Llevaban cuatro meses con los ensayos. Un proceso largo que, según reconoce el propio Raúl Cortés (Morón de la Frontera, 1979), le genera más “dolor de barriga” que satisfacción. Pero el estreno ha llegado —hace unas semanas en la localidad natal del grupo, en el Teatro Oriente de Morón— y, con él, el alivio. "Hemos acabado contentos. Las obras van creciendo poco a poco, pero hemos llegado a un punto en el que todavía hay tareas por delante, aunque una vez que ha pasado el estreno, esto me ha dejado descansar”. Haced con mi piel un tambor, el nuevo montaje de CÍA La Periférica, la compañía que Cortés fundó hace casi medio siglo, ha experimentado esas turbulencias y esos caminos de la creación artística. "El camino de la búsqueda muchas veces pasa por extraviarse por completo", sentencia el escritor y dramaturgo moronero.
La nueva obra supone, en palabras del autor del texto dramático, "un giro de timón importante" respecto a Solo queda caer, el aclamado anterior montaje de la compañía que dejó el listón muy alto tras un importante paso por el Teatro La Abadía en Madrid. Esta nueva obra es una pieza de teatro documento que recupera "un ramillete de experiencias de resistencia artística en un contexto de violencia extrema. Surge ante la perturbación violenta que sentimos en una época como la nuestra, que parece ya dominada por la barbarie total y absoluta.”
"Frente a esa situación cotidiana, nos preguntamos qué podemos hacer, cuánto hay que gritar, para que esto se pare, cuánto ruido hay que hacer para que esta locura llegue a su fin, y en mitad de esa reflexión nos dimos cuenta de que lo primero era escuchar las voces de aquellos que habían vivido unas situaciones similares antes que nosotros. Escuchar cuáles fueron sus decisiones, sus obstáculos, y cómo los sortearon, por lo que empezamos a estudiar ese ramillete de casos, que son muchos, porque la locura no es patrimonio de nuestra época solamente".
Podría parecer, a tenor de todo ello, que se trata de una obra dura de ver. Sin embargo, Cortés asegura que "tiene un trasfondo esperanzador". Al levantarse cada día y escuchar la radio, reconoce, uno piensa con qué apocalipsis nuevo se va a encontrar. "Cada vez la locura parece mayor. En esa deriva los artistas formamos parte de la sociedad. Hay una visibilización que tenemos cuando nos subimos a las tablas y tenemos que establecer con los acontecimientos para que la reflexión nos pueda llevar a algo mayor. El teatro documento tiene un espíritu político muy definido. Como artistas necesitamos combatir una época como esta, que parece haber normalizado estándares de violencia".
De la Lebrija tardofranquista a la Palestina actual
El proceso de investigación fue extenso. La compañía estudió numerosos casos: desde la Cuba posrevolucionaria hasta la dictadura de Pinochet en Chile, pasando por Brasil, la violencia en México o una compañía que hace teatro en un búnker en Ucrania. "Cuando te enfrentas a intentar digerir todo lo que está pasando, el ánimo se apesadumbra. Sin embargo, nos hemos dado cuenta de que ha habido mucha gente a lo largo de la historia que ha provocado pequeños cambios en un ambiente de oscuridad, y ese punto de luz ha significado la puerta abierta a una esperanza mayor. Ha habido mucha gente que ha trabajado con mucha valentía desde circunstancias muy duras y que, sin embargo, ha provocado cambios. Eso es lo que nosotros hemos aprendido: que la esperanza nunca se puede desaprender".
Finalmente, la obra se quedó con cuatro casos que dibujan lo que Cortés llama "una cartografía de la resistencia": la Lebrija tardofranquista, la Argentina de Videla, los Balcanes de la guerra de Sarajevo y la Palestina actual. "Las cartografías de la resistencia son amplias y muy diversas, igual que los tiempos. Por eso, la obra empieza en la década de los 70 y llega hasta hoy." Un viaje que recorre "experiencias de resistencias artísticas reales que tienen una capacidad de inspirar para momentos como el que estamos viviendo hoy".

- Una escena de `Haced con mi piel un tambor`, de CÍA La Periférica.
