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El tomate de Los Palacios se subraya a sí mismo como histórico motor de igualdad en las tierras de Sevilla

La I Semana del Tomate llega hoy a su día cumbre con la entrega de un galardón de plata a quienes crearon el término ‘bombón colorao’ pensando en la singular unidad de tierra en propiedad de los lugareños: el manchón

  • Los autores del libro Manchonerías posan en la cooperativa Las Nieves de su pueblo. -

Cuando Francisco Cid y Juan Manuel Begines publicaron aquel curioso libro de divulgación anecdótica local titulado Manchonerías, versaciones palaciegas, en 2004, los manchones habían pasado de moda y la juventud de Los Palacios y Villafranca - considerado hoy con indudable consenso la huerta sevillana- no estaba pensando en seguir los pasos de sus ancestros, sino en ganar mucho dinero subida al tren del ladrillo, porque lo que se popularizó entonces es que trenes como aquellos solo pasaban una vez.

Los jóvenes, quizás por culpa de sus repentinos sueldos triplicados en otros sectores económicos que nada tenían que ver con el cultivo de la tierra, no sospechaban entonces que aquel tren tan veloz se fuera a detener en seco apenas un lustro después, y a ninguno se le ocurrió atender a las lecciones de los viejos manchoneros que ya sabían que incluso los trenes eran cíclicos. Pero la mayoría de ellos volvió a los manchones de sus viejos cuando el boom de la construcción se paró inesperadamente como lo hizo la economía de todo el país o como uno de esos trenes mohosos de las estaciones abandonadas.

El libro Manchonerías, de los autores Francisco Cid y Juan Manuel Begines, junto a un tomate palaciego. JUAN CARLOS TORO

Muchos de ellos ni siquiera sabían lo que era un manchón, pues ni eran de hablar con los manchoneros ni mucho menos habían leído el curioso librito de Cid y Begines, inundado de casapajas, viergos, eras, matos, rastrojales, regabinas y otros cientos de términos terruñeros que conectaban con lo que el profesor de Historia Francisco Begines había explicado en el propio prólogo de la publicación para referirse al célebre manchón en el que, al menos desde el siglo XVII, se había extendido el cultivo del tomate después de su aterrizaje desde América.

El manchón ha sido a lo largo de nuestra historia la propiedad agrícola por antonomasia de los palaciegos o moñigueros”, podía leerse en aquel prólogo tan didáctico que incluía otra palabra de aquí: moñiguero de moñiga, es decir, boñiga escrito en moñiguero, en referencia al excremento de las vacas, que habían constituido igualmente una de las esencias históricas en un pueblo tan especialmente dedicado al ganado y que encontró en el adjetivo su más pintoresco gentilicio. “El peculiar reparto de las tierras de nuestro término o alfoz en manchones significa un hecho diferencial con el resto de los municipios colindantes: Utrera, Dos Hermanas, Lebrija o Las Cabezas. Los Palacios siempre ha sido tierra de minifundios entre un mar de cortijos y haciendas”, escribía el viejo profesor palaciego, amigo de los autores. “La posesión de un manchón ha marcado la peculiar forma de ser, la idiosincrasia, de sus vecinos. Palaciegos que no han necesitado escudos o blasones, ya que su mayor orgullo es y ha sido la propiedad del mismo”.

  • Juan Manuel Begines y Francisco Cid posan con su libro de 2004 en la cooperativa Las Nieves. JUAN CARLOS TORO

El caso es que los manchones, esas pequeñas unidades de tierras en propiedad y cultivadas en las arenas, que es el término que aquí se emplea para diferenciar a estos cultivos de las extensas hectáreas marismeñas, más próximas al río Guadalquivir, fueron la inspiración para aquel libro que, dos años después, incluso tuvo una segunda parte, hasta el punto de que los dos autores se envalentonaron literariamente y publicaron un cuento y una novela con el caldo de cultivo que suponía el carácter tan peculiar de estos lugareños históricamente orgullosos de ser propietarios de su pequeña porción de tierra, el suficiente para sobrevivir y mantener una familia sin tener que suplicarle a nadie.

