bitácora del escaño

La coartada del eunuco y la piedad fingida

Aquella casta dirigente que buscaba cabezas ajenas para salvar las suyas y que prefería el cinismo de palacio a la verdad de los hechos es exactamente el espejo en el que se miran Óscar Puente y este Ejecutivo

  • Óscar Puente, en su comparecencia desde Atocha.

Las trágicas pérdidas humanas en Adamuz y Urda merecen la máxima dignidad institucional, no la búsqueda de excusas ni el desvío de la culpa.

Existen gobernantes cuya catadura moral se mide por la frialdad inhumana con la que pisotean la dignidad colectiva tras el impacto de la tragedia. La geografía del dolor ferroviario español ha quedado marcada a fuego por el luto atroz de Adamuz y Urda, escenarios donde la desidia, la falta de gestión y el abandono sistemático de las infraestructuras por parte del Ministerio de Transportes se han cobrado lo más sagrado e irreparable: vidas humanas. Ante el sufrimiento inconsolable de las víctimas y la quiebra del corazón de sus familias, lo mínimo exigible a quien gestiona lo público es el respeto reverencial, la contrición sincera y la inmediata asunción de responsabilidades.

Sin embargo, frente a la impotencia, las lágrimas y al dolor desgarrador de los afectados, la respuesta del ministro Óscar Puente y de la maquinaria del gobierno sanchista ha sido el bochorno continuado. Lejos de la sensibilidad y el respeto que exige el duelo, asistimos al espectáculo diario de un ministro que convierte su perfil en redes sociales en una trinchera de matonismo verbal, bronca partidista y soberbia desmedida. Se dedican a ofrecer platós de televisión, tuits despectivos y sonrisas fuera de lugar a quienes claman justicia, escupiendo una falta de respeto insoportable sobre la memoria de los fallecidos mientras convierten la negligencia en un mitin propagandístico para eludir la culpa.

Esta pulsión por eludir la responsabilidad hunde sus raíces en la peor tradición de la decadencia política. Si uno repasa las crónicas de la antigua Roma, encuentra el arquetipo exacto de este desgobierno. Cuando el gran incendio del año 64 devoró gran parte de la ciudad de Roma, Nerón, acorralado por el clamor popular que intuía la ruina de su gestión, no dudó en señalar a los cristianos como el chivo expiatorio perfecto sobre el que descargar la ira pública. Siglos más tarde, en la agonía del Bajo Imperio, el emperador Honorio asistía impertérrito al colapso de la red estatal y al avance de las invasiones desde su búnker inaccesible de Rávena, confiando los destinos de Roma a las intrigas de su ministro Olimpio, un eunuco palaciego maestro en la purga del disidente y en la fabricación de culpables de paja, mientras la infraestructura del imperio se desmoronaba por completo. 

Aquella casta dirigente que buscaba cabezas ajenas para salvar las suyas y que prefería el cinismo de palacio a la verdad de los hechos es exactamente el espejo en el que se miran Óscar Puente y este Ejecutivo: cuando la vía férrea colapsa y el Estado deja de garantizar la vida de los ciudadanos, la respuesta del “Sanchismo” no es el arrepentimiento ni la dimisión, sino la búsqueda encarnizada de un culpable a conveniencia para eludir la catástrofe propia.

Lo verdaderamente trágico de esta forma de entender la política es que la indolencia de este “des-Gobierno Sanchista” no sale gratis, sino que se cobra vidas humanas. Jugar con la seguridad, disfrazar la incapacidad de gestión y buscar desesperadamente a quien endosar el fardo de la culpa es de una crueldad insostenible, coronada por un cinismo que abrasa el alma de las familias destrozadas. 

Al final, los responsables políticos del sanchismo actúan bajo la más absoluta falta de escrúpulos morales, lavándose las manos ante la injusticia y el incumplimiento flagrante de su deber: por un lado, parapetándose en el "yo no puedo hacer nada", y por otro, adoptando una pose de corrección o bondad moral superficial para quedar libres de culpa; así es como cobra su sentido más pleno la coartada del eunuco y la piedad fingida.

