La izquierda, si es algo, es diversa. No parece que pueda ser de otra manera, cuando es la izquierda la que reivindica, porque respeta, la diversidad. Llevo tiempo sin asustarme ante la permanente reconstrucción de las izquierdas: no hay tal reconstrucción. El progresismo, en un mundo que cambia con tal velocidad como el nuestro, necesita reajustarse continuamente, pensar permanentemente sobre las nuevas realidades que van apareciendo con la tecnología y la manipulación de la opinión que permiten las tecnologías: también la tecnología del lenguaje y de la comunicación.
Es nuevo, al menos desde que se levantó el Muro de Berlín en 1961, que el capitalismo haya dejado de permitir que las clases trabajadoras y medias accedan a estándares aceptables de vida y de consumo. La reconstrucción de la economía, tras las dos guerras mundiales, necesitaba de la activación del consumo de masas y se inventó, para eso, el gran consumo de masas como gran renovación del capitalismo, que había hecho crack en 1929. Además, hacer de las clases trabajadoras y medias gentes felices económicamente era la mejor y más eficaz propaganda contra la ideología del bloque soviético y el avance revolucionario que se iba produciendo en América, evito latina, África, además de Asia. La preocupación en los centros ideológizados del poder de las derechas, a la cabeza Estados Unidos o Reino Unido: por supuesto Alemania y la Francia de De Gaulle, era grande: había que impedir el avance de las ideologías de izquierdas como fuera. A tener en cuenta que la feroz oposición entre derechas e izquierdas venía siendo muy severa desde la revolución industrial y la aparición no solo del comunismo sino del anarquismo. Hago el relato lo más corto de puedo, pero necesito situarme.
Para esta batalla, las izquierdas cayeron en la trampa de extremar las ortodoxias y desde las izquierdas hubo que librar dos batallas: la del dogmatismo izquierdista y la de la defensa de las vidas respecto a un capitalismo, que especialmente desde la caída de ese Muro de Berlín, en 1989, se había desatado ya con toda su deshumanidad y sin disimulos. Se inventó la sagrada liturgia de los números de la eficacia económica, gracias a la cual la economía funcionaria según una Ley sagrada de sumar y restar peras con manzanas y toda la gilada se la creyó, quiso creérsela y se volvió aspirante a una clase pudiente cada más con menos personas dentro. El establecimiento de esta-verdad-del-sentido-común fue posible, naturalmente, gracias a un sistema educativo cada vez más acrítico y una televisión cada vez más idiotizante. En este proceso aparecen las socialdemocracias, verdaderas maquinarias electorales y elección a elección menos transformadoras de nada y más neoliberales cada año. En las izquierdas, el aumento de la ortodoxia para evitar el erotismo de la socialdemocracia.
Y ahora, elecciones el 29 de noviembre. La izquierda diversa del 15M necesitaba articularse institucionalmente para poder realizar algunos de los cambios que veía necesarios y que resultaban urgentes, después de la gigantesca crisis del 2008, que se prolongaba y no parecía alcanzar su suelo. El 15M lo capitalizó Podemos y quizá el problema fue que quiso apropiarse del 15M y de toda la izquierda. Un elemento psicológico importante en esta apropiación es la persecución periodística, mentirosa, ilegal, criminal e injusta que sufrieron las personas, también de Podemos. Esas persecuciones, tengo la impresión, hicieron pensar a varias de todas esas personas, que era justo seguir donde estaban y adueñarse del movimiento y de la izquierda, con lo que Podemos reviviría la ortodoxia institucionalizadora de cómo la izquierda tenía que funcionar y ellos siempre a la cabeza. A muchos se les olvidó pronto cómo negaron al andalucismo, y a Teresa Rodríguez, cualquier tipo de andalucismo y Podemos impuso, o quiso imponer, su alma centralista, centralizadora y dogmática.
