Ahora que se rememora a personas como Blas Infante para traerlo a nuestro presente, es conveniente recordar hechos de nuestro pasado que nos sirvan también como aprendizaje de nuestra memoria para las actuaciones en el futuro como andaluces.
Por esto, se ha argumentado con razón que la etapa que transcurre entre los años ochenta del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial constituyen el primer momento de eclosión de sentimientos nacionales que se fundamentaron en criterios de naturaleza étnico- lingüística e histórica.
Y al estudiar los orígenes de esos movimientos regionalistas de España hay que tener en cuenta que hubo una contribución andaluza a la construcción de España como Estado-nación; lugar este donde se está articulando un mercado nacional como consecuencia del desarrollo del capitalismo (en el que se defienden los intereses de trigueros y harineros andaluces). En ello, serían fundamentales la aparición de medios modernos de comunicación de masas-ferrocarriles, prensa-, la creación de un sistema nacional de educación primaria o la ampliación del servicio militar, entre otros.
En dicha etapa, se afirma la burguesía andaluza como uno de los pilares del Estado centralista-a diferencia de otras burguesías periféricas como la vasca o la catalana-, y se despega de cualquier defensa de intereses específicamente andaluces.
Sin embargo, disponer de una identidad suficientemente fuerte y cohesionadora, con una importante capacidad de autorreconocimiento, sirvió de base para la aparición de un movimiento regionalista o nacionalista en Andalucía, que se encuadra en lo que se ha dado en llamar Andalucismo Histórico, entendido como la traducción de la identidad en el terreno de la política mediante la reivindicación del autogobierno.
Este andalucismo político se inicia en el seno del Ateneo sevillano entre 1907 y 1915 aproximadamente, cobra carta de naturaleza con la publicación en 1915 del libro “Ideal Andaluz” de Blas Infante y se cierra con los intentos, truncados por la Guerra Civil y la dictadura del Franquismo, de dotar de un marco estatutario a Andalucía.
Asimismo, el Andalucismo Histórico surge en un proceso de “modernización económica y social” que tiene lugar en España en las décadas finales del siglo XIX y principios del XX, unido a un proceso de urbanización de las clases medias y de emancipación del proletariado industrial y del campesinado; y en el que se producían movimientos ciudadanos y de demandas de cambio social y democratización política.
Estos procesos de transformación de los modelos de convivencia se han constatado igualmente en otras áreas del entorno europeo por aquellas fechas. Y en este contexto-que enlazará a su vez con la tradición republicana federal del siglo XIX-las ideas medulares del pensamiento político Andalucista, como el anticentralismo y el confederalismo entre otras, estarán presentes desde sus inicios.
Por otra parte, la reaparición en el panorama político de planteamientos andalucistas y de reivindicación autonómica, después de la dictadura de Franco, se debe contextualizar en el debate intelectual y político habido acerca del reconocimiento de los derechos de las nacionalidades que conformaban el Estado.
De esta forma, en 1973, en los estertores todavía del Franquismo, se constituía ASA, que se reconocía heredera de los postulados del Andalucismo Histórico; y se convertía tres años después en PSA- que, transformado en PA, se extinguió en septiembre de 2015-, partido netamente Andalucista cuyas claves ideológicas se hallaban en un socialismo muy influido por las teorías de la dependencia, en la que no se coquetea con discursos esencialistas de otras comunidades.
Además, el subdesarrollo unificaba en la estrategia el discurso de clase y el discurso nacional: no solo había conflicto entre grupos sociales con intereses económicos-sociales contrarios, sino también entre territorios; o sea, entre territorios ricos y “opresores”, y pobres y “oprimidos”.
Durante la Transición, buena parte de los intelectuales y políticos andaluces reivindicaron un régimen político de autonomía que se refrendó masivamente el día 4 de diciembre de 1977 mediante manifestaciones de numerosísima participación, convirtiendo esa fecha en un símbolo, como la del 28 de febrero de 1980.
