Marc Casals, tras la muerte de Ratko Mladić: "Bosnia sigue atrapada en 1995"
El fallecimiento del militar condenado por la matanza de Srebrenica devuelve la mirada a una guerra que 'La piedra permanece' cuenta a través de quienes tuvieron que seguir viviendo después
Marc Casal, autor de 'La piedra permanece' en Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina. -
He paseado por Sarajevo y por algunas de las heridas que dejó la guerra. He visto edificios que todavía conservan sus cicatrices, he recorrido Baščaršija, me he sentado a almorzar en sus calles y he subido a las colinas que rodean una ciudad que durante casi cuatro años fue cercada desde esas mismas alturas. Estar allí ayuda a comprender algunas cosas, pero no basta. Bosnia se vuelve mucho más complicada cuando uno empieza a escuchar a quienes tuvieron que seguir viviendo después de la guerra.
MarcCasals lleva años haciéndolo. Vivió en los Balcanes, conoce Bosnia y ha dedicado buena parte de su trabajo a intentar explicar un país al que demasiadas veces miramos únicamente a través de Sarajevo, Srebrenica, los Acuerdos de Dayton o los nombres de sus criminales de guerra. En La piedra permanece (Libros del K.O.) cambió el punto de vista. En lugar de volver a contar la guerra desde arriba, decidió hacerlo a través de dieciséis vidas.
Y ahí está buena parte de la importancia del libro. Porque Casals no escribe únicamente sobre lo ocurrido entre 1992 y 1995. Escribe sobre lo que quedó después: familias partidas, identidades enfrentadas, recuerdos difíciles de colocar y personas que, pese a todo, reconstruyeron sus vidas. También sobre un país donde la corrupción, la falta de perspectivas y una clase política empeñada en administrar los traumas del pasado siguen pesando demasiado sobre el presente.
He hablado con Marc Casals cinco años después de la publicación de La piedra permanece. La reciente muerte de Ratko Mladić, condenado a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, devuelve inevitablemente la mirada hacia uno de los responsables de algunas de las páginas más terribles de aquella guerra. Pero nuestra conversación termina conduciendo hacia algo bastante más incómodo que la desaparición de un criminal de guerra: qué queda de una sociedad después de semejante violencia y hasta qué punto los mecanismos que permitieron aquella fractura pertenecen realmente al pasado. Casals sostiene que Bosnia continúa, en esencia, detenida en el tiempo. Y quizá por eso La piedra permanece sigue siendo, cinco años después, un libro al que merece la pena regresar.
Pregunta. Ratko Mladić murió el pasado 27 de agosto en La Haya, donde cumplía cadena perpetua. Después de tantos años vinculado a Bosnia y a las personas que sufrieron aquella guerra, ¿qué sentiste al conocer su muerte?
Respuesta. En las últimas semanas iban creciendo los rumores sobre su mal estado de salud, pero eran rumores que hacía ya muchos años que duraban, así que no hice caso. La noticia me cogió yendo al aeropuerto para emprender un viaje, así que he tenido poco tiempo para sentarme con calma y pensar. Cuando he podido hacerlo, he sentido la más absoluta indiferencia por Mladić y, en cambio, sí me he planteado qué estarían sintiendo tantos amigos de Bosnia que sufrieron por su culpa. Obviamente no se lo preguntaré jamás para no hurgar en sus heridas.
"He sentido la más absoluta indiferencia por Mladić"
P. Mladić ha muerto cumpliendo cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Con su desaparición, ¿se cierra también una parte de aquella Bosnia o su figura seguirá condicionando durante generaciones la memoria del país?
R. Creo que sí muere algo, en el sentido de que cuando toda la generación de políticos y militares de los 90 va desapareciendo aquella época va quedando más y más atrás. Por desgracia, la figura de Mladić es idolatrada por muchos y ya desde el traslado del cadáver desde La Haya a Belgrado se ha iniciado su proceso de glorificación, incluidas teorías sobre su presunto asesinato, esto es, martirio, en La Haya. Esta transformación de criminales de guerra en héroes operada por los distintos establishments nacionales es uno de los motivos por los que a los países balcánicos les cuesta tanto dejar el pasado atrás.
P. En Bosnia todavía hay quienes consideran a Mladić un héroe. ¿Cómo se construye una sociedad compartida cuando ni siquiera existe un acuerdo sobre quiénes fueron los verdugos y quiénes las víctimas?
