La primera generación de una familia en la universidad, es decir, el primer hijo o hija en llegar a los estudios superiores, es siempre motivo de alegría y orgullo. También es algo que sacan a relucir las instituciones académicas. Y no es para menos. Constituyen una evidencia tangible de que las grandes casas de estudio son un semillero de movilidad ascendente y equidad social. De todos modos, este inicio esperanzador, acarrea una realidad más compleja. Que el mérito personal no es suficiente para compensar desigualdades presentes desde el inicio de la carrera.
Actualmente las universidades enfrentan desafíos por superar, además de las conocidas barreras materiales y burocráticas. La creciente digitalización de sus sistemas se suma a inspecciones rígidas, en las que se recurre a cualquier detector para textos con IA durante la entrega de trabajos prácticos, con una finalidad más acusatoria que educativa. Una aplicación extrema de estos procedimientos perjudica a estudiantes con antecedentes educativos dispares, o que redactan con una formalidad extrema, juzgándolos bajo un falso positivo. En consecuencia, se los expone a sanciones injustas y a sentir que son observados con desconfianza.
La democratización de los estudios superiores es un avance importante. Sin embargo, no termina con abrir las puertas de las instituciones. Es necesario también desmantelar las sutiles dinámicas de exclusión presentes en las relaciones sociales, en los códigos lingüísticos implícitos y en las mecánicas de las instituciones. Acompañar de verdad a las primeras generaciones implica atender a las deudas educativas y sociales que aún persisten en el sistema.
El currículum oculto y el choque cultural del ingreso
Quienes provengan de una familia con profesionales graduados, se relacionan anticipadamente con la jerga universitaria. Es decir, saben lo que son las correlatividades, los claustros, las horas cátedra y los turnos de exámenes entre otros conceptos importantes. Por el contrario, todo esto es completamente nuevo para un alumno de primera generación, que puede sentir a la universidad como una maquinaria burocrática y compleja.
Habitarse a la gramática institucional, requiere de una energía emocional, que compite con el tiempo y energía necesarios para los aprendizajes curriculares. Los estudiantes deben aprender a solicitar una prórroga, consultar a un docente en el horario de apoyo, o redactar una carta formal para solicitar una excepción de correlatividad.
La administración y los directivos en general dan por sentado que todos los estudiantes conocen cómo proceder en cada caso. En consecuencia, no ayudan a que los nuevos alumnos desarrollen un sentido de pertenencia en los primeros días de estudio.
El síndrome del impostor y el aislamiento afectivo
El desarraigo cultural, el no poder sentirse parte del claustro, no es un problema menor. Debido a esto, los estudiantes de primera generación experimentan además un profundo síndrome del impostor. Por lo tanto, entienden cualquier tropiezo académico como una confirmación de no pertenencia, en lugar de comprender que es una contingencia natural del aprendizaje.
Esto puede empeorar si en vez de buscar apoyo, eligen ocultar sus dificultades. Bajo el temor de parecer incapaces o confirmar prejuicios de clase, se retraen, no participan de las clases y no consultan sus dudas. Si, además, la facultad no ofrece redes de pares en los que apoyarse o referentes cercanos que hayan experimentado las mismas situaciones, disminuye la posibilidad de crear estrategias que los ayuden a seguir estudiando.
La doble carga: tensión entre el aula, el trabajo y el hogar
Otro problema es que el diseño pedagógico en la universidad suele basarse en un avatar o modelo de alumno anacrónico y poco representativo. El de un estudiante joven, sin personas a cargo, que cuenta con apoyo financiero familiar y puede dedicar su tiempo totalmente a clases dispersas, a lecturas interminables y que puede reunirse en cualquier momento con otros estudiantes.
Esta visión está totalmente fuera de sintonía con la situación de los estudiantes de primera generación. Muchos de estos trabajan durante muchas horas, muchas veces en condiciones informales y precarias. También han asumido responsabilidades familiares y tareas domésticas. Estos no tienen otra opción más que cursar con horarios fragmentados, lo que se vuelve desgastante ya que deben dormir menos, no pueden realizar lecturas complementarias y llegan a los exámenes sumidos en un profundo agotamiento.
La distancia de clase con el entorno familiar
A medida que el estudiante de primera generación avanza en sus estudios, es vulnerable a otro efecto que puede afectar su entorno socioafectivo. Estamos hablando de la erosión o tensión con su entorno familiar.
