En mi salón hay dos perros durmiendo cuya respiración parece ir al compás del aire que les mueve el pelo. El sol se desparrama por la ventana y da forma sombría a una forja enrevesada. Se ven muchos libros en muebles blancos que contrastan con el verde de los potos que cuelgan. Un niño que ya no lo es, ríe con el cuerpo sostenido en una vieja butaca roja móvil en mano.
Todo lleva a la paz, como en cualquier hogar de mi ciudad cuando ya no hace tanto calor y se pueden tener las ventanas abiertas. No enciendas la televisión o sintonices en la radio cualquier programa de noticias si pretendes mantener esa calma sostenida. No leas el periódico, da igual la ideología, si quieres que ese momento dure un poco más.
Si lo haces, no sabrás qué pensar ni qué sentir. Porque todo parece ser lucha, queja, dejar en evidencia, jugar al “y tú más” en formato corrupción. Vivir en la inopia parece ser la única solución si tu objetivo es mantener un poco de cordura personal en medio de esta tormenta social y política.
Pero algo se remueve dentro, porque ayer escuché el podcast de Sol Aguirre, Las claves de Sol, donde en la entrevista que le hacía a Laura Riñón, exlibrera, la invitada confirmaba que la única manera de encontrar el norte es parando y paseando.
Esta paz de mi salón se parece un poco a parar y a pasear por senderos ocultos en mi mente desde donde, de repente, surge una pregunta: ¿Por qué surge esta necesidad de polarización? ¿A quién beneficia y sobre todo, cómo?
Habrás notado que son dos preguntas, y probablemente con una respuesta demasiado complicada como para querer seguir investigando.
Yo solo sé que, igual que en el partido de la final del Mundial de fútbol entre España y Argentina, donde se vieron dos partidos distintos según el lado del Atlántico, en este país está pasando lo mismo. Mil problemas y versiones simplistas que no aportan nada, pero lo ensucian todo.
Ojalá se pongan de moda el diálogo, el respeto y la escucha. Ojalá leer noticias donde se hayan alcanzado pactos de estado por el bien común. Qué ganas de encontrar referentes dignos y admirables. Qué necesidad de sentir que las cosas van bien.
Y mientras, el aire sigue moviendo el pelo de mis perros, mi hijo se ha dormido y el sol ha bajado un poco. Y la vida sigue, claro.
En mi salón hay dos perros durmiendo cuya respiración parece ir al compás del aire que les mueve el pelo. El sol se desparrama por la ventana y da forma sombría a una forja enrevesada. Se ven muchos libros en muebles blancos que contrastan con el verde de los potos que cuelgan. Un niño que ya no lo es, ríe con el cuerpo sostenido en una vieja butaca roja móvil en mano.
Todo lleva a la paz, como en cualquier hogar de mi ciudad cuando ya no hace tanto calor y se pueden tener las ventanas abiertas. No enciendas la televisión o sintonices en la radio cualquier programa de noticias si pretendes mantener esa calma sostenida. No leas el periódico, da igual la ideología, si quieres que ese momento dure un poco más.
Si lo haces, no sabrás qué pensar ni qué sentir. Porque todo parece ser lucha, queja, dejar en evidencia, jugar al “y tú más” en formato corrupción. Vivir en la inopia parece ser la única solución si tu objetivo es mantener un poco de cordura personal en medio de esta tormenta social y política.
Pero algo se remueve dentro, porque ayer escuché el podcast de Sol Aguirre, Las claves de Sol, donde en la entrevista que le hacía a Laura Riñón, exlibrera, la invitada confirmaba que la única manera de encontrar el norte es parando y paseando.
Esta paz de mi salón se parece un poco a parar y a pasear por senderos ocultos en mi mente desde donde, de repente, surge una pregunta: ¿Por qué surge esta necesidad de polarización? ¿A quién beneficia y sobre todo, cómo?
Habrás notado que son dos preguntas, y probablemente con una respuesta demasiado complicada como para querer seguir investigando.
Yo solo sé que, igual que en el partido de la final del Mundial de fútbol entre España y Argentina, donde se vieron dos partidos distintos según el lado del Atlántico, en este país está pasando lo mismo. Mil problemas y versiones simplistas que no aportan nada, pero lo ensucian todo.
Ojalá se pongan de moda el diálogo, el respeto y la escucha. Ojalá leer noticias donde se hayan alcanzado pactos de estado por el bien común. Qué ganas de encontrar referentes dignos y admirables. Qué necesidad de sentir que las cosas van bien.
Y mientras, el aire sigue moviendo el pelo de mis perros, mi hijo se ha dormido y el sol ha bajado un poco. Y la vida sigue, claro.
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