“La herencia viene transmitida solo por mujeres, nadie más cuenta las historias familiares, nadie más toma las decisiones importantes” (Vozdevieja, de Elisa Victoria).
Esta mañana mientras llegaba al trabajo pensando que este veranillo de San Miguel estaba durando más que un largo invierno y que el otoño se encontraba acorralado por él, no pude menos que sonreír desde el coche cuando contemplé a una vecina baldear la puera de la calle impulsando con su mano derecha bocanadas de agua sobre el acerado. Ese gesto que no tendría más trascendencia para Dolores que la de realizar una tarea cotidiana, y puede que hasta tediosa, a mí me trasladó a al verano sin imposturas y a mi pueblo. El refrán "el uso hace costumbre" denota que repetir una acción de forma constante termina por convertirla en una norma natural. En el ámbito legal esto se denomina derecho consuetudinario y es una fuente del derecho. Lo constituyen normas jurídicas que no están escritas, pero se cumplen, porque se han producido repetidamente en el tiempo en un territorio concreto.
En esta pequeña parte del sur que de cuando en cuando habito y me habita, se han perpetuado algunas imágenes que se reconocen como una costumbre ancestral y que me hacen sentir en casa. Una de las más conmovedoras es la de las vecinas al fresco. Una estampa que forma parte de nuestra identidad, del alma misma de nuestros pueblos. Desde hace unos días circula por redes sociales la prohibición de algunos municipios de sacar las sillas al fresco. Quienes conculcan ese derecho a una costumbre enraizada en la esencia misma de la cultura popular, tal vez no han pensado la labor social de esta actividad que vas a más allá de escapar de la canícula. Desde la popular zarzuela La verbena de la Paloma, a la novela El balcón en invierno de Luis Landero, las conversaciones vecinales al fresco simbolizan la necesidad en un mundo cada vez más deshumanizado de buscar un refugio en las personas cercanas, la dulce melancolía de evocar el pasado.
Para mí, la transmisión oral y el espacio cedido a la memoria son dos de sus principales valores. Sin dejar de lado el sentido metafórico, aquel que alude a una pausa vital, a la necesidad de tomar perspectiva y entender el mundo con más calma. Por eso aplaudo iniciativas como las de la localidad de Algar donde se ha propuesto esta tradición como patrimonio inmaterial, o Fuentes de Andalucía, conocida por sus noches de narración oral y literatura al aire libre.
Conscientemente he utilizado el término “vecinas” en femenino plural, porque son las mujeres las protagonistas de mi reflexión. Las mujeres han sido las grandes contadoras de historias de la humanidad desde los albores. Mientras realizaban tareas como el tejido o la costura, madres y abuelas compartían cuentos, mitos, emociones, vivencias y transmitían conocimientos de generación en generación. Esta conexión ha dejado una profunda huella en nuestro lenguaje: hablamos del hilo de un relato, el nudo o el desenlace de una trama.Y enlazando palabras, viajo en el tiempo, a unas fotografías de mujeres en corro cosiendo en el cañón de Magdalena Feria, o de Isabel Poveda, de cuyas vidas oí hablar muchas veces. Imágenes en blanco y negro, risas estampadas con el color de los deseos y lágrimas de grises ausencias.
Irene Vallejo, en El infinito en un junco, afirma: "Desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrando versos al amor de la hoguera. Han sido las tejedoras de relatos y retales. Por eso, cuando alguien me recuerde (dentro de mucho tiempo, eso sí), me gustaría que pensara en mí como una mujer justa y una contadora de historias. Una mujer capaz de anudar alegrías, ilusiones, miedos o esperanzas con el color de un hilo de luna y pespunteado de libertad. Y una de esas historias que imagino podría ser: Yo esperaba el verano como quien anhela con ansia la libertad. La libertad de caminar descalza y sentir la tierra, de leer con avidez durante la siesta, de morder un tomate rociado con una pizca de lluvia de mar, de jugar en la calle hasta el anochecer, de contemplar desde el balcón las verbenas en la plaza, de sentir el viento en la cara mientras el vórtice vertiginoso de las voladoras de la feria empujaba mis sueños bien lejos, para después traerme de vuelta como las estrellas mágicas de un diente de león".
