En el extremo occidental de la costa de Huelva, donde el Guadiana se vuelca al Atlántico y Portugal se ve al otro lado del río, hay dos municipios hermanos, con historias muy distintas, pero complementarias: Ayamonte e Isla Cristina.
Ayamonte hunde sus raíces en una memoria que se pierde entre la leyenda y la arqueología. Cuenta la tradición, desde Heródoto, que los lidios, empujados por el hambre, se echaron a la mar en busca de nuevas tierras, y que uno de esos grupos, el de los tartesios, llegó al sur de la península tras ser rechazado de Egipto. Se dice que algunos se asentaron en lo alto de la colina donde hoy está el barrio de la Villa y levantaron un poblado blanquísimo al que llamaron Aya. Los romanos lo conocieron como Ostium Fluminis Anae, “las bocas del río Guadiana”, y de la suma de Aya y montis viene su nombre.
A pocos kilómetros, hacia el este, la historia de Isla Cristina empieza mucho más tarde y de forma bien distinta. Son pescadores catalanes y valencianos quienes, atraídos por los ricos caladeros de sardina y atún, llegaron a estas costas para pescar, salar el pescado y extraer sal. El terremoto de Lisboa de 1755, seguido de un tsunami, arrasó aquellos refugios y cambió sus costumbres, quedándose para siempre. Nació así La Higuerita, génesis de la actual Isla Cristina.

- Turistas y vecinos pasean por el centro de Ayamonte.
- MANU GARCÍA
Y aquí es donde los destinos de ambas ciudades se cruzan. La prosperidad de los salazones y las conservas atrajo la atención del Señorío de Ayamonte y de la villa de La Redondela, que presionaron al joven asentamiento con sus impuestos. La respuesta de los isleños fue reclamar su independencia, que lograron en 1802 con el nombre de Real Isla de la Higuerita, posteriormente Isla Cristina, en honor de María Cristina de Borbón, que auxilió a la población durante una epidemia de cólera.
Ayamonte, que limita por el este con Isla Cristina, mira a Portugal con la Eurociudad del Guadiana —que forma junto a los portugueses Vila Real de Santo António y Castro Marim—. Isla Cristina, con el puerto pesquero más importante de Andalucía, presume de sus doce kilómetros de playa y de contar con las últimas salinas artesanales de la región.
El diagnóstico de los alcaldes
En el despacho de Alcaldía de Isla Cristina, el alcalde Jenaro Orta presume de cifras económicas. Por un lado, destaca que el periodo medio de pago está ahora en doce días, y que cuentan con casi 20 millones de remanente positivo y más de 40 millones de euros disponibles para proyectos. “Hemos salido de la UCI hace tiempo”, resume. Y es el momento de empezar a pensar en grandes proyectos.

- Jenaro Orta, alcalde de Isla Cristina.
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- MANU GARCÍA
Orta conoce bien la casa. Es su segunda etapa como alcalde: la primera fue de 1999 a 2011, y tras ocho años de descanso volvió en 2019, y se marca 2027 como el final. Cuando regresó, dice, la realidad municipal no tenía “ni punto de comparación” con lo que imaginaba desde fuera. Ahora tiene en marcha distintos proyectos con fondos europeos de la Edusi, que han transformado espacios como el bulevar o el paseo de las Flores. Le preocupan las consecuencias del cambio climático, y la afectación a un pueblo muy expuesto a fenómenos meteorológicos extremos.
Al otro lado del término, en Ayamonte, el alcalde Alberto Fernández describe un punto de partida parecido. Cuando llegó, hace algo más de tres años —en su segunda etapa como regidor, la primera fue entre 2015 y 2019—, las facturas se pagaban por encima de los 100 días y el Ayuntamiento tardó dos años en poder aprobar su primer presupuesto. Hoy, asegura, la gestión económica está “normalizada”.

- Alberto Fernández, alcalde de Ayamonte.
- MANU GARCÍA
Con los cimientos asentados, llegan los proyectos de segundo nivel, “menores algunas veces en cuantía, pero tremendamente importantes”. El último, por ejemplo, diez refugios climáticos en la vía pública, para adaptarse a un clima cada vez más extremo. Fernández, también, reivindica la intensa programación cultural de Ayamonte, la abundancia de artistas que aporta el municipio y su luz singular, inigualable: durante cuatro meses al año es el lugar de la España peninsular donde más tarde anochece.
El puerto, "agonizando"
Si en los despachos se habla de recuperación, en el puerto pesquero de Isla Cristina, el análisis es distinto. José Gonçalves, presidente de Asprocasur, la Asociación de Productores de Caballa del Sur, lleva en la mar desde los once años y es patrón desde los 16. Ahora tiene 60. Sabe bien de lo que habla. Cuando se le pregunta por el estado de salud del sector, no duda: “Enfermo y a punto de agonizar. Tal como suena”.

