A Carmen Gómez, vecina de 80 años de Estella del Marqués, muchos la conocen como mamáCarmen. Porque tiene cuatro hijos biológicos, pero otros muchos que ha criado como si los hubiera parido. Por su casa de la Entidad Local Autónoma (ELA) de Jerez han pasado más de un centenar de inquilinos desde que hace cuatro décadas decidiera abrir sus puertas a quien lo necesitara.
CarmenGómez, o mamáCarmen, como la llaman todos a los que ha dado una cama y un plato de comida, comenzó acogiendo casi por casualidad a jóvenes extranjeras de intercambio y terminó convirtiendo su vivienda de Estella en un hogar para personas llegadas de muchos lugares del mundo.
Ecuador, Perú, Colombia, Bolivia, Paraguay, Honduras, Guinea Ecuatorial… ella misma pierde la cuenta. No sabe cuántas personas ni de cuántos países distintos procedían. Ella, simplemente, se ha dedicado a ejercer de anfitriona. Sin pedir nada a cambio.
En alguna ocasión ha llegado a reunir a cerca de una treintena al mismo tiempo para comer, y una decena durmiendo en las habitaciones de su casa, que no es que sean grandes precisamente. Algunas personas, en su cama junto a ella, otras en la de sus hijos, o directamente con colchones en el suelo.
Nunca fue un alojamiento planificado, ni mucho menos un negocio. “¿Cobrar? Nunca”, responde cuando se le pregunta. “No sé por qué lo hago, simplemente me sale”, dice Carmen, como si fuera lo más normal del mundo.
Carmen Gómez, en el salón de su casa, en Estella del Marqués.
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JUAN CARLOS TORO
Su hospitalidad no acaba en el alojamiento y la alimentación. También ha intentado siempre ayudar a sus inquilinos, de origen extranjero, a encontrar trabajo. Para ello utilizaba sus contactos y acompañaba a quienes acababan de llegar hasta que podían valerse por sí mismos.
De una estudiante americana a una casa llena de huéspedes
La primera huésped extranjera fue una joven americana que llegó por un intercambio escolar. Después apareció otra. Y después muchas más, porque una de las hijas de Carmen, Juana, estudió Filología Inglesa. Aquello amplió el círculo. Jóvenes de fuera comenzaron a visitar Estella y algunas regresaban cada verano. Carmen calcula que hace unos 39 años de aquella primera experiencia.
Y poco después de la prematura muerte de su marido, ManuelHuertas, Lolo, que se fue con apenas 45 años, la casa empezó a llenarse de amigas de sus hijos y de jóvenes llegados de otros lugares.
Carmen sube las escaleras que conducen a la planta superior, donde están las habitaciones.
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JUAN CARLOS TORO
Pero la dimensión de aquella hospitalidad cambió cuando el cura de Estella por aquel entonces, AntonioPichardo, se marchó como misionero a Ecuador. Carmen viajó hasta el país ecuatoriano varias veces y conoció una pobreza que, lejos de resultarle completamente extraña, le recordó a su propia infancia. Y la conmovió profundamente.
Una 'pensión' donde no se cobra a nadie
El párroco llegó a hacerse cargo de numerosos menores. Según recuerda Carmen, en uno de sus primeros viajes había 16 niños y prácticamente ningún recurso estable para mantenerlos. Ella comenzó a movilizarse para conseguir dinero y ayudarlos.
Y, al mismo tiempo, la casa de Estella empezó a convertirse en el otro extremo del puente. Llegaron ecuatorianos, y después personas de otros países latinoamericanos. Algunas habían viajado para trabajar como empleadas domésticas y el día libre no tenían siquiera una habitación donde quedarse.
Cuando alguien que ya conocía a Carmen se encontraba con una de aquellas mujeres sin sitio adonde ir, la respuesta siempre era la misma: “Traérosla, hija. No la dejéis sola”. Siempre, se ha dicho, sin cobrar nada.
Ella cocinaba para cuantas personas hiciera falta. La comida era una preocupación constante porque en su mesa nunca se sabía exactamente cuántos acabarían sentándose. Su filosofía era elemental: si había algo en la cocina, se repartía entre todos.
Hasta se ha quedado sin comer, incluso, por darle de comer a sus huéspedes. Eso sí, tenía una línea roja: “Mi comida la comparto, pero el plato de mis hijos es sagrado”. De sus hijos de sangre, claro, porque en estos años ha engordado sobremanera su libro de familia extraoficial, con “niños” y “niñas” —así los llama a todos— a lo largo y ancho del mundo.
