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Ireneo de Lyon: un cristianismo que todavía estaba aprendiendo a explicarse

Demostración de la predicación apostólica, en la cuidada edición preparada por Eugenio Romero-Pose para Ciudad Nueva, recupera uno de los grandes testimonios del cristianismo primitivo con una traducción que permite acercarse, casi 18 siglos después, a una Iglesia próxima a sus orígenes

  • Una colección de la editorial Ciudad Nueva que es una joya para los amantes de los libros del cristianismo primitivo.

Demostración de la predicación apostólica no es precisamente uno de esos títulos que uno espera encontrar entre las novedades más comentadas de una librería. Ireneo de Lyon escribió esta obra en el siglo II y acercarse hoy a sus páginas tiene bastante menos de ejercicio arqueológico de lo que podría parecer. Aquí encontramos a los primeros cristianos intentando explicar qué creían, de dónde procedían esas creencias y cómo debían conservarlas.

Puede parecer una pequeña locura dedicar una reseña a un libro como este. En tiempos de novedades constantes y títulos que apenas sobreviven unas semanas en la conversación pública, detenerse en un obispo del siglo II no parece la decisión más previsible. Pero en Va de Libros todo tiene cabida cuando de saber se trata. También esto. Sobre todo esto. Porque leer no consiste únicamente en seguir aquello de lo que todos hablan.

Cuando el cristianismo todavía se estaba definiendo

Ireneo de Lyon nació en Asia Menor, probablemente hacia los años 130-140, y desarrolló buena parte de su actividad en la Galia. La tradición lo vincula con Policarpo de Esmirna, relacionado a su vez con el apóstol Juan. La distancia entre el futuro obispo de Lyon y las primeras generaciones cristianas era, por tanto, sorprendentemente corta.

Eso explica su preocupación por conservar la tradición apostólica en un momento en el que el cristianismo distaba mucho de ser un bloque uniforme. Había disputas, interpretaciones enfrentadas y corrientes como el gnosticismo, contra el que Ireneo escribió su conocida Adversus haereses.

La Demostración, sin embargo, tiene otro propósito. Está dedicada a un amigo llamado Marciano y pretende ofrecer una exposición de las verdades fundamentales del cristianismo. Salvando las distancias, podría entenderse como un pequeño compendio de la fe cuando todavía faltaba más de un siglo para el Concilio de Nicea.

Ahí está buena parte de su interés histórico. Ireneo escribe antes de las grandes formulaciones conciliares, antes de Constantino y mucho antes de que el cristianismo adquiriese el peso cultural y político que tendría posteriormente en Europa. En sus páginas vemos una religión que todavía necesita explicarse, defenderse y fijar sus fronteras.

El manuscrito que regresó

La propia supervivencia de Demostración de la predicación apostólica merece unas líneas. Durante siglos se conocía su existencia gracias a Eusebio de Cesarea, pero la obra se consideraba perdida. Todo cambió en 1904, cuando apareció en la iglesia de la Madre de Dios de Erivan un manuscrito armenio que conservaba el texto. La historia tiene algo de aventura bibliográfica: una obra escrita unos diecisiete siglos antes regresaba gracias a un manuscrito guardado en Armenia.

Y aquí entra en juego uno de los grandes valores de la edición de Ciudad Nueva: la traducción. El original griego no se conserva íntegramente y el texto ha llegado fundamentalmente a través de aquella antigua versión armenia. Traducir a Ireneo de Lyon supone, por tanto, bastante más que trasladar palabras de una lengua a otra. Hay que reconstruir sentidos, respetar conceptos teológicos y conseguir que todo ello pueda leerse en castellano sin convertir al autor en un escritor contemporáneo ni condenarlo a un lenguaje artificialmente arcaico.

La edición preparada por Eugenio Romero-Pose encuentra ese difícil equilibrio. Su extensa introducción explica quién fue Ireneo, estudia sus obras y las circunstancias de transmisión del manuscrito, mientras que las notas proporcionan el contexto necesario sin convertir la lectura en territorio exclusivo para especialistas.

Leer a Ireneo de Lyon casi dieciocho siglos después

No estamos ante una lectura ligera y tampoco tendría sentido presentarla como tal. Hay abundantes referencias bíblicas y razonamientos inevitablemente alejados de nuestra mentalidad. Pero precisamente ahí reside el atractivo. Leer a Ireneo de Lyon significa escuchar a un hombre del siglo II intentando conservar una memoria que todavía sentía cercana. Y significa recordar que los clásicos no han llegado hasta nosotros por casualidad: alguien tuvo que conservarlos, copiarlos, encontrarlos y, finalmente, traducirlos.

No hace falta compartir la fe de Ireneo para reconocer el valor histórico, filológico y cultural de sus páginas. Basta cierta curiosidad por comprender cómo pensaba alguien situado tan cerca de los orígenes del cristianismo, una tradición que terminaría marcando profundamente la historia de Occidente.

