Érase una vez un hombre pegado a una nariz de payaso. Algunos prefieren yelmos, escudos, incluso pasamontañas para protegerse del mundo. Este no. Por el contrario, ablandaba su protección mediante la tristeza del humor e impedía en consecuencia que su vulnerabilidad se transformara en azcona y arma voladiza, como tantos hacen con sus propios miedos. Bajo el amparo de su arcángel, aprovechaba la lógica para desmentir los argumentos ad baculo y ofrecía con generosidad cantimploras a los caminantes (a mí mismo, pues medió para que publicaran uno de mis libros). Se guardaba entre helechos, como sus apellidos, y destapaba solemnidades tramposas de pedantes. Buscaba refugio en el concepto, sí, pero también en el verso. Así combatía los trabajos y también los días. Cuando la noche caliginosa traía los sueños, donde no cabe desear lo que se quiere, volvía entonces a su nariz apotropaica para poder reírse desde la almohada de su alma. La muerte, según dicen, no es una condición del ser, sino del aparecer. Me pregunto si esa nariz que lo acompañaba consiguió fundirse con él definitivamente.
Rafael Guardiola Iranzo ha sido Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga. En el IES Jacaranda de Churriana-Málaga ha pasado sus últimos 28 años como docente. Ha sido presidente de la Asociación Andaluza de Filosofía. Coordinó la Olimpiada Filosófica de Andalucía desde su primera edición (curso 2013-2014). Fue también traductor y autor de artículos, reseñas e ilustraciones en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad, Filosofía para Niños, Boletín de Arte, La Garbía, Descubrir el Arte, HomoNoSapiens y Café Montaigne. Desde los catorce años escribió poesía, prosa poética y relatos breves y se sintió cercano al escepticismo filosófico, la comedia, la lógica y la estética.
Érase una vez un hombre pegado a una nariz de payaso. Algunos prefieren yelmos, escudos, incluso pasamontañas para protegerse del mundo. Este no. Por el contrario, ablandaba su protección mediante la tristeza del humor e impedía en consecuencia que su vulnerabilidad se transformara en azcona y arma voladiza, como tantos hacen con sus propios miedos. Bajo el amparo de su arcángel, aprovechaba la lógica para desmentir los argumentos ad baculo y ofrecía con generosidad cantimploras a los caminantes (a mí mismo, pues medió para que publicaran uno de mis libros). Se guardaba entre helechos, como sus apellidos, y destapaba solemnidades tramposas de pedantes. Buscaba refugio en el concepto, sí, pero también en el verso. Así combatía los trabajos y también los días. Cuando la noche caliginosa traía los sueños, donde no cabe desear lo que se quiere, volvía entonces a su nariz apotropaica para poder reírse desde la almohada de su alma. La muerte, según dicen, no es una condición del ser, sino del aparecer. Me pregunto si esa nariz que lo acompañaba consiguió fundirse con él definitivamente.
Rafael Guardiola Iranzo ha sido Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria en Centros de Bachillerato y Secundaria de Madrid, Palma de Mallorca y Málaga. En el IES Jacaranda de Churriana-Málaga ha pasado sus últimos 28 años como docente. Ha sido presidente de la Asociación Andaluza de Filosofía. Coordinó la Olimpiada Filosófica de Andalucía desde su primera edición (curso 2013-2014). Fue también traductor y autor de artículos, reseñas e ilustraciones en revistas como Revista de Occidente, Theoria, La balsa de la Medusa, Alfa, Sociedad, Filosofía para Niños, Boletín de Arte, La Garbía, Descubrir el Arte, HomoNoSapiens y Café Montaigne. Desde los catorce años escribió poesía, prosa poética y relatos breves y se sintió cercano al escepticismo filosófico, la comedia, la lógica y la estética.
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