiados, prestos a escapar de mi boca.
Ahora bien, ¿cómo puede ser? ¿Cómo es que tales versos desprendidos han conseguido tal suficiencia hasta el punto de que no precisan para su funcionamiento intempestivo ser reinsertados? ¿Qué están señalando? La respuesta no puede ser sino una indiscutible discontinuidad, pues que han sido arrancados. Pero ¿para qué? La respuesta no puede ser otra vez sino que cualquiera sabrá.
Y lo que cualquiera sabe es que ese trozo de texto, de tejido, se va depositando junto a otros, igualmente indescifrables. Lo curioso es que, cuando se tiene un número suficiente de ellos, estos retales tienden a agruparse: por el sentido del ritmo, por el color de las imágenes, por cualesquiera otras características. Esos retales reclaman entonces ser rearmados pues no quieren ser a solas, sino servir de algo. Siendo imposible la vuelta al hogar, buscan acomodo en la intemperie de otros signos y otros discursos, a veces acompañados, casi siempre solos.
Agradecidos y satisfechos, descansan durante un rato para hacer sonar la aldaba poco después. Conscientes de su hechura fragmentaria, buscan descosidos que ocupar. En esos momentos acuden a nuestra memoria y los empleamos en circunstancias diversas: solemnes, como en la enfermedad o la muerte, o triviales, como en el amor o la escritura. No importa, de hecho. Se sonríe uno porque se da aquello que pocas veces se da: du soleil plein la tête.


