"El adobito me lo llevo": La Feria de Jerez, la ley y los túper
La consideración actual de las casetas, con la nueva legislación, es muy similar a la de los restaurantes y eso lleva consigo obligaciones –y derechos– de los que no siempre son conscientes ni hosteleros ni consumidores
Albero, mediodía, un rebujito, un baile, otro rebujito, otro baile... Es ese momento de sobremesa en la Feria de Jerez –con claveles descabezados, jarras medio vacías y algún mosquito, fatalmente sumergido– en el que, miramos lo que queda en los platos y alguien dice: “Esto da pena dejarlo ¿no?". Si hasta ahora el resto de gente se encogía de hombros, ahora alguien puede perfectamente decir "el adobito nos los llevamos, pide un táper, que he escuchado que, con la nueva ley, lo deberían dar”.
Y es que con la euforia y el fino pedimos de más y al final ya no entran ni la tercera de pimientos fritos, ni las croquetas o ese guiso “por si venía fulanito”. Con la nueva Ley de Prevención del Desperdicio Alimentario, de plena aplicación desde el pasado mes, esto debería cambiar. Todo, aparte de pedir con cabeza y pensando no solo en el bolsillo, sino en una actitud responsable que no esté reñida con disfrutar...
Además, podríamos decir que, este año, la Feria del Caballo celebra una edición premium. Como habrán escuchado y leído hasta la saciedad –nunca mejor dicho–, Jerez es Capital Española de la Gastronomía 2026, ergo, de ahí la primera pregunta: ¿está preparada la Feria para esta norma?
"La Feria de Jerez tiene capacidad sobrada para adaptarse"
“La Feria de Jerez tiene capacidad sobrada para adaptarse”, afirma Miguel Ángel Montaldo, CEO de la consultora jerezana ESG Compliance Corporate, que añade que “su tejido de caseteros, hosteleros y Administración local conoce bien la complejidad de prestar servicio a miles de personas durante una semana. Pero la adaptación no debería dejarse a la improvisación. No se trata de burocratizar la Feria ni de cargar a pequeñas casetas con exigencias desproporcionadas sino de identificar quién debe cumplir qué y cómo ha de hacerlo”.
Tranquilos, no se pretende convertir las casetas en ONG. En realidad, esta ley plantea cosas de sentido común: primero, intentar que no sobre comida. Si sobra y es apta para el consumo, buscar la forma de aprovecharla o donarla, y, por último, gestionar los residuos correctamente.
Dicho así, todo suena muy lógico. Pero aplicado a una Feria como la de Jerez, intensa, masiva e imprevisible por momentos... Por ejemplo, volviendo al adobito, nos preguntamos si ese gesto de llevarse las sobras dejaría de ser una rareza si las casetas facilitaran que el personal pueda llevarse la comida que no consuma, en envases adecuados (reciclables o reutilizables). A efectos prácticos, una caseta que sirva comidas o bebidas al público, a sus socios o mediante un servicio organizado de restauración, opera como un establecimiento hostelero temporal. Eso significa que, además de las reglas habituales de higiene, seguridad alimentaria y gestión de residuos, debe tener en cuenta las nuevas normas en materia de prevención del desperdicio alimentario. Ahora bien, no todas las obligaciones afectarían por igual a todas las casetas. Exigencias como disponer de un plan de prevención o promover convenios de donación de excedentes, dependerían del tamaño, la superficie, el titular de la actividad y de si se superan los umbrales previstos legalmente.
Guardando pescaíto frito en un tuper, dentro de una caseta de la Feria de Jerez.
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MANU GARCÍA
Buenas prácticas
Entonces, ¿qué puede suponer esto en la Feria? Pues se abre la puerta a 'buenas prácticas' como ajustar raciones (esperemos que esto no lo lean los caseteros), informar mejor al cliente, controlar lo cocinado y no servido, separar correctamente los residuos orgánicos, prever envases aptos para uso alimentario y, cuando exista excedente seguro y viable, articular fórmulas de donación con garantías sanitarias y de trazabilidad.