Cambios sutiles en el alumno que está adquiriendo un nuevo capital cultural, se manifiestan en un léxico más enriquecido, y expectativas para su futuro muy diferentes de las de su familia. El orgullo por sus logros puede verse ensombrecido por una distancia social o extrañamiento mutuo.
En algunas familias es difícil asimilar la idea de que estudiar durante horas acarrea un agotamiento mental, que interfiere con la colaboración en tareas hogareñas. Esto deja al alumno de primera generación en una situación incómoda. Por un lado, ya no encaja con su entorno habitual o de origen.
Pero, por el otro tampoco se siente plenamente parte de la facultad. Por ende, se debate entre ambas identidades, que le provocan una carga mental silenciosa, que difícilmente se registra en las estadísticas de deserción.
Políticas de permanencia: más allá del subsidio económico
La ayuda más frecuente, ya sea de los gobiernos o de las mismas universidades, vienen en forma de becas en dinero o a través de boletos de transporte educativos.
Se trata de ayudas muy valiosas, nadie las pone en duda. El alumno que puede acceder a una de estas o a ambas, tendrá asegurados los insumos indispensables de estudios y el transporte cubierto.
Pero pueden no ser suficientes sin un apoyo pedagógico sustentable.
La deserción estudiantil no ocurre solo por razones económicas. En realidad, responde a la acumulación de frustraciones académicas no asistidas a tiempo. Y se pueden comenzar a vaticinar desde el fracaso de los primeros exámenes, que suelen deberse a carencias en lectura crítica o de habilidades de argumentación.
Para que su beneficio sea realmente efectivo, las becas deben integrarse a un sistema de tutorías entre pares, talleres de alfabetización académica y a consultas de salud mental que apoyen la trayectoria del estudiante de forma integral.
La necesidad de flexibilizar los regímenes de cursada
Otro aspecto que las universidades necesitan agilizar es la estructura de sus planes de estudio y los requisitos de asistencia.
Para empezar, deberían habilitar turnos nocturnos o vespertinos reales, que no interfieran con las jornadas laborales de los estudiantes. También deberían implementar modelos híbridos, debidamente planificados, para el estudio de materias teóricas que, no requieran de viajes extenuantes de varias horas al día.
Las instancias de recursado en contraturno y las mesas de examen adicionales harían realmente la diferencia para alumnos que acrediten tener un empleo o responsabilidades de cuidado.
De la misma forma deberían implementar el diseño de trayectos formativos en módulos, que provean certificaciones intermedias. De este modo proveerían valor y apoyo profesional, para aquellos que deben pausar sus estudios momentáneamente.
Epistemología y capital cultural: revalorizar la experiencia de origen
También es necesario abordar adecuadamente la forma en que las instituciones trabajan con los estudiantes de primera generación. En la mayoría de los casos se parte de la premisa de que son alumnos con carencias o vacíos que llenar, para que encajen en un molde determinado. Es decir, se los considera como faltos de modales, vocabulario, hábitos de estudio o de lecturas previas.
Dicha mirada es injusta, porque los alumnos provenientes de contextos populares tienen también conocimientos comunitarios, capacidades desarrolladas de resiliencia, y habilidades de resolución práctica de problemas. Sumado a esto tienen una comprensión profunda de conflictos sociales, que enriquecen los debates generados en carreras de ciencias sociales, salud, derecho y tecnología.
Por eso, el entorno educativo no debe exigir la renuncia a su identidad como condición para permanecer en la facultad. Por el contrario, debe tender puentes que incluyan sus saberes y experiencias, como recursos para el desarrollo de un conocimiento crítico.
El papel de los docentes como facilitadores del ingreso
Los docentes tienen un papel determinante en la democratización del aula. Ellos son los que, con explicaciones detalladas de criterios de evaluación o estudio, de cómo se construye un argumento riguroso y responden a todas las preguntas, contribuyen a la adaptación de los alumnos de primera generación.
Solo a través de su profunda dedicación se desmitifica la “genialidad de nacimiento” y se demuestra de que todo se logra con trabajo duro.
La graduación como triunfo colectivo
Que un estudiante de primera generación obtenga un título de estudios, es su mérito personal pero también colectivo. Es signo de una conquista que honra los sacrificios intergeneracionales, resignifica el ascenso social y contribuye a la sociedad con profesionales preparados y sensibles frente a las injusticias de su tiempo.
