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¿Viene una crisis económica? Warren Buffett dice que ya no entiende qué pasa en los mercados, porque son "una iglesia con un casino adosado"

El conocido inversor, que ha sabido capear las diversas crisis del último siglo, señala que no entiende el comportamiento de los operadores

  • Warren Buffet, en una entrevista reciente con la CNBC.

Las predicciones de economistas llevan años fallando sobre si viene o no una crisis económica. Puede ser un crack bursátil, una crisis de deuda sobrerana, una corrección económica relacionada con la inflación y el dinero impreso desde el covid para no hacer caer la economía... A todo esto, se suma la IA, que está generando una burbuja el estilo de la crisis de las punto com hace 25 años. La cuestión es que buena parte del dinero de inversores ha ido a empresas que usan inteligencia artificial, una tecnología disruptiva, pero que aún no resulta en grandes beneficios.

Pero hay más allá en todo eso. Porque el inversor Warren Buffett ha contribuido a alimentar el debate. A sus 95 años, describió hace unos meses el mercado como "una iglesia con un casino anexo" y llegó a reconocer que cada vez le resulta más complicado interpretar determinados negocios y movimientos bursátiles. Otra de las frases atribuidas a su advertencia de mayo fue contundente: "Nunca hemos visto a la gente más en modo de apuestas que ahora". Buffett ha atravesado las grandes crisis de las últimas décadas y convirtió Berkshire Hathaway, su fondo, en un gigante de la inversión. Ha sabido moverse siempre en aguas procelosas. No ahora. Una de las personas que más debería saber sobre los mercados reconoce que no sabe. Pero, ¿por dónde van los tiros?

La primera está en las valoraciones de Wall Street. El PER forward del S&P 500 ronda 32, mientras que el CAPE supera 41 y se aproxima a los niveles alcanzados durante la burbuja de las puntocom. El denominado "indicador Buffett" ha marcado un récord del 237%. A ello se suma el apalancamiento. La deuda de margen de los inversores estadounidenses ha alcanzado un máximo de 1,5 billones de dólares. Buena parte del entusiasmo tiene un denominador común: la inteligencia artificial y una concentración cada vez mayor del dinero en un reducido grupo de gigantes tecnológicos.

El propio Banco Central Europeo (BCE) ha puesto el foco sobre ese fenómeno. Cinco de sus economistas publicaron el 17 de agosto un análisis sobre el auge de la inteligencia artificial y el riesgo de que termine reproduciendo algunas características de la burbuja tecnológica de principios de siglo.

El organismo calcula que los hogares de la zona euro tienen alrededor de 440.000 millones de euros de exposición a las Siete Magníficas, como recogía la pasada semana en un artículo El Economista: Nvidia, Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla. Buena parte de ella no procede de comprar directamente esas acciones, sino de invertir mediante fondos indexados y ETF que replican grandes índices. Eso genera un riesgo de concentración. Cuanto más suben estas empresas, más peso adquieren dentro de los índices y mayor es, indirectamente, la exposición de quienes invierten en ellos.

El BCE sostiene que "es probable que se produzca una caída en las valoraciones actuales del mercado bursátil" y advierte de las posibles consecuencias por "la exposición directa de los inversores a las Siete Magníficas como por la euforia excesiva en los propios mercados bursátiles de la zona del euro".

Detonador ante otros problemas

Además, señala otro posible mecanismo de contagio. Una corrección brusca obligaría a vender activos para hacer frente a los reembolsos necesarios. Y se suma otra tensión, la de la guerra. Estados Unidos e Israel atacaron Irán el 28 de febrero y Teherán respondió estrangulando el tráfico por el estrecho de Ormuz. La inflación estadounidense de julio alcanzó el 3,4% interanual, mientras que la energía se encareció un 14,7%. El impacto llegó también a los fertilizantes. La urea pasó de unos 400 dólares por tonelada a superar los 850 en abril, antes de descender hasta 453 dólares en junio. El efecto completo sobre los costes agrícolas se trasladaría a 2027 y no a 2026 porque muchos insumos ya estaban comprados previamente. Al mismo tiempo, la reserva estratégica de petróleo estadounidense ha caído hasta aproximadamente 293 millones de barriles, su nivel más bajo desde diciembre de 1982.

