El recién estrenado documental Naza (Yuval Abraham y Rachel Szor, 2026), es una introspección a la oscuridad de la humanidad, no ya solo por el genocidio premeditado en Gaza, sino por las capacidades de una tecnología que ejecuta y disecciona la ética para que el resultado macabro sea maximizado. Rodado por la noche en las azoteas de Tel Aviv, se entrevista a distintos operadores y oficiales de inteligencia (incluye mujeres), que han participado de forma activa en operaciones con similar sesgo -como reconoce abiertamente uno de ellos- que la Alemania nazi materializó en la Shoá. Naza es el acrónimo para referirse a la estimación de víctimas que podrían morir en un ataque militar…un número impersonal que sustituye al antiguo “daño colateral”, un simple dato en pantalla de un sistema de IA que con detalle tiene clasificados barrios, casas, bloques, viviendas y familias, sean inocentes o no.
Las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) utiliza Habsora y Lavender como clasificación de datos masivos mediante la infiltración en dispositivos tan habituales como los móviles, complementado con operaciones de ISR-Sigint (Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento-Inteligencia de Señales) con acceso a distintas infraestructuras, terminales o grabaciones civiles, apoyados por aeronaves, drones y satélites militares especializados, lo que permite el control absoluto de una población desde una cómoda distancia, parando para comer, fumar un cigarrillo o hablar con los compañeros del “éxito” de la misión.
En el filme se advierte una ausencia casi completa de remordimiento y una clara acción de la ley del talión que, tras la matanza terrorista de Hamás del 7 de octubre, parece haber producido una alienación generalizada en el “pueblo elegido” y su destino vital. Las personas parecen absolutamente normales y de hecho acceden por méritos a lo que se considera una unidad de élite y prestigio desde el concepto identitario israelí. Escuchan las voces de niños antes del ataque, saben si van a ser anulados 10, 50 o 500 naza, comprueban resultados y son un nodo más del proceso de ejecución final, desde el propio Netanyahu, su ministro de defensa, el jefe de operaciones de turno, el piloto físico de un F-15I "Ra'am" (Trueno) o el tripulante remoto de un UAV Hermes 900 que lanza el armamento.
La novedad respecto a la evolución de los ataques es la sistematización y el sesgo de automatización en el que la “máquina” asume el supuesto acierto o error de la misión sin necesidad de reflexiones morales. En la película Espías desde el cielo (Gavin Hood, 2016) se abordaba lo que ya es una superada actitud dubitativa o traumática en el factor humano al ejecutar un ataque de esas características. La guerra moderna trata de prescindir de esa duda en las acciones más determinantes y distantes siempre y cuando no haya que poner boots on the ground.
La IA generativa podrá iniciar acciones de forma autónoma si no tiene trabas intrínsecas y llegado el caso, probablemente activar un conflicto a escala global o nuclear, que ya veíamos en el relato WarGames (John Badham, 1983). Mientras llega ese momento, la estrategia es separar las responsabilidades en el proceso por interviniente y en especial en la parte de acción operativa, justo la misma carga de “inocencia” que tenía Otto Adolf Eichmann al declararse un simple “organizador de transporte de deportados” en el juicio que precisamente tuvo en Jerusalén, tras ser secuestrado por el Mosad en Argentina.
Se entenderá ahora por qué personajes tan siniestros como Peter Thiel y el Maven Smart System, desarrollado por Palantir para el Pentágono y con la integración de Claude de Anthropic, o el beligerante CEO de Nvidia (Jensen Huang), asegure a Trump que "no van a parar de desarrollar la IA" pese a las peticiones del sector. El objetivo y directo competidor de Estados Unidos es la dictadura china, que lleva décadas agazapada en sus previsiones invasoras mundiales, amén del kafkiano control digital de sus obedientes ciudadanos. Por cierto, ya saben que la última estupidez del mandatario USA es que será declarado enemigo todo aquel que no llame a la IA con la nueva nomenclatura de “superinteligencia”.