Un tomate especialmente poético

El libro de Begines y Cid, que ya ha cumplido 22 años, ni siquiera había tenido reimpresiones en los últimos tiempos, pero muchos de los palaciegos que conservan algún ejemplar han vuelto estos días a desempolvarlo y a abrirlo por la página 33, porque justo en ella se escribe por primera vez el sintagma que tanta popularidad ha alcanzado desde entonces para referirse simplemente al tomate de Los Palacios y Villafranca: “bombón colorao”.

Como dejó dicho el mismísimo Federico García Lorca, “poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Es justo lo que consiguieron Begines y Cid al referirse al tomate en estos términos: “…se crían tan grandes como ruedas de carreteras. Y con otra gracia: no hace falta regarlos. Con solo chasquear y regabinar, el tomate se convierte en un bombón colorao”. Ahí quedó.

  • Este aspecto presentan los auténticos bombones coloraos de Los Palacios y Villafranca, en plena campaña. JUAN CARLOS TORO 

El “bombón colorao” se ha convertido desde entonces en el gran sinónimo del tomate de Los Palacios, en el gran recurso de sustitución para los medios de comunicación y en una especie de término absolutamente poético que crea un misterio en quienes lo usan y en quienes lo oyen, pues no es lo mismo venir a Los Palacios y Villafranca a comer tomates que a disfrutar del bombón colorao, máxime en una semana como esta en la que hasta 17 restaurantes del municipio están tirando la casa por la ventana al haber creado –otra vez la creación- 50 recetas con tomate que están haciendo las delicias de palaciegos y visitantes hasta este próximo domingo.

Y es que, en la historia del tomate de Los Palacios y Villafranca, las palabras han sido mucho más importantes de lo que cualquier manchonero hubiera podido imaginar. El valor del tomate local no radica en una variedad concreta o autóctona, pues el llamado Genaro, por ejemplo, una de las variedades más antiguas, soporta mal el transporte, y otras variedades que han ido surgiendo luego, como el Matías o el Panekra o el Corazón de buey, conocido también fuera de las fronteras locales, no han hecho sino diversificar el inmenso catálogo de tomates palaciegos que, a falta de conseguir una Denominación de Origen, como se soñó, o incluso una Indicación Geográfica Protegida, han conseguido sintetizarse bajo la marca y el conocido logo de Tomate de Los Palacios, sin más, o con ese feliz y poético apellido de “bombón colorao” que incluso ha protagonizado algún que otro rifirrafe a la hora de patentarlo, según reconocen sus verdaderos inventores. Hoy por hoy, la mayor cooperativa del pueblo, Las Nieves, luce carteles publicitarios en todo su recinto con la leyenda completa: “Tomate de Los Palacios. El auténtico bombón colorao”.

  • Cadena de manipulación del tomate palaciego en la cooperativa Las Nieves. JUAN CARLOS TORO

Tal vez por todo ello el Ayuntamiento no ha tenido dudas este año de a quién podría galardonarse con el ya tradicional Tomate de Plata que cada año se concede a algún personaje o institución que haya trabajado por la difusión del buen nombre del tomate palaciego. En años anteriores recibieron este reconocimiento programas de televisión como Andalucía Directo, de Canal Sur; programas de radio como No es un día cualquiera, de Radio Nacional de España; la Asociación de Hoteles de Sevilla y Provincia; o incluso el famoso grupo de agropop nacido aquí No me pises que llevo chanclas. “Nos sentimos muy orgullosos, claro, de recibir este inmenso galardón”, dicen Francisco Cid y Juan Manuel Begines, y seguramente esta noche, en la gala que se prepara en el teatro municipal, seguirán diciendo más, mucho más, cuando se rodeen de auténticos manchoneros entre los que también se premiará con un pin de oro a los campeones en producción de cada una de las cooperativas locales: Las Nieves, Parque Norte y Frupal.

  • Los palés se venden por decenas, a diario y a clientela de toda la provincia en Los Palacios y Villafranca. JUAN CARLOS TORO

Un pueblo sin pobres

Los galardonados con el Tomate de Plata 2026 sienten cierta nostalgia del mundo de manchones que conocieron en su niñez y juventud. Desde luego que el panorama rural de Los Palacios y Villafranca ha cambiado especialmente en lo que va de siglo, no solo porque muchos de los pagos en los que antes se sembraban vides, sandías y tomates se han terminado urbanizando (el Manchón de la Pepona, el Manchón de Romero, La Cañaílla o La Nana son hoy populosos barrios), sino porque el resto del agro que no hace mucho se destinaba a cultivar se ha inundado de parcelitas de recreo a las que van y vienen los muchísimos palaciegos que tienen en ellas sus segundas residencias con piscina incluida.

