Opinión

¿Hemos normalizado el desgobierno al que asistimos?

Mientras Ceuta sigue sumida en el más absoluto caos, la escalada de precios parece imparable y el problema de la vivienda, tras ocho años de inacción, se pretende resolver en cuestión de días, todo ello en un clima de crispación y polarización cada vez más peligroso. Es hora de que los ciudadanos decidan en las urnas

  • Una joven sujeta una pancarta en una concentración por el derecho a la vivienda. -

Tras un verano en el que hemos llegado a normalizar que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se vaya de vacaciones en plena crisis de Ceuta y, además, lo haga recomendando, en un sorprendente vídeo, su playlist para disfrutar en agosto —un episodio que recibió más críticas de la prensa internacional que de la nacional—, el curso político ha arrancado con un nivel de polarización y crispación que debería obligarnos, de una vez por todas, a detenernos y preguntarnos:

Señores, ¿qué está pasando? Porque mientras la política parece instalada en su propia burbuja, los ciudadanos estamos haciendo otras cuentas. Y no son números fáciles. La cuesta de los precios es cada vez más empinada y no parece tener visos de llegar a la cima.

El euríbor ha cerrado septiembre en el 3,24 %, frente al 2,17 % de hace un año. Una auténtica barbaridad. Y lo más preocupante es que detrás de ese porcentaje hay familias que vuelven a ver cómo aumenta su hipoteca y que tienen que hacer encaje de bolillos para llegar no ya a final de mes, sino para poder pagar todos sus recibos a principios de mes.

Después está la cada vez más temida cesta de la compra. Cualquiera que esté leyendo este artículo sabe perfectamente de qué hablo. Ir al supermercado se ha convertido en todo un reto: desde mirar hasta el último euro hasta encontrarse con una nueva sorpresa cada vez que buscas en el estante ese zumo, ese café o esa mantequilla de marca blanca que, por entendernos, también han dejado de ser baratos.

La realidad es que vas al supermercado. Compras lo básico. No llevas pescado, apenas carne, escoges aquello que necesitas y cuando llegas a la caja miras la cuenta y piensas: Dios mío, ¿qué ha pasado aquí? Si no llevo nada. El comentario más repetido este verano en las reuniones de amigos.

La OCU acaba de poner cifras a esa sensación: la cesta de la compra acumula una subida del 39,5 % desde 2021. Y en el último año los productos frescos han aumentado un 4,7 % y el pescado un 8,6 %. Para tomar nota.

Y, ojo, que antes de ir al supermercado, en muchas ocasiones hay que parar a echar gasolina. De nuevo la misma pregunta: ¿Otra vez ha subido? Y así entramos en una espiral que parece no tener fin.

El último dato que acabamos de conocer tampoco invita precisamente al optimismo: el IPC adelantado de septiembre se ha disparado hasta el 4,9 %, seis décimas más que en agosto. Y, lo más preocupante, es que detrás de cada porcentaje hay una familia, hay personas vulnerables, hay personas a las que es imposible que les salgan las cuentas, a pesar de trabajar, incluso, con dos empleos.

Detrás del euríbor hay una hipoteca. Detrás del precio del combustible hay alguien que necesita el coche para trabajar. Detrás de la cesta de la compra hay padres haciendo malabarismos para poder dar de comer a sus hijos. Esto no es una exageración: es una realidad que está en la calle y que se comprueba también en los centros educativos, donde ya se ha alertado de las dificultades que están atravesando algunas familias para garantizar una alimentación adecuada a sus hijos.

Detrás de todas estas subidas imparables hay algo que debería preocuparnos especialmente: la pérdida de capacidad económica de quienes hasta hace poco formaban parte de una clase media que vivía con cierta tranquilidad.

Porque pobreza ya no significa únicamente no tener nada. También puede significar trabajar, tener una nómina y descubrir que cada mes puedes hacer menos cosas con ella.