Lo expuesto sería la parte más grave del uso de esta tecnología disruptiva, pero conviene recordar lo que estamos aceptando a nivel de cotidianeidad y lo que supone como delegación cognitiva en nuestro comportamiento, trabajo o relaciones interpersonales, sin obviar la devaluación mental de una población que pregunta todo a su dispositivo smart. Risa penosa da que una pareja de jóvenes pierda su viaje internacional por hacerle caso a ChatGPT sobre las condiciones de acceso y visado; alarma que un grupo de adolescentes usen aplicaciones como DeepNude o Clothoff para “desnudar” a sus compañeras y exponer el resultado en redes sociales, con un neoliberalismo salvaje que no quiera vallas al campo y que en el caso de Grok-Musk responde con un fake en bikini y un mural de pago. Con un futuro cercano donde es previsible que las plataformas televisivas ofrezcan series y películas a la carta creadas desde cero y con personajes que puedan ser uno mismo, pueden imaginar el mundo de tarados que va a hacer uso lúdico, transgresor, distópico y destructor reputacional del semejante o cercano. No está muy lejos HAL 9000, cuando ya ha sucedido que un individuo depresivo consulta esta virtual conciencia y le proporciona de forma reiterada instrucciones detalladas sobre cómo quitarse la vida hasta que concluye su propósito.
En el terreno creativo hace años que desde aquel Retrato de Edmond de Belamy o teórica primera pintura realizada por una red generativa adversarial (Colectivo Obvious, 2018), se da por hecho que la publicidad, el diseño gráfico o las artes plásticas y audiovisuales llevan una ruta indefectible de sustitución artificial. El Ministerio de Cultura se puede comprometer a no premiar o contratar obras creadas íntegramente con IA, pero el robo intelectual es tan indomable y ampliable como lo sucedido con OpenAI al recrear fotos al estilo del estudio de animación japonés Ghibli y generar millones de descargas en semanas. El autor de El viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki lo resumen de manera dramática: "El mundo va en mala dirección, pero no puedo decirle a un bebé que no venga a esta vida". En vulgar, que el 97% del libro de Alvise Pérez parece estar escrito con IA es previsiblemente patético por el nivel del susodicho, pero ya hay numerosos escándalos de prestigiosos premiados como el reciente texto del escritor Thélyson Orélien que hacen saltar las alarmas de la autenticidad. Lo que antes te hacía un negro literario o escritor fantasma (ghostwriter), ahora está a tiro de unos minutos de clic. Quizás sea pertinente el dato de la confederación de libreros (CEGAL), sobre el aumento de ventas de libros en España (76 millones de obras impresas en 2025) con unas 90.000 obras nuevas, solo un 4,5% que supera la venta de los 100 ejemplares y un 49,4% que está por debajo o ningún ejemplar. Algo no me cuadra entre tanta profusión redactora y el nivel cultural estandarizado.
La carrera entre la falsedad y la validación necesita ahora un batallón de herramientas digitales de verificación que son relativamente fiables (Scribbr, GPTZero, Copyleaks, Humalingo, Justdone, Originality, Quillbot, etc.), con autores que han explorado sus propios textos, obteniendo resultados variables que van desde el 100% a un 8% escrito por humano. Todo ello me recuerda a lo que sufrimos desde hace años en el plano educativo-investigador que desembocan en los falsarios “índices de impacto” o los trabajos de un alumnado que usa de forma profusa e indiscriminada la IA para absolutamente cualquier tarea. En mi caso, la solución precaria al problema en el aula ha sido la complementación de trabajos de análisis con explicaciones verbales en público, el seguimiento agotador y personalizado de los procesos de creación y la renuncia a trabajos de dirección del tipo fin de grado, máster o tesis.