Hoy mucha gente quiere sentirse huérfana y creo que vuelve a ser importante explicar que las izquierdas y los movimientos progresistas para serlo tienen que estar en movimiento permanente, en construcción permanente, en discusión permanente. Eso sí, no tienen que empezar de cero permanentemente, sino ir redirigiendo sus propuestas y sus estrategias electorales. La realidad de España, demasiado tiempo negada incluso por Podemos, es la territorial, pero por fin se da la circunstancia de que España puede reinventarse a sí misma gracias a su diversidad territorial. En primer lugar, con el acuerdo para el Senado de una lista única, a la que curiosamente tampoco concurre Podemos. Un Senado que está en manos de la mayoría absoluta de la derecha, de la que puede ser descabalgada por la lista única de todas las izquierdas.
En segundo lugar, para el Congreso se presentan las posibilidades de que haya territorios como Euskadi, Navarra, Galicia, Andalucía, ojalá no me olvide ninguno, donde hay propuestas territoriales concretas con gran arraigo que pueden aportar un freno a la derecha para el 29N y seguir construyendo izquierda y diversidad. La diversidad territorial es fuente de democracia. Sería muy largo de explicar aquí que la arquitectura institucional de la Alemania post nazismo tuvo su fundamento en la diversidad territorial como último bastión de defensa de la democracia: precisamente por la construcción de un Senado garante del Estado democrático compuesto por los territorios del Estado.
El caso de Esquerra Republicana de Cataluña y su pacto de última hora con Podemos, después de abandonar al Frente Amplio, constituye el verdadero escándalo previo a estas lecciones y los electores catalanes deberán tomar sus propias decisiones. Después del 29N mucha gente deberá reconsiderar, seguramente, la figura algo rufianesca de Gabriel Rufián.
En resumidas cuentas, no hay motivos para caer en la desesperación sino para seguir construyendo, cada vez desde las nuevas circunstancias, lo que no es partir cada vez de cero, de ninguna manera. Fundamentalmente, el voto es libre y secreto y el miedo no guarda ni la viña. Yo voy a votar con alegría en mi Bilbao, y votaría con la misma alegría en mi Cadi. Lo que venga después lo veremos después. En cada momento, por favor, lo del momento.
La izquierda, si es algo, es diversa. No parece que pueda ser de otra manera, cuando es la izquierda la que reivindica, porque respeta, la diversidad. Llevo tiempo sin asustarme ante la permanente reconstrucción de las izquierdas: no hay tal reconstrucción. El progresismo, en un mundo que cambia con tal velocidad como el nuestro, necesita reajustarse continuamente, pensar permanentemente sobre las nuevas realidades que van apareciendo con la tecnología y la manipulación de la opinión que permiten las tecnologías: también la tecnología del lenguaje y de la comunicación.
Es nuevo, al menos desde que se levantó el Muro de Berlín en 1961, que el capitalismo haya dejado de permitir que las clases trabajadoras y medias accedan a estándares aceptables de vida y de consumo. La reconstrucción de la economía, tras las dos guerras mundiales, necesitaba de la activación del consumo de masas y se inventó, para eso, el gran consumo de masas como gran renovación del capitalismo, que había hecho crack en 1929. Además, hacer de las clases trabajadoras y medias gentes felices económicamente era la mejor y más eficaz propaganda contra la ideología del bloque soviético y el avance revolucionario que se iba produciendo en América, evito latina, África, además de Asia. La preocupación en los centros ideológizados del poder de las derechas, a la cabeza Estados Unidos o Reino Unido: por supuesto Alemania y la Francia de De Gaulle, era grande: había que impedir el avance de las ideologías de izquierdas como fuera. A tener en cuenta que la feroz oposición entre derechas e izquierdas venía siendo muy severa desde la revolución industrial y la aparición no solo del comunismo sino del anarquismo. Hago el relato lo más corto de puedo, pero necesito situarme.