Los datos oficiales señalan que el 25,7 % de la población española estaba en riesgo de pobreza o exclusión social en 2025. En Andalucía, ese porcentaje alcanzaba el 34,7 %. ¿De verdad podemos ver estos datos y seguir normalizándolo todo?

Y, no menos preocupante, mientras las familias hacen números, nuestro tejido empresarial tampoco atraviesa su mejor momento.

La inmensa mayoría de nuestras empresas son pequeñas y microempresas. Son quienes levantan cada mañana la persiana, quienes generan empleo y quienes tienen que afrontar cada incremento de costes.

El coste laboral de las empresas aumentó un 4 % interanual en el segundo trimestre de 2026. Además, las cotizaciones obligatorias a la Seguridad Social crecieron un 4,2 %, según la Encuesta Trimestral de Coste Laboral del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicada el 17 de septiembre de 2026.

Y aquí también es importante, teniendo en cuenta el coste de la vida, contar con salarios dignos. Por supuesto que sí. Necesitamos proteger a los trabajadores. Pero también necesitamos que quienes crean empleo puedan mantener abiertas sus empresas. Porque si asfixiamos al pequeño empresario, también estamos poniendo en riesgo el empleo. Es hora de cuidar a nuestro tejido empresarial para que pueda cuidar a sus empleados. Es un círculo que no debemos olvidar.

Mientras todo esto sucede, lo más preocupante es que asistimos a un escenario político de absoluto desgobierno. Pedro Sánchez y su Gobierno deberían preguntarse si este es el momento para continuar instalados en el conflicto permanente con sus socios, en las negociaciones hasta el último minuto y en una política que parece más pendiente del relato que de las soluciones. 

El esperpento de un Gobierno dividido, contraprogramándose durante la rueda de prensa del consejo de ministros, ha sido la gota que ha colmado el vaso esta semana y la prueba de que este desgobierno no da más de sí.

¿De verdad esto es lo que necesita España en un momento como el actual?

España necesita un Gobierno que ofrezca confianza y estabilidad, que de soluciones en lugar de crear problemas.

Porque mientras se acentúa el ambiente de crispación política y social, la realidad es que hay jóvenes que no pueden emanciparse, familias que no pueden acceder a una vivienda y personas que viven con la incertidumbre de no saber cuánto podrán pagar el próximo mes.

Fuera de nuestras fronteras tampoco vivimos precisamente tiempos tranquilos. Las amenazas geopolíticas, las guerras, la tensión internacional y el escenario abierto por Rusia deberían obligarnos a actuar con responsabilidad y altura de miras.

En medio de este escenario, en España tenemos además la terrible situación de Ceuta. Una crisis de Estado que exige, de una vez, respuestas y soluciones. Lo que está ocurriendo en Ceuta es de una gravedad extraordinaria. Cualquier presidente del Gobierno con cierta dignidad, ante una crisis de esta magnitud y ante las dudas que todavía existen sobre lo ocurrido y sobre la gestión de la misma, debería haber asumido ya responsabilidades políticas y, en mi opinión, haber dimitido y convocado elecciones de manera inmediata. 

Porque no estamos hablando de un asunto menor. Estamos hablando de una crisis que ha puesto a prueba la integridad territorial de nuestro país, el control de nuestras fronteras, la seguridad nacional y la capacidad de respuesta del Estado. Y mientras seguimos con investigaciones abiertas y con explicaciones contradictorias sobre lo ocurrido, Ceuta continúa soportando las consecuencias de una situación de absoluto caos con imágenes que jamás hubiéramos podido imaginar.

No podemos convertir el sufrimiento humano en una batalla política. Ni tampoco podemos mirar hacia otro lado. Ceuta sigue reclamando ayuda urgente. Los problemas de las empresas siguen ahí. Las familias siguen haciendo cuentas. Y, mientras tanto, crecen la polarización y el enfrentamiento social. Una combinación muy peligrosa cuando se acumulan tantos problemas y tanta incertidumbre en medio de un absoluto desgobierno. Y lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando. 