Triste, pero ese es el panorama actual sin que las autoridades académicas pongan reparos a estos procesos, más bien lo contrario: como ejemplo el curso pasado recibimos la invitación a una acción formativa patrocinada por Google sobre IA generativa y destinada a estudiantes, PDI y PTGAS, con una línea de exaltación sobre la transformación digital “imprescindible” que coincide con la nula importancia que el espacio universitario otorga a una más que necesaria revolución social. El ecosistema al que pertenezco es un círculo cerrado de poder con pequeñas y contadas excepciones de divergencia, por lo que los discursos oficialistas entran sin resistencia.
El speaker y empleado fiel tiene ese tono supuestamente relajado de humor prefabricado y mensaje inequívoco sobre el elixir que vende. Atiendo disciplinadamente la explicación de los entresijos de Gemini Notebook y sus “ventajas” al poder realizar análisis exhaustivos de diversas fuentes, obteniendo al minuto informes, resúmenes, podcast, cronogramas, preguntas frecuentes y guías de estudio con citas intercaladas. Tomo apuntes de la charla en línea, pero llega un momento en que se convierte en rumor de fondo, como cuando todos mis alumnos en el COVID tenían las cámaras con “problemas de funcionamiento”. En realidad y siguiendo las indicaciones de estos nuevos profetas, podría obviar la escucha tediosa, y pedir a la propia IA un resumen de la intervención, pero es que además ya hay colgada una ristra de documentos en la web oficial universitaria y más específicamente en el servicio de biblioteca, entidad que por cierto pasó -tras el filtro neoliberal- de ser garante en el acceso a la cultura, la educación y la información, a convertirse en un instrumento más del sistema, siendo ineludible su colaboracionismo en el maremágnum de rankings, acreditaciones en relación a la “calidad” de las publicaciones como paradigma del capitalismo cognitivo privatizador (teoría confirmada en una conversación privada).
Recordando los años hasta la jubilación, sigo tarea y buceo entre múltiples pestañas hasta encontrar la base de datos de prompts, que como piedra filosofal me permite desarrollar un índice de una asignatura, propuestas de actividades prácticas y evaluables, crear rúbricas de evaluación de trabajos, simplificar párrafos con conceptos difíciles, aportar temas para proyectos en grupo, escenarios para aprendizaje basado en problemas (ABP), actividades de gamificación, cuestionarios tipo test, diálogos o simulaciones tipo role-playing y foros de discusión. Algunas de estas funciones me dan hilaridad y otras, pesadumbre. Por encima de todo me pregunto cómo no nos hemos extinguido en décadas pasadas sin esta panoplia de recursos y que, si todo es tan milagroso, por qué seguimos sin solucionar los problemas esenciales de la especie humana. Me parto y lloro con la jibarización de lo complejo, con la omnipresencia de lo lúdico y el postureo del pensamiento cuestionador. Arribo al apartado de alumnos y me detengo en lo que se considera un ejemplo de un buen prompt (la palabra mágica): “Soy estudiante universitario del grado de Humanidades, ¿podrías hacerme un resumen del libro Cinco horas con Mario de Miguel Delibes? El resumen debe contener 500 palabras.” Mi cerebro analógico se pregunta si el objetivo de esa directriz es que el estudiante no tenga que leer la obra o que se aprenda un resumen estándar por si el profesor pregunta. Termino la inmersión con una “Guía de Honestidad Académica”: tras cotejarla no aparece ni el más mínimo indicativo de rebeldía e integridad real.
A estas alturas podrían ser perversos como lectores y pensar si estoy escribiendo realmente este artículo o lo he delegado en una IA. En el primer caso, el proceso es largo y madurativo, apuntando ideas en una libreta, revisando noticias y textos específicos, organizando un esquema, primera redacción, segunda o tercera, revisiones, comprobaciones y pulido final. Todo me lo puedo saltar en el segundo caso, dado que ya hay en red suficiente información sobre mi textos, investigaciones y planteamientos como para que una entidad externa y artificiosa pueda resolver de forma creíble un nuevo texto sobre la temática que sea. En otras palabras, lo que está leyendo ahora mismo, podría haberlo resuelto en un tiempo muy reducido pidiendo a los Reyes Magos un texto sobre “Inteligencia Artificial, Educación y Contexto Social” con el “estilo literario de Sergio Villalba Jiménez” y que tenga unas “3-4 páginas de extensión”. Dependiendo de la vaguedad puedo ir perfilando detallitos del tipo “que incluya una referencia inicial al documental NAZA”, matice semántica, vocabulario y grado de acidez argumentativa, o termine con un lamento melodramático sobre la autenticidad y la ética.
