El rey Harald de Noruega (1937) sufre desde hace unos días una infección de origen bacteriano en la sangre. Su estado de salud es muy grave pero, al parecer, responde al tratamiento. Eso, con muy poquita diferencia en cuanto a datos, es lo que nos cuentan ABC, El Español o El Mundo... pero también El País, que le dedica un importante espacio al estado de salud de un señor casi nonagenario que reina en un país nórdico que se encuentra a unos 3.000 kilómetros de distancia (la que hay entre Madrid y Oslo, las dos capitales).
Bien... el rey Harald mejora levemente, o al menos se mantiene estable dentro de su enfermedad, según coinciden todos los periódicos que, evidentemente, siguen lo que dice un comunicado de la Casa Real de Noruega a partir de un parte médico. El caso es que las noticias sobre las casas reales, las monarquías, la salud de sus miembros, sus relaciones, matrimonios, nacimientos, siguen teniendo un importante seguimiento entre la opinión pública, independientemente de que se identifique o no con la monarquía. Incluso, en este caso concreto, hay que tener en cuenta que tampoco es que Noruega y su monarquía –no se enfade nadie– hayan tenido especial peso en Europa, muy lejos de Reino Unido y España, que, sin duda, por su relevancia histórica, tanto en el continente como en el resto del mundo, son las dos grandes monarquías que quedan... lo que no quita para que pequeños y medianos países como Holanda, Bélgica, Suecia, Dinamarca o la propia Noruega, todos ellos sin duda muy avanzados tanto en lo económico como en lo social, mantengan la monarquía constitucional o parlamentaria, según la definición de cada estado, como jefatura del estado.
El caso es que la profusa presencia de información sobre la salud del rey Harald en la prensa española –en línea con lo que ocurre con otros medios europeos– nos da que pensar sobre esa extraña fascinación que muchas personas sienten, siguen sintiendo, por una institución que hunde sus raíces en la alta Edad Media, aunque con evidentes precedentes en el Imperio Romano o el antiguo Egipto (por no hablar de épocas precolombinas o Extremo Oriente, que dejamos de lado porque carecen de un elemento fundamental para su mantenimiento, como sin duda ha sido el cristianismo y la 'gracia de Dios'... de la que también disfrutó hace relativamente poco un tal Francisco Franco, por cierto).
Cualidades positivas de las palabras
La crónica social, prensa de sociedad o prensa rosa, como la queramos llamar, tiene perfectamente estudiado todo esto y el interés que genera entre sus lectores todo lo que acontece en las casas reales. Visto desde España, los primeros pasos institucionales de la princesa Leonor y su hermana Sofía, que va a estudiar a París, tienen un importante seguimiento en este tipo de prensa, igual que lo tiene el regreso al Reino Unido de Harry y su mujer, Meghan. Lo que ocurre en Mónaco también es habitualmente de interés, igual que las monarquías centroeuropeas y nórdicas que hemos citado más arriba, pero no tanto, por ejemplo, sobre Marruecos, cuyo monarca, Mohamed VI, aparece habitualmente en clave política, mucho menos en lo que respecta a su vida institucional y apenas nada de su vida privada, buena parte de la cual transcurre en París.
Las películas y las series de televisión, más o menos libres, más o menos fidedignas, también han hecho mucho por mantener esa especie de llama por las monarquías. Desde la saga de Sisí a la serie de The Crown, los espectadores han accedido a vidas unas veces edulcoradas y otras más rigurosas pero que siempre han sabido captar la atención del público.
El caso es que en la sociedad actual palabras como 'rey', 'reina', 'princesa' o 'príncipe' siguen formando parte del imaginario colectivo y son una de las maneras más rápidas y concluyentes a la hora de otorgar cualidades, siempre positivas, a alguien, aunque es cierto que alguna vez puede que haya cierto tono de ironía o autoreferencial (el rey de la chatarra, el rey del pollo frito, el rey de la comedia o el rey del glam). Pero el rey del rock fue Elvis y el rey del pop fue Michel Jackson, y es cierto que no hubo nunca una reina clara para el rock (nunca lo fueron Tina Turner ni Patti Smith, Janis Joplin o Chrissie Hynde) pero sí para el pop –Madonna– que incluso tuvo una princesa con demasiados problemas como para mantener ese título entre su público, caso de Britney Spears... Y esos calificativos, que seguro que nacieron de los labios de algún locutor o de una crítica de conciertos de los artistas, enseguida se expandieron entre el público sin que nadie se planteara nunca el origen de la institución, incluso entre países –sobre todo entre estos países– que fueron república desde su inicio, como Estados Unidos. Bueno, puede que con Springsteen no hubieran acertado, que lo de boss fue innato...