'Mamá Carmen', durante la conversación con este periódico.
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JUAN CARLOS TORO
Una niña que nunca fue al colegio
Carmen Gómez creció en una familia de diez hermanos y nunca fue a la escuela. “No sé leer, yo nunca he aprendido”, cuenta sin dramatismo. Su infancia transcurrió trabajando. Era la quinta de los diez hermanos, la primera mujer, y se encargaba de las tareas del hogar.
A los 14 años comenzó a trabajar en el campo. No duró demasiado. El verano y la dureza de aquellas jornadas podían con ella, así que terminó trabajando en casas particulares, como cocinera o limpiadora, hasta que se casó.
Los descansos eran casi una ficción. Recuerda que podía salir del trabajo a las cuatro o cinco de la tarde y tener que presentarse de nuevo a las siete de la mañana del día siguiente. Cuando disponía de una tarde libre la utilizaba para preparar la ropa para su boda. “Mi vida ha sido así”, resume.
Toda una vida con su Lolo
Carmen conoció a Lolo cuando tenía 14 años. Lo vio en el bautizo de uno de sus hermanos, cantando con ellos, mientras ella hacía de improvisado jurado para decidir quién lo hacía mejor. Después comenzaron a coincidir, hasta que no pudo decirle que no. Así lo cuenta.
Han pasado alrededor de cuatro décadas desde la muerte de su marido, pero Carmen lo sigue teniendo muy presente. Y lo recuerda, e incluso lo invoca, constantemente. A él continúa hablándole. Le pide cosas. Le cuenta problemas. Incluso se pelean, dice entre risas.
Su ausencia también explica su empeño en que sus hijos estudiaran. Después de perder a su marido hubo quien le sugirió que sacara a los niños del colegio para ponerlos a trabajar.
Carmen Gómez, en un momento de la entrevista.
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JUAN CARLOS TORO
Carmen recuerda todavía el dolor que le produjo escucharlo. Era exactamente lo contrario de lo que quería. Ella, que jamás había podido ir a clase, quería estudios para sus hijos. Y lo consiguió.
Porque la muerte de Lolo lo cambió todo. Carmen se quedó sola con cuatro hijos que todavía eran pequeños y una situación económica que obligaba a seguir adelante. Lo hizo. Continuó trabajando en el bar y después pasó a trabajar en una casa particular. Pero el golpe emocional fue enorme.
Cuenta que sufrió una depresión muy fuerte desde que conoció la enfermedad de su marido, que terminó falleciendo dos años y medio después de darle un diagnóstico que no quiere ni recordar.
El bar como 'ensayo' de lo que vino después
Carmen y su marido Lolo estuvieron al frente de un establecimiento de Estella que muchos conocían simplemente como el Club, después de haber gestionado el Hogar del Pensionista.
Lo describe como una prolongación de su propia casa. Entraban amigos, familiares, jóvenes del pueblo. “Era como una familia”, dice Carmen. Aquella forma de vivir rodeada de gente sería, sin saberlo, un ensayo de lo que ocurriría muchos años después entre las paredes de su vivienda.
Después del bar pasó a trabajar para una familia en Jerez. Comenzó ocupándose de la cocina y terminó haciendo prácticamente de todo. Permaneció allí desde aproximadamente el año 2000 y habla de aquella familia como una extensión de la suya.
Carmen, en el rellano de la escalera de su concurrida casa.
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JUAN CARLOS TORO
A costa de mucho trabajo de Carmen. Mucho no, muchísimo. Tanto que cuenta que se ha jubilado hace apenas dos meses, con 80 años, porque no ha querido parar. No sabe parar.
El sacerdote que la sacó del pozo
En aquel periodo apareció una figura decisiva en su vida: Antonio Pichardo Hidalgo, entonces sacerdote de Estella, ahora ejerciendo en La Muela, pedanía de Algodonales.
Carmen recuerda que Antonio y Lolo mantenían una relación muy cercana y compartían bromas. Tras la muerte de su marido, fue él quien comenzó a sacarla de casa, a acompañarla y a insistir en que tenía que continuar viviendo.
“Me ayudó mucho, mucho, mucho”. Aquella ayuda dejó una deuda afectiva que Carmen nunca ha considerado saldada. “Yo no tengo con qué pagarle, tengo que seguir ayudándole”, expresa.