Por curiosidad pregunté también a esta superinteligencia impuesta qué ideología tengo, respondiendo que mi persona es “de izquierdas, de corte anticapitalista y crítica con el modelo neoliberal”, que “reivindica el estado del bienestar, la educación pública y la necesidad de priorizar el bien común frente al beneficio privado”, que entre los temas que trato “denuncio el impacto de la masificación turística, la precariedad laboral asociada al sector y la gentrificación de las ciudades andaluzas y muestra un fuerte compromiso con la sostenibilidad y participa de manera activa en foros, colectivos y movimientos sociales transformadores de su entorno, más un largo etcétera que confieso certero e inquietante…sobre todo cuando afirma que “No consta registro ni calificación oficial de que Sergio Villalba Jiménez posea una ideología extrema o radical”. Completé el experimento con una prueba y diagrama de Nolan (situándome en la frontera entre progresismo y totalitarismo) y otra de fascismo (por lo visto lo soy en un 70%). Les prometo que seguiré escribiendo tal y como mi inteligencia natural me indica y procede. La libertad y dominio de la expresión de las ideas debe ser libre y real, aunque sea un acto crepuscular. Soy consciente de mi insignificancia-trascendencia, pero sigue siendo un maravilloso regalo que medios como lavozdelsur.es permitan esa libertad personal y sincera, para que con periodicidad agradable un también apreciado lector lo reciba y dedique a su lectura unos minutos de su necesaria libertad y criterio.
El recién estrenado documental Naza (Yuval Abraham y Rachel Szor, 2026), es una introspección a la oscuridad de la humanidad, no ya solo por el genocidio premeditado en Gaza, sino por las capacidades de una tecnología que ejecuta y disecciona la ética para que el resultado macabro sea maximizado. Rodado por la noche en las azoteas de Tel Aviv, se entrevista a distintos operadores y oficiales de inteligencia (incluye mujeres), que han participado de forma activa en operaciones con similar sesgo -como reconoce abiertamente uno de ellos- que la Alemania nazi materializó en la Shoá. Naza es el acrónimo para referirse a la estimación de víctimas que podrían morir en un ataque militar…un número impersonal que sustituye al antiguo “daño colateral”, un simple dato en pantalla de un sistema de IA que con detalle tiene clasificados barrios, casas, bloques, viviendas y familias, sean inocentes o no.
Las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) utiliza Habsora y Lavender como clasificación de datos masivos mediante la infiltración en dispositivos tan habituales como los móviles, complementado con operaciones de ISR-Sigint (Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento-Inteligencia de Señales) con acceso a distintas infraestructuras, terminales o grabaciones civiles, apoyados por aeronaves, drones y satélites militares especializados, lo que permite el control absoluto de una población desde una cómoda distancia, parando para comer, fumar un cigarrillo o hablar con los compañeros del “éxito” de la misión.
En el filme se advierte una ausencia casi completa de remordimiento y una clara acción de la ley del talión que, tras la matanza terrorista de Hamás del 7 de octubre, parece haber producido una alienación generalizada en el “pueblo elegido” y su destino vital. Las personas parecen absolutamente normales y de hecho acceden por méritos a lo que se considera una unidad de élite y prestigio desde el concepto identitario israelí. Escuchan las voces de niños antes del ataque, saben si van a ser anulados 10, 50 o 500 naza, comprueban resultados y son un nodo más del proceso de ejecución final, desde el propio Netanyahu, su ministro de defensa, el jefe de operaciones de turno, el piloto físico de un F-15I "Ra'am" (Trueno) o el tripulante remoto de un UAV Hermes 900 que lanza el armamento.