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- M. A. LUQUE
Uno de los grandes retos del proceso, tanto en la escritura del texto dramático como en la puesta en pie, fue no caer en el panfleto ni en la propaganda, precisamente uno de los usos históricos del teatro en tiempos bélicos. "Nosotros tenemos muy claro que el teatro es el terreno de la pregunta, de la duda, del cuestionamiento, no el terreno de las respuestas. Para enfrentar a la barbarie no podemos usar las mismas herramientas que la barbarie, y la barbarie tiene respuesta. La barbarie siempre tiene respuesta, para todos tiene respuesta. De hecho, destierra las preguntas porque les supone una amenaza. La barbarie también es lo primero que hace: malversar la palabra hasta su silencio más absoluto. Y nosotros necesitamos esa palabra para sembrar la semilla de la duda y encontrarnos en la reflexión conjunta y en el debate conjunto".
Un escenario sin distancias: solo 70 espectadores
La obra la interpretan dos actrices y un actor: Ángela Mendaro, veterana del teatro andaluz; Arturo Parrilla, premiado por diferentes obras y proyectos; y Cristina Mateos. Los tres trabajan con elementos mínimos que van construyendo un universo entero, y lo hacen con el público encima, literalmente. En principio —habrá adaptaciones en función de los espacios de representación—, solo 70 espectadores pueden acceder a cada función. ¿Por qué esa limitación?
"Si nace esta obra de la necesidad de repensar la sociedad en la que vivimos, las relaciones que se establecen y las patologías sociales que se generan a partir de dichas relaciones, repensar la relación con el público forma parte de este plan. La disposición a la italiana es la más habitual pero no es la única. Nosotros, dentro de nuestra trayectoria, hemos explorado mucho dentro de la relación con el público. En este caso, necesitábamos generar una intimidad mayor con el público para esta propuesta, y eso no lo podíamos hacer manteniendo las distancias convencionales. Por eso, para generar esa intimidad, se limita el número de espectadores".
"Frente a esa dinámica de deshumanización, lo que proponemos es: vamos a juntarnos, vamos a tocarnos, vamos a respirar el mismo aire"
No es la primera vez que la compañía experimenta en este terreno. Cortés recuerda el Teatro de la Decepción, donde hacían teatro en el salón de su propia casa. "Al trabajar en la distancia corta, sabemos que un susurro, una respiración, una mirada —lo más pequeño que puedas imaginar— va a tener un impacto en el público y va a transformar el paisaje de la recepción". En el Teatro Oriente, en cualquier otro espacio donde La Periférica levante esta pieza, el público sube al escenario antes de que empiece la función. Y el telón, en vez de abrirse, se cierra. "Yo creo que esta es la primera obra de la historia que empieza cuando se cierra el telón. Ya ahí creamos otro ecosistema, un espacio de intimidad que hace que todo se reconcentre".
La exhibición está pensada tanto para teatros, con aforo reducido y público en el escenario, como para espacios no convencionales. Es también una especie de alegato no solo antibarbarie, sino también contra la masificación, contra lo mainstream. "Estamos en una época en la que el contacto se ha relegado hasta cotas que yo creo que no sospechábamos hace muy poquitos años. Y frente a esa dinámica de deshumanización, lo que proponemos es: vamos a juntarnos, vamos a tocarnos, vamos a respirar el mismo aire y vamos a traspasar todos estos dispositivos y estas pantallas."
Periodismo y dramaturgia: las dos pasiones de Cortés
Haced con mi piel un tambor tiene mucho de Bertolt Brecht, aunque Cortés prefiere rastrearlo más atrás. "Recoge un poquito esas dos pasiones que han marcado mi vida: el periodismo y la dramaturgia. Yo de formación primero soy periodista y después dramaturgo". Recupera la figura de un teatrero ruso que inició una forma teatral llamada los diarios vivientes: se iba a las plazas y teatralizaba las noticias del día para que la gente sin recursos y sin alfabetizar estuviera al tanto de lo que sucedía en el mundo. "Aquello se llamó diario viviente. El teatro periódico está en el germen del teatro documento y es la herencia de Brecht, de Piscator, de Peter Weiss. Y sí, bebemos mucho de eso para recuperar ejemplos de resistencia popular. Hablamos de pequeñas historias que provocaron cambios. Y un cambio, por humilde que sea, desacomoda y trastorna todo el patrón, todo el canon, todo el engranaje, todo el sistema".