La primera generación de una familia en la universidad, es decir, el primer hijo o hija en llegar a los estudios superiores, es siempre motivo de alegría y orgullo. También es algo que sacan a relucir las instituciones académicas. Y no es para menos. Constituyen una evidencia tangible de que las grandes casas de estudio son un semillero de movilidad ascendente y equidad social. De todos modos, este inicio esperanzador, acarrea una realidad más compleja. Que el mérito personal no es suficiente para compensar desigualdades presentes desde el inicio de la carrera.
Actualmente las universidades enfrentan desafíos por superar, además de las conocidas barreras materiales y burocráticas. La creciente digitalización de sus sistemas se suma a inspecciones rígidas, en las que se recurre a cualquier detector para textos con IA durante la entrega de trabajos prácticos, con una finalidad más acusatoria que educativa. Una aplicación extrema de estos procedimientos perjudica a estudiantes con antecedentes educativos dispares, o que redactan con una formalidad extrema, juzgándolos bajo un falso positivo. En consecuencia, se los expone a sanciones injustas y a sentir que son observados con desconfianza.
La democratización de los estudios superiores es un avance importante. Sin embargo, no termina con abrir las puertas de las instituciones. Es necesario también desmantelar las sutiles dinámicas de exclusión presentes en las relaciones sociales, en los códigos lingüísticos implícitos y en las mecánicas de las instituciones. Acompañar de verdad a las primeras generaciones implica atender a las deudas educativas y sociales que aún persisten en el sistema.
El currículum oculto y el choque cultural del ingreso
Quienes provengan de una familia con profesionales graduados, se relacionan anticipadamente con la jerga universitaria. Es decir, saben lo que son las correlatividades, los claustros, las horas cátedra y los turnos de exámenes entre otros conceptos importantes. Por el contrario, todo esto es completamente nuevo para un alumno de primera generación, que puede sentir a la universidad como una maquinaria burocrática y compleja.
Habitarse a la gramática institucional, requiere de una energía emocional, que compite con el tiempo y energía necesarios para los aprendizajes curriculares. Los estudiantes deben aprender a solicitar una prórroga, consultar a un docente en el horario de apoyo, o redactar una carta formal para solicitar una excepción de correlatividad.
La administración y los directivos en general dan por sentado que todos los estudiantes conocen cómo proceder en cada caso. En consecuencia, no ayudan a que los nuevos alumnos desarrollen un sentido de pertenencia en los primeros días de estudio.
El síndrome del impostor y el aislamiento afectivo
El desarraigo cultural, el no poder sentirse parte del claustro, no es un problema menor. Debido a esto, los estudiantes de primera generación experimentan además un profundo síndrome del impostor. Por lo tanto, entienden cualquier tropiezo académico como una confirmación de no pertenencia, en lugar de comprender que es una contingencia natural del aprendizaje.
Esto puede empeorar si en vez de buscar apoyo, eligen ocultar sus dificultades. Bajo el temor de parecer incapaces o confirmar prejuicios de clase, se retraen, no participan de las clases y no consultan sus dudas. Si, además, la facultad no ofrece redes de pares en los que apoyarse o referentes cercanos que hayan experimentado las mismas situaciones, disminuye la posibilidad de crear estrategias que los ayuden a seguir estudiando.
La doble carga: tensión entre el aula, el trabajo y el hogar
Otro problema es que el diseño pedagógico en la universidad suele basarse en un avatar o modelo de alumno anacrónico y poco representativo. El de un estudiante joven, sin personas a cargo, que cuenta con apoyo financiero familiar y puede dedicar su tiempo totalmente a clases dispersas, a lecturas interminables y que puede reunirse en cualquier momento con otros estudiantes.
Esta visión está totalmente fuera de sintonía con la situación de los estudiantes de primera generación. Muchos de estos trabajan durante muchas horas, muchas veces en condiciones informales y precarias. También han asumido responsabilidades familiares y tareas domésticas. Estos no tienen otra opción más que cursar con horarios fragmentados, lo que se vuelve desgastante ya que deben dormir menos, no pueden realizar lecturas complementarias y llegan a los exámenes sumidos en un profundo agotamiento.
La distancia de clase con el entorno familiar
A medida que el estudiante de primera generación avanza en sus estudios, es vulnerable a otro efecto que puede afectar su entorno socioafectivo. Estamos hablando de la erosión o tensión con su entorno familiar.