La novedad respecto a la evolución de los ataques es la sistematización y el sesgo de automatización en el que la “máquina” asume el supuesto acierto o error de la misión sin necesidad de reflexiones morales. En la película Espías desde el cielo (Gavin Hood, 2016) se abordaba lo que ya es una superada actitud dubitativa o traumática en el factor humano al ejecutar un ataque de esas características. La guerra moderna trata de prescindir de esa duda en las acciones más determinantes y distantes siempre y cuando no haya que poner boots on the ground.
La IA generativa podrá iniciar acciones de forma autónoma si no tiene trabas intrínsecas y llegado el caso, probablemente activar un conflicto a escala global o nuclear, que ya veíamos en el relato WarGames (John Badham, 1983). Mientras llega ese momento, la estrategia es separar las responsabilidades en el proceso por interviniente y en especial en la parte de acción operativa, justo la misma carga de “inocencia” que tenía Otto Adolf Eichmann al declararse un simple “organizador de transporte de deportados” en el juicio que precisamente tuvo en Jerusalén, tras ser secuestrado por el Mosad en Argentina.
Se entenderá ahora por qué personajes tan siniestros como Peter Thiel y el Maven Smart System, desarrollado por Palantir para el Pentágono y con la integración de Claude de Anthropic, o el beligerante CEO de Nvidia (Jensen Huang), asegure a Trump que "no van a parar de desarrollar la IA" pese a las peticiones del sector. El objetivo y directo competidor de Estados Unidos es la dictadura china, que lleva décadas agazapada en sus previsiones invasoras mundiales, amén del kafkiano control digital de sus obedientes ciudadanos. Por cierto, ya saben que la última estupidez del mandatario USA es que será declarado enemigo todo aquel que no llame a la IA con la nueva nomenclatura de “superinteligencia”.
Lo expuesto sería la parte más grave del uso de esta tecnología disruptiva, pero conviene recordar lo que estamos aceptando a nivel de cotidianeidad y lo que supone como delegación cognitiva en nuestro comportamiento, trabajo o relaciones interpersonales, sin obviar la devaluación mental de una población que pregunta todo a su dispositivo smart. Risa penosa da que una pareja de jóvenes pierda su viaje internacional por hacerle caso a ChatGPT sobre las condiciones de acceso y visado; alarma que un grupo de adolescentes usen aplicaciones como DeepNude o Clothoff para “desnudar” a sus compañeras y exponer el resultado en redes sociales, con un neoliberalismo salvaje que no quiera vallas al campo y que en el caso de Grok-Musk responde con un fake en bikini y un mural de pago. Con un futuro cercano donde es previsible que las plataformas televisivas ofrezcan series y películas a la carta creadas desde cero y con personajes que puedan ser uno mismo, pueden imaginar el mundo de tarados que va a hacer uso lúdico, transgresor, distópico y destructor reputacional del semejante o cercano. No está muy lejos HAL 9000, cuando ya ha sucedido que un individuo depresivo consulta esta virtual conciencia y le proporciona de forma reiterada instrucciones detalladas sobre cómo quitarse la vida hasta que concluye su propósito.