- Barcos atracados en el puerto de Isla Cristina.
- MANU GARCÍA
Para él los culpables tienen nombre: Bruselas y Madrid, que con sus políticas imponen medidas que considera “completamente absurdas”. Pone números sobre la mesa. Un barco de arrastre con cinco tripulantes paga unos 2.500 euros al mes en seguros sociales y unos 5.500 euros semanales en combustible. Si vende 10.000 euros de pescado, quedan unos 4.000 euros para repartir entre cinco hombres, antes de descontar la parte correspondiente al armador. Mientras tanto, denuncia, el marisco que sale barato de la lonja multiplica su precio al llegar al mercado. Las cuentas, sencillamente, no salen.
Y pone un ejemplo reciente que le indigna: un barco tuvo que tirar kilos y kilos de gamba al agua en el muelle de Ayamonte hace unos días, porque no había quien la comprara a un precio digno. “Nunca se ha conocido algo así”, dice Gonçalves. Tampoco entiende que las paradas biológicas no se coordinen a ambos lados de la frontera: la gamba española descansa del 15 de septiembre al 1 de noviembre y la portuguesa del 1 de enero al 28 de febrero. “¿Hay una barrera que le dice a la gamba que de aquí para acá no pasa?”, pregunta sarcásticamente, desde un muelle en el que faenan unos pocos pescadores mientras traslada estas quejas.

- Actividad en el puerto de Ayamonte.
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- MANU GARCÍA
La fábrica que resiste
Entre la industria salazonera que hizo grande a Isla Cristina, hoy queda en pie una sola empresa dedicada en exclusiva a este oficio. “Somos una especie en extinción”, admite Manuel Columé, al frente de Ficolumé. “Salazoneros puros, solo quedamos nosotros”, señala, con una mezcla de orgullo y pena.

- Manuel Columé, de Ficolumé, en la fábrica de la única empresa salazonera de la zona.
- MANU GARCÍA
La tradición le viene por partida doble, de sus dos abuelos —Manuel Hernández Rubio y Fidel Columé García—, pero fue su padre quien la mantuvo viva. En 1989, Fidel Columé Millán empezó en solitario en un antiguo almacén de sal en Pozo del Camino, con tres trabajadores. En 2005 se trasladaron a la vieja fábrica del abuelo, en el muelle, ya con una veintena de empleados. Desde 2013 ocupan unas instalaciones de 10.000 metros cuadrados, en Lepe, y dan empleo a más de 60 personas.
La mojama de atún es su producto estrella y su orgullo. Columé explica que siempre han huido de la guerra de precios apostando por el mejor pescado, y que han tenido que adaptarse a un consumidor que pide menos sal y formatos más cómodos. El resultado es un producto reconocido como la mejor mojama del país
Sobre su pueblo, Columé habla con franqueza y con dolor. Cree que Isla Cristina “no nace del turismo” y que otras zonas se han preparado mejor. “Nos hace falta algo más”, añade. Su receta empieza en las casas y en los colegios: enseñar a los niños que cuidar al visitante también es cuidar al marinero, porque cuanta más gente venga, mejor se venderá el pescado.
Una explosión cultural sin ‘casa’
Alejandra Dorado es de Isla Cristina, pero estuvo muchos años residiendo fuera. Primero en Sevilla, donde estudió artes escénicas, y luego en Madrid, donde estuvo residiendo y trabajando durante 17 años, entre el activismo cultural de La Tabacalera y el Teatro del Barrio, la cooperativa de consumo cultural de Lavapiés. Se marchó, cuenta, harta de ver cómo las grandes estructuras terminaban atrapadas por las subvenciones y los egos.

- Alejandra Dorado, fundadora de la asociación cultural salazonera El Zoco Isleño.
- MANU GARCÍA
En Isla Cristina, a su vuelta en 2021, fundó la asociación cultural salazonera El Zoco Isleño, una entidad ecofeminista y multidisciplinar que organiza representaciones teatrales, pero también talleres de macramé, arcilla o pintura y acompañamiento a adolescentes en momentos difíciles. La asociación isleña reivindica la herencia de las antiguas salazoneras que dieron trabajo a muchas mujeres del pueblo y les permitieron salir del entorno familiar. “Aunque siga habiendo mucho terreno por recorrer dentro de los derechos laborales”, sostiene la agitadora cultural onubense.
Dorado reconoce que el pueblo ha cambiado desde que llegó: se ha abierto a nuevas iniciativas, y también percibe que El Zoco isleño empieza a tener eco dentro de la sociedad. Pero denuncia que siguen sin sede, a diferencia de otras asociaciones con espacios cedidos por el Ayuntamiento. “Parece ser que no hay disponibilidad ni espacio, pero sí los hay, lo que no hay es intención”.
Ahora anda inmersa en la preparación de Indómitas, una obra sobre referentes femeninos a través de la dramaturgia lorquiana, y tiene grandes proyectos en mente. Por ejemplo, sueña con convertir la antigua fábrica de la salazonera Martín Dorado, junto al muelle y arrasada por un incendio, en un espacio cultural y gastronómico construido con materiales reutilizados. Un sueño con el que quiere dar vida, y agitar culturalmente, a su localidad. Pero dice que cuando se lo contó a varias vecinas implicadas en la vida del pueblo, la ilusión inicial dio paso a una duda: si Isla Cristina estaba preparada para un proyecto de esta envergadura. Una de ellas lo resumió con una imagen de otra época: le dijo que era algo demasiado moderno “para un sitio de los años 40”, como consideraba a Isla Cristina.
Contra todos estos prejuicios, y para ofrecer una mejor foto en un futuro, luchan los protagonistas de este reportaje, cada uno desde su ámbito de actuación.


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