El 25 de julio de 2013, el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, visita el lugar del accidente ferroviario de Angrois, cerca de Santiago de Compostela, donde el día anterior un tren Alvia se había salido de las vías a gran velocidad, causando la muerte a 80 personas. La vicesecretaria general del partido, Elena Valenciano, y el secretario general del PSdG, Pachi Vázquez, le acompañan. Allí se encuentran con Alberto Núñez Feijóo, entonces presidente de la Xunta de Galicia, y con la Ministra de Fomento, Ana Pastor. Rubalcaba, Feijóo y Pastor comparecen juntos ante los medios de comunicación, transmitiendo una imagen de unidad ante la tragedia; reconociendo los difíciles momentos, el dolor por las víctimas y sus familias, y el esfuerzo de todos por atender una situación de enorme gravedad. Ello no fue óbice para que el Gobierno tuviera que hacer frente, llegado el momento, a sus responsabilidades.
Trece años más tarde se antoja imposible repetir en España una escena así, una plasmación de comunidad. Y va siendo hora de que nos preguntemos por los motivos. La polarización, su uso sistemático y frívolo como manera de acción política, está prendiendo en nuestro país (y en otros también) hasta convertirse en una patología seria, que pone en riesgo la propia convivencia. No importa quién empezó primero; el “quién tiró la primera piedra” carece a estas alturas de relevancia. Pero lo que está claro es que, convertirnos en clanes enfrentados, que ya ni recuerdan el origen de sus diputas (aunque sí estén seguros de su “gravedad” para justificar que continúen), no puede ser nuestro proyecto de país.
Y este es el clima en el que vivimos cuando queda menos de un mes para las elecciones del 29N. Un periodo electoral que debería servir para plantear debates, más o menos apasionados, sobre los modelos económicos y sociales a los que aspiramos; sobre los temas que afectan y preocupan a la ciudadanía y, aunque planteadas con las correspondientes dosis de marketing electoral, sobre las soluciones que cada fuerza política pueda presentar como propuestas. De hecho, este debería ser el fin permanente de la actividad política todos los días del año.
Ahora, en cambio, el planteamiento que se hace parece basarse en lo exclusivamente emocional y, tras la fabricación de los contenidos y eslóganes convenientes, en la repercusión que tengan en redes, simplificando y devaluando los discursos a comportamientos aparentemente infantiles (aunque, como en el cuento de Andersen, El rey desnudo, son los niños los que mejor captan el artificio). Todo se resume en la estrategia y en la imagen seleccionada para un determinado grupo de población denominado target, reducido mero objetivo.
La comunicación es importante. No hay duda. Pero basar los mensajes, no en su fundamento, sino en su repercusión mediática (teniendo en cuenta que también han cambiado los medios) conlleva asumir la primacía de la apariencia sobre fondo, con el riesgo adicional de que este sea fatuo porque sencillamente no importe.
Un problema añadido es que esta forma de hacer política ha perdido precisamente “las formas”. Asistimos a comportamientos de líderes mundiales y nacionales que no soportan el más mínimo filtro de la decencia. La falta de educación ha sucedido irremediablemente a la carencia de formación, seguramente como una consecuencia ineludible agresiva, pero también defensiva. Parece primar el exabrupto, la insolencia o, cuando menos, la falta de mesura en la transmisión de los mensajes hasta tal punto que se sobrepasan los límites del ridículo.
Y polarizar de manera intencionada a la sociedad, al igual que sucede con la polarización de una inocente barra de hierro para convertirla en un imán permanente, separando sus polos norte y sur magnéticos, requiere un enorme gasto de energía. Si nos permiten continuar con el símil, una vez magnetizada, podemos dividir la barra en tantos trozos como queramos, que seguirán estando polarizados; nivel minucioso de desencuentro que representa bien los efectos sociales de la polarización política.