En el terreno creativo hace años que desde aquel Retrato de Edmond de Belamy o teórica primera pintura realizada por una red generativa adversarial (Colectivo Obvious, 2018), se da por hecho que la publicidad, el diseño gráfico o las artes plásticas y audiovisuales llevan una ruta indefectible de sustitución artificial. El Ministerio de Cultura se puede comprometer a no premiar o contratar obras creadas íntegramente con IA, pero el robo intelectual es tan indomable y ampliable como lo sucedido con OpenAI al recrear fotos al estilo del estudio de animación japonés Ghibli y generar millones de descargas en semanas. El autor de El viaje de Chihiro, Hayao Miyazaki lo resumen de manera dramática: "El mundo va en mala dirección, pero no puedo decirle a un bebé que no venga a esta vida". En vulgar, que el 97% del libro de Alvise Pérez parece estar escrito con IA es previsiblemente patético por el nivel del susodicho, pero ya hay numerosos escándalos de prestigiosos premiados como el reciente texto del escritor Thélyson Orélien que hacen saltar las alarmas de la autenticidad. Lo que antes te hacía un negro literario o escritor fantasma (ghostwriter), ahora está a tiro de unos minutos de clic. Quizás sea pertinente el dato de la confederación de libreros (CEGAL), sobre el aumento de ventas de libros en España (76 millones de obras impresas en 2025) con unas 90.000 obras nuevas, solo un 4,5% que supera la venta de los 100 ejemplares y un 49,4% que está por debajo o ningún ejemplar. Algo no me cuadra entre tanta profusión redactora y el nivel cultural estandarizado.
La carrera entre la falsedad y la validación necesita ahora un batallón de herramientas digitales de verificación que son relativamente fiables (Scribbr, GPTZero, Copyleaks, Humalingo, Justdone, Originality, Quillbot, etc.), con autores que han explorado sus propios textos, obteniendo resultados variables que van desde el 100% a un 8% escrito por humano. Todo ello me recuerda a lo que sufrimos desde hace años en el plano educativo-investigador que desembocan en los falsarios “índices de impacto” o los trabajos de un alumnado que usa de forma profusa e indiscriminada la IA para absolutamente cualquier tarea. En mi caso, la solución precaria al problema en el aula ha sido la complementación de trabajos de análisis con explicaciones verbales en público, el seguimiento agotador y personalizado de los procesos de creación y la renuncia a trabajos de dirección del tipo fin de grado, máster o tesis.
Triste, pero ese es el panorama actual sin que las autoridades académicas pongan reparos a estos procesos, más bien lo contrario: como ejemplo el curso pasado recibimos la invitación a una acción formativa patrocinada por Google sobre IA generativa y destinada a estudiantes, PDI y PTGAS, con una línea de exaltación sobre la transformación digital “imprescindible” que coincide con la nula importancia que el espacio universitario otorga a una más que necesaria revolución social. El ecosistema al que pertenezco es un círculo cerrado de poder con pequeñas y contadas excepciones de divergencia, por lo que los discursos oficialistas entran sin resistencia.
El speaker y empleado fiel tiene ese tono supuestamente relajado de humor prefabricado y mensaje inequívoco sobre el elixir que vende. Atiendo disciplinadamente la explicación de los entresijos de Gemini Notebook y sus “ventajas” al poder realizar análisis exhaustivos de diversas fuentes, obteniendo al minuto informes, resúmenes, podcast, cronogramas, preguntas frecuentes y guías de estudio con citas intercaladas. Tomo apuntes de la charla en línea, pero llega un momento en que se convierte en rumor de fondo, como cuando todos mis alumnos en el COVID tenían las cámaras con “problemas de funcionamiento”. En realidad y siguiendo las indicaciones de estos nuevos profetas, podría obviar la escucha tediosa, y pedir a la propia IA un resumen de la intervención, pero es que además ya hay colgada una ristra de documentos en la web oficial universitaria y más específicamente en el servicio de biblioteca, entidad que por cierto pasó -tras el filtro neoliberal- de ser garante en el acceso a la cultura, la educación y la información, a convertirse en un instrumento más del sistema, siendo ineludible su colaboracionismo en el maremágnum de rankings, acreditaciones en relación a la “calidad” de las publicaciones como paradigma del capitalismo cognitivo privatizador (teoría confirmada en una conversación privada).
