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La historia de la fábrica de botellas de Jerez y otras chimeneas que sí se mantienen en la ciudad

Conservar las altas chimeneas de la antigua fábrica, construidas en los años 60 del siglo XX, es conservar viva la memoria y el sentido de identidad de la ciudad

  • Vista de la fábrica de botellas de Jerez. -

Cuando se duda por parte del Ayuntamiento de Jerez sobre si conservar o no las chimeneas de la antigua fábrica de botellas de Jerez resulta conveniente recordar la historia de este establecimiento industrial tan ligada al pasado fabril de la ciudad. Según consta en documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Jerez, el 22 de junio de 1895 el ciudadano francés, D. Antoine Vergier Jeune, en representación del hacendado francés vecino de Lyon, D. Andrés Bocuze, mediante poder notarial expedido el 11 de junio de 1895, solicitaba permiso al Ayuntamiento de Jerez para establecer una fábrica de vidrio en el lado izquierdo del kilómetro 109, 30 del ferrocarril Sevilla - Cádiz, próximo a la estación de ferrocarriles de Jerez.

El proyecto inicial de la construcción de la fábrica de vidrio, denominada desde un primer momento La Jerezana, preveía la producción de botellas y cristales planos. Para ello, era necesario construirse hornos chimeneas de 30 a 35 metros de altura, fraguas, almacenes, talleres de herrería y demás accesorios propios de dicha industria. El lugar elegido era idóneo por la cercanía a una vía férrea, lo que facilitaba la rápida salida de los productos elaborados en la fábrica, y a su vez, la entrada del carbón necesario para los hornos. Por este motivo, el proyecto primitivo contemplaba la creación de un ramal viario, que partiendo del kilómetro 109,460 del mencionado trayecto ferroviario llegaba hasta la misma fábrica.

El Ayuntamiento, tras valorar la propuesta de la empresa para establecerse en Jerez, concedió el permiso para su instalación el 25 de junio de 1895, teniéndose en cuenta los grandes beneficios que la nueva fábrica reportaría a la clase obrera, pues la nueva industria necesitaría un elevado número de personal. Hay que tener en cuenta que en aquellos años la situación económica y social en Jerez y su campiña era crítica, como lo recuerdan los sucesos relacionados con la Mano Negra y los orígenes del anarco sindicalismo andaluz.

  • Planos de la ampliación de 1925.
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La nueva industria reunía para su instalación las condiciones previstas en el moderno reglamento de ordenación municipal que poseía Jerez en aquella fecha, en concreto con su artículo 166: se instalaba en las afueras de la ciudad, aislada de los ciudadanos, sin existir peligro de incendio o explosión para el vecindario, ni molestias por humo o ruidos. Prácticamente un año después que los capitalistas franceses presentaran el proyecto, la fábrica de vidrios La Jerezana estaba ya construida y en funcionamiento. La fábrica de vidrio obtuvo licencia de apertura desde el 5 de junio de 1896.

En el año 1900 la empresa pasó a ser Sociedad Anónima. Según nos relata El Guadalete de 8 de septiembre de ese año, siguiendo las publicaciones de La Estafeta, la nueva sociedad se constituyó en Bruselas con un capital de 1.600.000 francos con 16.000 acciones, de las cuales 9.200 pertenecían a los señores Bocuze, Escures y Fiateau y otras 6.800 acciones habían sido suscritas entre numerosos inversores. La sociedad tenía como objetivos la explotación de las fábricas de cristal existentes en Jerez de la Frontera y de las patentes de M. Bucher, relativas a la fabricación de botellas y otros objetos de cristal hueco.

  • Depósito del agua y chimeneas de la fábrica de botella (foto de Antonio Navarro).
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En el primer consejo de administración de la Sociedad Anónima se encontraban: Honthar, maestro cristalero en Denin; Boucher, maestro cristalero en Cognac; Robin, director honorario del Banco de Francia; Andrés Bocuze, industrial de Lyon; Jorge Bocuze, industrial de Jerez y el inversor Fiateau. Fueron nombrados comisarios los señores Escures e Hiriart.