Todo sin olvidar que, aunque el objetivo no es sancionador, la ley contempla multas que pueden alcanzar cifras importantes en casos graves o reiterados. Pero ese no es el foco. El foco está en profesionalizar lo que antes dependía, en gran medida, de la costumbre.
“La Ley de Desperdicio Alimentario no debe verse como un obstáculo para la Feria del Caballo, sino como una oportunidad para reforzar su calidad organizativa, su compromiso social y su posición como una de las grandes celebraciones gastronómicas y populares de España. La clave está en preparar una respuesta proporcionada: información clara, medidas simples, coordinación previa y registros mínimos cuando proceda”, resume Montaldo.
También salta otra duda razonable: ¿Qué ocurre si una ordenanza municipal dice una cosa y la ley otra? En este caso, el texto estatal define el marco general. A partir de ahí, los ayuntamientos —como el de Jerez— deberán ir “aterrizando” su cumplimiento teniendo en cuenta las competencias de cada administración. De hecho, indica Montaldo: “Entiendo que el papel del Ayuntamiento será más de acompañamiento preventivo: informar, orientar, facilitar herramientas y, en la medida de lo posible, coordinar iniciativas que ayuden a los caseteros a adaptarse sin complicarse la vida más de lo necesario”.
Porque también se trata de eso. De que la Feria siga siendo la Feria. Con su desorden aparente, su alegría... Pero con mejor gestión de los fogones, las viandas y su consumo.
Nada ocurre de un día para otro ni esperamos ver carteles anunciando envases para llevar o miles de personas saliendo con táper por la portada, que, además –sinceramente– solo pensar en pedirlo da cierta pereza. Pero, de nuevo, pongámonos en contexto..., unas cuantas sevillanas, decenas de brindis sin causa y un dolor de pies terrible tras interminables búsquedas de casetas, y ahora respondan... ¿quién –entre las lectoras y lectores– no se alegraría de haberse llevado el adobito y los pimientos para la recena?
Albero, mediodía, un rebujito, un baile, otro rebujito, otro baile... Es ese momento de sobremesa en la Feria de Jerez –con claveles descabezados, jarras medio vacías y algún mosquito, fatalmente sumergido– en el que, miramos lo que queda en los platos y alguien dice: “Esto da pena dejarlo ¿no?". Si hasta ahora el resto de gente se encogía de hombros, ahora alguien puede perfectamente decir "el adobito nos los llevamos, pide un táper, que he escuchado que, con la nueva ley, lo deberían dar”.
Y es que con la euforia y el fino pedimos de más y al final ya no entran ni la tercera de pimientos fritos, ni las croquetas o ese guiso “por si venía fulanito”. Con la nueva Ley de Prevención del Desperdicio Alimentario, de plena aplicación desde el pasado mes, esto debería cambiar. Todo, aparte de pedir con cabeza y pensando no solo en el bolsillo, sino en una actitud responsable que no esté reñida con disfrutar...
Además, podríamos decir que, este año, la Feria del Caballo celebra una edición premium. Como habrán escuchado y leído hasta la saciedad –nunca mejor dicho–, Jerez es Capital Española de la Gastronomía 2026, ergo, de ahí la primera pregunta: ¿está preparada la Feria para esta norma?
"La Feria de Jerez tiene capacidad sobrada para adaptarse"
“La Feria de Jerez tiene capacidad sobrada para adaptarse”, afirma Miguel Ángel Montaldo, CEO de la consultora jerezana ESG Compliance Corporate, que añade que “su tejido de caseteros, hosteleros y Administración local conoce bien la complejidad de prestar servicio a miles de personas durante una semana. Pero la adaptación no debería dejarse a la improvisación. No se trata de burocratizar la Feria ni de cargar a pequeñas casetas con exigencias desproporcionadas sino de identificar quién debe cumplir qué y cómo ha de hacerlo”.