Las trágicas pérdidas humanas en Adamuz y Urda merecen la máxima dignidad institucional, no la búsqueda de excusas ni el desvío de la culpa.

Existen gobernantes cuya catadura moral se mide por la frialdad inhumana con la que pisotean la dignidad colectiva tras el impacto de la tragedia. La geografía del dolor ferroviario español ha quedado marcada a fuego por el luto atroz de Adamuz y Urda, escenarios donde la desidia, la falta de gestión y el abandono sistemático de las infraestructuras por parte del Ministerio de Transportes se han cobrado lo más sagrado e irreparable: vidas humanas. Ante el sufrimiento inconsolable de las víctimas y la quiebra del corazón de sus familias, lo mínimo exigible a quien gestiona lo público es el respeto reverencial, la contrición sincera y la inmediata asunción de responsabilidades.

Sin embargo, frente a la impotencia, las lágrimas y al dolor desgarrador de los afectados, la respuesta del ministro Óscar Puente y de la maquinaria del gobierno sanchista ha sido el bochorno continuado. Lejos de la sensibilidad y el respeto que exige el duelo, asistimos al espectáculo diario de un ministro que convierte su perfil en redes sociales en una trinchera de matonismo verbal, bronca partidista y soberbia desmedida. Se dedican a ofrecer platós de televisión, tuits despectivos y sonrisas fuera de lugar a quienes claman justicia, escupiendo una falta de respeto insoportable sobre la memoria de los fallecidos mientras convierten la negligencia en un mitin propagandístico para eludir la culpa.

Esta pulsión por eludir la responsabilidad hunde sus raíces en la peor tradición de la decadencia política. Si uno repasa las crónicas de la antigua Roma, encuentra el arquetipo exacto de este desgobierno. Cuando el gran incendio del año 64 devoró gran parte de la ciudad de Roma, Nerón, acorralado por el clamor popular que intuía la ruina de su gestión, no dudó en señalar a los cristianos como el chivo expiatorio perfecto sobre el que descargar la ira pública. Siglos más tarde, en la agonía del Bajo Imperio, el emperador Honorio asistía impertérrito al colapso de la red estatal y al avance de las invasiones desde su búnker inaccesible de Rávena, confiando los destinos de Roma a las intrigas de su ministro Olimpio, un eunuco palaciego maestro en la purga del disidente y en la fabricación de culpables de paja, mientras la infraestructura del imperio se desmoronaba por completo. 

Aquella casta dirigente que buscaba cabezas ajenas para salvar las suyas y que prefería el cinismo de palacio a la verdad de los hechos es exactamente el espejo en el que se miran Óscar Puente y este Ejecutivo: cuando la vía férrea colapsa y el Estado deja de garantizar la vida de los ciudadanos, la respuesta del “Sanchismo” no es el arrepentimiento ni la dimisión, sino la búsqueda encarnizada de un culpable a conveniencia para eludir la catástrofe propia.

Lo verdaderamente trágico de esta forma de entender la política es que la indolencia de este “des-Gobierno Sanchista” no sale gratis, sino que se cobra vidas humanas. Jugar con la seguridad, disfrazar la incapacidad de gestión y buscar desesperadamente a quien endosar el fardo de la culpa es de una crueldad insostenible, coronada por un cinismo que abrasa el alma de las familias destrozadas. 

Al final, los responsables políticos del sanchismo actúan bajo la más absoluta falta de escrúpulos morales, lavándose las manos ante la injusticia y el incumplimiento flagrante de su deber: por un lado, parapetándose en el "yo no puedo hacer nada", y por otro, adoptando una pose de corrección o bondad moral superficial para quedar libres de culpa; así es como cobra su sentido más pleno la coartada del eunuco y la piedad fingida.

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