Entre 1924 y 1925, la fábrica sufrió un gran proceso de ampliación de sus instalaciones. Para ello, adquirió una gran porción de terrenos adyacentes que pertenecieron a D. Pedro López de Carrizosa, Barón de Algar, configurándose todo el espacio industrial actual. Esta compra quedó protocolizada ante el notario Antonio Guerrero el 28 de agosto de 1924. Se amplió el espacio de almacenamiento y se construyeron varias dependencias, mejorándose la entrada junto al puente de la calle Cartuja. También se construyó una central térmica propia para dotar de electricidad al recinto.

La nueva industria obedecía a un nuevo modelo comercial de venta del vino que se iba a acelerar desde 1895. Se trata de la exportación en botellas, que aseguraba que el producto llegase directamente al consumidor sin modificaciones. Este nuevo sistema de exportación iba a sustituir las tradicionales exportaciones en toneles y “pipas”. Era normal que una ciudad que vivía del vino tuviese una de las fábricas de botellas más importante del mundo.

La Jerezana no fue la única fábrica de botellas y demás tipos de vidrios que hubo en la ciudad. Desde el mismo tiempo de su creación, coexistió durante bastantes años con la fábrica de botellas La Constancia. Dicha fábrica fue también construida con capital francés en 1895 y perteneció al empresario galo D. Sebastián Canavesse y Chateau. La fábrica se construyó junto a la plaza de toros y cercana también al ferrocarril urbano. Fue construida por el arquitecto Rafael Esteve y el maestro de obras Antonio Rodríguez. No sabemos la relación empresarial que existió entre esta fábrica y la actual fábrica de botellas, ambas de capital francés. Su desaparición en el siglo XX dio lugar a la Barriada de La Constancia, cuyo nombre heredó de la antigua fábrica.

La fábrica de botellas La Jerezana perduró hasta 2009 tras 114 años de existencia. A pesar de ser rentable, la multinacional francesa Saint Gobain decidió el cierre en plena crisis económica, perdiéndose más de 100 puestos de trabajos que pasaban de padres a hijos en unos momentos críticos para la ciudad. Sabedora de que los terrenos se habían quedado en el centro urbano y que en el futuro tendrían que ser urbanizables, no buscaron ninguna posibilidad de cambio de ubicación de la fábrica en la propia ciudad, sino que trasladaron toda la producción a Alcalá de Guadaíra. De nada sirvieron las grandes manifestaciones de los trabajadores y del pueblo de Jerez para que la fábrica no cerrase.

Actualmente, 131 años después de que comenzase su construcción, se ciñe un plan de urbanización de todo el solar. Especulación consentida, pura y dura, con pingües beneficios para la multinacional que tan mal se portó con la ciudad con el cierre de la fábrica y la venta posterior de los terrenos ya urbanizables. En los proyectos de urbanización ni siquiera han contemplado el mantenimiento de las tres chimeneas, símbolo del pasado industrial de la ciudad y recuerdo del trabajo continuado de cientos de trabajadores jerezanos que se dejaron la vida por la fábrica. Tres chimeneas que por su gran altura han formado parte del paisaje urbano de la ciudad, convirtiéndose en símbolos iconológicos, formando parte de lo que hoy se denomina el “skyline” de la ciudad. La empresa que ha comprado los terrenos alude al enorme costo de mantenimiento de las tres chimeneas que cifra en más de un millón de euros inicial a lo que habría que sumar costos adicionales periódicos de mantenimiento.

Las cifras de mantenimiento de las chimeneas son bastante discutibles y parece esconder la búsqueda de un máximo aprovechamiento de suelo en este proceso especulativo. La empresa constructora, al realizar el proyecto de urbanización, ha demostrado su desconocimiento e insensibilidad respecto a la historia del terreno donde va a construir. Ni tan siquiera ha reflexionado sobre el significado que las tres altas chimeneas pudiese tener para los ciudadanos de Jerez. Sin duda, las chimeneas molestan para un mayor aprovechamiento residencial. Se aprovechan además de la urgencia actual de aumento de la oferta de viviendas en la ciudad para justificar el derribo de un icono.