Gracias a Pichardo, visitó Ecuador, donde estuvo de misionero, y donde conoció de cerca historias durísimas. Nunca se le olvidará un joven huérfano al que llamaban Pipi, que falleció con apenas 15 años, y al que acompañó en un hospital en el que, recuerda, sin dinero era imposible acceder a determinadas pruebas y atenciones. Describe pacientes esperando fuera, con personas durmiendo sobre cartones.
Es la única ocasión en la que casi rompe a llorar durante la conversación. “Generaba mucha impotencia verlo así”, dice. Aquellos viajes reforzaron aún más su relación con los jóvenes que Antonio había conocido en Ecuador. Algunos terminarían llegando a España. Algunos se quedarían en casa de Carmen. Y algunos, décadas después, siguen tratándola como a una madre.
Carmen muestra una de las camas donde ha dado cobijo a tantas personas.
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JUAN CARLOS TORO
El corazón inmenso de 'mamá Carmen'
Hay personas que dejaron de ser huéspedes hace décadas y todavía regresan a verla. Para todos ellos es mamá Carmen. Algunos de aquellos jóvenes ecuatorianos se refieren a los cuatro hijos biológicos de Carmen como hermanos.
Porque Carmen insiste en que nada de aquello hubiera sido posible si sus hijos se hubieran opuesto. “Estoy orgullosísima de mis hijos”, comenta, porque su casa era de todos y todos tuvieron que convivir con personas que entraban y salían, camas ocupadas y una mesa que nunca parecía tener un número cerrado de comensales.
Cuando se le pregunta por qué es así, Carmen vuelve una y otra vez a su infancia. Y recuerda un episodio ocurrido cuando era niña. Su familia tenía muy poco. Comían apenas unos boniatos que su madre guardaba debajo de una cama. Un día llegó una mujer que vendía canastos y que no tenía nada para alimentar a sus hijos.
Carmen, sin pensarlo dos veces, le dijo que cogiera boniatos y se los llevó todos. Cuando su madre regresó, estuvo a punto de matarla del disgusto, cuenta hoy entre risas. Realmente, no sabe explicar de dónde procede exactamente esa necesidad de abrir la puerta de su casa.
Pero después de haber dado tanto, Carmen admite que ha recibido “mucho cariño” a cambio. Desde luego, no es para menos.
A Carmen Gómez, vecina de 80 años de Estella del Marqués, muchos la conocen como mamáCarmen. Porque tiene cuatro hijos biológicos, pero otros muchos que ha criado como si los hubiera parido. Por su casa de la Entidad Local Autónoma (ELA) de Jerez han pasado más de un centenar de inquilinos desde que hace cuatro décadas decidiera abrir sus puertas a quien lo necesitara.
CarmenGómez, o mamáCarmen, como la llaman todos a los que ha dado una cama y un plato de comida, comenzó acogiendo casi por casualidad a jóvenes extranjeras de intercambio y terminó convirtiendo su vivienda de Estella en un hogar para personas llegadas de muchos lugares del mundo.
Ecuador, Perú, Colombia, Bolivia, Paraguay, Honduras, Guinea Ecuatorial… ella misma pierde la cuenta. No sabe cuántas personas ni de cuántos países distintos procedían. Ella, simplemente, se ha dedicado a ejercer de anfitriona. Sin pedir nada a cambio.
En alguna ocasión ha llegado a reunir a cerca de una treintena al mismo tiempo para comer, y una decena durmiendo en las habitaciones de su casa, que no es que sean grandes precisamente. Algunas personas, en su cama junto a ella, otras en la de sus hijos, o directamente con colchones en el suelo.
Nunca fue un alojamiento planificado, ni mucho menos un negocio. “¿Cobrar? Nunca”, responde cuando se le pregunta. “No sé por qué lo hago, simplemente me sale”, dice Carmen, como si fuera lo más normal del mundo.
Carmen Gómez, en el salón de su casa, en Estella del Marqués.
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JUAN CARLOS TORO
Su hospitalidad no acaba en el alojamiento y la alimentación. También ha intentado siempre ayudar a sus inquilinos, de origen extranjero, a encontrar trabajo. Para ello utilizaba sus contactos y acompañaba a quienes acababan de llegar hasta que podían valerse por sí mismos.
De una estudiante americana a una casa llena de huéspedes
La primera huésped extranjera fue una joven americana que llegó por un intercambio escolar. Después apareció otra. Y después muchas más, porque una de las hijas de Carmen, Juana, estudió Filología Inglesa. Aquello amplió el círculo. Jóvenes de fuera comenzaron a visitar Estella y algunas regresaban cada verano. Carmen calcula que hace unos 39 años de aquella primera experiencia.