Quizá por eso Demostración de la predicación apostólica merece estar en Va de Libros. Porque dejar fuera un libro simplemente porque habla de religión sería bastante más extraño que reseñarlo.

Demostración de la predicación apostólica no es precisamente uno de esos títulos que uno espera encontrar entre las novedades más comentadas de una librería. Ireneo de Lyon escribió esta obra en el siglo II y acercarse hoy a sus páginas tiene bastante menos de ejercicio arqueológico de lo que podría parecer. Aquí encontramos a los primeros cristianos intentando explicar qué creían, de dónde procedían esas creencias y cómo debían conservarlas.

Puede parecer una pequeña locura dedicar una reseña a un libro como este. En tiempos de novedades constantes y títulos que apenas sobreviven unas semanas en la conversación pública, detenerse en un obispo del siglo II no parece la decisión más previsible. Pero en Va de Libros todo tiene cabida cuando de saber se trata. También esto. Sobre todo esto. Porque leer no consiste únicamente en seguir aquello de lo que todos hablan.

Cuando el cristianismo todavía se estaba definiendo

Ireneo de Lyon nació en Asia Menor, probablemente hacia los años 130-140, y desarrolló buena parte de su actividad en la Galia. La tradición lo vincula con Policarpo de Esmirna, relacionado a su vez con el apóstol Juan. La distancia entre el futuro obispo de Lyon y las primeras generaciones cristianas era, por tanto, sorprendentemente corta.

Eso explica su preocupación por conservar la tradición apostólica en un momento en el que el cristianismo distaba mucho de ser un bloque uniforme. Había disputas, interpretaciones enfrentadas y corrientes como el gnosticismo, contra el que Ireneo escribió su conocida Adversus haereses.

La Demostración, sin embargo, tiene otro propósito. Está dedicada a un amigo llamado Marciano y pretende ofrecer una exposición de las verdades fundamentales del cristianismo. Salvando las distancias, podría entenderse como un pequeño compendio de la fe cuando todavía faltaba más de un siglo para el Concilio de Nicea.

Ahí está buena parte de su interés histórico. Ireneo escribe antes de las grandes formulaciones conciliares, antes de Constantino y mucho antes de que el cristianismo adquiriese el peso cultural y político que tendría posteriormente en Europa. En sus páginas vemos una religión que todavía necesita explicarse, defenderse y fijar sus fronteras.

El manuscrito que regresó

La propia supervivencia de Demostración de la predicación apostólica merece unas líneas. Durante siglos se conocía su existencia gracias a Eusebio de Cesarea, pero la obra se consideraba perdida. Todo cambió en 1904, cuando apareció en la iglesia de la Madre de Dios de Erivan un manuscrito armenio que conservaba el texto. La historia tiene algo de aventura bibliográfica: una obra escrita unos diecisiete siglos antes regresaba gracias a un manuscrito guardado en Armenia.

Y aquí entra en juego uno de los grandes valores de la edición de Ciudad Nueva: la traducción. El original griego no se conserva íntegramente y el texto ha llegado fundamentalmente a través de aquella antigua versión armenia. Traducir a Ireneo de Lyon supone, por tanto, bastante más que trasladar palabras de una lengua a otra. Hay que reconstruir sentidos, respetar conceptos teológicos y conseguir que todo ello pueda leerse en castellano sin convertir al autor en un escritor contemporáneo ni condenarlo a un lenguaje artificialmente arcaico.

La edición preparada por Eugenio Romero-Pose encuentra ese difícil equilibrio. Su extensa introducción explica quién fue Ireneo, estudia sus obras y las circunstancias de transmisión del manuscrito, mientras que las notas proporcionan el contexto necesario sin convertir la lectura en territorio exclusivo para especialistas.

Leer a Ireneo de Lyon casi dieciocho siglos después

No estamos ante una lectura ligera y tampoco tendría sentido presentarla como tal. Hay abundantes referencias bíblicas y razonamientos inevitablemente alejados de nuestra mentalidad. Pero precisamente ahí reside el atractivo. Leer a Ireneo de Lyon significa escuchar a un hombre del siglo II intentando conservar una memoria que todavía sentía cercana. Y significa recordar que los clásicos no han llegado hasta nosotros por casualidad: alguien tuvo que conservarlos, copiarlos, encontrarlos y, finalmente, traducirlos.

No hace falta compartir la fe de Ireneo para reconocer el valor histórico, filológico y cultural de sus páginas. Basta cierta curiosidad por comprender cómo pensaba alguien situado tan cerca de los orígenes del cristianismo, una tradición que terminaría marcando profundamente la historia de Occidente.

Quizá por eso Demostración de la predicación apostólica merece estar en Va de Libros. Porque dejar fuera un libro simplemente porque habla de religión sería bastante más extraño que reseñarlo.

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