R. Lo cierto es que el propio sistema político de Bosnia dificulta esta reconstrucción de la sociedad, puesto que la división en tres "naciones constitutivas" (bosnios, croatas y serbios) instaurada por los Acuerdos de Dayton prolonga la lógica de la guerra. Al mismo tiempo, una disolución de Bosnia en aras del pragmatismo sería una catástrofe moral, pues significaría otorgar la victoria a Mladić y otros criminales como él, solo que con unas décadas de retraso. Reconocer una hipotética independencia de la República Srpska significaría premiar los crímenes de guerra y el genocidio de Srebrenica.
P. La piedra permanece cuenta Bosnia a través de dieciséis vidas y no desde los grandes nombres de la guerra. Después de escuchar durante años esas historias, ¿qué comprendiste sobre Bosnia que jamás habrías entendido leyendo simplemente su historia política?
R. Comprendí que los bloques nacionales a través de los que la gente suele observar Bosnia no son ni mucho menos tan compactos como se presentan, que la polarización étnica dejó a la mayoría de la población atrapada en dilemas imposibles de resolver, que la guerra partió la vida de todos por la mitad y que, desde entonces, pertenezcan a la etnia que pertenezcan, todos afrontan problemas similares: corrupción, falta de perspectivas y una clase política que manipula sus traumas para ganar votos.
"El sistema político en Bosnia sigue siendo, en esencia, el mismo de cuando terminó la guerra"
P. Entre esas personas está Fazila, que vende flores junto al memorial de Srebrenica-Potočari. Cuando conociste la muerte de Mladić, ¿pensaste en ella? ¿Qué puede significar la desaparición del antiguo jefe militar serbobosnio para alguien cuya vida quedó atravesada para siempre por Srebrenica?
R. Por supuesto es una de las primeras personas en quien he pensado, aunque también en mucha gente de Sarajevo, puesto que Mladić dirigió el sitio de la ciudad, e incluso de Croacia, porque sus primeras "hazañas de guerra" tuvieron lugar cerca de la ciudad de Zadar, donde viví tres años. La verdad es que no sé qué habrá sentido Fazila y, como al resto de supervivientes, tampoco se lo voy a preguntar. Sí sé que La piedra permanece salió en bosnio este verano, que su hija Nirha le leyó unos párrafos y que Fazila me escribió dándome las gracias por haber escrito cosas bonitas sobre ella. Si con eso he aliviado siquiera una pizca de su dolor, hacer ese libro ya ha valido la pena.
'La piedra permanece', de Marc Casals, es un libro indispensable para entender la posguerra de los Balcanes en la castigada Bosnia y Herzegovina.
-
P. Has insistido en que Bosnia no puede explicarse únicamente a través de la guerra. Sin embargo, tres décadas después seguimos regresando a 1992, a Sarajevo, a Srebrenica, a Mladić. ¿Cuándo deja un país de ser una sociedad de posguerra?
R. En el caso de Bosnia es particularmente complejo, porque el sistema político sigue siendo, en esencia, el mismo de cuando terminó la guerra. Si comparamos Bosnia con otras antiguas repúblicas de Yugoslavia que también sufrieron guerras como Croacia o Serbia, la situación en estos dos países no es particularmente halagüeña, pero al menos se ha movido en alguna dirección. En esencia, Bosnia sigue en 1995 o, para ser más precisos, en 2005, cuando el progreso que había ido haciendo el país se fue estancando. Son ya más de dos décadas sin cambios sustanciales y cuando el agua no corre se va pudriendo.
"Sentí la necesidad de tratar esas historias con el mayor mimo posible, documentándome tanto como pude sobre cada acontecimiento"
P. Algo especialmente perturbador de Bosnia es que la violencia no surgió entre desconocidos: vecinos, compañeros de trabajo o personas que habían compartido espacios cotidianos terminaron separados por identidades nacionales. ¿Qué aprendiste allí sobre la facilidad con la que una sociedad puede aprender a odiar?
R. La recientemente fallecida Slavenka Drakulić escribió un libro llamado No matarían ni una mosca, editado el año pasado por Libros del K.O. y para el que escribí un pequeño epílogo. Allí Drakulić sigue los juicios de La Haya y muestra gente en apariencia común que, en el contexto de la guerra, se convierte en criminal. Escribiendo para medios perfiles de reos de La Haya como Ratko Mladić, Radovan Karadžić o Slobodan Praljak, me di cuenta de que, de no haberse roto Yugoslavia, todos ellos habrían llevado vidas más o menos dentro de la ley hasta su muerte y jamás habríamos sabido de ellos.
La pregunta inevitable es cuánta gente actuaría como estos reos de La Haya o sus esbirros en caso de que se diesen las circunstancias adecuadas.