Tranquilos, no se pretende convertir las casetas en ONG. En realidad, esta ley plantea cosas de sentido común: primero, intentar que no sobre comida. Si sobra y es apta para el consumo, buscar la forma de aprovecharla o donarla, y, por último, gestionar los residuos correctamente.
Dicho así, todo suena muy lógico. Pero aplicado a una Feria como la de Jerez, intensa, masiva e imprevisible por momentos... Por ejemplo, volviendo al adobito, nos preguntamos si ese gesto de llevarse las sobras dejaría de ser una rareza si las casetas facilitaran que el personal pueda llevarse la comida que no consuma, en envases adecuados (reciclables o reutilizables). A efectos prácticos, una caseta que sirva comidas o bebidas al público, a sus socios o mediante un servicio organizado de restauración, opera como un establecimiento hostelero temporal. Eso significa que, además de las reglas habituales de higiene, seguridad alimentaria y gestión de residuos, debe tener en cuenta las nuevas normas en materia de prevención del desperdicio alimentario. Ahora bien, no todas las obligaciones afectarían por igual a todas las casetas. Exigencias como disponer de un plan de prevención o promover convenios de donación de excedentes, dependerían del tamaño, la superficie, el titular de la actividad y de si se superan los umbrales previstos legalmente.
Guardando pescaíto frito en un tuper, dentro de una caseta de la Feria de Jerez.
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MANU GARCÍA
Buenas prácticas
Entonces, ¿qué puede suponer esto en la Feria? Pues se abre la puerta a 'buenas prácticas' como ajustar raciones (esperemos que esto no lo lean los caseteros), informar mejor al cliente, controlar lo cocinado y no servido, separar correctamente los residuos orgánicos, prever envases aptos para uso alimentario y, cuando exista excedente seguro y viable, articular fórmulas de donación con garantías sanitarias y de trazabilidad.
Todo sin olvidar que, aunque el objetivo no es sancionador, la ley contempla multas que pueden alcanzar cifras importantes en casos graves o reiterados. Pero ese no es el foco. El foco está en profesionalizar lo que antes dependía, en gran medida, de la costumbre.
“La Ley de Desperdicio Alimentario no debe verse como un obstáculo para la Feria del Caballo, sino como una oportunidad para reforzar su calidad organizativa, su compromiso social y su posición como una de las grandes celebraciones gastronómicas y populares de España. La clave está en preparar una respuesta proporcionada: información clara, medidas simples, coordinación previa y registros mínimos cuando proceda”, resume Montaldo.
También salta otra duda razonable: ¿Qué ocurre si una ordenanza municipal dice una cosa y la ley otra? En este caso, el texto estatal define el marco general. A partir de ahí, los ayuntamientos —como el de Jerez— deberán ir “aterrizando” su cumplimiento teniendo en cuenta las competencias de cada administración. De hecho, indica Montaldo: “Entiendo que el papel del Ayuntamiento será más de acompañamiento preventivo: informar, orientar, facilitar herramientas y, en la medida de lo posible, coordinar iniciativas que ayuden a los caseteros a adaptarse sin complicarse la vida más de lo necesario”.
Porque también se trata de eso. De que la Feria siga siendo la Feria. Con su desorden aparente, su alegría... Pero con mejor gestión de los fogones, las viandas y su consumo.
Nada ocurre de un día para otro ni esperamos ver carteles anunciando envases para llevar o miles de personas saliendo con táper por la portada, que, además –sinceramente– solo pensar en pedirlo da cierta pereza. Pero, de nuevo, pongámonos en contexto..., unas cuantas sevillanas, decenas de brindis sin causa y un dolor de pies terrible tras interminables búsquedas de casetas, y ahora respondan... ¿quién –entre las lectoras y lectores– no se alegraría de haberse llevado el adobito y los pimientos para la recena?
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