Señores, ¿qué está pasando? España necesita mucho más que titulares, enfrentamientos y relatos políticos. Necesita respuestas y la convocatoria de unas elecciones generales ya. 

Tras un verano en el que hemos llegado a normalizar que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se vaya de vacaciones en plena crisis de Ceuta y, además, lo haga recomendando, en un sorprendente vídeo, su playlist para disfrutar en agosto —un episodio que recibió más críticas de la prensa internacional que de la nacional—, el curso político ha arrancado con un nivel de polarización y crispación que debería obligarnos, de una vez por todas, a detenernos y preguntarnos:

Señores, ¿qué está pasando? Porque mientras la política parece instalada en su propia burbuja, los ciudadanos estamos haciendo otras cuentas. Y no son números fáciles. La cuesta de los precios es cada vez más empinada y no parece tener visos de llegar a la cima.

El euríbor ha cerrado septiembre en el 3,24 %, frente al 2,17 % de hace un año. Una auténtica barbaridad. Y lo más preocupante es que detrás de ese porcentaje hay familias que vuelven a ver cómo aumenta su hipoteca y que tienen que hacer encaje de bolillos para llegar no ya a final de mes, sino para poder pagar todos sus recibos a principios de mes.

Después está la cada vez más temida cesta de la compra. Cualquiera que esté leyendo este artículo sabe perfectamente de qué hablo. Ir al supermercado se ha convertido en todo un reto: desde mirar hasta el último euro hasta encontrarse con una nueva sorpresa cada vez que buscas en el estante ese zumo, ese café o esa mantequilla de marca blanca que, por entendernos, también han dejado de ser baratos.

La realidad es que vas al supermercado. Compras lo básico. No llevas pescado, apenas carne, escoges aquello que necesitas y cuando llegas a la caja miras la cuenta y piensas: Dios mío, ¿qué ha pasado aquí? Si no llevo nada. El comentario más repetido este verano en las reuniones de amigos.

La OCU acaba de poner cifras a esa sensación: la cesta de la compra acumula una subida del 39,5 % desde 2021. Y en el último año los productos frescos han aumentado un 4,7 % y el pescado un 8,6 %. Para tomar nota.

Y, ojo, que antes de ir al supermercado, en muchas ocasiones hay que parar a echar gasolina. De nuevo la misma pregunta: ¿Otra vez ha subido? Y así entramos en una espiral que parece no tener fin.

El último dato que acabamos de conocer tampoco invita precisamente al optimismo: el IPC adelantado de septiembre se ha disparado hasta el 4,9 %, seis décimas más que en agosto. Y, lo más preocupante, es que detrás de cada porcentaje hay una familia, hay personas vulnerables, hay personas a las que es imposible que les salgan las cuentas, a pesar de trabajar, incluso, con dos empleos.

Detrás del euríbor hay una hipoteca. Detrás del precio del combustible hay alguien que necesita el coche para trabajar. Detrás de la cesta de la compra hay padres haciendo malabarismos para poder dar de comer a sus hijos. Esto no es una exageración: es una realidad que está en la calle y que se comprueba también en los centros educativos, donde ya se ha alertado de las dificultades que están atravesando algunas familias para garantizar una alimentación adecuada a sus hijos.

Detrás de todas estas subidas imparables hay algo que debería preocuparnos especialmente: la pérdida de capacidad económica de quienes hasta hace poco formaban parte de una clase media que vivía con cierta tranquilidad.

Porque pobreza ya no significa únicamente no tener nada. También puede significar trabajar, tener una nómina y descubrir que cada mes puedes hacer menos cosas con ella.

Los datos oficiales señalan que el 25,7 % de la población española estaba en riesgo de pobreza o exclusión social en 2025. En Andalucía, ese porcentaje alcanzaba el 34,7 %. ¿De verdad podemos ver estos datos y seguir normalizándolo todo?

