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La polémica tras el asfaltado en Jerez de las calles Zaragoza y Muro: preocupación por el calor extremo y las lluvias

Plantean alternativas para reducir el riesgo de inundaciones y el efecto de isla de calor en el centro histórico de la ciudad

  • La calle Muro, en Jerez. -

El asfaltado realizado a finales de agosto en las calles Zaragoza y Muro, en Jerez, ha abierto una discusión sobre la forma en la que se están renovando los espacios públicos del centro histórico ante el riesgo de lluvias torrenciales y el aumento de las temperaturas. Las actuaciones, basadas en un reasfaltado convencional, mantienen superficies impermeables y, según las críticas planteadas, no incorporan medidas de drenaje urbano sostenible destinadas a reducir la escorrentía superficial y mejorar la adaptación del entorno ante episodios de precipitaciones intensas.

Desde la cuenta Centro Histórico de Jerez se ha cuestionado que la intervención haya servido para avanzar hacia un modelo urbano más preparado para episodios meteorológicos extremos. Bajo el planteamiento de que el centro histórico debería ser "más resiliente, no más impermeable", se señala que las zonas especialmente vulnerables a las inundaciones requieren actuaciones que vayan más allá de la renovación del firme. La valoración sostiene que el reasfaltado puede ser necesario para garantizar la seguridad y la calidad de la calzada, pero que la cuestión reside en cómo se acomete esa renovación.

El análisis plantea que una nueva superficie impermeable no soluciona los problemas derivados de las lluvias torrenciales, ya que puede favorecer la generación y concentración rápida de escorrentía y mantener la presión sobre una red de drenaje susceptible de verse desbordada durante episodios extremos. Frente a ello, se propone aprovechar las obras para incorporar, cuando resulte viable, pavimentos drenantes, sistemas de retención e infiltración, alcorques, vegetación y mecanismos de captación y filtrado del agua.

La misma reflexión apunta también al impacto de las altas temperaturas. La adaptación climática, según este planteamiento, no debería limitarse a extender una nueva capa de asfalto, sino a revisar conjuntamente la calzada, los bordillos, el drenaje, las aceras y la vegetación para conseguir que las calles gestionen mejor el agua de lluvia y soporten unas temperaturas cada vez más elevadas. La conclusión expresada es contundente: "Un centro histórico resiliente necesita calles que gestionen el agua, reduzcan el calor y protejan al vecindario. No podemos seguir impermeabilizando hoy los problemas climáticos de mañana".

"No es el tratamiento más apropiado ni para los viales ni para los espacios públicos"

Desde Iniesta Nowell Arquitectos también se ha cuestionado la idoneidad de este tipo de tratamiento en determinados espacios del centro histórico. El estudio considera que "está claro que, al menos en el caso del centro histórico, no es el tratamiento más apropiado ni para los viales ni para los espacios públicos". Su análisis incide en la diferencia entre la protección de los edificios y la atención prestada al espacio público, al señalar que existen zonas asfaltadas en entornos BIC y que el centro se ha convertido "en una gran isla de calor en verano" por la ausencia de materiales constructivos que permitan transpirar al terreno y de amplias zonas vegetales.

Los arquitectos apuntan también a las limitaciones económicas que pueden condicionar este tipo de intervenciones. Según su valoración, se trata de obras que "seguramente" están sujetas a una disponibilidad de fondos muy limitada, lo que dificultaría explorar otras alternativas para la renovación de los viales y espacios públicos. La cuestión, por tanto, no se reduce al material empleado en una calle concreta, sino que plantea qué margen existe para incorporar soluciones de adaptación climática en un casco histórico con importantes condicionantes urbanísticos.

Una vecina que reside cerca de la calle Zaragoza introduce otra perspectiva y relaciona la posible transformación del espacio con la movilidad en el casco antiguo. A su juicio, "hacerlo bien supondría repensar toda la movilidad en el casco antiguo". Explica que el tráfico que soporta la calle deja poco margen para incorporar árboles y plantea también dudas sobre el uso de pavimentos que reduzcan la emisión de calor sin generar problemas de ruido. Su conclusión refleja el dilema entre las necesidades actuales y las actuaciones de mayor alcance: "Sin cerrar la calle, no se puede hacer nada más que asfaltar. Y lo digo con asco. Me da pena que no estemos listos a consagrar algo de comodidad diaria para crear un bienestar y seguridad a largo plazo".