También en encuestas de opinión de ese momento, los andaluces defendían el autogobierno como solución a los problemas sociales y económicos, sin olvidar la descripción de la cultura andaluza en cuanto conjunto de símbolos y de su uso que dotan a los andaluces de conciencia y permiten que se nos perciba exteriormente como tales , poseyendo unos marcadores de identidad producidos-en casi su totalidad- por las clases populares(fiestas), o reinterpretados por éstas(religiosidad popular); asimismo, entendiendo el concepto de “pueblo”, de lo popular, como todos aquellos sectores sociales que están al margen de los centros de decisión y de poder político y económico- y no como resultante de etnicidad sustentada en la historia y la cultura de otras nacionalidades.
Por otro lado, la aplicación de las teorías del subdesarrollo convenció a muchos de que la situación de Andalucía constituía el reverso de la moneda del desarrollo vasco, catalán o madrileño, y que era preciso impedir que la configuración democrática del Estado perjudicara a Andalucía, dando lugar a un sentimiento de agravio comparativo.
Sin embargo, la aprobación de los Estatutos de 1981 y 2007, entre otros factores políticos, económicos y sociales, han podido generar la convicción extendida entre importantes sectores ciudadanos de que el subdesarrollo ha desaparecido de forma definitiva, contribuyendo a desactivar un sentimiento identitario y de conciencia andaluza.
No obstante, todavía no hemos realizado una construcción nacional andaluza: no ha sido desarrollado completamente el marco competencial, ni la identidad andaluza está suficientemente reafirmada. Aunque ha habido mejoras en infraestructuras y en ingresos monetarios, y se ha dado un fuerte crecimiento en los subsectores olivarero, hortofrutícola y turístico, las deficiencias de un modelo extravertido y altamente dependiente de otras economías hacen evidente la necesidad de la defensa de los recursos propios y de afianzamiento de la identidad andaluza, en un escenario político, donde es preciso estar con la máxima capacidad de decisión y autogobierno.
Y esta afirmación debe hacerse desde la Democracia con mayúsculas. Y asumiendo el reto de la multiculturalidad que Andalucía ya tiene que afrontar como consecuencia de las inmigraciones, y que sólo podrá ser abordado si se mantiene la pluralidad y plasticidad de la cultura andaluza, y “en todos los espacios donde convivimos para ir buscando alternativas comunitarias más humanas y dignas para todos”.
Ahora que se rememora a personas como Blas Infante para traerlo a nuestro presente, es conveniente recordar hechos de nuestro pasado que nos sirvan también como aprendizaje de nuestra memoria para las actuaciones en el futuro como andaluces.
Por esto, se ha argumentado con razón que la etapa que transcurre entre los años ochenta del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial constituyen el primer momento de eclosión de sentimientos nacionales que se fundamentaron en criterios de naturaleza étnico- lingüística e histórica.
Y al estudiar los orígenes de esos movimientos regionalistas de España hay que tener en cuenta que hubo una contribución andaluza a la construcción de España como Estado-nación; lugar este donde se está articulando un mercado nacional como consecuencia del desarrollo del capitalismo (en el que se defienden los intereses de trigueros y harineros andaluces). En ello, serían fundamentales la aparición de medios modernos de comunicación de masas-ferrocarriles, prensa-, la creación de un sistema nacional de educación primaria o la ampliación del servicio militar, entre otros.
En dicha etapa, se afirma la burguesía andaluza como uno de los pilares del Estado centralista-a diferencia de otras burguesías periféricas como la vasca o la catalana-, y se despega de cualquier defensa de intereses específicamente andaluces.
Sin embargo, disponer de una identidad suficientemente fuerte y cohesionadora, con una importante capacidad de autorreconocimiento, sirvió de base para la aparición de un movimiento regionalista o nacionalista en Andalucía, que se encuadra en lo que se ha dado en llamar Andalucismo Histórico, entendido como la traducción de la identidad en el terreno de la política mediante la reivindicación del autogobierno.
Este andalucismo político se inicia en el seno del Ateneo sevillano entre 1907 y 1915 aproximadamente, cobra carta de naturaleza con la publicación en 1915 del libro “Ideal Andaluz” de Blas Infante y se cierra con los intentos, truncados por la Guerra Civil y la dictadura del Franquismo, de dotar de un marco estatutario a Andalucía.