Gentes cuyos rostros no nos son evidentes, están dedicando enormes esfuerzos y medios para evitar y hacer imposible el debate sereno de ideas, de posiciones y de detalles no menores. No solo se quieren excluir los grises, se obvian los colores, porque, además, se pretende una sociedad de tonos absolutos, donde cualquier expresión se analiza para asociarla a una u otra parte sin matiz posible. La adhesión ha de ser igual de inquebrantable que el rechazo o la oposición a cualquier postulado, y parece que tengamos que esperar al dictado del líder o lideresa de turno (o de sus gurús temporales) para situarnos en lo que se oficializa como “lo correcto”.
El objetivo es claro, dividir a la sociedad para conseguir, a la contra, la movilización de los dudosos, a los que se acusará de tibios y de irresponsables (o, peor, de responsables del éxito o de los errores de la contra parte). Así se consiguen obviar los planteamientos complejos, que son los que realmente son viables en una sociedad, y logran sus objetivos los auténticos interesados en apropiarse del interés general y del bien común, que, por ello, dejan de serlo.
Hasta dónde llega el riesgo de esta polarización es lo que habría que valorar urgentemente, porque con la misma frivolidad que se empieza a hablar de guerra civil, la violencia verbal deriva a la física. Se usa y abusa del miedo como mecanismo de control social y se identifica al contrario como enemigo a eliminar. Las instituciones se pervierten en su cometido y todo el entramado democrático colapsa en el mismo momento en que no se dan respuestas a las legítimas aspiraciones de la ciudadanía, que ve en la incapacidad de la política justificación suficiente para el incremento de su frustración.
¿Es ya tarde? ¿Echamos ya en falta el tiempo perdido sin lograr que el país funcione realmente?
Enlazando con el inicio de esta columna, mientras escribimos, la tremenda tragedia nos sobrecoge de nuevo. Tercera vez en lo que va de año que contamos los fallecidos por decenas. Una calamidad, la de Urda, que debería ser evitable y debería haberse evitado, nos devuelve a la realidad y a la constatación de que no vale la mera pose mediática. Tampoco el odio conveniente de algunos. Nos queda el dolor, la indignación y la rabia, y el deseo de que quienes nos gobiernen tengan efectivamente en cuenta los intereses generales de un país que, como siempre decimos y volvemos a insistir, vale la pena.
El 25 de julio de 2013, el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, visita el lugar del accidente ferroviario de Angrois, cerca de Santiago de Compostela, donde el día anterior un tren Alvia se había salido de las vías a gran velocidad, causando la muerte a 80 personas. La vicesecretaria general del partido, Elena Valenciano, y el secretario general del PSdG, Pachi Vázquez, le acompañan. Allí se encuentran con Alberto Núñez Feijóo, entonces presidente de la Xunta de Galicia, y con la Ministra de Fomento, Ana Pastor. Rubalcaba, Feijóo y Pastor comparecen juntos ante los medios de comunicación, transmitiendo una imagen de unidad ante la tragedia; reconociendo los difíciles momentos, el dolor por las víctimas y sus familias, y el esfuerzo de todos por atender una situación de enorme gravedad. Ello no fue óbice para que el Gobierno tuviera que hacer frente, llegado el momento, a sus responsabilidades.
Trece años más tarde se antoja imposible repetir en España una escena así, una plasmación de comunidad. Y va siendo hora de que nos preguntemos por los motivos. La polarización, su uso sistemático y frívolo como manera de acción política, está prendiendo en nuestro país (y en otros también) hasta convertirse en una patología seria, que pone en riesgo la propia convivencia. No importa quién empezó primero; el “quién tiró la primera piedra” carece a estas alturas de relevancia. Pero lo que está claro es que, convertirnos en clanes enfrentados, que ya ni recuerdan el origen de sus diputas (aunque sí estén seguros de su “gravedad” para justificar que continúen), no puede ser nuestro proyecto de país.
Y este es el clima en el que vivimos cuando queda menos de un mes para las elecciones del 29N. Un periodo electoral que debería servir para plantear debates, más o menos apasionados, sobre los modelos económicos y sociales a los que aspiramos; sobre los temas que afectan y preocupan a la ciudadanía y, aunque planteadas con las correspondientes dosis de marketing electoral, sobre las soluciones que cada fuerza política pueda presentar como propuestas. De hecho, este debería ser el fin permanente de la actividad política todos los días del año.