P. Cuando escuchas hoy en Europa discursos que vuelven a dividir a las personas por identidad, origen, religión o pertenencia nacional, ¿reconoces mecanismos que viste al estudiar y vivir Bosnia o sería irresponsable establecer ese paralelismo?
R. Lo reconozco, claro, como también el ensanchamiento de lo que los expertos denominan la "ventana de Overton". En el caso de los Balcanes, los mismos discursos islamófobos que hace una década uno solo encontraba en oscuros documentales extremistas en YouTube hoy forman parte del mainstream europeo y, mirando los comentarios a la muerte de Mladić en medios españoles, no eran pocos los que deseaban que ojalá hubiese alguien como él estos días en Ceuta. Creo que es un síntoma claro de la degradación del discurso político en España, en Europa y en el mundo en general.
"Discursos extremistas que hoy forman parte del mainstream"
P. Hay testimonios profundamente íntimos en La piedra permanece. ¿Qué responsabilidad sientes cuando alguien pone en tus manos recuerdos de una guerra, pérdidas familiares o dolores que quizá nunca había contado? ¿Hubo historias que decidiste no escribir?
R. Obviamente sentí la necesidad de tratar esas historias con el mayor mimo posible, documentándome tanto como pude sobre cada acontecimiento y desnudando la prosa en las partes más duras. Creo que el lector puede percibir ese cuidado en el libro. Desde el principio busqué historias no de gente rota por la guerra y los traumas, que también la hay y no poca en Bosnia, sino de gente que pese a ellos se mantiene en pie. Por trágicos que sean algunos pasajes, los protagonistas rehacen sus vidas dentro de lo posible y las conducen con una dignidad que me parece admirable y quería resaltar.
P. El título de tu libro encierra quizá buena parte de su sentido: La piedra permanece. Mladić ha muerto y poco a poco desaparecen quienes protagonizaron aquella guerra, pero siguen ahí quienes tuvieron que sobrevivirla y reconstruirse después. Tras todo lo que has visto, escuchado y vivido en Bosnia, ¿qué es realmente lo que permanece?
R. En primer lugar desde hace años está el enorme vacío que causaron: por su culpa muchos bosnios murieron y muchos otros se fueron para siempre del país. Luego queda un rosario de vidas partidas por la mitad y reconstruidas con mayor o menor fortuna. Y queda la necesidad de hacer memoria porque, en Bosnia o en cualquier otro lugar, siempre hay gente como Mladić y otros dispuestos a matar, a destruir y a causar dolor a sus semejantes.
Qué quedó después de la guerra
He paseado por Sarajevo y por algunas de las heridas que dejó la guerra. He visto edificios que todavía conservan sus cicatrices, he recorrido Baščaršija, me he sentado a almorzar en sus calles y he subido a las colinas que rodean una ciudad que durante casi cuatro años fue cercada desde esas mismas alturas. Estar allí ayuda a comprender algunas cosas, pero no basta. Bosnia se vuelve mucho más complicada cuando uno empieza a escuchar a quienes tuvieron que seguir viviendo después de la guerra.
MarcCasals lleva años haciéndolo. Vivió en los Balcanes, conoce Bosnia y ha dedicado buena parte de su trabajo a intentar explicar un país al que demasiadas veces miramos únicamente a través de Sarajevo, Srebrenica, los Acuerdos de Dayton o los nombres de sus criminales de guerra. En La piedra permanece (Libros del K.O.) cambió el punto de vista. En lugar de volver a contar la guerra desde arriba, decidió hacerlo a través de dieciséis vidas.
Y ahí está buena parte de la importancia del libro. Porque Casals no escribe únicamente sobre lo ocurrido entre 1992 y 1995. Escribe sobre lo que quedó después: familias partidas, identidades enfrentadas, recuerdos difíciles de colocar y personas que, pese a todo, reconstruyeron sus vidas. También sobre un país donde la corrupción, la falta de perspectivas y una clase política empeñada en administrar los traumas del pasado siguen pesando demasiado sobre el presente.
He hablado con Marc Casals cinco años después de la publicación de La piedra permanece. La reciente muerte de Ratko Mladić, condenado a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, devuelve inevitablemente la mirada hacia uno de los responsables de algunas de las páginas más terribles de aquella guerra. Pero nuestra conversación termina conduciendo hacia algo bastante más incómodo que la desaparición de un criminal de guerra: qué queda de una sociedad después de semejante violencia y hasta qué punto los mecanismos que permitieron aquella fractura pertenecen realmente al pasado. Casals sostiene que Bosnia continúa, en esencia, detenida en el tiempo. Y quizá por eso La piedra permanece sigue siendo, cinco años después, un libro al que merece la pena regresar.