La tercera gran presión está en la deuda de Estados Unidos. Los intereses netos alcanzarán el 3,3% del PIB en 2026, por encima del récord de posguerra registrado en 1991. El déficit se sitúa en el 5,8% del PIB y la deuda en manos del público, en el 101%. Los bonos reflejan esa tensión. El rendimiento del estadounidense a 30 años llegó al 5,311% el 17 de agosto, su nivel más alto desde junio de 2007. Ese mismo día, el bono japonés a diez años alcanzó un máximo de tres décadas y el francés a 30 años llegó a su cota más elevada desde 2008.

La cuarta señal se encuentra en las reservas de los bancos centrales. Según el BCE, el oro representaba al cierre de 2025 el 27% de sus reservas, por encima del 22% correspondiente a bonos del Tesoro estadounidense. Los activos denominados en dólares, no obstante, continúan suponiendo el 42% del total. Por tanto, el dato no equivale por sí solo a un colapso del dólar, que ya no es la poderosa herramienta de intercambio franco. La cuestión planteada es más específica: el deterioro de la consideración del bono del Tesoro como activo absolutamente incuestionable.

La gran cautela: ya hubo señales de crisis que terminaron fallando

Con todos estos elementos sobre la mesa, resulta tentador buscar paralelismos con 1929, 1987, 2000 o 2008. Algunos divulgadores señalan que las grandes crisis comparten elementos recurrentes: activos cuyo precio se aleja de sus fundamentos, apalancamiento, mecanismos automáticos que aceleran las ventas y acumulación de deuda. 

El BCE considera probable una "corrección". Y además advierte de que las autoridades cuentan actualmente con menos margen de actuación que durante la burbuja puntocom, tanto para bajar tipos como para recurrir a la política fiscal. Las consecuencias para Europa tampoco serían menores si finalmente se produjera un fuerte ajuste en Estados Unidos. Ese es el punto central de todas las advertencias, pero es imposible saber si se ha alcanzado el pico máxima o una especie de expansión ficticia de la economía basada en los sueños de la IA tiene sentido.

Después de años de pronósticos que no terminaron cumpliéndose, la pregunta quizá no sea únicamente si habrá otra crisis —los mercados siempre han atravesado correcciones y ciclos—, sino cuándo, con qué intensidad y por qué mecanismo llegará. Y sobre esas tres cuestiones, ni Buffett, ni el BCE ni los indicadores más observados ofrecen hoy una respuesta definitiva.

Las predicciones de economistas llevan años fallando sobre si viene o no una crisis económica. Puede ser un crack bursátil, una crisis de deuda sobrerana, una corrección económica relacionada con la inflación y el dinero impreso desde el covid para no hacer caer la economía... A todo esto, se suma la IA, que está generando una burbuja el estilo de la crisis de las punto com hace 25 años. La cuestión es que buena parte del dinero de inversores ha ido a empresas que usan inteligencia artificial, una tecnología disruptiva, pero que aún no resulta en grandes beneficios.

Pero hay más allá en todo eso. Porque el inversor Warren Buffett ha contribuido a alimentar el debate. A sus 95 años, describió hace unos meses el mercado como "una iglesia con un casino anexo" y llegó a reconocer que cada vez le resulta más complicado interpretar determinados negocios y movimientos bursátiles. Otra de las frases atribuidas a su advertencia de mayo fue contundente: "Nunca hemos visto a la gente más en modo de apuestas que ahora". Buffett ha atravesado las grandes crisis de las últimas décadas y convirtió Berkshire Hathaway, su fondo, en un gigante de la inversión. Ha sabido moverse siempre en aguas procelosas. No ahora. Una de las personas que más debería saber sobre los mercados reconoce que no sabe. Pero, ¿por dónde van los tiros?

La primera está en las valoraciones de Wall Street. El PER forward del S&P 500 ronda 32, mientras que el CAPE supera 41 y se aproxima a los niveles alcanzados durante la burbuja de las puntocom. El denominado "indicador Buffett" ha marcado un récord del 237%. A ello se suma el apalancamiento. La deuda de margen de los inversores estadounidenses ha alcanzado un máximo de 1,5 billones de dólares. Buena parte del entusiasmo tiene un denominador común: la inteligencia artificial y una concentración cada vez mayor del dinero en un reducido grupo de gigantes tecnológicos.

