Hay indocumentos que, cuando se leen con atención, dicen mucho más sobre las prioridades de un gobierno que cualquier titular. El reciente Plan de Actuación del Plan Jerez Centro es uno de ellos. Aunque habla de apostar por la vivienda, cuando uno mira los detalles, la realidad parece bastante diferente.
Sobre el papel, las cifras impresionan y muestran que la administración tiene dinero. Se habla de cerca de 6 millones de euros para promoción y eventos, 15 millones para el patrimonio histórico y 22 millones para impulsar la cultura. Son cantidades importantes y, en principio, parecen mostrar una gran apuesta por recuperar el centro de Jerez.
Pero cuando llegamos a la vivienda, las cuentas cambian. La inversión directa del Ayuntamiento se queda en unos 2,75 millones de euros para todo lo relacionado con este asunto (y solo mediante gestión para particulares, no para la promoción). Es una cantidad pequeña si la comparamos con los cerca de 40 millones que se espera que aporten los inversores privados desarrollando lo que ya pueden desarrollar, lo que viene a ser quedarnos igual que estamos.
Asi, seguimos dejando la vivienda en manos de quienes invierten, decidiendo dónde, cuándo y cómo hacerlo. Es precisamente una dinámica que nos ha llevado a la situación actual. Además, el plan no parece plantear medidas suficientemente claras para garantizar que las viviendas sigan siendo hogares para las familias y no terminen convertidas en alojamientos turísticos.
¿Puede entonces hablarse en este plan de prioridad residencial? Definitivamente, NO. El plan crea un escenario para los inversores que no puede relacionarse con garantizar el acceso a la vivienda.
Destinar el dinero público a promoción, eventos y dinamización en un espacio que ya sufre los estragos de la saturación es un error de bulto. Lo que necesitamos, de manera urgente y vital, son vecinas y vecinos permanentes, preferiblemente jóvenes que echen raíces. Ese, y no otro, es el motor real, orgánico y sostenible para que surja de manera natural el comercio de proximidad, la convivencia vecinal y la cultura ciudadana participativa.
Hagamos números sencillos con una de las partidas previstas. Construir una vivienda de unos 40 metros cuadrados (sí, 40, exactamente como las de Bodegas Cristal que ahora se anuncian como lucrativa inversión privada tras la venta de ese suelo público que en su día iba destinado a vivienda dotacional) cuesta en torno a 90.000 euros, excluyendo el precio del suelo. Y digo excluyendo el suelo porque el propio documento del Plan Centro admite que existen 4 millones de euros para ejecutar el Patrimonio Municipal de Suelo. Es decir, suelo hay, siempre que no sigan vendiéndolo.
Si sobre ese patrimonio municipal de suelo aplicáramos los casi 6 millones de euros que se van en promoción y eventos, podríamos construir directamente en torno a 50 viviendas públicas. Si además sumamos fórmulas de coliving, orientadas a familias jóvenes con un alquiler de larga duración y un precio estrictamente limitado, tendríamos un auténtico revulsivo para frenar la hemorragia demográfica del centro.
Y no nos quedemos ahí. Si una parte de esos 15 millones previstos para el patrimonio histórico se redirigiera de verdad a rehabilitar inmuebles catalogados —como tantas casas de vecinos o fincas cerradas a cal y canto desde hace décadas, muchos recuperables mediante convenios urbanísticos—, la bolsa de vivienda pública para la juventud se multiplicaría exponencialmente. No hablo de regalar nada a nadie, sino de ofrecer oportunidades reales de cinco o diez años para el ahorro, para la creación de vínculos estables con el espacio (enlazando de pleno con los objetivos del propio plan sobre el sentido de pertenencia) y para inyectar clientes cotidianos al comercio local, ese al que se pretende regar con 5 millones de eslóganes y fiestas. Esta misma fórmula encajaría a la perfección con la pretendida atracción de "nómadas digitales" (a los que el plan dedica 180.000 euros) y con la puesta en marcha de bajos comerciales con vida propia.
Mi argumentario es claro: todas las partidas destinadas a la hipertrofia económica, turística y festiva del centro deberían reducirse drásticamente para articular una política pública, valiente y decidida de vivienda dotacional en alquiler. Debe ser la propia residencialización de los barrios la que genere las dinámicas de recuperación económica y social. Cualquier otra alternativa que se nos proponga no es más que un eufemismo para convertir el centro histórico en un espacio donde hacer negocio, pero definitivamente no en un lugar donde hacer ciudad.