Para esta batalla, las izquierdas cayeron en la trampa de extremar las ortodoxias y desde las izquierdas hubo que librar dos batallas: la del dogmatismo izquierdista y la de la defensa de las vidas respecto a un capitalismo, que especialmente desde la caída de ese Muro de Berlín, en 1989, se había desatado ya con toda su deshumanidad y sin disimulos. Se inventó la sagrada liturgia de los números de la eficacia económica, gracias a la cual la economía funcionaria según una Ley sagrada de sumar y restar peras con manzanas y toda la gilada se la creyó, quiso creérsela y se volvió aspirante a una clase pudiente cada más con menos personas dentro. El establecimiento de esta-verdad-del-sentido-común fue posible, naturalmente, gracias a un sistema educativo cada vez más acrítico y una televisión cada vez más idiotizante. En este proceso aparecen las socialdemocracias, verdaderas maquinarias electorales y elección a elección menos transformadoras de nada y más neoliberales cada año. En las izquierdas, el aumento de la ortodoxia para evitar el erotismo de la socialdemocracia.
Y ahora, elecciones el 29 de noviembre. La izquierda diversa del 15M necesitaba articularse institucionalmente para poder realizar algunos de los cambios que veía necesarios y que resultaban urgentes, después de la gigantesca crisis del 2008, que se prolongaba y no parecía alcanzar su suelo. El 15M lo capitalizó Podemos y quizá el problema fue que quiso apropiarse del 15M y de toda la izquierda. Un elemento psicológico importante en esta apropiación es la persecución periodística, mentirosa, ilegal, criminal e injusta que sufrieron las personas, también de Podemos. Esas persecuciones, tengo la impresión, hicieron pensar a varias de todas esas personas, que era justo seguir donde estaban y adueñarse del movimiento y de la izquierda, con lo que Podemos reviviría la ortodoxia institucionalizadora de cómo la izquierda tenía que funcionar y ellos siempre a la cabeza. A muchos se les olvidó pronto cómo negaron al andalucismo, y a Teresa Rodríguez, cualquier tipo de andalucismo y Podemos impuso, o quiso imponer, su alma centralista, centralizadora y dogmática.
Hoy mucha gente quiere sentirse huérfana y creo que vuelve a ser importante explicar que las izquierdas y los movimientos progresistas para serlo tienen que estar en movimiento permanente, en construcción permanente, en discusión permanente. Eso sí, no tienen que empezar de cero permanentemente, sino ir redirigiendo sus propuestas y sus estrategias electorales. La realidad de España, demasiado tiempo negada incluso por Podemos, es la territorial, pero por fin se da la circunstancia de que España puede reinventarse a sí misma gracias a su diversidad territorial. En primer lugar, con el acuerdo para el Senado de una lista única, a la que curiosamente tampoco concurre Podemos. Un Senado que está en manos de la mayoría absoluta de la derecha, de la que puede ser descabalgada por la lista única de todas las izquierdas.
En segundo lugar, para el Congreso se presentan las posibilidades de que haya territorios como Euskadi, Navarra, Galicia, Andalucía, ojalá no me olvide ninguno, donde hay propuestas territoriales concretas con gran arraigo que pueden aportar un freno a la derecha para el 29N y seguir construyendo izquierda y diversidad. La diversidad territorial es fuente de democracia. Sería muy largo de explicar aquí que la arquitectura institucional de la Alemania post nazismo tuvo su fundamento en la diversidad territorial como último bastión de defensa de la democracia: precisamente por la construcción de un Senado garante del Estado democrático compuesto por los territorios del Estado.
El caso de Esquerra Republicana de Cataluña y su pacto de última hora con Podemos, después de abandonar al Frente Amplio, constituye el verdadero escándalo previo a estas lecciones y los electores catalanes deberán tomar sus propias decisiones. Después del 29N mucha gente deberá reconsiderar, seguramente, la figura algo rufianesca de Gabriel Rufián.
En resumidas cuentas, no hay motivos para caer en la desesperación sino para seguir construyendo, cada vez desde las nuevas circunstancias, lo que no es partir cada vez de cero, de ninguna manera. Fundamentalmente, el voto es libre y secreto y el miedo no guarda ni la viña. Yo voy a votar con alegría en mi Bilbao, y votaría con la misma alegría en mi Cadi. Lo que venga después lo veremos después. En cada momento, por favor, lo del momento.
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