El propio Banco Central Europeo (BCE) ha puesto el foco sobre ese fenómeno. Cinco de sus economistas publicaron el 17 de agosto un análisis sobre el auge de la inteligencia artificial y el riesgo de que termine reproduciendo algunas características de la burbuja tecnológica de principios de siglo.

El organismo calcula que los hogares de la zona euro tienen alrededor de 440.000 millones de euros de exposición a las Siete Magníficas, como recogía la pasada semana en un artículo El Economista: Nvidia, Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla. Buena parte de ella no procede de comprar directamente esas acciones, sino de invertir mediante fondos indexados y ETF que replican grandes índices. Eso genera un riesgo de concentración. Cuanto más suben estas empresas, más peso adquieren dentro de los índices y mayor es, indirectamente, la exposición de quienes invierten en ellos.

El BCE sostiene que "es probable que se produzca una caída en las valoraciones actuales del mercado bursátil" y advierte de las posibles consecuencias por "la exposición directa de los inversores a las Siete Magníficas como por la euforia excesiva en los propios mercados bursátiles de la zona del euro".

Detonador ante otros problemas

Además, señala otro posible mecanismo de contagio. Una corrección brusca obligaría a vender activos para hacer frente a los reembolsos necesarios. Y se suma otra tensión, la de la guerra. Estados Unidos e Israel atacaron Irán el 28 de febrero y Teherán respondió estrangulando el tráfico por el estrecho de Ormuz. La inflación estadounidense de julio alcanzó el 3,4% interanual, mientras que la energía se encareció un 14,7%. El impacto llegó también a los fertilizantes. La urea pasó de unos 400 dólares por tonelada a superar los 850 en abril, antes de descender hasta 453 dólares en junio. El efecto completo sobre los costes agrícolas se trasladaría a 2027 y no a 2026 porque muchos insumos ya estaban comprados previamente. Al mismo tiempo, la reserva estratégica de petróleo estadounidense ha caído hasta aproximadamente 293 millones de barriles, su nivel más bajo desde diciembre de 1982.

La tercera gran presión está en la deuda de Estados Unidos. Los intereses netos alcanzarán el 3,3% del PIB en 2026, por encima del récord de posguerra registrado en 1991. El déficit se sitúa en el 5,8% del PIB y la deuda en manos del público, en el 101%. Los bonos reflejan esa tensión. El rendimiento del estadounidense a 30 años llegó al 5,311% el 17 de agosto, su nivel más alto desde junio de 2007. Ese mismo día, el bono japonés a diez años alcanzó un máximo de tres décadas y el francés a 30 años llegó a su cota más elevada desde 2008.

La cuarta señal se encuentra en las reservas de los bancos centrales. Según el BCE, el oro representaba al cierre de 2025 el 27% de sus reservas, por encima del 22% correspondiente a bonos del Tesoro estadounidense. Los activos denominados en dólares, no obstante, continúan suponiendo el 42% del total. Por tanto, el dato no equivale por sí solo a un colapso del dólar, que ya no es la poderosa herramienta de intercambio franco. La cuestión planteada es más específica: el deterioro de la consideración del bono del Tesoro como activo absolutamente incuestionable.

La gran cautela: ya hubo señales de crisis que terminaron fallando

Con todos estos elementos sobre la mesa, resulta tentador buscar paralelismos con 1929, 1987, 2000 o 2008. Algunos divulgadores señalan que las grandes crisis comparten elementos recurrentes: activos cuyo precio se aleja de sus fundamentos, apalancamiento, mecanismos automáticos que aceleran las ventas y acumulación de deuda. 

El BCE considera probable una "corrección". Y además advierte de que las autoridades cuentan actualmente con menos margen de actuación que durante la burbuja puntocom, tanto para bajar tipos como para recurrir a la política fiscal. Las consecuencias para Europa tampoco serían menores si finalmente se produjera un fuerte ajuste en Estados Unidos. Ese es el punto central de todas las advertencias, pero es imposible saber si se ha alcanzado el pico máxima o una especie de expansión ficticia de la economía basada en los sueños de la IA tiene sentido.

Después de años de pronósticos que no terminaron cumpliéndose, la pregunta quizá no sea únicamente si habrá otra crisis —los mercados siempre han atravesado correcciones y ciclos—, sino cuándo, con qué intensidad y por qué mecanismo llegará. Y sobre esas tres cuestiones, ni Buffett, ni el BCE ni los indicadores más observados ofrecen hoy una respuesta definitiva.

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