  • Chimenea del alambique de las Bodegas Harveys ( Hernández Rubio, 1889)
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En Jerez se han conservado otras chimeneas que recuerdan su pasado industrial. No ha transcendido que dichas chimeneas hayan tenido o tengan posteriormente un coste de mantenimiento tan desorbitado. Sí es verdad que son de menor altura, pero son más antiguas. Una de ellas en la gran chimenea de ladrillo realizada por el arquitecto Francisco Hernández Rubio en 1901 para la Compañía Jerezana de Electricidad en la antigua Huerta de Santo Domingo, hoy Plaza Alfonso Sánchez Ferrajón, junto al Conservatorio de Música. Del mismo arquitecto es el alambique con ladrillo visto realizado en 1889 para D. Manuel de Misa al final de la calle Arcos, hoy Bodegas Harveys. También podemos destacar la chimenea del alambique de las antiguas bodegas para D. Sebastián Guernica en la calle Paúl, actualmente Casa de la Juventud de propiedad municipal, hoy convertido en nido de cigüeñas. Son ejemplos de arquitectura industrial que se conservan y forman parte del patrimonio histórico de la ciudad. Desconocemos el mantenimiento que tienen, pero no creemos que sea tan elevado.

  • Chimenea en las antiguas huertas de Santo Domingo, la fábrica de electricidad.
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  • Chimenea del Alambique de la Fábrica de electricidad, de 1901.
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Aún así, también hay que ser conscientes que la conservación del patrimonio cuesta dinero. En Jerez y en todas partes. El Ayuntamiento, y los jerezanos, debemos entender que el gasto en patrimonio es esencial en una ciudad con tanto patrimonio histórico como atesora Jerez, que después redunda en beneficio de la propia ciudad, que conserva su atractivo. El Ayuntamiento debería de tener un presupuesto propio de conservación del patrimonio histórico de la ciudad. No puede ser que, por ejemplo, para arreglar el pavimento histórico de nuestras calles – más quisieran tenerlo muchas ciudades- haya que recurrir a fondos externos europeos si los hubiera y no disponer de recursos propios para ello.

  • Chimenea del alambique de las Bodegas de Sebastián Guernica
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La historia de la fábrica de botellas es un ejemplo más de la notoriedad industrial que vivió Jerez en el siglo XIX al amparo de la entonces pujante industria del vino. Un ejemplo más de cómo el beneficioso negocio vinatero atrajo capitales extranjeros –en este caso de origen francés- para impulsar la industria local. Conservar las altas chimeneas de la antigua fábrica, construidas en los años 60 del siglo XX, es conservar viva la memoria y el sentido de identidad de la ciudad y un homenaje a las generaciones de trabajadores que se dejaron el cuerpo y el alma en esta histórica industria.

Cuando se duda por parte del Ayuntamiento de Jerez sobre si conservar o no las chimeneas de la antigua fábrica de botellas de Jerez resulta conveniente recordar la historia de este establecimiento industrial tan ligada al pasado fabril de la ciudad. Según consta en documentos que se conservan en el Archivo Municipal de Jerez, el 22 de junio de 1895 el ciudadano francés, D. Antoine Vergier Jeune, en representación del hacendado francés vecino de Lyon, D. Andrés Bocuze, mediante poder notarial expedido el 11 de junio de 1895, solicitaba permiso al Ayuntamiento de Jerez para establecer una fábrica de vidrio en el lado izquierdo del kilómetro 109, 30 del ferrocarril Sevilla - Cádiz, próximo a la estación de ferrocarriles de Jerez.

El proyecto inicial de la construcción de la fábrica de vidrio, denominada desde un primer momento La Jerezana, preveía la producción de botellas y cristales planos. Para ello, era necesario construirse hornos chimeneas de 30 a 35 metros de altura, fraguas, almacenes, talleres de herrería y demás accesorios propios de dicha industria. El lugar elegido era idóneo por la cercanía a una vía férrea, lo que facilitaba la rápida salida de los productos elaborados en la fábrica, y a su vez, la entrada del carbón necesario para los hornos. Por este motivo, el proyecto primitivo contemplaba la creación de un ramal viario, que partiendo del kilómetro 109,460 del mencionado trayecto ferroviario llegaba hasta la misma fábrica.

El Ayuntamiento, tras valorar la propuesta de la empresa para establecerse en Jerez, concedió el permiso para su instalación el 25 de junio de 1895, teniéndose en cuenta los grandes beneficios que la nueva fábrica reportaría a la clase obrera, pues la nueva industria necesitaría un elevado número de personal. Hay que tener en cuenta que en aquellos años la situación económica y social en Jerez y su campiña era crítica, como lo recuerdan los sucesos relacionados con la Mano Negra y los orígenes del anarco sindicalismo andaluz.

