Si Moreno Bonilla escuchara a los andaluces en las urnas, como “amenazaba” que haría en caso de no obtener la mayoría absoluta, pactaría con el PSOE. Los números son los números y no entienden de tendencias ideológicas: los 28 escaños del PSOE son más que los 15 de Vox. Y no hay ninguna ley ni norma que impida el diálogo ni el pacto entre populares y socialistas. Si escucharan a los votantes que ayer participaron en la vida social y política, sabrían sin ninguna duda que aquellos pedían un gobierno popular y alianzas en primer lugar con la formación socialista. Después, con las restantes, atendiendo a los escaños obtenidos.
Sin embargo, el Partido Socialista y el Popular han llegado a un enfrentamiento enfermizo obsesivo (ridículo en ocasiones) nacido de una lucha encarnizada por hundir a Pedro Sánchez al precio que sea. Ataque verbal y judicial lanzado sin medir “los daños colaterales” que recaen sobre la democracia, manipulando y aniquilando su funcionamiento. Querría creer, aunque en realidad no lo creo, que no hay voluntad de dañar de muerte el entendimiento y el diálogo democrático; me gustaría creer que no hay maldad, sino torpeza en las estrategias. Aunque, qué más daría, la torpeza en política, en todas sus formas, es inaceptable igualmente por los perjuicios que ocasiona.
Pero más irritante si cabe son los análisis de la prensa para quienes el pacto entre PP y Vox es indiscutible e inevitable. La prensa está analizando los resultados electorales según la proyección del escrutinio del domingo: si el PSOE ha perdido escaños significa que sus posibilidades serán menores en las próximas elecciones y quedan ya fuera de juego; y a la inversa para los partidos que han aumentado su representación, Vox y Adelante Andalucía. Los pactos y acuerdos para celebrar la próxima investidura y gobernar a continuación se gestionan y se tienen que gestionar con la confianza entregada ayer en las urnas: tantos votos, tantos escaños, tanto poder de decisión trasladado a nuestros representantes.
Cada voto es una decisión tomada por un ciudadano. Si, con nuestro voto, hemos dado la mayoría al PP, seguida del PSOE, esa es nuestra decisión: que dialoguen, lleguen a un consenso, se compliquen en la tarea de gobernar. Hacer una lectura más allá, añadiendo supuestas intenciones —un “dijeron pero querían decir …”— es no escuchar, es manipular nuestra voz hasta que digamos lo que no hemos dicho. La democracia está en juego, no solo por el empuje de Vox, sino esencialmente porque los partidos democráticos no saben actuar como tales. Estamos asistiendo al juego sucio en el que se lanzan dardos, bulos, denuncias indistintamente reales y falsas, atendiendo al interés electoral y no por una búsqueda de la justicia y la verdad. Están jugando con fuego y sin honestidad. Y están poniendo en juego una democracia que costó tanto alcanzar tras una larga dictadura en nuestro país.
Por el bien de nuestra democracia, que es uno de los mayores bienes con el que contamos los ciudadanos, debemos ser escuchados, no pueden hacer oídos sordos a nuestras decisiones, que trasmitimos mediante el voto. No deben pensar por nosotros ni interpretarnos. Un voto es una decisión, acertada o equivocada, acorde o desacorde a nuestro pensamiento, pero es la decisión tomada.
Y ya que tengo el día “de dar consejos”, por el bien de la libertad, cada partido político debería escucharse a sí mismo para saber hacia dónde se dirige, qué pretende y a qué precio. Que no acaben también ellos engañándose, enfrascados como están en ese juego por llegar los primeros y únicos a la meta.
Yo miro los resultados y no entiendo por qué se malinterpreta la voz del pueblo, por qué estos resultados no hacen pensar a los cabezas de los partidos en discordia y a los periodistas que tal vez a los ciudadanos, al menos a los que hemos ejercido el voto, no nos parezca aberrante un gobierno popular dialogando con socialistas. ¿Quizá tan solo los electores sean los que buscan el equilibrio entre dos partidos democráticos?
