Opinión

Héroes cotidianos contra el narco 

No cuesta nada imaginar las tentaciones que han de resistir de forma cotidiana los policías que en Huelva, en Cádiz o en el Guadalquivir se enfrentan al gran negocio, a la expresión más pura y salvaje del capitalismo

  • Un depósito judicial de narcolanchas, en El Puerto. -

Dicen que el capitalismo es el sistema que mejor distribuye los recursos. Nada como el mercado, dicen: oferta, demanda y competencia. Es posible que otros sistemas sean aún peores, pero el capitalismo muestra distorsiones muy raras. Basta con ver cómo la riqueza se concentra más y más en unas pocas manos. O comparar el sueldo de un futbolista con el de un maestro o una enfermera.

Lo que nadie puede negar, en cualquier caso, es la vitalidad del capitalismo. En su forma más pura resulta arrollador. Y no hay forma más pura que el narcotráfico.

Tendemos a olvidar, quizá por obvio, un factor esencial en la ecuación del narco: la demanda. No habría negocio sin la voracidad con que europeos y estadounidenses consumimos drogas. Desde que el presidente Richard Nixon declaró “la guerra contra la droga” en Washington, el 17 de junio de 1971, el narcotráfico no ha dejado de crecer. Eso demuestra que ante una demanda en constante aumento, y con un margen de beneficio estratosférico, no existe fuerza capaz de impedir que el capitalismo satisfaga al mercado.

Cuando los poderes públicos emplean armas pesadas contra el narco, el narco consigue armas aún más pesadas. Cuando se recurre a la violencia, el narco multiplica la violencia: véase lo que ocurre en México. Cuando la policía reduce la presión, el narco adopta formas relativamente respetables: Medellín es hoy una ciudad turística y hasta cierto punto segura (salvo para los narcotraficantes que compiten entre sí), sin que el negocio haya dejado de funcionar.

Hasta la fecha, el consumo de cocaína, el producto estelar del negocio, sólo se ha frenado en ciertos lugares por razones directamente ligadas a la lógica capitalista. En Rusia, por ejemplo, el mercado es pequeño. ¿Por la “mano dura” de Vladimir Putin? ¿Por la omnipotencia policial? Nada de eso. Simplemente, porque la papelina resulta demasiado cara para el ciudadano medio. Los rusos tienen que optar por drogas sintéticas, más baratas y aún más peligrosas para la salud.

La “guerra contra la droga” es eterna. Y desalentadora. Los muertos (unos 50.000 durante la última década solamente en México) quedan sepultados y olvidados bajo las montañas de dólares que genera el negocio. Unos ponen la avidez consumidora, otros ponen la vida y hay quien se hace infinitamente rico. Entretanto, el narco pudre países enteros en una charca de dinero y complicidades.

Antes hablábamos de la forma peculiar con que el capitalismo reparte los ingresos. Un jefe del narcotráfico asume riesgos y, a cambio, acumula ganancias. Un policía que combate al narcotráfico asume riesgos (cada día mayores) y, a cambio, no acumula nada. Si es honrado.

No cuesta nada imaginar las tentaciones que han de resistir de forma cotidiana los policías que en Huelva, en Cádiz o en el Guadalquivir se enfrentan al gran negocio, a la expresión más pura y salvaje del capitalismo. Tampoco cuesta nada comprender a los policías que se corrompen: por cooperar con el crimen y participar en los beneficios o por limitarse a mirar hacia otro lado, ganando un bonito sobresueldo.

Lo que cuesta un poco más es comprender la grandeza moral del policía que corre riesgos en una guerra que (como él sabe bien) nunca se ganará del todo, que renuncia a meterse en el bolsillo alguno de esos fajos de billetes o alguno de esos paquetes de polvo blanco con que topa habitualmente, que cumple con su trabajo en las peores circunstancias: poco sueldo, pocos medios, poco respaldo.

Cuesta muchísimo pensar en alguien que merezca mayor admiración que ese policía de heroicidad anónima y cotidiana.

Dicen que el capitalismo es el sistema que mejor distribuye los recursos. Nada como el mercado, dicen: oferta, demanda y competencia. Es posible que otros sistemas sean aún peores, pero el capitalismo muestra distorsiones muy raras. Basta con ver cómo la riqueza se concentra más y más en unas pocas manos. O comparar el sueldo de un futbolista con el de un maestro o una enfermera.

Lo que nadie puede negar, en cualquier caso, es la vitalidad del capitalismo. En su forma más pura resulta arrollador. Y no hay forma más pura que el narcotráfico.

Tendemos a olvidar, quizá por obvio, un factor esencial en la ecuación del narco: la demanda. No habría negocio sin la voracidad con que europeos y estadounidenses consumimos drogas. Desde que el presidente Richard Nixon declaró “la guerra contra la droga” en Washington, el 17 de junio de 1971, el narcotráfico no ha dejado de crecer. Eso demuestra que ante una demanda en constante aumento, y con un margen de beneficio estratosférico, no existe fuerza capaz de impedir que el capitalismo satisfaga al mercado.

Cuando los poderes públicos emplean armas pesadas contra el narco, el narco consigue armas aún más pesadas. Cuando se recurre a la violencia, el narco multiplica la violencia: véase lo que ocurre en México. Cuando la policía reduce la presión, el narco adopta formas relativamente respetables: Medellín es hoy una ciudad turística y hasta cierto punto segura (salvo para los narcotraficantes que compiten entre sí), sin que el negocio haya dejado de funcionar.

Hasta la fecha, el consumo de cocaína, el producto estelar del negocio, sólo se ha frenado en ciertos lugares por razones directamente ligadas a la lógica capitalista. En Rusia, por ejemplo, el mercado es pequeño. ¿Por la “mano dura” de Vladimir Putin? ¿Por la omnipotencia policial? Nada de eso. Simplemente, porque la papelina resulta demasiado cara para el ciudadano medio. Los rusos tienen que optar por drogas sintéticas, más baratas y aún más peligrosas para la salud.

La “guerra contra la droga” es eterna. Y desalentadora. Los muertos (unos 50.000 durante la última década solamente en México) quedan sepultados y olvidados bajo las montañas de dólares que genera el negocio. Unos ponen la avidez consumidora, otros ponen la vida y hay quien se hace infinitamente rico. Entretanto, el narco pudre países enteros en una charca de dinero y complicidades.

Antes hablábamos de la forma peculiar con que el capitalismo reparte los ingresos. Un jefe del narcotráfico asume riesgos y, a cambio, acumula ganancias. Un policía que combate al narcotráfico asume riesgos (cada día mayores) y, a cambio, no acumula nada. Si es honrado.

No cuesta nada imaginar las tentaciones que han de resistir de forma cotidiana los policías que en Huelva, en Cádiz o en el Guadalquivir se enfrentan al gran negocio, a la expresión más pura y salvaje del capitalismo. Tampoco cuesta nada comprender a los policías que se corrompen: por cooperar con el crimen y participar en los beneficios o por limitarse a mirar hacia otro lado, ganando un bonito sobresueldo.

Lo que cuesta un poco más es comprender la grandeza moral del policía que corre riesgos en una guerra que (como él sabe bien) nunca se ganará del todo, que renuncia a meterse en el bolsillo alguno de esos fajos de billetes o alguno de esos paquetes de polvo blanco con que topa habitualmente, que cumple con su trabajo en las peores circunstancias: poco sueldo, pocos medios, poco respaldo.

Cuesta muchísimo pensar en alguien que merezca mayor admiración que ese policía de heroicidad anónima y cotidiana.

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