desde la plazuela

La habitación de Wagner

Yo puedo decir que vi nacer a los olivos de la plaza San Andrés cuando a mi alrededor sólo crecían los silencios de carretera y las orillas solitarias

  • Un bloque de vecinos en una imagen de archivo. -

Necesito irme con vosotros le solté en la primera oportunidad que me ofreció. Porque no había quedado lugar para mí en el mundo salvo regresar a la casa de mis padres, allí en La Pita, a mi dormitorio con gastadas enciclopedias y veloces Spitfire en la pared, con una guía Michelín con demasiados viajes por hacer. Como regrese, por mucho que yo los quiera, yo voy a perdé la razón le suplicaba mientras la muchacha de mis caminos se reía con mis wagnerianas formas. No sé si la vida es más grande que la muerte, pero el amor fue mejor que ambas nos susurra Isolda en la plaza de las tres edades.

 

Ella sigue conservando la misma mirada. De Mercurio a Venus sólo caben tres pasos. Y como ocurre con el camino y el horizonte, no se sabe si ella trajo la primavera o la primavera nos la entregó. Yo me tomaba otra cervecita dejaba caer sobre sus poderosas rodillas y la cerveza se convertía en noche abierta con todas sus estrellas dentro. Yo puedo decir que vi nacer a los olivos de la plaza San Andrés cuando a mi alrededor sólo crecían los silencios de carretera y las orillas solitarias. Me gustaría tenerte de vuelta me cantó una madrugada al oído Melody Gardot, adivinando mis anhelos, mientras me esforzaba en devorar todas mis pesadillas antes de llegar a Los Caños de Meca. Irene, cómo puede ser, te conocía y no te conocía…

 

Y el planeta seguía girando y ambos, en una búsqueda insaciable de la verdad, nos pusimos a buscar casas o pisos o cuartos o camas desde donde poder saltar al vacío. Una tarde me dijo: somos cuatro. Calcula me preguntó sin esperar más respuestas que una carcajada de oreja a oreja. Serán ciento veinte euros cada uno por mes. Ya teníamos futuro en San Francisco Javier con los dos surferos. Cuatro cuartos, todos mirando a la calle, y una azotea infinita con vocación de universo. Mi niño, lo más importante en esta vía es queré y que te quieran sentenciaba mi madre María, la de los mellizos. Y el Lambrusco era el vino más caro del mundo en nuestras bocas y la televisión que se quedaba encendida, lejos de nosotros, hasta que caíamos rendidos de suspiro y alma y volvíamos a la estufa y a la brisca y algún que otro verso de Ángel González. Todo quisiera ser, indefinido, en torno a ti: paisaje, luz, ambiente, gaviota, cielo, nave, vela, viento…

 

Una habitación nos bastó para empezar a ser. Mi cuarto se redujo a despensa para cuando se presentara el fin del mundo. Un final que nunca llegó y puede que nunca llegue. Una habitación desde donde poder dar nuestros saltos al vacío.

 

Para ti, Irene.

 

Necesito irme con vosotros le solté en la primera oportunidad que me ofreció. Porque no había quedado lugar para mí en el mundo salvo regresar a la casa de mis padres, allí en La Pita, a mi dormitorio con gastadas enciclopedias y veloces Spitfire en la pared, con una guía Michelín con demasiados viajes por hacer. Como regrese, por mucho que yo los quiera, yo voy a perdé la razón le suplicaba mientras la muchacha de mis caminos se reía con mis wagnerianas formas. No sé si la vida es más grande que la muerte, pero el amor fue mejor que ambas nos susurra Isolda en la plaza de las tres edades.

 

Ella sigue conservando la misma mirada. De Mercurio a Venus sólo caben tres pasos. Y como ocurre con el camino y el horizonte, no se sabe si ella trajo la primavera o la primavera nos la entregó. Yo me tomaba otra cervecita dejaba caer sobre sus poderosas rodillas y la cerveza se convertía en noche abierta con todas sus estrellas dentro. Yo puedo decir que vi nacer a los olivos de la plaza San Andrés cuando a mi alrededor sólo crecían los silencios de carretera y las orillas solitarias. Me gustaría tenerte de vuelta me cantó una madrugada al oído Melody Gardot, adivinando mis anhelos, mientras me esforzaba en devorar todas mis pesadillas antes de llegar a Los Caños de Meca. Irene, cómo puede ser, te conocía y no te conocía…

 

Y el planeta seguía girando y ambos, en una búsqueda insaciable de la verdad, nos pusimos a buscar casas o pisos o cuartos o camas desde donde poder saltar al vacío. Una tarde me dijo: somos cuatro. Calcula me preguntó sin esperar más respuestas que una carcajada de oreja a oreja. Serán ciento veinte euros cada uno por mes. Ya teníamos futuro en San Francisco Javier con los dos surferos. Cuatro cuartos, todos mirando a la calle, y una azotea infinita con vocación de universo. Mi niño, lo más importante en esta vía es queré y que te quieran sentenciaba mi madre María, la de los mellizos. Y el Lambrusco era el vino más caro del mundo en nuestras bocas y la televisión que se quedaba encendida, lejos de nosotros, hasta que caíamos rendidos de suspiro y alma y volvíamos a la estufa y a la brisca y algún que otro verso de Ángel González. Todo quisiera ser, indefinido, en torno a ti: paisaje, luz, ambiente, gaviota, cielo, nave, vela, viento…

 

Una habitación nos bastó para empezar a ser. Mi cuarto se redujo a despensa para cuando se presentara el fin del mundo. Un final que nunca llegó y puede que nunca llegue. Una habitación desde donde poder dar nuestros saltos al vacío.

 

Para ti, Irene.

 

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