Recordando los años hasta la jubilación, sigo tarea y buceo entre múltiples pestañas hasta encontrar la base de datos de prompts, que como piedra filosofal me permite desarrollar un índice de una asignatura, propuestas de actividades prácticas y evaluables, crear rúbricas de evaluación de trabajos, simplificar párrafos con conceptos difíciles, aportar temas para proyectos en grupo, escenarios para aprendizaje basado en problemas (ABP), actividades de gamificación, cuestionarios tipo test, diálogos o simulaciones tipo role-playing y foros de discusión. Algunas de estas funciones me dan hilaridad y otras, pesadumbre. Por encima de todo me pregunto cómo no nos hemos extinguido en décadas pasadas sin esta panoplia de recursos y que, si todo es tan milagroso, por qué seguimos sin solucionar los problemas esenciales de la especie humana. Me parto y lloro con la jibarización de lo complejo, con la omnipresencia de lo lúdico y el postureo del pensamiento cuestionador. Arribo al apartado de alumnos y me detengo en lo que se considera un ejemplo de un buen prompt (la palabra mágica): “Soy estudiante universitario del grado de Humanidades, ¿podrías hacerme un resumen del libro Cinco horas con Mario de Miguel Delibes? El resumen debe contener 500 palabras.” Mi cerebro analógico se pregunta si el objetivo de esa directriz es que el estudiante no tenga que leer la obra o que se aprenda un resumen estándar por si el profesor pregunta. Termino la inmersión con una “Guía de Honestidad Académica”: tras cotejarla no aparece ni el más mínimo indicativo de rebeldía e integridad real.
A estas alturas podrían ser perversos como lectores y pensar si estoy escribiendo realmente este artículo o lo he delegado en una IA. En el primer caso, el proceso es largo y madurativo, apuntando ideas en una libreta, revisando noticias y textos específicos, organizando un esquema, primera redacción, segunda o tercera, revisiones, comprobaciones y pulido final. Todo me lo puedo saltar en el segundo caso, dado que ya hay en red suficiente información sobre mi textos, investigaciones y planteamientos como para que una entidad externa y artificiosa pueda resolver de forma creíble un nuevo texto sobre la temática que sea. En otras palabras, lo que está leyendo ahora mismo, podría haberlo resuelto en un tiempo muy reducido pidiendo a los Reyes Magos un texto sobre “Inteligencia Artificial, Educación y Contexto Social” con el “estilo literario de Sergio Villalba Jiménez” y que tenga unas “3-4 páginas de extensión”. Dependiendo de la vaguedad puedo ir perfilando detallitos del tipo “que incluya una referencia inicial al documental NAZA”, matice semántica, vocabulario y grado de acidez argumentativa, o termine con un lamento melodramático sobre la autenticidad y la ética.
Por curiosidad pregunté también a esta superinteligencia impuesta qué ideología tengo, respondiendo que mi persona es “de izquierdas, de corte anticapitalista y crítica con el modelo neoliberal”, que “reivindica el estado del bienestar, la educación pública y la necesidad de priorizar el bien común frente al beneficio privado”, que entre los temas que trato “denuncio el impacto de la masificación turística, la precariedad laboral asociada al sector y la gentrificación de las ciudades andaluzas y muestra un fuerte compromiso con la sostenibilidad y participa de manera activa en foros, colectivos y movimientos sociales transformadores de su entorno, más un largo etcétera que confieso certero e inquietante…sobre todo cuando afirma que “No consta registro ni calificación oficial de que Sergio Villalba Jiménez posea una ideología extrema o radical”. Completé el experimento con una prueba y diagrama de Nolan (situándome en la frontera entre progresismo y totalitarismo) y otra de fascismo (por lo visto lo soy en un 70%). Les prometo que seguiré escribiendo tal y como mi inteligencia natural me indica y procede. La libertad y dominio de la expresión de las ideas debe ser libre y real, aunque sea un acto crepuscular. Soy consciente de mi insignificancia-trascendencia, pero sigue siendo un maravilloso regalo que medios como lavozdelsur.es permitan esa libertad personal y sincera, para que con periodicidad agradable un también apreciado lector lo reciba y dedique a su lectura unos minutos de su necesaria libertad y criterio.
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