 

Aun así, los invernaderos de Los Palacios y Villafranca constituyen exactamente la mitad de los invernaderos censados en toda la provincia de Sevilla. Y la actividad agrícola sigue siendo un motor de igualdad incluso para quienes tienen otros oficios y no renuncian a su faneguita de tierra o a su manchón para complementar su economía familiar.

El manchón, a pesar de lo que hayan podido asegurar los informes económicos de respetadas instituciones y cajas de ahorro sobre los pueblos más pobres de Andalucía o de España –siempre con datos oficiales, pobremente oficiales, pues antes no tomaban en consideración los manchones y ahora también se les escapan otros cultivos-, es lo que ha convertido históricamente al pueblo del tomate en un pueblo sin pobres de verdad, o de solemnidad, como se recoge incluso en aquella Guía del viagero por el Ferro-carril de Sevilla a Cádiz publicada en la capital hispalense en 1864 por Eduardo Antón Rodríguez.

En la citada y antiquísima publicación pueden leerse fragmentos sin desperdicio: “Otra de las cosas que llamará la atención del viagero en el pueblo que nos ocupa es lo muy repartida que se halla en él la propiedad. De aquí el bienestar y la comodidad que disfrutan las clases menos acomodadas, pues no hay pobre que no tenga, cuando menos, su casa, su viña y una fanega de tierra para sembrar”. Más adelante puede leerse también: “La condición de los jornaleros de Los Palacios es superior a la de sus iguales en otras poblaciones, y cuando no están ocupados en las faenas agrícolas del campo ageno, cultivan el propio con todo el esmero y diligencia que el hombre dedica a lo que le pertenece. Esto redunda en beneficio de la producción, haciéndola más pingüe, y aumenta, por lo tanto, el bienestar de la familia, con lo que se facilita el desarrollo de la población. Consecuencia también de la pequeña propiedad es la total desaparición de los pobres de solemnidad, y en efecto, no se conocen en esta villa. En ella todos tienen algo, y el infeliz que por su avanzada edad no puede empuñar ya una azada, se mantiene con lo poco que le produce una pequeña tierra, que siempre da lo bastante para cubrir sus escasas necesidades”. Memoria, que se dice aquí.  

Cuando Francisco Cid y Juan Manuel Begines publicaron aquel curioso libro de divulgación anecdótica local titulado Manchonerías, versaciones palaciegas, en 2004, los manchones habían pasado de moda y la juventud de Los Palacios y Villafranca - considerado hoy con indudable consenso la huerta sevillana- no estaba pensando en seguir los pasos de sus ancestros, sino en ganar mucho dinero subida al tren del ladrillo, porque lo que se popularizó entonces es que trenes como aquellos solo pasaban una vez.

Los jóvenes, quizás por culpa de sus repentinos sueldos triplicados en otros sectores económicos que nada tenían que ver con el cultivo de la tierra, no sospechaban entonces que aquel tren tan veloz se fuera a detener en seco apenas un lustro después, y a ninguno se le ocurrió atender a las lecciones de los viejos manchoneros que ya sabían que incluso los trenes eran cíclicos. Pero la mayoría de ellos volvió a los manchones de sus viejos cuando el boom de la construcción se paró inesperadamente como lo hizo la economía de todo el país o como uno de esos trenes mohosos de las estaciones abandonadas.

El libro Manchonerías, de los autores Francisco Cid y Juan Manuel Begines, junto a un tomate palaciego. JUAN CARLOS TORO

Muchos de ellos ni siquiera sabían lo que era un manchón, pues ni eran de hablar con los manchoneros ni mucho menos habían leído el curioso librito de Cid y Begines, inundado de casapajas, viergos, eras, matos, rastrojales, regabinas y otros cientos de términos terruñeros que conectaban con lo que el profesor de Historia Francisco Begines había explicado en el propio prólogo de la publicación para referirse al célebre manchón en el que, al menos desde el siglo XVII, se había extendido el cultivo del tomate después de su aterrizaje desde América.

