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Los 'Vinos Pro Unesco' se dan su propia fiesta en Vinoble

El 'Cinturón del Sol del Mediterráneo' deja claro en su cata que, además de apelar a la cultura –y al sol– tienen por detrás una importante tradición vitivinícola que merece ser recordada

  • Servicio de vinos en una cata en la Mezquita. -

La verdad es que, teniendo en cuenta de lo que se había hablado un par de horas antes, la primera cata de la Mezquita del lunes en Vinoble se podría haber llamado perfectamente 'Vinos Pro-Unesco'. Jerez, Marsala (Sicilia, Italia), Samos (Grecia) y los Vinos Dulces Naturales del Sur de Francia han rubricado la 'declaración de Jerez' que, no teman, solo busca su reconocimiento como bien inmaterial de la humanidad por parte de la Unesco. En lo que llega ese reconocimiento, qué mejor que montar una cata para exponer al mundo de qué se habla. Ocho vinos, ocho, sobre el tapete, con Jerez abriendo la partida.

Fue su presidente –el del Consejo Regulador– César Saldaña, el encargado de recordar algunas generalidades del vino de Jerez y la Manzanilla, desde el suelo albariza, la propia ubicación, la uva palomino, el velo de flor, los diversos tipos o "el doble terroir", en sus propias palabras, que significa que además de la viña hay un importantísimo trabajo de bodega. Saldaña dio de mano con el fino La Panesa, uno de los finos, como tal, más viejos que salen al mercado. Allí estaba la familia Martín Hidalgo apoyando a su 'clásico', hasta el último aliento del velo de Flor.

El segundo vino fue un Oloroso Muy Viejo Alfonso, de González Byass. Se trata de un 'blended' de tres de las seis botas especiales, con una vejez media de unos 40 años. Saldaña incidió, ante un público mitad experto, mitad generalista, en las dos almas del vino de Jerez, la biológica y la oxidativa, una en cada uno de los vinos.

Alexandra Curatolo nos introdujo en los misterios del Marsala, en el oeste de Sicilia, una D.O. que en la actualidad cuenta con 12 bodegas, todas de carácter familiar, y 6 cooperativas. Tiene un viñedo enorme, del orden de 63.000 hectáreas (recuerde el lector que todo el Marco de Jerez no llega en la actualidad a las 7.000 hectáreas), todas en la provincia de Trapani. Probamos dos vinos, uno 'vergine' y el otro 'superiore'. Como Jerez, puede ser vinos secos, semis o dulces. Decimos Jerez porque la señora Curatolo lo puso como ejemplo de lo que hoy en día busca Marsala, que es desprenderse de la vitola de vino de postre.

Bernard Ronby, desgraciadamente un poco a la carrera, nos introdujo en los secretos de doce denominaciones de origen del sur de Francia agrupadas a su vez bajo el nombre de Vinos Dulces Naturales del Sur de Francia, once en la Francia continental y otra en el norte de Córcega. En el mundo del vino el relato se ha convertido en los últimos años en un algo más que recurrente. En el sur de Francia tampoco falla, y ahí aparece la figura de Arnau de Vilanova (1285), parte médico, parte alquimista... y enólogo sin saberlo. Nótese el nombre, que recuerda que esa tierra en algún momento fue de la Corona de Aragón y después de la española ya unificada. Probamos dos vinos del Rosellón, de la Cataluña francesa, uno a partir de moscatel –atención, un 'grand cru', realmente muy bueno– y otro de garnacha negra (tinta). Muy interesante, por cierto, la defensa del viñedo que hicieron más allá de creador de riqueza o incluso del paisaje, ya que destacaron imágenes, de los viñedos de la zona actuando como auténticos cortafuegos, algo a tener en cuenta en una zona tan cercana climáticamente, y en todos los sentidos, a España.

Cerró Tito Francis, director de Samos. Francis recordó que Samos, una isla griega, tiene 1.400 hectáreas y, curiosamente, casi el mismo número de productores, ya que dijo que había 1.411. Se trata de viñedos casi todos en terraza, a los que el viento del noreste refresca. Samos Vin Doux, fortificado, moscatel, nos dice ya en el nombre, en el idioma francés, dónde va casi toda la producción... y cerró con un Samos de 1963, 63 años –en esta DO se ve que todo cuadra–, al borde de ser ya un vino de coleccionista. Una intervención de este tipo se puede cerrar con un estupendo vino, que también, con una gran frase o las dos cosas, como es caso. El Samos de 1963 era la caña, claro, como las palabras que recordó Francis, sin citar al autor: "el vino es un cruce de caminos entre la agricultura y la civilización".