“La herencia viene transmitida solo por mujeres, nadie más cuenta las historias familiares, nadie más toma las decisiones importantes” (Vozdevieja, de Elisa Victoria).
Esta mañana mientras llegaba al trabajo pensando que este veranillo de San Miguel estaba durando más que un largo invierno y que el otoño se encontraba acorralado por él, no pude menos que sonreír desde el coche cuando contemplé a una vecina baldear la puera de la calle impulsando con su mano derecha bocanadas de agua sobre el acerado. Ese gesto que no tendría más trascendencia para Dolores que la de realizar una tarea cotidiana, y puede que hasta tediosa, a mí me trasladó a al verano sin imposturas y a mi pueblo. El refrán "el uso hace costumbre" denota que repetir una acción de forma constante termina por convertirla en una norma natural. En el ámbito legal esto se denomina derecho consuetudinario y es una fuente del derecho. Lo constituyen normas jurídicas que no están escritas, pero se cumplen, porque se han producido repetidamente en el tiempo en un territorio concreto.
En esta pequeña parte del sur que de cuando en cuando habito y me habita, se han perpetuado algunas imágenes que se reconocen como una costumbre ancestral y que me hacen sentir en casa. Una de las más conmovedoras es la de las vecinas al fresco. Una estampa que forma parte de nuestra identidad, del alma misma de nuestros pueblos. Desde hace unos días circula por redes sociales la prohibición de algunos municipios de sacar las sillas al fresco. Quienes conculcan ese derecho a una costumbre enraizada en la esencia misma de la cultura popular, tal vez no han pensado la labor social de esta actividad que vas a más allá de escapar de la canícula. Desde la popular zarzuela La verbena de la Paloma, a la novela El balcón en invierno de Luis Landero, las conversaciones vecinales al fresco simbolizan la necesidad en un mundo cada vez más deshumanizado de buscar un refugio en las personas cercanas, la dulce melancolía de evocar el pasado.
Para mí, la transmisión oral y el espacio cedido a la memoria son dos de sus principales valores. Sin dejar de lado el sentido metafórico, aquel que alude a una pausa vital, a la necesidad de tomar perspectiva y entender el mundo con más calma. Por eso aplaudo iniciativas como las de la localidad de Algar donde se ha propuesto esta tradición como patrimonio inmaterial, o Fuentes de Andalucía, conocida por sus noches de narración oral y literatura al aire libre.
Conscientemente he utilizado el término “vecinas” en femenino plural, porque son las mujeres las protagonistas de mi reflexión. Las mujeres han sido las grandes contadoras de historias de la humanidad desde los albores. Mientras realizaban tareas como el tejido o la costura, madres y abuelas compartían cuentos, mitos, emociones, vivencias y transmitían conocimientos de generación en generación. Esta conexión ha dejado una profunda huella en nuestro lenguaje: hablamos del hilo de un relato, el nudo o el desenlace de una trama.Y enlazando palabras, viajo en el tiempo, a unas fotografías de mujeres en corro cosiendo en el cañón de Magdalena Feria, o de Isabel Poveda, de cuyas vidas oí hablar muchas veces. Imágenes en blanco y negro, risas estampadas con el color de los deseos y lágrimas de grises ausencias.
Irene Vallejo, en El infinito en un junco, afirma: "Desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrando versos al amor de la hoguera. Han sido las tejedoras de relatos y retales. Por eso, cuando alguien me recuerde (dentro de mucho tiempo, eso sí), me gustaría que pensara en mí como una mujer justa y una contadora de historias. Una mujer capaz de anudar alegrías, ilusiones, miedos o esperanzas con el color de un hilo de luna y pespunteado de libertad. Y una de esas historias que imagino podría ser: Yo esperaba el verano como quien anhela con ansia la libertad. La libertad de caminar descalza y sentir la tierra, de leer con avidez durante la siesta, de morder un tomate rociado con una pizca de lluvia de mar, de jugar en la calle hasta el anochecer, de contemplar desde el balcón las verbenas en la plaza, de sentir el viento en la cara mientras el vórtice vertiginoso de las voladoras de la feria empujaba mis sueños bien lejos, para después traerme de vuelta como las estrellas mágicas de un diente de león".
Comentarios