Ahora, en cambio, el planteamiento que se hace parece basarse en lo exclusivamente emocional y, tras la fabricación de los contenidos y eslóganes convenientes, en la repercusión que tengan en redes, simplificando y devaluando los discursos a comportamientos aparentemente infantiles (aunque, como en el cuento de Andersen, El rey desnudo, son los niños los que mejor captan el artificio). Todo se resume en la estrategia y en la imagen seleccionada para un determinado grupo de población denominado target, reducido mero objetivo.
La comunicación es importante. No hay duda. Pero basar los mensajes, no en su fundamento, sino en su repercusión mediática (teniendo en cuenta que también han cambiado los medios) conlleva asumir la primacía de la apariencia sobre fondo, con el riesgo adicional de que este sea fatuo porque sencillamente no importe.
Un problema añadido es que esta forma de hacer política ha perdido precisamente “las formas”. Asistimos a comportamientos de líderes mundiales y nacionales que no soportan el más mínimo filtro de la decencia. La falta de educación ha sucedido irremediablemente a la carencia de formación, seguramente como una consecuencia ineludible agresiva, pero también defensiva. Parece primar el exabrupto, la insolencia o, cuando menos, la falta de mesura en la transmisión de los mensajes hasta tal punto que se sobrepasan los límites del ridículo.
Y polarizar de manera intencionada a la sociedad, al igual que sucede con la polarización de una inocente barra de hierro para convertirla en un imán permanente, separando sus polos norte y sur magnéticos, requiere un enorme gasto de energía. Si nos permiten continuar con el símil, una vez magnetizada, podemos dividir la barra en tantos trozos como queramos, que seguirán estando polarizados; nivel minucioso de desencuentro que representa bien los efectos sociales de la polarización política.
Gentes cuyos rostros no nos son evidentes, están dedicando enormes esfuerzos y medios para evitar y hacer imposible el debate sereno de ideas, de posiciones y de detalles no menores. No solo se quieren excluir los grises, se obvian los colores, porque, además, se pretende una sociedad de tonos absolutos, donde cualquier expresión se analiza para asociarla a una u otra parte sin matiz posible. La adhesión ha de ser igual de inquebrantable que el rechazo o la oposición a cualquier postulado, y parece que tengamos que esperar al dictado del líder o lideresa de turno (o de sus gurús temporales) para situarnos en lo que se oficializa como “lo correcto”.
El objetivo es claro, dividir a la sociedad para conseguir, a la contra, la movilización de los dudosos, a los que se acusará de tibios y de irresponsables (o, peor, de responsables del éxito o de los errores de la contra parte). Así se consiguen obviar los planteamientos complejos, que son los que realmente son viables en una sociedad, y logran sus objetivos los auténticos interesados en apropiarse del interés general y del bien común, que, por ello, dejan de serlo.
Hasta dónde llega el riesgo de esta polarización es lo que habría que valorar urgentemente, porque con la misma frivolidad que se empieza a hablar de guerra civil, la violencia verbal deriva a la física. Se usa y abusa del miedo como mecanismo de control social y se identifica al contrario como enemigo a eliminar. Las instituciones se pervierten en su cometido y todo el entramado democrático colapsa en el mismo momento en que no se dan respuestas a las legítimas aspiraciones de la ciudadanía, que ve en la incapacidad de la política justificación suficiente para el incremento de su frustración.
¿Es ya tarde? ¿Echamos ya en falta el tiempo perdido sin lograr que el país funcione realmente?
Enlazando con el inicio de esta columna, mientras escribimos, la tremenda tragedia nos sobrecoge de nuevo. Tercera vez en lo que va de año que contamos los fallecidos por decenas. Una calamidad, la de Urda, que debería ser evitable y debería haberse evitado, nos devuelve a la realidad y a la constatación de que no vale la mera pose mediática. Tampoco el odio conveniente de algunos. Nos queda el dolor, la indignación y la rabia, y el deseo de que quienes nos gobiernen tengan efectivamente en cuenta los intereses generales de un país que, como siempre decimos y volvemos a insistir, vale la pena.
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