Opinión

El factor humano

Hasta muy avanzado el siglo XX, el diablo fue el causante de todos los males del mundo. El gran chivo "explicatorio"

  • Representación del diablo.

Hasta muy avanzado el siglo XX, el diablo fue el causante de todos los males del mundo. El gran chivo “explicatorio”. Curiosamente en la Biblia, en el Antiguo Testamento, el papel de malo y de bueno lo ejercía de manera omnímoda el mismísimo Yavé. Yavé desde su triangulo volador, que por cierto, fue el primer drone de la historia, lo veía todo, lo sabía todo y lo podía todo. Yavé era el prota, y además se presentaba de forma espectacular, con efectos especiales. A veces era una zarza ardiente, otras una columna de nubes o de fuego, otras con un viento huracanado o en forma de luz cegadora. Yavé era el bien y el mal, el Alfa y el Omega. Pero ahí sucedió algo inesperado. Su omnipresencia en el Antiguo Testamento era tan abrumadora que empezó a caerle mal a la gent  y ahí se hizo necesario un cambio de imagen.

Aparecieron los evangelistas, los cuatro canónicos, mas las decenas de apócrifos del Mar Muerto, que decidieron darle tramas de secundario a la endemoniada serpiente. Poco a poco fueron perfilando la figura del diablo, hasta adjudicarle el papel definitivo de “príncipe de las tinieblas”, o sea, “el malo de la película”, reservando de esa manera, el rol de “bueno”; de bueno-buenísimo, para Jesús, que si bien no era tan Dios como Yavé, sí era la encarnación del hijo de Dios.

Esta jugada genial resolvió de un plumazo de Arcángel los problemas de la cultura occidental. A partir de ese día, si había mala cosecha, era culpa del demonio. Si el rey era impotente y no engendraba descendiente, era porque estaba endemoniado. Si nuestra flota zozobraba, y los turcos o los ingleses nos daban para el pelo, era culpa del maldito demonio y para contrarrestarlo, ¡venga novenas y vengan rosarios a Jesús o a San Lorenzo! ¡Por fin el mundo estaba en orden y además era inteligible! El malo montaba siempre un caballo negro y el bueno un caballo blanco, como Santiago Bernabéu.

Pero de pronto, llegó el virus del progreso, seguramente instigado por el diablo y con el progreso, el dinero y con el dinero la ciencia que traía de la mano a su hija la tecnología y entonces se empezó a fastidiarse el invento. Nietzsche anunció la muerte de Dios y por lo tanto del diablo y al ser humano ya solo le quedó a mano, un culpable: él mismo. 

Don Segismundo Freud inventó el psicoanálisis para explicarles a los seres humanos las razones por las que todos, absolutamente todos, somos culpables de todo. Y así surgió la idea de la fragilidad, la vagancia y el vicio de los humanos, que en un pispás, habíamos dejado de ser el centro del universo, como lo habíamos sido desde el Renacimiento, para pasar a ser solo un factor; “el factor humano”.

Y desde ese día, si hay un apagón, la caída de una catenaria, un incendio pavoroso, la subida desbocada del precio de la gasolina y de la vivienda; el estallido de la guerra de Gaza o la elección de Trump, el culpable ya no será el demonio, ni por la profecía de San Félix Tezanos. Tampoco lo será el poder del dinero o de la sacrosanta inteligencia artificial. El aumento de la extrema derecha o el accidente ferroviario de Urda tienen y tendrán solo un culpable: el factor humano. Es decir, ustedes y yo.

Hasta muy avanzado el siglo XX, el diablo fue el causante de todos los males del mundo. El gran chivo “explicatorio”. Curiosamente en la Biblia, en el Antiguo Testamento, el papel de malo y de bueno lo ejercía de manera omnímoda el mismísimo Yavé. Yavé desde su triangulo volador, que por cierto, fue el primer drone de la historia, lo veía todo, lo sabía todo y lo podía todo. Yavé era el prota, y además se presentaba de forma espectacular, con efectos especiales. A veces era una zarza ardiente, otras una columna de nubes o de fuego, otras con un viento huracanado o en forma de luz cegadora. Yavé era el bien y el mal, el Alfa y el Omega. Pero ahí sucedió algo inesperado. Su omnipresencia en el Antiguo Testamento era tan abrumadora que empezó a caerle mal a la gent  y ahí se hizo necesario un cambio de imagen.

Aparecieron los evangelistas, los cuatro canónicos, mas las decenas de apócrifos del Mar Muerto, que decidieron darle tramas de secundario a la endemoniada serpiente. Poco a poco fueron perfilando la figura del diablo, hasta adjudicarle el papel definitivo de “príncipe de las tinieblas”, o sea, “el malo de la película”, reservando de esa manera, el rol de “bueno”; de bueno-buenísimo, para Jesús, que si bien no era tan Dios como Yavé, sí era la encarnación del hijo de Dios.

Esta jugada genial resolvió de un plumazo de Arcángel los problemas de la cultura occidental. A partir de ese día, si había mala cosecha, era culpa del demonio. Si el rey era impotente y no engendraba descendiente, era porque estaba endemoniado. Si nuestra flota zozobraba, y los turcos o los ingleses nos daban para el pelo, era culpa del maldito demonio y para contrarrestarlo, ¡venga novenas y vengan rosarios a Jesús o a San Lorenzo! ¡Por fin el mundo estaba en orden y además era inteligible! El malo montaba siempre un caballo negro y el bueno un caballo blanco, como Santiago Bernabéu.

Pero de pronto, llegó el virus del progreso, seguramente instigado por el diablo y con el progreso, el dinero y con el dinero la ciencia que traía de la mano a su hija la tecnología y entonces se empezó a fastidiarse el invento. Nietzsche anunció la muerte de Dios y por lo tanto del diablo y al ser humano ya solo le quedó a mano, un culpable: él mismo. 

Don Segismundo Freud inventó el psicoanálisis para explicarles a los seres humanos las razones por las que todos, absolutamente todos, somos culpables de todo. Y así surgió la idea de la fragilidad, la vagancia y el vicio de los humanos, que en un pispás, habíamos dejado de ser el centro del universo, como lo habíamos sido desde el Renacimiento, para pasar a ser solo un factor; “el factor humano”.

Y desde ese día, si hay un apagón, la caída de una catenaria, un incendio pavoroso, la subida desbocada del precio de la gasolina y de la vivienda; el estallido de la guerra de Gaza o la elección de Trump, el culpable ya no será el demonio, ni por la profecía de San Félix Tezanos. Tampoco lo será el poder del dinero o de la sacrosanta inteligencia artificial. El aumento de la extrema derecha o el accidente ferroviario de Urda tienen y tendrán solo un culpable: el factor humano. Es decir, ustedes y yo.

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