Si Moreno Bonilla escuchara a los andaluces en las urnas, como “amenazaba” que haría en caso de no obtener la mayoría absoluta, pactaría con el PSOE. Los números son los números y no entienden de tendencias ideológicas: los 28 escaños del PSOE son más que los 15 de Vox. Y no hay ninguna ley ni norma que impida el diálogo ni el pacto entre populares y socialistas. Si escucharan a los votantes que ayer participaron en la vida social y política, sabrían sin ninguna duda que aquellos pedían un gobierno popular y alianzas en primer lugar con la formación socialista. Después, con las restantes, atendiendo a los escaños obtenidos.
Sin embargo, el Partido Socialista y el Popular han llegado a un enfrentamiento enfermizo obsesivo (ridículo en ocasiones) nacido de una lucha encarnizada por hundir a Pedro Sánchez al precio que sea. Ataque verbal y judicial lanzado sin medir “los daños colaterales” que recaen sobre la democracia, manipulando y aniquilando su funcionamiento. Querría creer, aunque en realidad no lo creo, que no hay voluntad de dañar de muerte el entendimiento y el diálogo democrático; me gustaría creer que no hay maldad, sino torpeza en las estrategias. Aunque, qué más daría, la torpeza en política, en todas sus formas, es inaceptable igualmente por los perjuicios que ocasiona.
Pero más irritante si cabe son los análisis de la prensa para quienes el pacto entre PP y Vox es indiscutible e inevitable. La prensa está analizando los resultados electorales según la proyección del escrutinio del domingo: si el PSOE ha perdido escaños significa que sus posibilidades serán menores en las próximas elecciones y quedan ya fuera de juego; y a la inversa para los partidos que han aumentado su representación, Vox y Adelante Andalucía. Los pactos y acuerdos para celebrar la próxima investidura y gobernar a continuación se gestionan y se tienen que gestionar con la confianza entregada ayer en las urnas: tantos votos, tantos escaños, tanto poder de decisión trasladado a nuestros representantes.
Cada voto es una decisión tomada por un ciudadano. Si, con nuestro voto, hemos dado la mayoría al PP, seguida del PSOE, esa es nuestra decisión: que dialoguen, lleguen a un consenso, se compliquen en la tarea de gobernar. Hacer una lectura más allá, añadiendo supuestas intenciones —un “dijeron pero querían decir …”— es no escuchar, es manipular nuestra voz hasta que digamos lo que no hemos dicho. La democracia está en juego, no solo por el empuje de Vox, sino esencialmente porque los partidos democráticos no saben actuar como tales. Estamos asistiendo al juego sucio en el que se lanzan dardos, bulos, denuncias indistintamente reales y falsas, atendiendo al interés electoral y no por una búsqueda de la justicia y la verdad. Están jugando con fuego y sin honestidad. Y están poniendo en juego una democracia que costó tanto alcanzar tras una larga dictadura en nuestro país.
Por el bien de nuestra democracia, que es uno de los mayores bienes con el que contamos los ciudadanos, debemos ser escuchados, no pueden hacer oídos sordos a nuestras decisiones, que trasmitimos mediante el voto. No deben pensar por nosotros ni interpretarnos. Un voto es una decisión, acertada o equivocada, acorde o desacorde a nuestro pensamiento, pero es la decisión tomada.
Y ya que tengo el día “de dar consejos”, por el bien de la libertad, cada partido político debería escucharse a sí mismo para saber hacia dónde se dirige, qué pretende y a qué precio. Que no acaben también ellos engañándose, enfrascados como están en ese juego por llegar los primeros y únicos a la meta.
Yo miro los resultados y no entiendo por qué se malinterpreta la voz del pueblo, por qué estos resultados no hacen pensar a los cabezas de los partidos en discordia y a los periodistas que tal vez a los ciudadanos, al menos a los que hemos ejercido el voto, no nos parezca aberrante un gobierno popular dialogando con socialistas. ¿Quizá tan solo los electores sean los que buscan el equilibrio entre dos partidos democráticos?
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