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Creo que contarnos ya no es la solución, al menos no lo es para no aumentar la fractura social y la radicalización de posturas.

Escribo este artículo a muy pocos días de las elecciones autonómicas de Cataluña. Unas elecciones convocadas no porque tocaban o porque las haya convocado el Parlamento catalán. Se trata de las elecciones convocadas por el Gobierno en el marco de la aplicación del artículo 155. O mejor dicho son las elecciones del “155”, ese número tan habitual y conocido con el que nos referimos a un artículo de la constitución del que casi nadie sabía la existencia hasta el pasado mes de octubre. Y en cambio ahora, pocos meses más tarde, la búsqueda “Cataluña y 155” se ha convertido en la más popular del año en Google. Han sido unos meses de desasosiego, de impotencia, de tristeza, de incomprensión, de nervios, y de no dejar de sorprenderme por como las posturas se han ido radicalizando, de un lado y de otro. Porque ahora ya no hay un solo lado, ya hay solo dos. O eres “indepe” o eres “facha”. Y tengo la sensación, que en el resto de España, estos últimos meses también se están radicalizando posturas: o eres “facha” o eres “perro flauta”.

Soy catalana. Y no soy “indepe”. Y de hecho, soy de las que durante los días previos a la DUI, pedía unas elecciones. Porque creo que necesitamos contarnos. Creo que todos lo queremos. Los unos para reafirmarse en que efectivamente la mayoría de catalanes quieren la independencia. Los otros para demostrar que no es así, y que en cambio la mayoría preferimos mantener la unidad. A pesar de la ley electoral vigente, que dota de mayor proporción en la representación parlamentaria a territorios mayormente de carácter nacionalista, creo que estas elecciones pueden ser las primeras en las que realmente nos podremos contar “de verdad”: por su esperada alta participación, y porque ahora se votará habiendo visto y vivido cosas que han acontecido y que hace dos años se presentaban como irreales: la fuga de empresas, la bajada del turismo, los boicots, y la falta de apoyo a la DUI por parte de otros países, incluyendo la falta de apoyo de la Unión Europea.

Y digo “de verdad” porque para mí las elecciones del 2015, esas llamadas “plebiscitarias”, no lo fueron. Yo estaba en Barcelona en el 2015. Y obviamente voté. Pero hubiera votado diferente si hubiera sabido todo lo que iba a pasar dos años después. Y creo que como yo muchas más personas. Hubiera votado diferente si hubiera sabido que dos años más tarde se aprobaría una ley de transitoriedad, de forma implacable y unilateral, teniendo en cuenta la trascendencia de lo que se estaba aprobando. Hubiera votado diferente si hubiera sabido que se iba a llevar a cabo un “referéndum” sin garantías, sin un censo coherente. Hubiera votado diferente si hubiera sabido que apenas dos años más tarde, estaría viendo en la televisión cómo en el Parlament de Catalunya se votaba una independencia, sin escuchar, sin dialogar, sin preocuparse por los efectos económicos y sociales y sin habernos contado “de verdad”. Muchos de los que votamos en el 2015 no nos imaginábamos que nuestro voto moderado, dialogante, quizás utópico, iba a ayudar a los partidos más drásticos a hacerse fuertes para trazar una ruta obstinada e inflexible hasta donde estamos ahora. Hasta una sociedad fracturada, rota, dolida, herida, cansada y radicalizada.

Creo que no habrá medias tintas en estas elecciones. O eres “indepe” o no lo eres. Y creo que por fin sabremos cuantos estamos de cada lado. Pero ahora, a pocos días de las elecciones me pregunto, ¿Y qué? ¿De verdad las elecciones son la solución para sanar las heridas? ¿Para volver a unir a familias y amigos? ¿Para recuperar la confianza de empresas e inversores? ¿Para volver a recuperar la confianza en los políticos? ¿Qué pasará al día siguiente? ¿Realmente creemos que los resultados de las elecciones van a apaciguar las aguas? Si ganan los partidos favorables a continuar con la separación y con el procès, ¿qué pasará con esa ciudadanía ya no tan silenciosa? ¿Qué pasará con las empresas que están esperando los resultados para irse de forma definitiva? ¿Qué pasará con el 155?

Y si ganan los partidos favorables a la unión, más de lo mismo. Habiendo visto lo que ha pasado estos meses, ¿de verdad podemos confiar en que se va a poder frenar los deseos de millones de personas sin seguir en una espiral de ruptura? Ya se está hablando del tema. Ya se comenta en redes y en medios y ya se están organizando “cuerpos voluntarios de vigilancia”, porque se supone que si gana el bloque unionista es porque ha podido existir un fraude en las elecciones. Porque parece ser que nos queremos contar, pero solo si los números nos favorecen a cada una de las posturas. ¿Y si no nos gustan los números que veremos el 21 por la noche? ¿Aceptará el Gobierno un dialogo con el nuevo Govern si realmente la gran mayoría de catalanes quiere independizarse? ¿Conseguirá el Gobierno enamorar de nuevo a estos catalanes para que no quieran lanzarse de nuevo a un camino unilateral y sin salida?

Si los partidos unionistas ganan, ¿Aceptarán los independentistas ese resultado? ¿O más bien optarán por creer en un fraude electoral? Me preocupa el día 22 de diciembre, me preocupa el año que viene, y el otro, porque creo que las elecciones tan solo son un golpe de efecto más en esta historia. Y lo que me preocupa es la radicalización, la ruptura, el desencuentro, la distancia creada entre catalanes, y entre catalanes y otros españoles. Porque creo que las elecciones no van a calmar ni apaciguar las emociones.

Por mi parte, no confío en el Gobierno actual para actuar más allá de una legislación y de una aplicación de la misma. Tampoco confío en los partidos que han ignorado y secuestrado a la mayoría silenciosa en el camino que tomaron estos últimos meses. A unos días de las elecciones, y sin saber los resultados, creo que contarnos ya no es la solución, al menos no lo es para no aumentar la fractura social y la radicalización de posturas, sino que solo son otra etapa en el camino de la incomprensión. Espero equivocarme.

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