Opinión

Maricarmen vuelve a casa: que nadie olvide cómo la hicieron salir

Una sociedad no puede funcionar de manera que una persona tenga que convertirse en un símbolo nacional, que su desahucio provoque una movilización de miles de personas y que su imagen saliendo en camilla dé la vuelta al país para que, finalmente, aparezca una solución

  • Protestas en las Setas de Sevilla. -

Hay noticias que una quiere celebrar con todas sus fuerzas. Y esta es una de ellas: Maricarmen podrá volver a su casa.

Después de lo ocurrido la semana pasada, después de verla salir de su vivienda en una camilla, después de las movilizaciones y de la enorme presión social, que hoy se anuncie que Urbagestión ha llegado a un acuerdo con sus representantes para que pueda regresar es, sin duda, una buena noticia. El acuerdo, alcanzado este lunes tras más de cuatro horas de reunión, todavía debe ser aceptado por la propia Maricarmen.

Pero precisamente porque es una buena noticia, creo que tenemos que tener cuidado con cómo la contamos.

Porque sería demasiado fácil quedarnos únicamente con el titular de hoy: "Maricarmen volverá a su casa".

Y pasar página.

No.

Maricarmen no llegó a esta situación de un día para otro. Llevaba años enfrentándose a un conflicto por su vivienda. Desde que Urbagestión adquirió el inmueble en 2018, se sucedieron los intentos de desahucio hasta llegar al cuarto y definitivo lanzamiento de la semana pasada. Maricarmen llevaba unos 70 años viviendo en esa casa.

Y eso también forma parte de esta historia.

La semana pasada vimos hasta dónde puede llegar una situación así. Vimos a una mujer de 87 años salir de su hogar recostada en una camilla, ser trasladada en una ambulancia al hospital y abandonar una vivienda en la que había pasado la mayor parte de su vida. Fuera, cientos de personas se habían concentrado para intentar impedir el desahucio.

Esa imagen debería perseguirnos.

No porque queramos alimentar el espectáculo alrededor de un desahucio, sino precisamente por lo contrario: porque nunca deberíamos acostumbrarnos a que una persona tenga que acabar así para que empecemos a hablar de su derecho a la vivienda.

Y después ocurrió algo que tampoco podemos olvidar.

La gente salió a la calle.

Miles de personas se manifestaron en Madrid bajo un lema que resume perfectamente lo que debería quedar de todo esto: "Ni una Maricarmen más". La movilización no se quedó únicamente en Madrid y las protestas se extendieron a otras ciudades.

Y aquí está una de las partes que más me interesa reivindicar.

Porque hoy probablemente veremos cómo se intenta dar mucho bombo a la noticia de que Maricarmen vuelve a casa.

Y hay que alegrarse.

Pero que nadie pretenda convertir esto en una historia con final feliz y borrar todo lo que ocurrió antes.

Porque si hoy Maricarmen puede volver a su casa, no podemos olvidar que hace apenas unos días estaba fuera de ella.

No podemos olvidar que tuvo que salir en una camilla.

No podemos olvidar los años de lucha.

No podemos olvidar las movilizaciones.

No podemos olvidar a las personas que estuvieron allí.

Y, sobre todo, no podemos olvidar que esto no debería haber ocurrido en primer lugar.

¿Qué habría pasado si nadie hubiera salido a la calle?

¿Qué habría pasado si la historia de Maricarmen no hubiera trascendido?

¿Qué habría pasado si cientos de personas no hubieran estado frente a su casa aquel día?

Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Porque una sociedad no puede funcionar de manera que una persona tenga que convertirse en un símbolo nacional, que su desahucio provoque una movilización de miles de personas y que su imagen saliendo en camilla dé la vuelta al país para que, finalmente, aparezca una solución.

La vivienda no puede depender de cuánto ruido seamos capaces de hacer.

Y esta es, para mí, la verdadera lección que debemos sacar de todo esto.

No basta con que Maricarmen vuelva a casa.

Tenemos que conseguir que nadie tenga que pasar por lo que ella ha pasado.

Que ninguna persona mayor tenga que enfrentarse durante años al miedo de perder el hogar en el que ha vivido prácticamente toda su vida.

Que ninguna familia tenga que esperar a que su caso se convierta en noticia para que las instituciones reaccionen.

Que nadie tenga que ser sacado de su casa en una camilla para que entendamos que detrás de un procedimiento, de un contrato o de una vivienda hay siempre una persona.

Y que nadie confunda esto con una guerra entre propietarios e inquilinos. Estamos hablando de algo mucho más básico: de qué lugar ocupa el derecho a una vivienda digna en nuestra sociedad.

Hoy toca celebrar.

Toca alegrarnos por Maricarmen.

Toca esperar que pueda volver a cruzar esa puerta y recuperar, aunque sea poco a poco, la tranquilidad que le han arrebatado durante demasiado tiempo.

Pero mañana no podemos mirar hacia otro lado.

Porque si todo lo ocurrido esta semana sirve únicamente para que Maricarmen vuelva a casa, habremos solucionado una historia.

Si sirve para que no haya una próxima Maricarmen, entonces quizá hayamos empezado a cambiar las cosas.

Y por eso hoy digo: sí, Maricarmen vuelve a casa. Y qué alegría.

Pero que nadie nos haga olvidar cómo tuvo que salir de ella.