Y poco después de la prematura muerte de su marido, ManuelHuertas, Lolo, que se fue con apenas 45 años, la casa empezó a llenarse de amigas de sus hijos y de jóvenes llegados de otros lugares.
Carmen sube las escaleras que conducen a la planta superior, donde están las habitaciones.
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JUAN CARLOS TORO
Pero la dimensión de aquella hospitalidad cambió cuando el cura de Estella por aquel entonces, AntonioPichardo, se marchó como misionero a Ecuador. Carmen viajó hasta el país ecuatoriano varias veces y conoció una pobreza que, lejos de resultarle completamente extraña, le recordó a su propia infancia. Y la conmovió profundamente.
Una 'pensión' donde no se cobra a nadie
El párroco llegó a hacerse cargo de numerosos menores. Según recuerda Carmen, en uno de sus primeros viajes había 16 niños y prácticamente ningún recurso estable para mantenerlos. Ella comenzó a movilizarse para conseguir dinero y ayudarlos.
Y, al mismo tiempo, la casa de Estella empezó a convertirse en el otro extremo del puente. Llegaron ecuatorianos, y después personas de otros países latinoamericanos. Algunas habían viajado para trabajar como empleadas domésticas y el día libre no tenían siquiera una habitación donde quedarse.
Cuando alguien que ya conocía a Carmen se encontraba con una de aquellas mujeres sin sitio adonde ir, la respuesta siempre era la misma: “Traérosla, hija. No la dejéis sola”. Siempre, se ha dicho, sin cobrar nada.
Ella cocinaba para cuantas personas hiciera falta. La comida era una preocupación constante porque en su mesa nunca se sabía exactamente cuántos acabarían sentándose. Su filosofía era elemental: si había algo en la cocina, se repartía entre todos.
Hasta se ha quedado sin comer, incluso, por darle de comer a sus huéspedes. Eso sí, tenía una línea roja: “Mi comida la comparto, pero el plato de mis hijos es sagrado”. De sus hijos de sangre, claro, porque en estos años ha engordado sobremanera su libro de familia extraoficial, con “niños” y “niñas” —así los llama a todos— a lo largo y ancho del mundo.
'Mamá Carmen', durante la conversación con este periódico.
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JUAN CARLOS TORO
Una niña que nunca fue al colegio
Carmen Gómez creció en una familia de diez hermanos y nunca fue a la escuela. “No sé leer, yo nunca he aprendido”, cuenta sin dramatismo. Su infancia transcurrió trabajando. Era la quinta de los diez hermanos, la primera mujer, y se encargaba de las tareas del hogar.
A los 14 años comenzó a trabajar en el campo. No duró demasiado. El verano y la dureza de aquellas jornadas podían con ella, así que terminó trabajando en casas particulares, como cocinera o limpiadora, hasta que se casó.
Los descansos eran casi una ficción. Recuerda que podía salir del trabajo a las cuatro o cinco de la tarde y tener que presentarse de nuevo a las siete de la mañana del día siguiente. Cuando disponía de una tarde libre la utilizaba para preparar la ropa para su boda. “Mi vida ha sido así”, resume.
Toda una vida con su Lolo
Carmen conoció a Lolo cuando tenía 14 años. Lo vio en el bautizo de uno de sus hermanos, cantando con ellos, mientras ella hacía de improvisado jurado para decidir quién lo hacía mejor. Después comenzaron a coincidir, hasta que no pudo decirle que no. Así lo cuenta.
Han pasado alrededor de cuatro décadas desde la muerte de su marido, pero Carmen lo sigue teniendo muy presente. Y lo recuerda, e incluso lo invoca, constantemente. A él continúa hablándole. Le pide cosas. Le cuenta problemas. Incluso se pelean, dice entre risas.
Su ausencia también explica su empeño en que sus hijos estudiaran. Después de perder a su marido hubo quien le sugirió que sacara a los niños del colegio para ponerlos a trabajar.
Carmen Gómez, en un momento de la entrevista.
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JUAN CARLOS TORO
Carmen recuerda todavía el dolor que le produjo escucharlo. Era exactamente lo contrario de lo que quería. Ella, que jamás había podido ir a clase, quería estudios para sus hijos. Y lo consiguió.