Asimismo, el Andalucismo Histórico surge en un proceso de “modernización económica y social” que tiene lugar en España en las décadas finales del siglo XIX y principios del XX, unido a un proceso de urbanización de las clases medias y de emancipación del proletariado industrial y del campesinado; y en el que se producían movimientos ciudadanos y de demandas de cambio social y democratización política.
Estos procesos de transformación de los modelos de convivencia se han constatado igualmente en otras áreas del entorno europeo por aquellas fechas. Y en este contexto-que enlazará a su vez con la tradición republicana federal del siglo XIX-las ideas medulares del pensamiento político Andalucista, como el anticentralismo y el confederalismo entre otras, estarán presentes desde sus inicios.
Por otra parte, la reaparición en el panorama político de planteamientos andalucistas y de reivindicación autonómica, después de la dictadura de Franco, se debe contextualizar en el debate intelectual y político habido acerca del reconocimiento de los derechos de las nacionalidades que conformaban el Estado.
De esta forma, en 1973, en los estertores todavía del Franquismo, se constituía ASA, que se reconocía heredera de los postulados del Andalucismo Histórico; y se convertía tres años después en PSA- que, transformado en PA, se extinguió en septiembre de 2015-, partido netamente Andalucista cuyas claves ideológicas se hallaban en un socialismo muy influido por las teorías de la dependencia, en la que no se coquetea con discursos esencialistas de otras comunidades.
Además, el subdesarrollo unificaba en la estrategia el discurso de clase y el discurso nacional: no solo había conflicto entre grupos sociales con intereses económicos-sociales contrarios, sino también entre territorios; o sea, entre territorios ricos y “opresores”, y pobres y “oprimidos”.
Durante la Transición, buena parte de los intelectuales y políticos andaluces reivindicaron un régimen político de autonomía que se refrendó masivamente el día 4 de diciembre de 1977 mediante manifestaciones de numerosísima participación, convirtiendo esa fecha en un símbolo, como la del 28 de febrero de 1980.
También en encuestas de opinión de ese momento, los andaluces defendían el autogobierno como solución a los problemas sociales y económicos, sin olvidar la descripción de la cultura andaluza en cuanto conjunto de símbolos y de su uso que dotan a los andaluces de conciencia y permiten que se nos perciba exteriormente como tales , poseyendo unos marcadores de identidad producidos-en casi su totalidad- por las clases populares(fiestas), o reinterpretados por éstas(religiosidad popular); asimismo, entendiendo el concepto de “pueblo”, de lo popular, como todos aquellos sectores sociales que están al margen de los centros de decisión y de poder político y económico- y no como resultante de etnicidad sustentada en la historia y la cultura de otras nacionalidades.
Por otro lado, la aplicación de las teorías del subdesarrollo convenció a muchos de que la situación de Andalucía constituía el reverso de la moneda del desarrollo vasco, catalán o madrileño, y que era preciso impedir que la configuración democrática del Estado perjudicara a Andalucía, dando lugar a un sentimiento de agravio comparativo.
Sin embargo, la aprobación de los Estatutos de 1981 y 2007, entre otros factores políticos, económicos y sociales, han podido generar la convicción extendida entre importantes sectores ciudadanos de que el subdesarrollo ha desaparecido de forma definitiva, contribuyendo a desactivar un sentimiento identitario y de conciencia andaluza.
No obstante, todavía no hemos realizado una construcción nacional andaluza: no ha sido desarrollado completamente el marco competencial, ni la identidad andaluza está suficientemente reafirmada. Aunque ha habido mejoras en infraestructuras y en ingresos monetarios, y se ha dado un fuerte crecimiento en los subsectores olivarero, hortofrutícola y turístico, las deficiencias de un modelo extravertido y altamente dependiente de otras economías hacen evidente la necesidad de la defensa de los recursos propios y de afianzamiento de la identidad andaluza, en un escenario político, donde es preciso estar con la máxima capacidad de decisión y autogobierno.
Y esta afirmación debe hacerse desde la Democracia con mayúsculas. Y asumiendo el reto de la multiculturalidad que Andalucía ya tiene que afrontar como consecuencia de las inmigraciones, y que sólo podrá ser abordado si se mantiene la pluralidad y plasticidad de la cultura andaluza, y “en todos los espacios donde convivimos para ir buscando alternativas comunitarias más humanas y dignas para todos”.
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