Se consumó la tragedia para cientos de miles de personas que en este país viven de alquiler. La derecha catalana liderada por el exiliado Puigdemont, al que pronto veremos pasear de nuevo por la Cataluña de sus intereses inmobiliarios, ha dicho que no a los dos decretos, el que todos pensaban que podrían apoyar sin que se les rompieran las costuras de sus intereses ocultos y también contra el que ya todos intuían una línea roja que nunca traspasarían.
Y es que como tantas veces oí decir a mi abuelo la cabra siempre tira al monte, en este caso el monte de la especulación inmobiliaria con todo lo que ellos conlleva de injusticia social y atropello de derechos reconocidos en nuestra Constitución, esa misma en la que se escudan tantas veces la derecha nacional y la extrema derecha para encubrir sus debilidades democráticas que no son pocas allí donde gobiernan en solitario o coaligados.
La derrota parlamentaria de los decretos de vivienda abre la posibilidad de que Sánchez ponga fin a la angustia existencial permanente de Núñez Feijoo convocando elecciones que permitan que por fin los señoritos vuelvan a sus cortijos y a sus monterías, sus niños a sus universidades en el extranjero y sus señoras a sus mesas de cuestación que fue el papel al que las relegó el régimen que tanto añoran. Ya es hora de que uno pueda pasear por las calles de Madrid sin que vayas tropezando con descerebrados que han hecho de su ignorancia histórica el mejor caldo de cultivo de sus apetitos facistoides.
Decía Sánchez en la mañana de ayer, ante la perspectiva más que cierta de la derrota de parlamentaria, que había llegado la hora de la verdad y a mí eso me traía a la mente aquella canción de Paco Ibáñez, basada en un poema de Gabriel Celaya, que lleva por título “España en marcha” y que bien podría representar el ánimo y el deseo de cientos de miles de españoles que también piensan aquello de “¡A la calle! Que ya es hora de pasearnos acuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.”
La izquierda de este país necesita convertirse en lo que se ha dado en llamar la izquierda valiente, esa misma izquierda que ha sido capaz en otros países europeos de hacer frente y ganar a la extrema derecha porque lo peor que podría pasar es que el desánimo nos llevara a creer en lo inevitable de un retroceso democrático.
En los tiempos que corren es necesario dar respuesta reales a las necesidades más perentorias de los más desfavorecidos socialmente y como estamos viendo en estos días la vivienda es quizás la más inmediata de todas ellas. Y ha quedado claro que la actual configuración parlamentaria no permite aprobar las medidas necesarias para dar esas respuestas, la de la vivienda y otras igualmente imprescindibles si queremos salvaguardar los valores constitucionales que en su día acordamos. Por ello no hay que tener miedo a una convocatoria electoral que podría convertirse en el punto de inflexión de la aparente derechización que está viviendo una parte de la sociedad española.
Se consumó la tragedia para cientos de miles de personas que en este país viven de alquiler. La derecha catalana liderada por el exiliado Puigdemont, al que pronto veremos pasear de nuevo por la Cataluña de sus intereses inmobiliarios, ha dicho que no a los dos decretos, el que todos pensaban que podrían apoyar sin que se les rompieran las costuras de sus intereses ocultos y también contra el que ya todos intuían una línea roja que nunca traspasarían.
Y es que como tantas veces oí decir a mi abuelo la cabra siempre tira al monte, en este caso el monte de la especulación inmobiliaria con todo lo que ellos conlleva de injusticia social y atropello de derechos reconocidos en nuestra Constitución, esa misma en la que se escudan tantas veces la derecha nacional y la extrema derecha para encubrir sus debilidades democráticas que no son pocas allí donde gobiernan en solitario o coaligados.
La derrota parlamentaria de los decretos de vivienda abre la posibilidad de que Sánchez ponga fin a la angustia existencial permanente de Núñez Feijoo convocando elecciones que permitan que por fin los señoritos vuelvan a sus cortijos y a sus monterías, sus niños a sus universidades en el extranjero y sus señoras a sus mesas de cuestación que fue el papel al que las relegó el régimen que tanto añoran. Ya es hora de que uno pueda pasear por las calles de Madrid sin que vayas tropezando con descerebrados que han hecho de su ignorancia histórica el mejor caldo de cultivo de sus apetitos facistoides.
Decía Sánchez en la mañana de ayer, ante la perspectiva más que cierta de la derrota de parlamentaria, que había llegado la hora de la verdad y a mí eso me traía a la mente aquella canción de Paco Ibáñez, basada en un poema de Gabriel Celaya, que lleva por título “España en marcha” y que bien podría representar el ánimo y el deseo de cientos de miles de españoles que también piensan aquello de “¡A la calle! Que ya es hora de pasearnos acuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.”
La izquierda de este país necesita convertirse en lo que se ha dado en llamar la izquierda valiente, esa misma izquierda que ha sido capaz en otros países europeos de hacer frente y ganar a la extrema derecha porque lo peor que podría pasar es que el desánimo nos llevara a creer en lo inevitable de un retroceso democrático.
En los tiempos que corren es necesario dar respuesta reales a las necesidades más perentorias de los más desfavorecidos socialmente y como estamos viendo en estos días la vivienda es quizás la más inmediata de todas ellas. Y ha quedado claro que la actual configuración parlamentaria no permite aprobar las medidas necesarias para dar esas respuestas, la de la vivienda y otras igualmente imprescindibles si queremos salvaguardar los valores constitucionales que en su día acordamos. Por ello no hay que tener miedo a una convocatoria electoral que podría convertirse en el punto de inflexión de la aparente derechización que está viviendo una parte de la sociedad española.
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