  • Planos de la ampliación de 1925.
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La nueva industria reunía para su instalación las condiciones previstas en el moderno reglamento de ordenación municipal que poseía Jerez en aquella fecha, en concreto con su artículo 166: se instalaba en las afueras de la ciudad, aislada de los ciudadanos, sin existir peligro de incendio o explosión para el vecindario, ni molestias por humo o ruidos. Prácticamente un año después que los capitalistas franceses presentaran el proyecto, la fábrica de vidrios La Jerezana estaba ya construida y en funcionamiento. La fábrica de vidrio obtuvo licencia de apertura desde el 5 de junio de 1896.

En el año 1900 la empresa pasó a ser Sociedad Anónima. Según nos relata El Guadalete de 8 de septiembre de ese año, siguiendo las publicaciones de La Estafeta, la nueva sociedad se constituyó en Bruselas con un capital de 1.600.000 francos con 16.000 acciones, de las cuales 9.200 pertenecían a los señores Bocuze, Escures y Fiateau y otras 6.800 acciones habían sido suscritas entre numerosos inversores. La sociedad tenía como objetivos la explotación de las fábricas de cristal existentes en Jerez de la Frontera y de las patentes de M. Bucher, relativas a la fabricación de botellas y otros objetos de cristal hueco.

  • Depósito del agua y chimeneas de la fábrica de botella (foto de Antonio Navarro).
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En el primer consejo de administración de la Sociedad Anónima se encontraban: Honthar, maestro cristalero en Denin; Boucher, maestro cristalero en Cognac; Robin, director honorario del Banco de Francia; Andrés Bocuze, industrial de Lyon; Jorge Bocuze, industrial de Jerez y el inversor Fiateau. Fueron nombrados comisarios los señores Escures e Hiriart.

Entre 1924 y 1925, la fábrica sufrió un gran proceso de ampliación de sus instalaciones. Para ello, adquirió una gran porción de terrenos adyacentes que pertenecieron a D. Pedro López de Carrizosa, Barón de Algar, configurándose todo el espacio industrial actual. Esta compra quedó protocolizada ante el notario Antonio Guerrero el 28 de agosto de 1924. Se amplió el espacio de almacenamiento y se construyeron varias dependencias, mejorándose la entrada junto al puente de la calle Cartuja. También se construyó una central térmica propia para dotar de electricidad al recinto.

La nueva industria obedecía a un nuevo modelo comercial de venta del vino que se iba a acelerar desde 1895. Se trata de la exportación en botellas, que aseguraba que el producto llegase directamente al consumidor sin modificaciones. Este nuevo sistema de exportación iba a sustituir las tradicionales exportaciones en toneles y “pipas”. Era normal que una ciudad que vivía del vino tuviese una de las fábricas de botellas más importante del mundo.

La Jerezana no fue la única fábrica de botellas y demás tipos de vidrios que hubo en la ciudad. Desde el mismo tiempo de su creación, coexistió durante bastantes años con la fábrica de botellas La Constancia. Dicha fábrica fue también construida con capital francés en 1895 y perteneció al empresario galo D. Sebastián Canavesse y Chateau. La fábrica se construyó junto a la plaza de toros y cercana también al ferrocarril urbano. Fue construida por el arquitecto Rafael Esteve y el maestro de obras Antonio Rodríguez. No sabemos la relación empresarial que existió entre esta fábrica y la actual fábrica de botellas, ambas de capital francés. Su desaparición en el siglo XX dio lugar a la Barriada de La Constancia, cuyo nombre heredó de la antigua fábrica.

La fábrica de botellas La Jerezana perduró hasta 2009 tras 114 años de existencia. A pesar de ser rentable, la multinacional francesa Saint Gobain decidió el cierre en plena crisis económica, perdiéndose más de 100 puestos de trabajos que pasaban de padres a hijos en unos momentos críticos para la ciudad. Sabedora de que los terrenos se habían quedado en el centro urbano y que en el futuro tendrían que ser urbanizables, no buscaron ninguna posibilidad de cambio de ubicación de la fábrica en la propia ciudad, sino que trasladaron toda la producción a Alcalá de Guadaíra. De nada sirvieron las grandes manifestaciones de los trabajadores y del pueblo de Jerez para que la fábrica no cerrase.