Pregunta. Ratko Mladić murió el pasado 27 de agosto en La Haya, donde cumplía cadena perpetua. Después de tantos años vinculado a Bosnia y a las personas que sufrieron aquella guerra, ¿qué sentiste al conocer su muerte?
Respuesta. En las últimas semanas iban creciendo los rumores sobre su mal estado de salud, pero eran rumores que hacía ya muchos años que duraban, así que no hice caso. La noticia me cogió yendo al aeropuerto para emprender un viaje, así que he tenido poco tiempo para sentarme con calma y pensar. Cuando he podido hacerlo, he sentido la más absoluta indiferencia por Mladić y, en cambio, sí me he planteado qué estarían sintiendo tantos amigos de Bosnia que sufrieron por su culpa. Obviamente no se lo preguntaré jamás para no hurgar en sus heridas.
"He sentido la más absoluta indiferencia por Mladić"
P. Mladić ha muerto cumpliendo cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Con su desaparición, ¿se cierra también una parte de aquella Bosnia o su figura seguirá condicionando durante generaciones la memoria del país?
R. Creo que sí muere algo, en el sentido de que cuando toda la generación de políticos y militares de los 90 va desapareciendo aquella época va quedando más y más atrás. Por desgracia, la figura de Mladić es idolatrada por muchos y ya desde el traslado del cadáver desde La Haya a Belgrado se ha iniciado su proceso de glorificación, incluidas teorías sobre su presunto asesinato, esto es, martirio, en La Haya. Esta transformación de criminales de guerra en héroes operada por los distintos establishments nacionales es uno de los motivos por los que a los países balcánicos les cuesta tanto dejar el pasado atrás.
P. En Bosnia todavía hay quienes consideran a Mladić un héroe. ¿Cómo se construye una sociedad compartida cuando ni siquiera existe un acuerdo sobre quiénes fueron los verdugos y quiénes las víctimas?
R. Lo cierto es que el propio sistema político de Bosnia dificulta esta reconstrucción de la sociedad, puesto que la división en tres "naciones constitutivas" (bosnios, croatas y serbios) instaurada por los Acuerdos de Dayton prolonga la lógica de la guerra. Al mismo tiempo, una disolución de Bosnia en aras del pragmatismo sería una catástrofe moral, pues significaría otorgar la victoria a Mladić y otros criminales como él, solo que con unas décadas de retraso. Reconocer una hipotética independencia de la República Srpska significaría premiar los crímenes de guerra y el genocidio de Srebrenica.
P. La piedra permanece cuenta Bosnia a través de dieciséis vidas y no desde los grandes nombres de la guerra. Después de escuchar durante años esas historias, ¿qué comprendiste sobre Bosnia que jamás habrías entendido leyendo simplemente su historia política?
R. Comprendí que los bloques nacionales a través de los que la gente suele observar Bosnia no son ni mucho menos tan compactos como se presentan, que la polarización étnica dejó a la mayoría de la población atrapada en dilemas imposibles de resolver, que la guerra partió la vida de todos por la mitad y que, desde entonces, pertenezcan a la etnia que pertenezcan, todos afrontan problemas similares: corrupción, falta de perspectivas y una clase política que manipula sus traumas para ganar votos.
"El sistema político en Bosnia sigue siendo, en esencia, el mismo de cuando terminó la guerra"
P. Entre esas personas está Fazila, que vende flores junto al memorial de Srebrenica-Potočari. Cuando conociste la muerte de Mladić, ¿pensaste en ella? ¿Qué puede significar la desaparición del antiguo jefe militar serbobosnio para alguien cuya vida quedó atravesada para siempre por Srebrenica?
R. Por supuesto es una de las primeras personas en quien he pensado, aunque también en mucha gente de Sarajevo, puesto que Mladić dirigió el sitio de la ciudad, e incluso de Croacia, porque sus primeras "hazañas de guerra" tuvieron lugar cerca de la ciudad de Zadar, donde viví tres años. La verdad es que no sé qué habrá sentido Fazila y, como al resto de supervivientes, tampoco se lo voy a preguntar. Sí sé que La piedra permanece salió en bosnio este verano, que su hija Nirha le leyó unos párrafos y que Fazila me escribió dándome las gracias por haber escrito cosas bonitas sobre ella. Si con eso he aliviado siquiera una pizca de su dolor, hacer ese libro ya ha valido la pena.
'La piedra permanece', de Marc Casals, es un libro indispensable para entender la posguerra de los Balcanes en la castigada Bosnia y Herzegovina.
