Para algunas personas los poetas tienen una sensibilidad especial, una manera de ver, de entender el mundo que no es la de todos. No sé si es cierto, hay poetas para todos los placeres y desencantos. Sí creo saber que la poesía es un camino que se anda o que no, un aprendizaje que te lleva a veces a una manera de mirar y otras a una forma de impostura que te permite aparentar que estás viviendo. Pero las apariencias no dan buen porte a la luz de las estrellas.
Manuel J. Pacheco Alvarado se va acercando a la poesía, como el caminante a su destino. Página a página busca la senda que lo lleve al sitio exacto, su sitio entre los versos. El carmín y la ceniza (Pie de página, 2025) es su testimonio más íntimo, depurado y último. Es como si hubiera andado un tramo del sendero y de pronto, entre buenos consejos y lecturas sosegadas, diversas y múltiples, hubiera dejado atrás sus poemarios iniciales Juego de versos (2020), Viejos ecos (2022) y Lugares comunes (2023), estos dos en Cuadranta ediciones, para pararse a escuchar el silencio y su música. A veces los poetas, los escritores en general, reniegan de algunos de sus textos, es bastante habitual y la historia literaria está llena de casos. Debe ser verdad que la precipitación y la literatura casan mal.
Quizás por esas andanzas y por más vivencias personales, a Manuel le fascinan sobre todo la lectura y conversar, El carmín y la ceniza es presentado como “su primer libro de poemas”, tal como se dice en la solapa que lo abre a tres estancias: El carmín, Y la ceniza y Después del carmín y la ceniza. Con estos presagios se acertará si se piensa que es fundamentalmente un libro de amor, o del amor en su diversidad: erotismo, fraternidad, pérdida y resurrección (o lo que pueda ser).
Pero si la poesía es algo, es sobre todo concreción, sugerencia y profundidad. Por eso todo a lo que se abre el poemario late desde sus inicios en “La flor del azafrán”, cuando de una manera precisa nos advierte que es “Flor que no dura más de un solo día” (p.15), o que la vida y el amor son “un idioma de silencios primitivos/ con el que hablan/ los ojos y la carne” (p.19). El poeta sabe, la idea es antigua y verdadera, que en esto de vivir hay una necesidad imperiosa de fingir, de mentir como defensa, pero también de abrirse en canal, porque después en la noche los sueños ponen la verdad sobre la almohada, incluso en “una boca que aún no tiene cuerpo” (p. 29).
La segunda estancia se abre con el verso “Ampararé tu muerte, sabiéndote en mi sangre” (p.33). No sería necesario explicar nada más para quien quisiera entender. Pero insiste: “Como si fuese andando por calles levantadas/con adoquines rotos,/ voy/ tropezando/ en ti” (p.35). El sentido elegiaco, que ya anunciaba el polvo que seremos, se hace tan evidente como el homenaje que rinde a quien tanto lo quiso. “Te escucho ahora, padre./ Con atención, con calma” (p.40), con el sosiego y la incertidumbre que se teje en nuestra mente mientras los ojos se nublan o se convierten en un balón de colores parado en un tiempo que huye en las fotografías. La vida y sus prisas nos niegan esa quietud imprescindible, pero a veces el hombre y el poeta se desnudan y son el mismo, y es entonces cuando entienden que esto de vivir es justamente ese único día del principio en el que fue posible impregnarse de la flor del amanecer.
“Qué sorprendente árbol/ es el hombre,/ que puede albergar pájaros/ dentro de su cabeza” (p.55). Y es que solo así, con esta certeza, con este juego de relojería rítmica, es posible la resurrección que sigue a la ceniza. Después de leer esta estrofa podríamos cerrar el libro e imaginar que a días las palabras son capaces de atrapar la vida y sus extensiones, y hasta ese mundo infinito que pasa desapercibido y que se niega a quienes solo ven su rostro imposible en los espejos. Porque al fin, la vida, es lo que ha destilado con precisión Pacheco Alvarado en ese poema sabroso que es “Brevas” (66), que copio literalmente porque en su brevedad resume esa eternidad que se abre al infinito:
En un poyete blanco,
un canasto de brevas
aromando el verano.
Al abrir una, encuentro
el sabor de otros años.
Su corazón me lleva
mi corazón al labio.