Y, no menos preocupante, mientras las familias hacen números, nuestro tejido empresarial tampoco atraviesa su mejor momento.

La inmensa mayoría de nuestras empresas son pequeñas y microempresas. Son quienes levantan cada mañana la persiana, quienes generan empleo y quienes tienen que afrontar cada incremento de costes.

El coste laboral de las empresas aumentó un 4 % interanual en el segundo trimestre de 2026. Además, las cotizaciones obligatorias a la Seguridad Social crecieron un 4,2 %, según la Encuesta Trimestral de Coste Laboral del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicada el 17 de septiembre de 2026.

Y aquí también es importante, teniendo en cuenta el coste de la vida, contar con salarios dignos. Por supuesto que sí. Necesitamos proteger a los trabajadores. Pero también necesitamos que quienes crean empleo puedan mantener abiertas sus empresas. Porque si asfixiamos al pequeño empresario, también estamos poniendo en riesgo el empleo. Es hora de cuidar a nuestro tejido empresarial para que pueda cuidar a sus empleados. Es un círculo que no debemos olvidar.

Mientras todo esto sucede, lo más preocupante es que asistimos a un escenario político de absoluto desgobierno. Pedro Sánchez y su Gobierno deberían preguntarse si este es el momento para continuar instalados en el conflicto permanente con sus socios, en las negociaciones hasta el último minuto y en una política que parece más pendiente del relato que de las soluciones. 

El esperpento de un Gobierno dividido, contraprogramándose durante la rueda de prensa del consejo de ministros, ha sido la gota que ha colmado el vaso esta semana y la prueba de que este desgobierno no da más de sí.

¿De verdad esto es lo que necesita España en un momento como el actual?

España necesita un Gobierno que ofrezca confianza y estabilidad, que de soluciones en lugar de crear problemas.

Porque mientras se acentúa el ambiente de crispación política y social, la realidad es que hay jóvenes que no pueden emanciparse, familias que no pueden acceder a una vivienda y personas que viven con la incertidumbre de no saber cuánto podrán pagar el próximo mes.

Fuera de nuestras fronteras tampoco vivimos precisamente tiempos tranquilos. Las amenazas geopolíticas, las guerras, la tensión internacional y el escenario abierto por Rusia deberían obligarnos a actuar con responsabilidad y altura de miras.

En medio de este escenario, en España tenemos además la terrible situación de Ceuta. Una crisis de Estado que exige, de una vez, respuestas y soluciones. Lo que está ocurriendo en Ceuta es de una gravedad extraordinaria. Cualquier presidente del Gobierno con cierta dignidad, ante una crisis de esta magnitud y ante las dudas que todavía existen sobre lo ocurrido y sobre la gestión de la misma, debería haber asumido ya responsabilidades políticas y, en mi opinión, haber dimitido y convocado elecciones de manera inmediata. 

Porque no estamos hablando de un asunto menor. Estamos hablando de una crisis que ha puesto a prueba la integridad territorial de nuestro país, el control de nuestras fronteras, la seguridad nacional y la capacidad de respuesta del Estado. Y mientras seguimos con investigaciones abiertas y con explicaciones contradictorias sobre lo ocurrido, Ceuta continúa soportando las consecuencias de una situación de absoluto caos con imágenes que jamás hubiéramos podido imaginar.

No podemos convertir el sufrimiento humano en una batalla política. Ni tampoco podemos mirar hacia otro lado. Ceuta sigue reclamando ayuda urgente. Los problemas de las empresas siguen ahí. Las familias siguen haciendo cuentas. Y, mientras tanto, crecen la polarización y el enfrentamiento social. Una combinación muy peligrosa cuando se acumulan tantos problemas y tanta incertidumbre en medio de un absoluto desgobierno. Y lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando. 

Señores, ¿qué está pasando? España necesita mucho más que titulares, enfrentamientos y relatos políticos. Necesita respuestas y la convocatoria de unas elecciones generales ya. 

Comentarios