Opinión

Flamenco

En el flamenco, como en la vida, el libro de los gustos está en blanco. Como debe ser: respeto siempre a la libertad individual.

En el flamenco, como en la vida, el libro de los gustos está en blanco. Como debe ser: respeto siempre a la libertad individual. Y no diré, como algunos en otras disciplinas que, al estar en blanco el libro, alguien debiera empezar a escribir para combatir las pamplinas que se oigan o lean respecto a la disciplina de que se trate. Ni esa es mi intención, ni sería yo el sujeto llamado a tamaña empresa, líbreme Dios.

El que suscribe ha estado oyendo flamenco toda su infancia y adolescencia, incluso a su pesar. Era la familia, el barrio, la ciudad. Los sones, las melodías, los compases los fue asumiendo con la naturalidad con la que se incorporan al acervo propio las cosas cotidianas. Y ahora, en la madurez de la vida (quizás más como hecho biológico que como consecuencia del desarrollo personal), habiendo continuado el consumo del flamenco, de manera ya voluntaria y selectiva, tiene uno unas ideas sólidas (lo que no debe considerarse como acertadas necesariamente) acerca de este arte que ha venido acompañándome como banda sonora a lo largo de más de medio siglo.

Y algunas cosas han venido siendo constantes. Nunca fui ni fundamentalista (estuve siempre abierto a las nuevas corrientes, formas y maneras de entender el hecho flamenco –desde aquel primer Camarón hoy incontestado hasta Lole y Manuel y contemporáneos-), ni un chovinista (si hablo más de Jerez es por el hecho circunstancial de haber nacido aquí y por el papel que mi ciudad ha jugado a lo largo de la historia del flamenco). Yo me crié escuchando a cantaores rancios, profundos, hondos, atávicos. Tío Borrico, Terremoto, Agujetas, Serna, Sordera, La Paquera. Las guitarras de los Moraos, Parrilla, Cepero. Y ese es mi universo musical, la génesis y la madurez. Y eran los cantes rancios, profundos, hondos, atávicos. Soleás, siguirillas, bulerías pa escuchá, tientos, fandangos. Y descubrí, como no, que ni la nómina de cantaores se agotaba ahí (Caracol, Mairena, Fernanda, La Perla, etcétera), ni el flamenco se reducía a esos cantes (malagueñas, alegrías, tangos, tarantos, granaínas…).

Y disfruté, cómo no, de los nuevos aires que en los años setenta nos trajeron Camarón, Turronero, Lole y Manuel, Lebrijano, Morente, Chiquetete, Juanito Villar, Pansequito,  La Marelu… Y fuimos destilando con el paso del tiempo aquellos que estaban llamados a perdurar. Y el tiempo puso a cada uno en su lugar. Como volverá a ocurrir, cada cierto tiempo, con la llegada de gente nueva y la conversión en clásicos de algunos de los jóvenes de ayer. En paralelo, en nuestra ciudad, y conforme yo crecía, siguiendo con la banda sonora que reivindico en este artículo, se asentaron ganando empaque y sobriedad cantaores tan variados como lo son las escuelas jerezanas: El Mono, Manuel Moneo, Luis El Zambo, Fernando de la Morena, Lorenzo Ripol, Diego Rubichi, etcétera. Y detrás de ellos, inmediatamente detrás, más que como grupo concreto, que lo fue,  como idea de contemporaneidad (y sé que algunos diréis quienes no estuvieron en ese concreto grupo, yo mismo lo sé), La Tierra lleva el Compás: José Mercé, El Torta, Luis de la Pica, Vicente Sordera, Capullo, Moraito, Periquín, Diego Carrasco, La Macanita, Juana la el Pipa… Nadie puede negar los aires de cambio que al flamenco de Jerez trajo esta generación de artistas, ni su calidad ni su importancia. Y muchos otros que se me quedan en el tintero, y resultaría prolijo mencionar.

Paralelamente, la industria del flamenco se ha desarrollado de manera notoria. La industria del disco y la crítica flamenca han jugado un papel ciertamente importante en este proceso

La idea de estas líneas es, básicamente, reivindicar la fortaleza del flamenco en nuestra ciudad en los últimos cincuenta años (es pública y notoria la fortaleza de años anteriores). Y, en cierto modo, mostrar una cierta preocupación por el futuro. Sabemos, nos consta, que hay cantera. Sin embargo, observo, cierta dispersión. De los artistas que he mencionado, podemos concluir que vivieron en plenitud sus barrios de origen. Que existía una demarcación territorial delimitada en la que se vivía el flamenco intensamente, y en la que se forjaban las voces. Sin embargo las nuevas generaciones no cuentan ya  con esta fuente. El éxodo a la periferia iniciado en los años setenta ha despoblado, prácticamente, nuestros barrios flamencos de la gran mayoría de sus habitantes originales. Quizás este sea un factor que ayude a explicar, si bien es cierto que no de manera absoluta, esa sensación de dispersión a la que me refería. También es justo reconocer los esfuerzos que las peñas flamencas en nuestra ciudad han hecho por cubrir ese hueco que el éxodo dejó.

Paralelamente, la industria del flamenco se ha desarrollado de manera notoria. La industria del disco y la crítica flamenca han jugado un papel ciertamente importante en este proceso. Y en muchas ocasiones yendo de la mano. Y se ha modificado la oferta, al tiempo que se ha ampliado la base de consumidores del flamenco. La industria ha dulcificado la oferta en ese intento de ampliar la base de consumo. Y esto ha creado cierta confusión. De hecho vengo observando que los artistas de Jerez están un poco fuera de juego en relación con la industria del flamenco. Y no solo los de Jerez, la mayoría de los cantaores relacionados con la raíz y la tradición flamencas. Ahora juegan otras circunstancias a la hora de tener recorrido en este mundo, y no siempre tienen que ver con la calidad y el conocimiento. En mi opinión, la proyección internacional del baile y la guitarra flamenca, pero sobre todo del baile, han provocado también los cambios en el mundo del cante, para mí, la esencia y el origen de la música flamenca, y no siempre para mejorarlo. Hay demasiado artista, que realiza ejecuciones perfectas, profesionales, pero carentes de alma, olvidando la lucha con el cante, el regusto de la porfía, que nos llevaba a uno de los conceptos más importantes y olvidados del diccionario flamenco de mi infancia, “el pellizco”. Demasiado flamenco que no te levanta el vello ni con ventolera.

Desde estas líneas, y tras este último párrafo de crítica, solo pretendía reivindicar un determinado tipo de flamenco, el que tienen que ver con sus orígenes, el entremezclado con el desarrollo sociocultural de un territorio (no solo Jerez, claro está) y con unos modos de vida que permitieron su nacimiento, ese hondo, viejo, atávico, profundo, el que nos mueve el alma, frente a tanta perfección técnica carente de emoción. Y pretendía hablar de Jerez como actor principal. Por lo demás, consuman lo que gusten.

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