Cambios sutiles en el alumno que está adquiriendo un nuevo capital cultural, se manifiestan en un léxico más enriquecido, y expectativas para su futuro muy diferentes de las de su familia. El orgullo por sus logros puede verse ensombrecido por una distancia social o extrañamiento mutuo.
En algunas familias es difícil asimilar la idea de que estudiar durante horas acarrea un agotamiento mental, que interfiere con la colaboración en tareas hogareñas. Esto deja al alumno de primera generación en una situación incómoda. Por un lado, ya no encaja con su entorno habitual o de origen.
Pero, por el otro tampoco se siente plenamente parte de la facultad. Por ende, se debate entre ambas identidades, que le provocan una carga mental silenciosa, que difícilmente se registra en las estadísticas de deserción.
Políticas de permanencia: más allá del subsidio económico
La ayuda más frecuente, ya sea de los gobiernos o de las mismas universidades, vienen en forma de becas en dinero o a través de boletos de transporte educativos.
Se trata de ayudas muy valiosas, nadie las pone en duda. El alumno que puede acceder a una de estas o a ambas, tendrá asegurados los insumos indispensables de estudios y el transporte cubierto.
Pero pueden no ser suficientes sin un apoyo pedagógico sustentable.
La deserción estudiantil no ocurre solo por razones económicas. En realidad, responde a la acumulación de frustraciones académicas no asistidas a tiempo. Y se pueden comenzar a vaticinar desde el fracaso de los primeros exámenes, que suelen deberse a carencias en lectura crítica o de habilidades de argumentación.
Para que su beneficio sea realmente efectivo, las becas deben integrarse a un sistema de tutorías entre pares, talleres de alfabetización académica y a consultas de salud mental que apoyen la trayectoria del estudiante de forma integral.
La necesidad de flexibilizar los regímenes de cursada
Otro aspecto que las universidades necesitan agilizar es la estructura de sus planes de estudio y los requisitos de asistencia.
Para empezar, deberían habilitar turnos nocturnos o vespertinos reales, que no interfieran con las jornadas laborales de los estudiantes. También deberían implementar modelos híbridos, debidamente planificados, para el estudio de materias teóricas que, no requieran de viajes extenuantes de varias horas al día.
Las instancias de recursado en contraturno y las mesas de examen adicionales harían realmente la diferencia para alumnos que acrediten tener un empleo o responsabilidades de cuidado.
De la misma forma deberían implementar el diseño de trayectos formativos en módulos, que provean certificaciones intermedias. De este modo proveerían valor y apoyo profesional, para aquellos que deben pausar sus estudios momentáneamente.
Epistemología y capital cultural: revalorizar la experiencia de origen
También es necesario abordar adecuadamente la forma en que las instituciones trabajan con los estudiantes de primera generación. En la mayoría de los casos se parte de la premisa de que son alumnos con carencias o vacíos que llenar, para que encajen en un molde determinado. Es decir, se los considera como faltos de modales, vocabulario, hábitos de estudio o de lecturas previas.
Dicha mirada es injusta, porque los alumnos provenientes de contextos populares tienen también conocimientos comunitarios, capacidades desarrolladas de resiliencia, y habilidades de resolución práctica de problemas. Sumado a esto tienen una comprensión profunda de conflictos sociales, que enriquecen los debates generados en carreras de ciencias sociales, salud, derecho y tecnología.
Por eso, el entorno educativo no debe exigir la renuncia a su identidad como condición para permanecer en la facultad. Por el contrario, debe tender puentes que incluyan sus saberes y experiencias, como recursos para el desarrollo de un conocimiento crítico.
El papel de los docentes como facilitadores del ingreso
Los docentes tienen un papel determinante en la democratización del aula. Ellos son los que, con explicaciones detalladas de criterios de evaluación o estudio, de cómo se construye un argumento riguroso y responden a todas las preguntas, contribuyen a la adaptación de los alumnos de primera generación.
Solo a través de su profunda dedicación se desmitifica la “genialidad de nacimiento” y se demuestra de que todo se logra con trabajo duro.
La graduación como triunfo colectivo
Que un estudiante de primera generación obtenga un título de estudios, es su mérito personal pero también colectivo. Es signo de una conquista que honra los sacrificios intergeneracionales, resignifica el ascenso social y contribuye a la sociedad con profesionales preparados y sensibles frente a las injusticias de su tiempo.
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