Es una escena que se repite cada verano: unos minutos en la piscina, en la playa o bajo la ducha y las yemas de los dedos comienzan a arrugarse. Durante mucho tiempo se ha dado por hecho que ocurre porque la piel absorbe agua, pero esa explicación no es correcta.
Lo que sucede responde a un mecanismo mucho más complejo. El sistema nervioso autónomo interviene directamente en la aparición de estas arrugas, provocando la contracción de los vasos sanguíneos situados en los dedos.
El resultado es ese aspecto característico de la piel después de permanecer un tiempo sumergida. Y lejos de ser una simple curiosidad corporal, diferentes investigaciones apuntan a que podría tener una utilidad concreta.
Qué ocurre realmente bajo la piel
Tras varios minutos en contacto con el agua, los vasos sanguíneos de las yemas se contraen. Esto hace que disminuya el volumen de los tejidos que se encuentran bajo la piel y provoca que la superficie se pliegue.
Así aparecen las conocidas arrugas. Es, por tanto, una respuesta activa del organismo, no una consecuencia directa de que la piel se empape o absorba líquido.
Este mecanismo también ha despertado interés en el ámbito médico. La aparición de estas marcas puede utilizarse como una prueba sencilla para analizar determinados aspectos relacionados con el funcionamiento de los nervios. En algunos casos, una respuesta ausente o alterada puede llevar a los especialistas a estudiar posibles problemas neurológicos.
Una posible ventaja para agarrar objetos mojados
Pero todavía hay otro detalle llamativo. Las arrugas podrían servir para mejorar la manipulación de objetos en ambientes húmedos. Un estudio publicado en Biology Letters por Kareklas, Nettle y Smulders encontró indicios de que esta transformación de la piel puede facilitar el manejo de objetos mojados.
De esta forma, aquello que parece una simple consecuencia de pasar demasiado tiempo en el agua podría tener una función práctica: facilitar el agarre cuando las manos están mojadas.
La próxima vez que los dedos aparezcan completamente arrugados después de un baño, por tanto, la explicación no estará en el agua que haya absorbido la piel, sino en una reacción dirigida por el propio sistema nervioso.
Es una escena que se repite cada verano: unos minutos en la piscina, en la playa o bajo la ducha y las yemas de los dedos comienzan a arrugarse. Durante mucho tiempo se ha dado por hecho que ocurre porque la piel absorbe agua, pero esa explicación no es correcta.
Lo que sucede responde a un mecanismo mucho más complejo. El sistema nervioso autónomo interviene directamente en la aparición de estas arrugas, provocando la contracción de los vasos sanguíneos situados en los dedos.
El resultado es ese aspecto característico de la piel después de permanecer un tiempo sumergida. Y lejos de ser una simple curiosidad corporal, diferentes investigaciones apuntan a que podría tener una utilidad concreta.
Qué ocurre realmente bajo la piel
Tras varios minutos en contacto con el agua, los vasos sanguíneos de las yemas se contraen. Esto hace que disminuya el volumen de los tejidos que se encuentran bajo la piel y provoca que la superficie se pliegue.
Así aparecen las conocidas arrugas. Es, por tanto, una respuesta activa del organismo, no una consecuencia directa de que la piel se empape o absorba líquido.
Este mecanismo también ha despertado interés en el ámbito médico. La aparición de estas marcas puede utilizarse como una prueba sencilla para analizar determinados aspectos relacionados con el funcionamiento de los nervios. En algunos casos, una respuesta ausente o alterada puede llevar a los especialistas a estudiar posibles problemas neurológicos.
Una posible ventaja para agarrar objetos mojados
Pero todavía hay otro detalle llamativo. Las arrugas podrían servir para mejorar la manipulación de objetos en ambientes húmedos. Un estudio publicado en Biology Letters por Kareklas, Nettle y Smulders encontró indicios de que esta transformación de la piel puede facilitar el manejo de objetos mojados.
De esta forma, aquello que parece una simple consecuencia de pasar demasiado tiempo en el agua podría tener una función práctica: facilitar el agarre cuando las manos están mojadas.
La próxima vez que los dedos aparezcan completamente arrugados después de un baño, por tanto, la explicación no estará en el agua que haya absorbido la piel, sino en una reacción dirigida por el propio sistema nervioso.
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