Ni los ocho años de lucha.

Ni la camilla.

Ni las calles llenas de gente.

Ni a todas las personas que siguen esperando que alguien salga a defender también su casa.

Ni una Maricarmen más.

Hay noticias que una quiere celebrar con todas sus fuerzas. Y esta es una de ellas: Maricarmen podrá volver a su casa.

Después de lo ocurrido la semana pasada, después de verla salir de su vivienda en una camilla, después de las movilizaciones y de la enorme presión social, que hoy se anuncie que Urbagestión ha llegado a un acuerdo con sus representantes para que pueda regresar es, sin duda, una buena noticia. El acuerdo, alcanzado este lunes tras más de cuatro horas de reunión, todavía debe ser aceptado por la propia Maricarmen.

Pero precisamente porque es una buena noticia, creo que tenemos que tener cuidado con cómo la contamos.

Porque sería demasiado fácil quedarnos únicamente con el titular de hoy: "Maricarmen volverá a su casa".

Y pasar página.

No.

Maricarmen no llegó a esta situación de un día para otro. Llevaba años enfrentándose a un conflicto por su vivienda. Desde que Urbagestión adquirió el inmueble en 2018, se sucedieron los intentos de desahucio hasta llegar al cuarto y definitivo lanzamiento de la semana pasada. Maricarmen llevaba unos 70 años viviendo en esa casa.

Y eso también forma parte de esta historia.

La semana pasada vimos hasta dónde puede llegar una situación así. Vimos a una mujer de 87 años salir de su hogar recostada en una camilla, ser trasladada en una ambulancia al hospital y abandonar una vivienda en la que había pasado la mayor parte de su vida. Fuera, cientos de personas se habían concentrado para intentar impedir el desahucio.

Esa imagen debería perseguirnos.

No porque queramos alimentar el espectáculo alrededor de un desahucio, sino precisamente por lo contrario: porque nunca deberíamos acostumbrarnos a que una persona tenga que acabar así para que empecemos a hablar de su derecho a la vivienda.

Y después ocurrió algo que tampoco podemos olvidar.

La gente salió a la calle.

Miles de personas se manifestaron en Madrid bajo un lema que resume perfectamente lo que debería quedar de todo esto: "Ni una Maricarmen más". La movilización no se quedó únicamente en Madrid y las protestas se extendieron a otras ciudades.

Y aquí está una de las partes que más me interesa reivindicar.

Porque hoy probablemente veremos cómo se intenta dar mucho bombo a la noticia de que Maricarmen vuelve a casa.

Y hay que alegrarse.

Pero que nadie pretenda convertir esto en una historia con final feliz y borrar todo lo que ocurrió antes.

Porque si hoy Maricarmen puede volver a su casa, no podemos olvidar que hace apenas unos días estaba fuera de ella.

No podemos olvidar que tuvo que salir en una camilla.

No podemos olvidar los años de lucha.

No podemos olvidar las movilizaciones.

No podemos olvidar a las personas que estuvieron allí.

Y, sobre todo, no podemos olvidar que esto no debería haber ocurrido en primer lugar.

¿Qué habría pasado si nadie hubiera salido a la calle?

¿Qué habría pasado si la historia de Maricarmen no hubiera trascendido?

¿Qué habría pasado si cientos de personas no hubieran estado frente a su casa aquel día?

Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Porque una sociedad no puede funcionar de manera que una persona tenga que convertirse en un símbolo nacional, que su desahucio provoque una movilización de miles de personas y que su imagen saliendo en camilla dé la vuelta al país para que, finalmente, aparezca una solución.

La vivienda no puede depender de cuánto ruido seamos capaces de hacer.

Y esta es, para mí, la verdadera lección que debemos sacar de todo esto.

No basta con que Maricarmen vuelva a casa.

Tenemos que conseguir que nadie tenga que pasar por lo que ella ha pasado.

Que ninguna persona mayor tenga que enfrentarse durante años al miedo de perder el hogar en el que ha vivido prácticamente toda su vida.

Que ninguna familia tenga que esperar a que su caso se convierta en noticia para que las instituciones reaccionen.

Que nadie tenga que ser sacado de su casa en una camilla para que entendamos que detrás de un procedimiento, de un contrato o de una vivienda hay siempre una persona.

Y que nadie confunda esto con una guerra entre propietarios e inquilinos. Estamos hablando de algo mucho más básico: de qué lugar ocupa el derecho a una vivienda digna en nuestra sociedad.

Hoy toca celebrar.

Toca alegrarnos por Maricarmen.

Toca esperar que pueda volver a cruzar esa puerta y recuperar, aunque sea poco a poco, la tranquilidad que le han arrebatado durante demasiado tiempo.

Pero mañana no podemos mirar hacia otro lado.

Porque si todo lo ocurrido esta semana sirve únicamente para que Maricarmen vuelva a casa, habremos solucionado una historia.

Si sirve para que no haya una próxima Maricarmen, entonces quizá hayamos empezado a cambiar las cosas.

Y por eso hoy digo: sí, Maricarmen vuelve a casa. Y qué alegría.

Pero que nadie nos haga olvidar cómo tuvo que salir de ella.

Ni los ocho años de lucha.

Ni la camilla.

Ni las calles llenas de gente.

Ni a todas las personas que siguen esperando que alguien salga a defender también su casa.

Ni una Maricarmen más.

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