El manchón ha sido a lo largo de nuestra historia la propiedad agrícola por antonomasia de los palaciegos o moñigueros”, podía leerse en aquel prólogo tan didáctico que incluía otra palabra de aquí: moñiguero de moñiga, es decir, boñiga escrito en moñiguero, en referencia al excremento de las vacas, que habían constituido igualmente una de las esencias históricas en un pueblo tan especialmente dedicado al ganado y que encontró en el adjetivo su más pintoresco gentilicio. “El peculiar reparto de las tierras de nuestro término o alfoz en manchones significa un hecho diferencial con el resto de los municipios colindantes: Utrera, Dos Hermanas, Lebrija o Las Cabezas. Los Palacios siempre ha sido tierra de minifundios entre un mar de cortijos y haciendas”, escribía el viejo profesor palaciego, amigo de los autores. “La posesión de un manchón ha marcado la peculiar forma de ser, la idiosincrasia, de sus vecinos. Palaciegos que no han necesitado escudos o blasones, ya que su mayor orgullo es y ha sido la propiedad del mismo”.

  • Juan Manuel Begines y Francisco Cid posan con su libro de 2004 en la cooperativa Las Nieves. JUAN CARLOS TORO

El caso es que los manchones, esas pequeñas unidades de tierras en propiedad y cultivadas en las arenas, que es el término que aquí se emplea para diferenciar a estos cultivos de las extensas hectáreas marismeñas, más próximas al río Guadalquivir, fueron la inspiración para aquel libro que, dos años después, incluso tuvo una segunda parte, hasta el punto de que los dos autores se envalentonaron literariamente y publicaron un cuento y una novela con el caldo de cultivo que suponía el carácter tan peculiar de estos lugareños históricamente orgullosos de ser propietarios de su pequeña porción de tierra, el suficiente para sobrevivir y mantener una familia sin tener que suplicarle a nadie.

Un tomate especialmente poético

El libro de Begines y Cid, que ya ha cumplido 22 años, ni siquiera había tenido reimpresiones en los últimos tiempos, pero muchos de los palaciegos que conservan algún ejemplar han vuelto estos días a desempolvarlo y a abrirlo por la página 33, porque justo en ella se escribe por primera vez el sintagma que tanta popularidad ha alcanzado desde entonces para referirse simplemente al tomate de Los Palacios y Villafranca: “bombón colorao”.

Como dejó dicho el mismísimo Federico García Lorca, “poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Es justo lo que consiguieron Begines y Cid al referirse al tomate en estos términos: “…se crían tan grandes como ruedas de carreteras. Y con otra gracia: no hace falta regarlos. Con solo chasquear y regabinar, el tomate se convierte en un bombón colorao”. Ahí quedó.

  • Este aspecto presentan los auténticos bombones coloraos de Los Palacios y Villafranca, en plena campaña. JUAN CARLOS TORO 

El “bombón colorao” se ha convertido desde entonces en el gran sinónimo del tomate de Los Palacios, en el gran recurso de sustitución para los medios de comunicación y en una especie de término absolutamente poético que crea un misterio en quienes lo usan y en quienes lo oyen, pues no es lo mismo venir a Los Palacios y Villafranca a comer tomates que a disfrutar del bombón colorao, máxime en una semana como esta en la que hasta 17 restaurantes del municipio están tirando la casa por la ventana al haber creado –otra vez la creación- 50 recetas con tomate que están haciendo las delicias de palaciegos y visitantes hasta este próximo domingo.

Y es que, en la historia del tomate de Los Palacios y Villafranca, las palabras han sido mucho más importantes de lo que cualquier manchonero hubiera podido imaginar. El valor del tomate local no radica en una variedad concreta o autóctona, pues el llamado Genaro, por ejemplo, una de las variedades más antiguas, soporta mal el transporte, y otras variedades que han ido surgiendo luego, como el Matías o el Panekra o el Corazón de buey, conocido también fuera de las fronteras locales, no han hecho sino diversificar el inmenso catálogo de tomates palaciegos que, a falta de conseguir una Denominación de Origen, como se soñó, o incluso una Indicación Geográfica Protegida, han conseguido sintetizarse bajo la marca y el conocido logo de Tomate de Los Palacios, sin más, o con ese feliz y poético apellido de “bombón colorao” que incluso ha protagonizado algún que otro rifirrafe a la hora de patentarlo, según reconocen sus verdaderos inventores. Hoy por hoy, la mayor cooperativa del pueblo, Las Nieves, luce carteles publicitarios en todo su recinto con la leyenda completa: “Tomate de Los Palacios. El auténtico bombón colorao”.