Actualmente, 131 años después de que comenzase su construcción, se ciñe un plan de urbanización de todo el solar. Especulación consentida, pura y dura, con pingües beneficios para la multinacional que tan mal se portó con la ciudad con el cierre de la fábrica y la venta posterior de los terrenos ya urbanizables. En los proyectos de urbanización ni siquiera han contemplado el mantenimiento de las tres chimeneas, símbolo del pasado industrial de la ciudad y recuerdo del trabajo continuado de cientos de trabajadores jerezanos que se dejaron la vida por la fábrica. Tres chimeneas que por su gran altura han formado parte del paisaje urbano de la ciudad, convirtiéndose en símbolos iconológicos, formando parte de lo que hoy se denomina el “skyline” de la ciudad. La empresa que ha comprado los terrenos alude al enorme costo de mantenimiento de las tres chimeneas que cifra en más de un millón de euros inicial a lo que habría que sumar costos adicionales periódicos de mantenimiento.

Las cifras de mantenimiento de las chimeneas son bastante discutibles y parece esconder la búsqueda de un máximo aprovechamiento de suelo en este proceso especulativo. La empresa constructora, al realizar el proyecto de urbanización, ha demostrado su desconocimiento e insensibilidad respecto a la historia del terreno donde va a construir. Ni tan siquiera ha reflexionado sobre el significado que las tres altas chimeneas pudiese tener para los ciudadanos de Jerez. Sin duda, las chimeneas molestan para un mayor aprovechamiento residencial. Se aprovechan además de la urgencia actual de aumento de la oferta de viviendas en la ciudad para justificar el derribo de un icono.

  • Chimenea del alambique de las Bodegas Harveys ( Hernández Rubio, 1889)
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En Jerez se han conservado otras chimeneas que recuerdan su pasado industrial. No ha transcendido que dichas chimeneas hayan tenido o tengan posteriormente un coste de mantenimiento tan desorbitado. Sí es verdad que son de menor altura, pero son más antiguas. Una de ellas en la gran chimenea de ladrillo realizada por el arquitecto Francisco Hernández Rubio en 1901 para la Compañía Jerezana de Electricidad en la antigua Huerta de Santo Domingo, hoy Plaza Alfonso Sánchez Ferrajón, junto al Conservatorio de Música. Del mismo arquitecto es el alambique con ladrillo visto realizado en 1889 para D. Manuel de Misa al final de la calle Arcos, hoy Bodegas Harveys. También podemos destacar la chimenea del alambique de las antiguas bodegas para D. Sebastián Guernica en la calle Paúl, actualmente Casa de la Juventud de propiedad municipal, hoy convertido en nido de cigüeñas. Son ejemplos de arquitectura industrial que se conservan y forman parte del patrimonio histórico de la ciudad. Desconocemos el mantenimiento que tienen, pero no creemos que sea tan elevado.

  • Chimenea en las antiguas huertas de Santo Domingo, la fábrica de electricidad.
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  • Chimenea del Alambique de la Fábrica de electricidad, de 1901.
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Aún así, también hay que ser conscientes que la conservación del patrimonio cuesta dinero. En Jerez y en todas partes. El Ayuntamiento, y los jerezanos, debemos entender que el gasto en patrimonio es esencial en una ciudad con tanto patrimonio histórico como atesora Jerez, que después redunda en beneficio de la propia ciudad, que conserva su atractivo. El Ayuntamiento debería de tener un presupuesto propio de conservación del patrimonio histórico de la ciudad. No puede ser que, por ejemplo, para arreglar el pavimento histórico de nuestras calles – más quisieran tenerlo muchas ciudades- haya que recurrir a fondos externos europeos si los hubiera y no disponer de recursos propios para ello.

  • Chimenea del alambique de las Bodegas de Sebastián Guernica
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La historia de la fábrica de botellas es un ejemplo más de la notoriedad industrial que vivió Jerez en el siglo XIX al amparo de la entonces pujante industria del vino. Un ejemplo más de cómo el beneficioso negocio vinatero atrajo capitales extranjeros –en este caso de origen francés- para impulsar la industria local. Conservar las altas chimeneas de la antigua fábrica, construidas en los años 60 del siglo XX, es conservar viva la memoria y el sentido de identidad de la ciudad y un homenaje a las generaciones de trabajadores que se dejaron el cuerpo y el alma en esta histórica industria.

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