Porque la muerte de Lolo lo cambió todo. Carmen se quedó sola con cuatro hijos que todavía eran pequeños y una situación económica que obligaba a seguir adelante. Lo hizo. Continuó trabajando en el bar y después pasó a trabajar en una casa particular. Pero el golpe emocional fue enorme.
Cuenta que sufrió una depresión muy fuerte desde que conoció la enfermedad de su marido, que terminó falleciendo dos años y medio después de darle un diagnóstico que no quiere ni recordar.
El bar como 'ensayo' de lo que vino después
Carmen y su marido Lolo estuvieron al frente de un establecimiento de Estella que muchos conocían simplemente como el Club, después de haber gestionado el Hogar del Pensionista.
Lo describe como una prolongación de su propia casa. Entraban amigos, familiares, jóvenes del pueblo. “Era como una familia”, dice Carmen. Aquella forma de vivir rodeada de gente sería, sin saberlo, un ensayo de lo que ocurriría muchos años después entre las paredes de su vivienda.
Después del bar pasó a trabajar para una familia en Jerez. Comenzó ocupándose de la cocina y terminó haciendo prácticamente de todo. Permaneció allí desde aproximadamente el año 2000 y habla de aquella familia como una extensión de la suya.
Carmen, en el rellano de la escalera de su concurrida casa.
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JUAN CARLOS TORO
A costa de mucho trabajo de Carmen. Mucho no, muchísimo. Tanto que cuenta que se ha jubilado hace apenas dos meses, con 80 años, porque no ha querido parar. No sabe parar.
El sacerdote que la sacó del pozo
En aquel periodo apareció una figura decisiva en su vida: Antonio Pichardo Hidalgo, entonces sacerdote de Estella, ahora ejerciendo en La Muela, pedanía de Algodonales.
Carmen recuerda que Antonio y Lolo mantenían una relación muy cercana y compartían bromas. Tras la muerte de su marido, fue él quien comenzó a sacarla de casa, a acompañarla y a insistir en que tenía que continuar viviendo.
“Me ayudó mucho, mucho, mucho”. Aquella ayuda dejó una deuda afectiva que Carmen nunca ha considerado saldada. “Yo no tengo con qué pagarle, tengo que seguir ayudándole”, expresa.
Gracias a Pichardo, visitó Ecuador, donde estuvo de misionero, y donde conoció de cerca historias durísimas. Nunca se le olvidará un joven huérfano al que llamaban Pipi, que falleció con apenas 15 años, y al que acompañó en un hospital en el que, recuerda, sin dinero era imposible acceder a determinadas pruebas y atenciones. Describe pacientes esperando fuera, con personas durmiendo sobre cartones.
Es la única ocasión en la que casi rompe a llorar durante la conversación. “Generaba mucha impotencia verlo así”, dice. Aquellos viajes reforzaron aún más su relación con los jóvenes que Antonio había conocido en Ecuador. Algunos terminarían llegando a España. Algunos se quedarían en casa de Carmen. Y algunos, décadas después, siguen tratándola como a una madre.
Carmen muestra una de las camas donde ha dado cobijo a tantas personas.
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JUAN CARLOS TORO
El corazón inmenso de 'mamá Carmen'
Hay personas que dejaron de ser huéspedes hace décadas y todavía regresan a verla. Para todos ellos es mamá Carmen. Algunos de aquellos jóvenes ecuatorianos se refieren a los cuatro hijos biológicos de Carmen como hermanos.
Porque Carmen insiste en que nada de aquello hubiera sido posible si sus hijos se hubieran opuesto. “Estoy orgullosísima de mis hijos”, comenta, porque su casa era de todos y todos tuvieron que convivir con personas que entraban y salían, camas ocupadas y una mesa que nunca parecía tener un número cerrado de comensales.
Cuando se le pregunta por qué es así, Carmen vuelve una y otra vez a su infancia. Y recuerda un episodio ocurrido cuando era niña. Su familia tenía muy poco. Comían apenas unos boniatos que su madre guardaba debajo de una cama. Un día llegó una mujer que vendía canastos y que no tenía nada para alimentar a sus hijos.
Carmen, sin pensarlo dos veces, le dijo que cogiera boniatos y se los llevó todos. Cuando su madre regresó, estuvo a punto de matarla del disgusto, cuenta hoy entre risas. Realmente, no sabe explicar de dónde procede exactamente esa necesidad de abrir la puerta de su casa.
Pero después de haber dado tanto, Carmen admite que ha recibido “mucho cariño” a cambio. Desde luego, no es para menos.
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