Hay indocumentos que, cuando se leen con atención, dicen mucho más sobre las prioridades de un gobierno que cualquier titular. El reciente Plan de Actuación del Plan Jerez Centro es uno de ellos. Aunque habla de apostar por la vivienda, cuando uno mira los detalles, la realidad parece bastante diferente.
Sobre el papel, las cifras impresionan y muestran que la administración tiene dinero. Se habla de cerca de 6 millones de euros para promoción y eventos, 15 millones para el patrimonio histórico y 22 millones para impulsar la cultura. Son cantidades importantes y, en principio, parecen mostrar una gran apuesta por recuperar el centro de Jerez.
Pero cuando llegamos a la vivienda, las cuentas cambian. La inversión directa del Ayuntamiento se queda en unos 2,75 millones de euros para todo lo relacionado con este asunto (y solo mediante gestión para particulares, no para la promoción). Es una cantidad pequeña si la comparamos con los cerca de 40 millones que se espera que aporten los inversores privados desarrollando lo que ya pueden desarrollar, lo que viene a ser quedarnos igual que estamos.
Asi, seguimos dejando la vivienda en manos de quienes invierten, decidiendo dónde, cuándo y cómo hacerlo. Es precisamente una dinámica que nos ha llevado a la situación actual. Además, el plan no parece plantear medidas suficientemente claras para garantizar que las viviendas sigan siendo hogares para las familias y no terminen convertidas en alojamientos turísticos.
¿Puede entonces hablarse en este plan de prioridad residencial? Definitivamente, NO. El plan crea un escenario para los inversores que no puede relacionarse con garantizar el acceso a la vivienda.
Destinar el dinero público a promoción, eventos y dinamización en un espacio que ya sufre los estragos de la saturación es un error de bulto. Lo que necesitamos, de manera urgente y vital, son vecinas y vecinos permanentes, preferiblemente jóvenes que echen raíces. Ese, y no otro, es el motor real, orgánico y sostenible para que surja de manera natural el comercio de proximidad, la convivencia vecinal y la cultura ciudadana participativa.
Hagamos números sencillos con una de las partidas previstas. Construir una vivienda de unos 40 metros cuadrados (sí, 40, exactamente como las de Bodegas Cristal que ahora se anuncian como lucrativa inversión privada tras la venta de ese suelo público que en su día iba destinado a vivienda dotacional) cuesta en torno a 90.000 euros, excluyendo el precio del suelo. Y digo excluyendo el suelo porque el propio documento del Plan Centro admite que existen 4 millones de euros para ejecutar el Patrimonio Municipal de Suelo. Es decir, suelo hay, siempre que no sigan vendiéndolo.
Si sobre ese patrimonio municipal de suelo aplicáramos los casi 6 millones de euros que se van en promoción y eventos, podríamos construir directamente en torno a 50 viviendas públicas. Si además sumamos fórmulas de coliving, orientadas a familias jóvenes con un alquiler de larga duración y un precio estrictamente limitado, tendríamos un auténtico revulsivo para frenar la hemorragia demográfica del centro.
Y no nos quedemos ahí. Si una parte de esos 15 millones previstos para el patrimonio histórico se redirigiera de verdad a rehabilitar inmuebles catalogados —como tantas casas de vecinos o fincas cerradas a cal y canto desde hace décadas, muchos recuperables mediante convenios urbanísticos—, la bolsa de vivienda pública para la juventud se multiplicaría exponencialmente. No hablo de regalar nada a nadie, sino de ofrecer oportunidades reales de cinco o diez años para el ahorro, para la creación de vínculos estables con el espacio (enlazando de pleno con los objetivos del propio plan sobre el sentido de pertenencia) y para inyectar clientes cotidianos al comercio local, ese al que se pretende regar con 5 millones de eslóganes y fiestas. Esta misma fórmula encajaría a la perfección con la pretendida atracción de "nómadas digitales" (a los que el plan dedica 180.000 euros) y con la puesta en marcha de bajos comerciales con vida propia.
Mi argumentario es claro: todas las partidas destinadas a la hipertrofia económica, turística y festiva del centro deberían reducirse drásticamente para articular una política pública, valiente y decidida de vivienda dotacional en alquiler. Debe ser la propia residencialización de los barrios la que genere las dinámicas de recuperación económica y social. Cualquier otra alternativa que se nos proponga no es más que un eufemismo para convertir el centro histórico en un espacio donde hacer negocio, pero definitivamente no en un lugar donde hacer ciudad.
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