  • Cadena de manipulación del tomate palaciego en la cooperativa Las Nieves. JUAN CARLOS TORO

Tal vez por todo ello el Ayuntamiento no ha tenido dudas este año de a quién podría galardonarse con el ya tradicional Tomate de Plata que cada año se concede a algún personaje o institución que haya trabajado por la difusión del buen nombre del tomate palaciego. En años anteriores recibieron este reconocimiento programas de televisión como Andalucía Directo, de Canal Sur; programas de radio como No es un día cualquiera, de Radio Nacional de España; la Asociación de Hoteles de Sevilla y Provincia; o incluso el famoso grupo de agropop nacido aquí No me pises que llevo chanclas. “Nos sentimos muy orgullosos, claro, de recibir este inmenso galardón”, dicen Francisco Cid y Juan Manuel Begines, y seguramente esta noche, en la gala que se prepara en el teatro municipal, seguirán diciendo más, mucho más, cuando se rodeen de auténticos manchoneros entre los que también se premiará con un pin de oro a los campeones en producción de cada una de las cooperativas locales: Las Nieves, Parque Norte y Frupal.

  • Los palés se venden por decenas, a diario y a clientela de toda la provincia en Los Palacios y Villafranca. JUAN CARLOS TORO

Un pueblo sin pobres

Los galardonados con el Tomate de Plata 2026 sienten cierta nostalgia del mundo de manchones que conocieron en su niñez y juventud. Desde luego que el panorama rural de Los Palacios y Villafranca ha cambiado especialmente en lo que va de siglo, no solo porque muchos de los pagos en los que antes se sembraban vides, sandías y tomates se han terminado urbanizando (el Manchón de la Pepona, el Manchón de Romero, La Cañaílla o La Nana son hoy populosos barrios), sino porque el resto del agro que no hace mucho se destinaba a cultivar se ha inundado de parcelitas de recreo a las que van y vienen los muchísimos palaciegos que tienen en ellas sus segundas residencias con piscina incluida.

 

Aun así, los invernaderos de Los Palacios y Villafranca constituyen exactamente la mitad de los invernaderos censados en toda la provincia de Sevilla. Y la actividad agrícola sigue siendo un motor de igualdad incluso para quienes tienen otros oficios y no renuncian a su faneguita de tierra o a su manchón para complementar su economía familiar.

El manchón, a pesar de lo que hayan podido asegurar los informes económicos de respetadas instituciones y cajas de ahorro sobre los pueblos más pobres de Andalucía o de España –siempre con datos oficiales, pobremente oficiales, pues antes no tomaban en consideración los manchones y ahora también se les escapan otros cultivos-, es lo que ha convertido históricamente al pueblo del tomate en un pueblo sin pobres de verdad, o de solemnidad, como se recoge incluso en aquella Guía del viagero por el Ferro-carril de Sevilla a Cádiz publicada en la capital hispalense en 1864 por Eduardo Antón Rodríguez.

En la citada y antiquísima publicación pueden leerse fragmentos sin desperdicio: “Otra de las cosas que llamará la atención del viagero en el pueblo que nos ocupa es lo muy repartida que se halla en él la propiedad. De aquí el bienestar y la comodidad que disfrutan las clases menos acomodadas, pues no hay pobre que no tenga, cuando menos, su casa, su viña y una fanega de tierra para sembrar”. Más adelante puede leerse también: “La condición de los jornaleros de Los Palacios es superior a la de sus iguales en otras poblaciones, y cuando no están ocupados en las faenas agrícolas del campo ageno, cultivan el propio con todo el esmero y diligencia que el hombre dedica a lo que le pertenece. Esto redunda en beneficio de la producción, haciéndola más pingüe, y aumenta, por lo tanto, el bienestar de la familia, con lo que se facilita el desarrollo de la población. Consecuencia también de la pequeña propiedad es la total desaparición de los pobres de solemnidad, y en efecto, no se conocen en esta villa. En ella todos tienen algo, y el infeliz que por su avanzada edad no puede empuñar ya una azada, se mantiene con lo poco que le produce una pequeña tierra, que siempre da lo bastante para cubrir sus escasas necesidades”. Memoria, que se dice aquí.  

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