El rey Harald de Noruega (1937) sufre desde hace unos días una infección de origen bacteriano en la sangre. Su estado de salud es muy grave pero, al parecer, responde al tratamiento. Eso, con muy poquita diferencia en cuanto a datos, es lo que nos cuentan ABC, El Español o El Mundo... pero también El País, que le dedica un importante espacio al estado de salud de un señor casi nonagenario que reina en un país nórdico que se encuentra a unos 3.000 kilómetros de distancia (la que hay entre Madrid y Oslo, las dos capitales).
Bien... el rey Harald mejora levemente, o al menos se mantiene estable dentro de su enfermedad, según coinciden todos los periódicos que, evidentemente, siguen lo que dice un comunicado de la Casa Real de Noruega a partir de un parte médico. El caso es que las noticias sobre las casas reales, las monarquías, la salud de sus miembros, sus relaciones, matrimonios, nacimientos, siguen teniendo un importante seguimiento entre la opinión pública, independientemente de que se identifique o no con la monarquía. Incluso, en este caso concreto, hay que tener en cuenta que tampoco es que Noruega y su monarquía –no se enfade nadie– hayan tenido especial peso en Europa, muy lejos de Reino Unido y España, que, sin duda, por su relevancia histórica, tanto en el continente como en el resto del mundo, son las dos grandes monarquías que quedan... lo que no quita para que pequeños y medianos países como Holanda, Bélgica, Suecia, Dinamarca o la propia Noruega, todos ellos sin duda muy avanzados tanto en lo económico como en lo social, mantengan la monarquía constitucional o parlamentaria, según la definición de cada estado, como jefatura del estado.
El caso es que la profusa presencia de información sobre la salud del rey Harald en la prensa española –en línea con lo que ocurre con otros medios europeos– nos da que pensar sobre esa extraña fascinación que muchas personas sienten, siguen sintiendo, por una institución que hunde sus raíces en la alta Edad Media, aunque con evidentes precedentes en el Imperio Romano o el antiguo Egipto (por no hablar de épocas precolombinas o Extremo Oriente, que dejamos de lado porque carecen de un elemento fundamental para su mantenimiento, como sin duda ha sido el cristianismo y la 'gracia de Dios'... de la que también disfrutó hace relativamente poco un tal Francisco Franco, por cierto).
Cualidades positivas de las palabras
La crónica social, prensa de sociedad o prensa rosa, como la queramos llamar, tiene perfectamente estudiado todo esto y el interés que genera entre sus lectores todo lo que acontece en las casas reales. Visto desde España, los primeros pasos institucionales de la princesa Leonor y su hermana Sofía, que va a estudiar a París, tienen un importante seguimiento en este tipo de prensa, igual que lo tiene el regreso al Reino Unido de Harry y su mujer, Meghan. Lo que ocurre en Mónaco también es habitualmente de interés, igual que las monarquías centroeuropeas y nórdicas que hemos citado más arriba, pero no tanto, por ejemplo, sobre Marruecos, cuyo monarca, Mohamed VI, aparece habitualmente en clave política, mucho menos en lo que respecta a su vida institucional y apenas nada de su vida privada, buena parte de la cual transcurre en París.
Las películas y las series de televisión, más o menos libres, más o menos fidedignas, también han hecho mucho por mantener esa especie de llama por las monarquías. Desde la saga de Sisí a la serie de The Crown, los espectadores han accedido a vidas unas veces edulcoradas y otras más rigurosas pero que siempre han sabido captar la atención del público.
El caso es que en la sociedad actual palabras como 'rey', 'reina', 'princesa' o 'príncipe' siguen formando parte del imaginario colectivo y son una de las maneras más rápidas y concluyentes a la hora de otorgar cualidades, siempre positivas, a alguien, aunque es cierto que alguna vez puede que haya cierto tono de ironía o autoreferencial (el rey de la chatarra, el rey del pollo frito, el rey de la comedia o el rey del glam). Pero el rey del rock fue Elvis y el rey del pop fue Michel Jackson, y es cierto que no hubo nunca una reina clara para el rock (nunca lo fueron Tina Turner ni Patti Smith, Janis Joplin o Chrissie Hynde) pero sí para el pop –Madonna– que incluso tuvo una princesa con demasiados problemas como para mantener ese título entre su público, caso de Britney Spears... Y esos calificativos, que seguro que nacieron de los labios de algún locutor o de una crítica de conciertos de los artistas, enseguida se expandieron entre el público sin que nadie se planteara nunca el origen de la institución, incluso entre países –sobre todo entre estos países– que fueron república desde su inicio, como Estados Unidos. Bueno, puede que con Springsteen no hubieran acertado, que lo de boss fue innato...
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