La verdad es que, teniendo en cuenta de lo que se había hablado un par de horas antes, la primera cata de la Mezquita del lunes en Vinoble se podría haber llamado perfectamente 'Vinos Pro-Unesco'. Jerez, Marsala (Sicilia, Italia), Samos (Grecia) y los Vinos Dulces Naturales del Sur de Francia han rubricado la 'declaración de Jerez' que, no teman, solo busca su reconocimiento como bien inmaterial de la humanidad por parte de la Unesco. En lo que llega ese reconocimiento, qué mejor que montar una cata para exponer al mundo de qué se habla. Ocho vinos, ocho, sobre el tapete, con Jerez abriendo la partida.

Fue su presidente –el del Consejo Regulador– César Saldaña, el encargado de recordar algunas generalidades del vino de Jerez y la Manzanilla, desde el suelo albariza, la propia ubicación, la uva palomino, el velo de flor, los diversos tipos o "el doble terroir", en sus propias palabras, que significa que además de la viña hay un importantísimo trabajo de bodega. Saldaña dio de mano con el fino La Panesa, uno de los finos, como tal, más viejos que salen al mercado. Allí estaba la familia Martín Hidalgo apoyando a su 'clásico', hasta el último aliento del velo de Flor.

El segundo vino fue un Oloroso Muy Viejo Alfonso, de González Byass. Se trata de un 'blended' de tres de las seis botas especiales, con una vejez media de unos 40 años. Saldaña incidió, ante un público mitad experto, mitad generalista, en las dos almas del vino de Jerez, la biológica y la oxidativa, una en cada uno de los vinos.

Alexandra Curatolo nos introdujo en los misterios del Marsala, en el oeste de Sicilia, una D.O. que en la actualidad cuenta con 12 bodegas, todas de carácter familiar, y 6 cooperativas. Tiene un viñedo enorme, del orden de 63.000 hectáreas (recuerde el lector que todo el Marco de Jerez no llega en la actualidad a las 7.000 hectáreas), todas en la provincia de Trapani. Probamos dos vinos, uno 'vergine' y el otro 'superiore'. Como Jerez, puede ser vinos secos, semis o dulces. Decimos Jerez porque la señora Curatolo lo puso como ejemplo de lo que hoy en día busca Marsala, que es desprenderse de la vitola de vino de postre.

Bernard Ronby, desgraciadamente un poco a la carrera, nos introdujo en los secretos de doce denominaciones de origen del sur de Francia agrupadas a su vez bajo el nombre de Vinos Dulces Naturales del Sur de Francia, once en la Francia continental y otra en el norte de Córcega. En el mundo del vino el relato se ha convertido en los últimos años en un algo más que recurrente. En el sur de Francia tampoco falla, y ahí aparece la figura de Arnau de Vilanova (1285), parte médico, parte alquimista... y enólogo sin saberlo. Nótese el nombre, que recuerda que esa tierra en algún momento fue de la Corona de Aragón y después de la española ya unificada. Probamos dos vinos del Rosellón, de la Cataluña francesa, uno a partir de moscatel –atención, un 'grand cru', realmente muy bueno– y otro de garnacha negra (tinta). Muy interesante, por cierto, la defensa del viñedo que hicieron más allá de creador de riqueza o incluso del paisaje, ya que destacaron imágenes, de los viñedos de la zona actuando como auténticos cortafuegos, algo a tener en cuenta en una zona tan cercana climáticamente, y en todos los sentidos, a España.

Cerró Tito Francis, director de Samos. Francis recordó que Samos, una isla griega, tiene 1.400 hectáreas y, curiosamente, casi el mismo número de productores, ya que dijo que había 1.411. Se trata de viñedos casi todos en terraza, a los que el viento del noreste refresca. Samos Vin Doux, fortificado, moscatel, nos dice ya en el nombre, en el idioma francés, dónde va casi toda la producción... y cerró con un Samos de 1963, 63 años –en esta DO se ve que todo cuadra–, al borde de ser ya un vino de coleccionista. Una intervención de este tipo se puede cerrar con un estupendo vino, que también, con una gran frase o las dos cosas, como es caso. El Samos de 1963 era la caña, claro, como las palabras que recordó Francis, sin citar al autor: "el vino es un cruce de caminos entre la agricultura y la civilización".

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