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P. Has insistido en que Bosnia no puede explicarse únicamente a través de la guerra. Sin embargo, tres décadas después seguimos regresando a 1992, a Sarajevo, a Srebrenica, a Mladić. ¿Cuándo deja un país de ser una sociedad de posguerra?
R. En el caso de Bosnia es particularmente complejo, porque el sistema político sigue siendo, en esencia, el mismo de cuando terminó la guerra. Si comparamos Bosnia con otras antiguas repúblicas de Yugoslavia que también sufrieron guerras como Croacia o Serbia, la situación en estos dos países no es particularmente halagüeña, pero al menos se ha movido en alguna dirección. En esencia, Bosnia sigue en 1995 o, para ser más precisos, en 2005, cuando el progreso que había ido haciendo el país se fue estancando. Son ya más de dos décadas sin cambios sustanciales y cuando el agua no corre se va pudriendo.
"Sentí la necesidad de tratar esas historias con el mayor mimo posible, documentándome tanto como pude sobre cada acontecimiento"
P. Algo especialmente perturbador de Bosnia es que la violencia no surgió entre desconocidos: vecinos, compañeros de trabajo o personas que habían compartido espacios cotidianos terminaron separados por identidades nacionales. ¿Qué aprendiste allí sobre la facilidad con la que una sociedad puede aprender a odiar?
R. La recientemente fallecida Slavenka Drakulić escribió un libro llamado No matarían ni una mosca, editado el año pasado por Libros del K.O. y para el que escribí un pequeño epílogo. Allí Drakulić sigue los juicios de La Haya y muestra gente en apariencia común que, en el contexto de la guerra, se convierte en criminal. Escribiendo para medios perfiles de reos de La Haya como Ratko Mladić, Radovan Karadžić o Slobodan Praljak, me di cuenta de que, de no haberse roto Yugoslavia, todos ellos habrían llevado vidas más o menos dentro de la ley hasta su muerte y jamás habríamos sabido de ellos.
La pregunta inevitable es cuánta gente actuaría como estos reos de La Haya o sus esbirros en caso de que se diesen las circunstancias adecuadas.
P. Cuando escuchas hoy en Europa discursos que vuelven a dividir a las personas por identidad, origen, religión o pertenencia nacional, ¿reconoces mecanismos que viste al estudiar y vivir Bosnia o sería irresponsable establecer ese paralelismo?
R. Lo reconozco, claro, como también el ensanchamiento de lo que los expertos denominan la "ventana de Overton". En el caso de los Balcanes, los mismos discursos islamófobos que hace una década uno solo encontraba en oscuros documentales extremistas en YouTube hoy forman parte del mainstream europeo y, mirando los comentarios a la muerte de Mladić en medios españoles, no eran pocos los que deseaban que ojalá hubiese alguien como él estos días en Ceuta. Creo que es un síntoma claro de la degradación del discurso político en España, en Europa y en el mundo en general.
"Discursos extremistas que hoy forman parte del mainstream"
P. Hay testimonios profundamente íntimos en La piedra permanece. ¿Qué responsabilidad sientes cuando alguien pone en tus manos recuerdos de una guerra, pérdidas familiares o dolores que quizá nunca había contado? ¿Hubo historias que decidiste no escribir?
R. Obviamente sentí la necesidad de tratar esas historias con el mayor mimo posible, documentándome tanto como pude sobre cada acontecimiento y desnudando la prosa en las partes más duras. Creo que el lector puede percibir ese cuidado en el libro. Desde el principio busqué historias no de gente rota por la guerra y los traumas, que también la hay y no poca en Bosnia, sino de gente que pese a ellos se mantiene en pie. Por trágicos que sean algunos pasajes, los protagonistas rehacen sus vidas dentro de lo posible y las conducen con una dignidad que me parece admirable y quería resaltar.
P. El título de tu libro encierra quizá buena parte de su sentido: La piedra permanece. Mladić ha muerto y poco a poco desaparecen quienes protagonizaron aquella guerra, pero siguen ahí quienes tuvieron que sobrevivirla y reconstruirse después. Tras todo lo que has visto, escuchado y vivido en Bosnia, ¿qué es realmente lo que permanece?
R. En primer lugar desde hace años está el enorme vacío que causaron: por su culpa muchos bosnios murieron y muchos otros se fueron para siempre del país. Luego queda un rosario de vidas partidas por la mitad y reconstruidas con mayor o menor fortuna. Y queda la necesidad de hacer memoria porque, en Bosnia o en cualquier otro lugar, siempre hay gente como Mladić y otros dispuestos a matar, a destruir y a causar dolor a sus semejantes.
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