El debate abierto en torno a las calles Zaragoza y Muro reúne así tres cuestiones: el riesgo de inundaciones, el incremento del calor urbano y las dificultades para transformar la movilidad y el espacio público del centro histórico.

El asfaltado realizado a finales de agosto en las calles Zaragoza y Muro, en Jerez, ha abierto una discusión sobre la forma en la que se están renovando los espacios públicos del centro histórico ante el riesgo de lluvias torrenciales y el aumento de las temperaturas. Las actuaciones, basadas en un reasfaltado convencional, mantienen superficies impermeables y, según las críticas planteadas, no incorporan medidas de drenaje urbano sostenible destinadas a reducir la escorrentía superficial y mejorar la adaptación del entorno ante episodios de precipitaciones intensas.

Desde la cuenta Centro Histórico de Jerez se ha cuestionado que la intervención haya servido para avanzar hacia un modelo urbano más preparado para episodios meteorológicos extremos. Bajo el planteamiento de que el centro histórico debería ser "más resiliente, no más impermeable", se señala que las zonas especialmente vulnerables a las inundaciones requieren actuaciones que vayan más allá de la renovación del firme. La valoración sostiene que el reasfaltado puede ser necesario para garantizar la seguridad y la calidad de la calzada, pero que la cuestión reside en cómo se acomete esa renovación.

El análisis plantea que una nueva superficie impermeable no soluciona los problemas derivados de las lluvias torrenciales, ya que puede favorecer la generación y concentración rápida de escorrentía y mantener la presión sobre una red de drenaje susceptible de verse desbordada durante episodios extremos. Frente a ello, se propone aprovechar las obras para incorporar, cuando resulte viable, pavimentos drenantes, sistemas de retención e infiltración, alcorques, vegetación y mecanismos de captación y filtrado del agua.

La misma reflexión apunta también al impacto de las altas temperaturas. La adaptación climática, según este planteamiento, no debería limitarse a extender una nueva capa de asfalto, sino a revisar conjuntamente la calzada, los bordillos, el drenaje, las aceras y la vegetación para conseguir que las calles gestionen mejor el agua de lluvia y soporten unas temperaturas cada vez más elevadas. La conclusión expresada es contundente: "Un centro histórico resiliente necesita calles que gestionen el agua, reduzcan el calor y protejan al vecindario. No podemos seguir impermeabilizando hoy los problemas climáticos de mañana".

"No es el tratamiento más apropiado ni para los viales ni para los espacios públicos"

Desde Iniesta Nowell Arquitectos también se ha cuestionado la idoneidad de este tipo de tratamiento en determinados espacios del centro histórico. El estudio considera que "está claro que, al menos en el caso del centro histórico, no es el tratamiento más apropiado ni para los viales ni para los espacios públicos". Su análisis incide en la diferencia entre la protección de los edificios y la atención prestada al espacio público, al señalar que existen zonas asfaltadas en entornos BIC y que el centro se ha convertido "en una gran isla de calor en verano" por la ausencia de materiales constructivos que permitan transpirar al terreno y de amplias zonas vegetales.

Los arquitectos apuntan también a las limitaciones económicas que pueden condicionar este tipo de intervenciones. Según su valoración, se trata de obras que "seguramente" están sujetas a una disponibilidad de fondos muy limitada, lo que dificultaría explorar otras alternativas para la renovación de los viales y espacios públicos. La cuestión, por tanto, no se reduce al material empleado en una calle concreta, sino que plantea qué margen existe para incorporar soluciones de adaptación climática en un casco histórico con importantes condicionantes urbanísticos.

Una vecina que reside cerca de la calle Zaragoza introduce otra perspectiva y relaciona la posible transformación del espacio con la movilidad en el casco antiguo. A su juicio, "hacerlo bien supondría repensar toda la movilidad en el casco antiguo". Explica que el tráfico que soporta la calle deja poco margen para incorporar árboles y plantea también dudas sobre el uso de pavimentos que reduzcan la emisión de calor sin generar problemas de ruido. Su conclusión refleja el dilema entre las necesidades actuales y las actuaciones de mayor alcance: "Sin cerrar la calle, no se puede hacer nada más que asfaltar. Y lo digo con asco. Me da pena que no estemos listos a consagrar algo de comodidad diaria para crear un bienestar y seguridad a largo plazo".

El debate abierto en torno a las calles Zaragoza y Muro reúne así tres cuestiones: el riesgo de inundaciones, el incremento del calor urbano y las dificultades para transformar la movilidad y el espacio público del centro histórico.

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