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Un artículo de la prestigiosa revista 'Science' en 1958 'predice' el fin del mundo para el 13 de noviembre en 2026: te explicamos por qué

El físico Heinz von Foerster advertía de los riesgos para la humanidad del crecimiento sin control

  • Un fotograma de la película 'Soy Leyenda', que retrata un mundo postapocalíptico.

Faltan apenas seis meses. Y una vieja investigación publicada en la revista Science en 1960 vuelve a circular en redes sociales con fuerza. Su título no deja lugar a dudas: Doomsday: Friday, 13 November, A.D. 2026. O sea, Fin del mundo: viernes 13 de noviembre de 2026. Pero lo que el estudio dice de verdad es bastante más complejo, y bastante más interesante, que cualquier profecía apocalíptica.

Su autor, Heinz von Foerster, era un físico austriaco que trabajaba en la Universidad de Illinois junto a Patricia M. Mora y Lawrence W. Amiot. Lo que hicieron fue analizar 24 estimaciones de la población mundial a lo largo de casi dos milenios, desde la época de Cristo hasta 1958, y aplicarles un modelo matemático. El resultado fue una curva que, si se prolongaba, señalaba una fecha concreta: el 13 de noviembre de 2026, cuando la población mundial tendería matemáticamente hacia el infinito. No es una profecía mística.

Von Foerster partía de una hipótesis provocadora: a diferencia de los animales, los humanos son capaces de comunicarse y cooperar, lo que hace que un mayor número de personas genere más conocimiento, más tecnología y mejores condiciones de vida. Eso significaba, en su modelo, que la productividad humana no disminuía con la superpoblación, como ocurre en otras especies, sino que crecía. Y ese crecimiento acelerado era el que conducía, matemáticamente, a la singularidad del año 2026.

El propio estudio hacía un ejercicio de perspectiva histórica llamativo. Si Carlomagno hubiera tenido acceso a los datos disponibles en su época y hubiera aplicado esta fórmula, habría podido predecir la fecha crítica con un margen de error de 300 años. Isabel I de Inglaterra, con 110 años de margen. Napoleón, con 30. En 1960, Von Foerster calculaba que la extrapolación solo iba un 4% más allá de los datos conocidos, lo que permitía predecir la fecha con una precisión de aproximadamente diez años.

La sobrepoblación

Pero el propio Von Foerster dejó claro que su intención no era asustar, sino provocar un debate urgente. En el estudio distinguía entre optimistas, que confiaban en que la tecnología siempre se adaptaría a las necesidades de una población creciente, y pesimistas, que advertían del agotamiento de recursos y el deterioro de las condiciones de vida. Su conclusión era irónica: los optimistas tienen razón en que el ser humano siempre ha encontrado la tecnología para alimentarse... pero eso no evitará que, a este ritmo, "nuestros tataranietos no morirán de hambre. Morirán aplastados".

La solución que proponía era lo que él llamaba un "peoplo-stat": un mecanismo de control de la población que mantuviera la natalidad en equilibrio con la mortalidad. En términos concretos, en 1960 eso significaba reducir la tasa de natalidad a aproximadamente la mitad, o lo que es lo mismo, que el tamaño medio de una familia no superara los dos hijos.

Lo que Von Foerster no predijo fue la desaceleración demográfica que efectivamente se ha producido desde entonces. El crecimiento poblacional global se ha moderado, lo que implica que la curva no ha seguido la trayectoria que el modelo anticipaba. La singularidad matemática no va a ocurrir. Pero el mensaje de fondo sigue siendo válido: los recursos del planeta no son infinitos, y la gestión de la población y el medio ambiente sigue siendo uno de los grandes desafíos de la humanidad.

Seis décadas después de su publicación, el estudio de Von Foerster no es una predicción del apocalipsis. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando se ignoran las tendencias a largo plazo. Y eso, a menos de seis meses de su famosa fecha, sigue siendo tan relevante como en 1960.

Faltan apenas seis meses. Y una vieja investigación publicada en la revista Science en 1960 vuelve a circular en redes sociales con fuerza. Su título no deja lugar a dudas: Doomsday: Friday, 13 November, A.D. 2026. O sea, Fin del mundo: viernes 13 de noviembre de 2026. Pero lo que el estudio dice de verdad es bastante más complejo, y bastante más interesante, que cualquier profecía apocalíptica.

Su autor, Heinz von Foerster, era un físico austriaco que trabajaba en la Universidad de Illinois junto a Patricia M. Mora y Lawrence W. Amiot. Lo que hicieron fue analizar 24 estimaciones de la población mundial a lo largo de casi dos milenios, desde la época de Cristo hasta 1958, y aplicarles un modelo matemático. El resultado fue una curva que, si se prolongaba, señalaba una fecha concreta: el 13 de noviembre de 2026, cuando la población mundial tendería matemáticamente hacia el infinito. No es una profecía mística.

Von Foerster partía de una hipótesis provocadora: a diferencia de los animales, los humanos son capaces de comunicarse y cooperar, lo que hace que un mayor número de personas genere más conocimiento, más tecnología y mejores condiciones de vida. Eso significaba, en su modelo, que la productividad humana no disminuía con la superpoblación, como ocurre en otras especies, sino que crecía. Y ese crecimiento acelerado era el que conducía, matemáticamente, a la singularidad del año 2026.

El propio estudio hacía un ejercicio de perspectiva histórica llamativo. Si Carlomagno hubiera tenido acceso a los datos disponibles en su época y hubiera aplicado esta fórmula, habría podido predecir la fecha crítica con un margen de error de 300 años. Isabel I de Inglaterra, con 110 años de margen. Napoleón, con 30. En 1960, Von Foerster calculaba que la extrapolación solo iba un 4% más allá de los datos conocidos, lo que permitía predecir la fecha con una precisión de aproximadamente diez años.

La sobrepoblación

Pero el propio Von Foerster dejó claro que su intención no era asustar, sino provocar un debate urgente. En el estudio distinguía entre optimistas, que confiaban en que la tecnología siempre se adaptaría a las necesidades de una población creciente, y pesimistas, que advertían del agotamiento de recursos y el deterioro de las condiciones de vida. Su conclusión era irónica: los optimistas tienen razón en que el ser humano siempre ha encontrado la tecnología para alimentarse... pero eso no evitará que, a este ritmo, "nuestros tataranietos no morirán de hambre. Morirán aplastados".

La solución que proponía era lo que él llamaba un "peoplo-stat": un mecanismo de control de la población que mantuviera la natalidad en equilibrio con la mortalidad. En términos concretos, en 1960 eso significaba reducir la tasa de natalidad a aproximadamente la mitad, o lo que es lo mismo, que el tamaño medio de una familia no superara los dos hijos.

Lo que Von Foerster no predijo fue la desaceleración demográfica que efectivamente se ha producido desde entonces. El crecimiento poblacional global se ha moderado, lo que implica que la curva no ha seguido la trayectoria que el modelo anticipaba. La singularidad matemática no va a ocurrir. Pero el mensaje de fondo sigue siendo válido: los recursos del planeta no son infinitos, y la gestión de la población y el medio ambiente sigue siendo uno de los grandes desafíos de la humanidad.

Seis décadas después de su publicación, el estudio de Von Foerster no es una predicción del apocalipsis. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando se ignoran las tendencias a largo plazo. Y eso, a menos de seis meses de su famosa fecha, sigue siendo tan relevante como en 1960.

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