"Por medio del teatro documento apostamos por la historia proscrita frente a la historia oficial"
Por eso, explica, esas historias pequeñas de rebelión son desplazadas e invisibilizadas por la historia con mayúsculas. "Porque la historia con mayúsculas, como sabía Benjamin, sirve a un amo y sabe cómo tiene que hacerlo. Por medio del teatro documento apostamos por la historia proscrita frente a la historia oficial". Cita entonces al sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos: "La posibilidad es el movimiento del mundo". "Yo creo que cuando hablaba de movimiento se refería a un movimiento otro, que no tiene nada que ver con el ritmo frenético de nuestros días ni con esta coreografía de espasmo que hemos normalizado en nuestra cotidianidad. Se refiere a un movimiento más lento e incluso más pequeño. Esa ya es una cadencia más teatral, lejos de la espectacularización de los impulsos y de los acontecimientos".
No es casual que el nombre de Brecht aparezca en la conversación con Cortés. El investigador y dramaturgo César Oliva, uno de los pioneros del teatro independiente en España, explicó con precisión la encrucijada que el autor alemán planteó a la tradición teatral occidental: mientras Nietzsche denunciaba la funcionalidad del fenómeno dramático como ilusión burguesa, Brecht condujo esa misma funcionalidad hacia el sentido político del teatro, a partir de criterios de utilidad y eficacia del arte.
El resultado es un espectador que, ante la representación épica, no se compenetra con la emoción que lo embarga, sino que piensa e indaga sobre ella. Se genera así un público crítico y analítico en el que el hecho ficcionado convive con el análisis, la discusión y el debate, con el escenario como una caja negra de resistencia frente a la barbarie. Es exactamente en ese territorio inexpugnable donde Cortés sitúa Haced con mi piel un tambor. Luz contra la oscuridad.

- Otro instante del nuevo montaje de CÍA La Periférica
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- M. A. LUQUE
Teatro inestable de Andalucía la Baja
Tras el estreno en Morón, hay conversaciones en marcha para llevar la obra a Lebrija, en uno de los espacios históricos en los que intervino el teatro lebrijano. "Para nosotros como capital simbólico es riquísimo". La gira completa está pensada para la temporada 2026-2027, que coincide además con un hito especial: el 25 aniversario de CÍA La Periférica.
"Tener una compañía durante 25 años, sobrevivir durante 25 años, además hacerlo en el sur, en la periferia, pues todavía es más milagroso si cabe". Crisis ha habido, reconoce, "fuertes y muy gordas". "Lo que separa Morón de Sevilla son 60 kilómetros, pero estamos a años luz en todo".
Entre esas crisis, recuerda cuando su compañero fundador —Salva Atienza, Salva Trasto— tuvo que abandonar por la llegada de un hijo y la incapacidad de la compañía para ofrecerle estabilidad económica. "Una noticia para celebrar que al final desata una crisis tremenda dentro del grupo". Tan profunda fue la sacudida en algún momento que llegaron incluso a cambiar de nombre. "Nosotros empezamos y nuestra compañía se llamaba Trasto Teatro, y por el camino hubo un momento en el que dijimos: la única manera que tenemos de seguir adelante es desnombrarnos para bautizar la nueva etapa. Fíjate los tumbos que hemos ido dando... y los que nos quedan".
"O apostamos por una cultura con mayúsculas o los tiempos se volverán más sombríos"
Con las elecciones autonómicas la vuelta de la esquina, Cortés no esconde su escepticismo. "Asistimos en cada elección a un carrusel de propuestas vacías por parte de prácticamente todos los grupos en lo que tiene que ver con cultura." Pero lanza un aviso: "Tal y como están los tiempos de hoy en día, la deriva que llevamos, o apostamos por una cultura con mayúsculas —que tiene que ver con el diálogo, con la aceptación de la diferencia, con la cultura de la paz— o tal vez los tiempos se van a volver más sombríos de lo que ya están."
Y concluye con una defensa del teatro como espacio de encuentro irreemplazable. "No hay un espacio más propenso al diálogo y al debate que el propiciado por la cultura. Y en este caso concreto, el propiciado por el teatro. No un teatro de corte militante, maniqueo, sino un teatro que sea capaz de hacer preguntas y de cuestionar todas nuestras certezas. Porque en el momento en el que cuestionamos nuestras certezas, estamos abriendo el camino para encontrarnos con el otro. Si los partidos políticos siguen sin darse cuenta de que la cultura es un terreno abonado para esa reflexión y para ese encuentro, probablemente los tiempos se conviertan en tiempos más sombríos aún si cabe".
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